
Tatiana
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Tati fue la primera persona que me llevó a hacer trabajo de campo. Montadas en un Transmilenio por la Caracas, fuimos a docenas de farmacias por toda Bogotá preguntando los precios de anticonceptivos, parte de un proyecto para monitorear la regulación de precios de medicamentos y los impactos en el acceso a salud esencial. En medio de sus mil proyectos de investigación, sus clases, sus asesorías a ministerios y actores de salud pública importantes, Tati sacó su Domingo para montarse al Transmilenio con sus estudiantes primíparos, comprometida no solo con la Sociología de la Salud sino con formar a científicos sociales en y para este país.
Durante los siguientes 10 años Tatiana me acompañó a mí, y a muchos otros, a encontrar nuestros caminos en el caos de la academia, de Colombia y de la vida. Me enseñó a hacer preguntas sobre la medicina y la justicia social, a investigar, a escribir una tesis, a hablar con académicos, médicos, políticos y pacientes, a enseñar, a aplicar a maestrías y doctorados, a pensar y repensar los para qués de estos caminos, a pensar y repensar Colombia y las formas de hacerla un lugar más justo. Y allí, dentro de su oficina y su casa, después de horas de pensarnos estas preguntas, la noche siempre terminaba en una fiesta, su hogar un lugar de puertas abiertas donde los amigos, los animales, la música y la familia construían comunidad, se cuidaban y bailaban, celebraban los colores de la vida.
Dos noches antes de que se fuera soñé con ella. Vino a despedirse, supongo. Nos encontramos en el primer piso de un edificio gris. La saludé y, aunque ya desorientada y sin reconocerme, me abrazó con afecto. Sonreía, con la vitalidad que siempre cargó. Miraba a su alrededor, con la curiosidad que tanto guió su trabajo. Se paraba con solidez, con la dignidad por la que siempre abogó. Subimos en el ascensor hasta su piso y en silencio caminamos hasta su oficina, pasando en frente de una foto colgada en la pared que le tomé hace años para mi clase de fotografía. La dejé en su oficina, la abracé y me fui. Supongo que se quedó en una de sus casas, uno de los hogares que construyó para tantos. Buen vuelo, Tati, mentora de vida. Gracias.
Emilia
Marzo 2, 2025
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Emilia Cárdenas
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