La mujer del anarquista - Razón Pública

La mujer del anarquista

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Dirección: Peter Sehr y Marie Noëlle.
Coproducción: Alemania, España y Francia.
Año: 2008.
Actores: Juan Diego Botto (Justo Álvarez Calderón), María Valverde (Manuela), Ivana Baquero (Paloma).
Guión: Marie Noëlle.
Música: Zacarías M. de la Riva.

Víctor Manuel Robledo

Se ha insistido mucho, entre los reseñistas españoles, sobre el agotamiento del tema de la guerra civil española en el cine. El historial es largo y cubre desde las películas, muchas de ellas documentales, filmadas durante el conflicto, en ambos bandos, hasta el cine producido en estos últimos decenios, en los que la guerra civil se ha vuelto en España una obsesión nacional no sólo de escritores y cineastas, sino de historiadores y periodistas. El largo período de la dictadura franquista produjo un gran número de obras documentales, casi siempre de propaganda del régimen, y poco cine de real valor, con algunas excepciones, debido principalmente a la censura impuesta por el régimen y a la dependencia financiera de los productores con respecto a un Estado cuyo interés se centraba en la monopolización ideológica de la cultura.

"La mujer del anarquista", realizada en 2008, es un producto muy característico del cine español sobre la guerra civil en las últimas tres décadas, aunque se trate de una obra dirigida por un alemán y una francesa. Es, podría decirse, un producto tardío, el fruto de un momento en el que parece que ya se ha dicho todo al respecto. Sin embargo, ése no es el problema real de esta película. Las historias de amor entre militantes anarquistas, luchadores y luchadoras que se encuentran y se enamoran en las trincheras, abundan en películas como "Tierra y libertad" (1995) de Ken Loach y "Libertarias" (1996) de Vicente Aranda. En "La mujer del anarquista" no se trata del romance que surge de compartir la lucha y los principios políticos: por el contrario, Manuela, esposa de Justo, es una mujer de apariencia burguesa, bella, elegantemente vestida y maquillada, y no muestra interés alguno en la política, mucho menos en la guerra. Su consigna es: "no me importa vuestra guerra ni vuestra paz. Me importan mi hombre y mi vida", al contrario de la consigna con que su marido termina cada día su alocución radial a las milicias en combate por la defensa de Madrid: "no pasarán". "Las libertarias" y "Tierra y libertad" son películas fundamentalmente épicas, en cuanto su construcción gira en torno a la acción bélica y a los valores relacionados con ella: coraje, solidaridad, lealtad. Las relaciones íntimas, las historias románticas, existen, pero son sólo una anécdota menor al lado de lo que significan el heroísmo del combatiente y los ideales políticos. "La mujer del anarquista" es, por el contrario, una película en la que el tono lírico se impone sobre el material épico, pues su centro está en la protagonista, una mujer absorbida por la pasión amorosa e indiferente a los fines políticos decisivos en la vida de su marido. Eso no los separa, no logra romper del todo su relación, pero la pone en crisis permanente. En cambio, las libertarias de las otras dos películas mencionadas lo tienen todo en común con sus compañeros, de manera que las pasiones políticas son para ellas tan importantes, o más, que los intereses de la vida privada amorosa.

"La mujer del anarquista" tiene una primera parte en la que predominan las imágenes de la guerra. La composición visual de las secuencias en las trincheras recuerdan mucho las de "Tierra y libertad", incluido el intercambio de insultos entre los bandos en conflicto, gritados con más gracia que odio de un lado al otro de la línea de fuego. Una vez derrotadas las fuerzas de la República, comienza una segunda parte en la que la guerra continúa en las pequeñas escaramuzas de la vida diaria. Justo ha desaparecido, Manuela nada sabe de él, y ahora su lucha es por resistir frente a la mezquindad de los vencedores que hacen de su victoria una forma de lucro y de extorsión contra los vencidos. Sobrevivir es el heroísmo de la posguerra, y es un heroísmo más femenino que masculino, en este caso. Manuela ha dejado de ser una burguesa y es ahora una obrera, madre de una adolescente y amante que busca desesperadamente a su hombre desaparecido. Son circunstancias más o menos fortuitas las que le permiten encontrarlo, a través de fotografías de refugiados políticos publicadas en los periódicos o en los noticieros que se exhiben en las salas de cine de la época. Ahí comienza la tercera parte de la historia, esta vez en Francia, a donde viaja Manuela con su hija Paloma en busca de Justo. Su esposo la recibe con esta frase: "La política se acabó, Manuela". En el contexto, suena a disculpa y a autoacusación: como si se declarara a la política culpable de haber atentado contra el amor y la unidad de la familia.  No obstante, la política continúa, y la lucha armada también, en forma clandestina, con el propósito de atentar contra la vida de Franco. Pero Justo, que había sido internado en un campo de concentración alemán después de terminada la guerra en España, trata de proteger a su familia de los peligros que entraña su decisión.

Basta una sinopsis apretadísima del argumento de esta película para hacer evidente que en ella ocurren demasiadas cosas. Y ocurren intempestivamente, sin desarrollarse lo suficiente. Hay episodios o personajes que aparecen fugazmente, en un par de escenas que en seguida se olvidan y dejan en el espectador la duda de por qué la directora las consideró indispensables. Por ejemplo, la brevísima secuencia en la que Manuela camina por una calle de Madrid con su hija y todos los signos parece apuntar a que ha entrado en una crisis de locura. Sin embargo, el episodio queda atrás sin que influya para nada en la evolución del personaje. O el nacimiento del hijo, que pocas escenas después se muestra de más o menos tres años y en seguida muere, sin que sea posible responder por qué no podía descartarse un episodio tan nimio en términos argumentales.

La sensación de que la película no funciona bien y de que no logra verosimilitud suficiente tal vez se deba a que los sentimientos amorosos y los ideales políticos parecen tener cauces diferentes sin punto de encuentro. "La mujer del anarquista" es una historia de amor y de política: del amor adversario de la política, y viceversa. Estas dos caras del relato nunca logran una síntesis armónica, pero tampoco se confrontan en contradicción abierta, lo cual explica que las consignas políticas suenen un poco vacías y los monólogos líricos de la protagonista parezcan surgir de un mundo interior desconectado de la realidad histórica. En el medio, Paloma, con los odios amorosos de una hija adolescente, sí se atreve a declararle la guerra al padre abstraído en la militancia, ocupado en salvar el mundo, y para ello utiliza lo que ha aprendido de política con él. En un momento de choque llega hasta el extremo de levantar el brazo para hacerle el saludo fascista y le canta los primeros versos del himno de la Falange. Ella es quizá el personaje más interesante de esta película, el menos encuadrado y previsible. Es también la narradora, a través de una voz en off cuya función es unificar el punto de vista en una historia excesivamente cargada de acontecimientos.

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Víctor Robledo
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