40 años sin la imaginación e inteligencia prodigiosas de Borges - Razón Pública

40 años sin la imaginación e inteligencia prodigiosas de Borges

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Una mirada a la obra y los motivos del ‘astro’ argentino de las letras a cuatro décadas de su partida.

En julio de 1936, en el número 22 de la revista Sur, Jorge Luis Borges publicó un obituario sobre su admiradísimo Gilbert Keith Chesterton, quien había muerto el mes anterior muy cerca de Londres. En él, examinó una por una lo que llamaba “las caras de su fama”, “sus proyecciones inmortales”, que eran cuatro: Chesterton, padre de la Iglesia; Chesterton, narrador policial; Chesterton, escritor; y Chesterton, poeta.

Si Borges hubiera escrito su propio obituario, habría quizá replicado este mismo esquema con las variaciones necesarias: Borges, ensayista; Borges, narrador (criollista, policial, fantástico, realista); y Borges, poeta. Si bien los críticos suelen señalar que sus textos trascienden o violentan los géneros literarios (sus poemas y sus ensayos son narrativos, sus cuentos son ensayísticos, etc.), creo que estas categorías resultan funcionales para quienes quieran hoy aproximarse por primera vez a su vastísima obra.

Tras 40 años de su muerte, aniversario que se cumplió el pasado 14 de junio –y  que, desde luego, el mundo no pasó por alto y en Argentina se ha  conmemorado de diversas maneras—, conviene recordar que esa obra consta de 12 libros de poesía, ocho libros de ensayo y seis libros de cuentos (su producción bibliográfica total, en realidad, supera estos 26 libros, tal como lo precisaré más adelante, pero estos 26 son los trabajos que él compuso individualmente y que fueron concebidos para la imprenta).

Borges se inició simultáneamente como poeta y ensayista: entre 1923 y 1930, publicó tres libros de poemas y cuatro libros de ensayo. Fue su período juvenil o temprano en ambos géneros. Su etapa de madurez en el ensayo comenzaría en 1932 con Discusión y alcanzaría su más alta expresión con Otras inquisiciones (1952). Su etapa de madurez como poeta se iniciaría en 1964 con El otro, el mismo, título que, junto con Elogio de la sombra (1969), constituirían lo más logrado de su creación lírica. En el cuento, que fue el género que lo proyectó a la fama internacional, debutó en 1935 con Historia universal de la infamia y lograría sus cotas más elevadas con Ficciones (1944) –un clásico apenas insuperable— y El Aleph (1949).

Pero Borges fue también un activo periodista cultural, así como profesor, conferencista y prologuista, de tal modo que su labor en estas cuatro actividades redundó en una abundante cosecha de textos de variada índole y de gran interés –algunos incluso de espléndida calidad—, los cuales acabaron todos recogidos en libro, ya en vida de él, ya póstumamente. De esos títulos, cabe destacar Prólogos con un prólogo de prólogos (1975), Borges oral (1979), Siete noches (1980), Textos cautivos (1986), Borges en Sur (1999), Borges profesor (2000), Arte poética (2000) y Prólogos de La Biblioteca de Babel (2000), entre otros.

Otro importante sector de su producción libresca lo constituyen sus obras en colaboración. Borges, un genio que podía bastarse a sí mismo para escribir piezas magistrales, condescendió muchas veces sin embargo al juego de componer a cuatro manos. Su partner principal en ello fue otro notable escritor, Adolfo Bioy Casares, su gran amigo vitalicio, pero curiosamente todos los demás con quienes practicó la creación a dúo fueron mujeres: Delia Ingenieros, Margarita Guerrero, Luisa Mercedes Levinson, Betina Edelberg, María Esther Vázquez, Estela Zemborain de Torres y Alicia Jurado, de varias de las cuales, por cierto, estuvo enamorado.

Ameno y lúcido interlocutor, también dio lugar a múltiples libros de entrevistas y conversaciones, sostenidas éstas originalmente no sólo en español, sino también en inglés y francés. Nadie debería privarse de los libros en los que el gran hacedor porteño dialoga, por ejemplo, con Ernesto Sábato, Fernando Sorrentino, Osvaldo Ferrari, María Esther Vásquez, Antonio Carrizo, Georges Charbonnier, Jean de Milleret y Richard Burgin, entre otros. Pocos escritores del siglo XX habrán sido como él tan brillantes, igual en la palabra escrita que en la oral.

Sin embargo, Borges pensaba con sinceridad que era indigno de su fama. Siempre hablaba con suma modestia de sí mismo. Más de una vez expresó su temor de que algún día se dieran cuenta de que no era más que un “chambón” o un “impostor”. En tiempos en los que cualquier medianía, para referirse a sus tres o cuatro libros publicados, usa con henchida jactancia la expresión “mi obra”, qué bueno resulta recordar que, cuando él se resignaba a emplearla (pues casi siempre la evitaba), la atenuaba con un “si así puede llamarse”. En cierta ocasión, durante un congreso académico de una universidad estadounidense dedicado precisamente a su obra, tras comprobar que decenas de profesores habían consagrado largas y sesudas ponencias a su estudio, le expresó a un confidente la lástima que le inspiraban, pues pensaba que, habiendo tanta buena literatura que leer, era un desperdicio destinar meses y años al estudio de la suya.

Esa implacable lucidez aplicada a sí mismo explica quizá otro de sus rasgos inolvidables: su humor, que era tan cáustico como hilarante. Borges sabía burlarse de sí mismo y, ya que él era sólo una parte del mundo, se burlaba también de éste. Ese humor salpica de felicidad sus páginas y llenaba también de alegría a las personas que alternaban con él. Cuenta Alicia Jurado, su primera biógrafa: “Uno de los recuerdos más felices que me llevaré de esta vida será el de reír a carcajadas, hasta las lágrimas, con Borges, dándonos cuerda recíproca en el desarrollo de alguna disparatada idea suya” (Genio y figura de Jorge Luis Borges, 1964).

La impronta de su originalidad está puesta también en su ejercicio de la crítica literaria, incluido el género menor de la reseña, en la que fue un virtuoso (las que publicó en la revista El Hogar, entre 1936 y 1939, son sencillamente imperdibles). Hay que resaltar que Borges hizo este excelente aporte al comentario y al análisis literarios sin recurrir a los conceptos de las escuelas y enfoques dominantes en estos campos a lo largo del siglo XX, los cuales él se permitió desconocer. Es ilustrativo que, pese a ignorar el término “intertextualidad” (en un coloquio universitario, confesó su “asombro ante ese neologismo”), uno de sus recursos favoritos como ensayista crítico es el hallazgo y el rastreo evolutivo, en la tradición literaria y filosófica, de específicos diálogos textuales. Es decir, era muy consciente de la existencia de la intertextualidad, sin necesidad de conocer el término acuñado por Julia Kristeva hacia 1967.

Desde que, en julio de 1942, su compatriota Enrique Anderson Imbert sentenció en Sur que era un “escritor para escritores”, el aserto no ha dejado nunca de repetirse. Algunos lo han dicho para describir la complejidad erudita y la hondura filosófica de sus libros y otros con una intención peyorativa. Creo que poco se ha señalado que esa opinión es certera en el sentido de que nada es más provechoso para un escritor el que, cuando se disponga a escribir algo, lea siempre a modo de entrenamiento previo una o dos páginas siquiera de Borges: la agudeza y la precisión de su prosa resultan en ese momento tan aleccionadoras como estimulantes.

En el último cuento que escribió, “La memoria de Shakespeare”, un profesor alemán, Hermann Soergel, nos narra la felicidad y la atrocidad que vivió al resultar poseedor, gracias a un fortuito procedimiento mágico, de la memoria de William Shakespeare. ¿Qué experiencias vertiginosas, asombrosas y aterradoras –me pregunto— nos esperarían si nos fuera dado el don de poseer no sólo la memoria, sino la imaginación y la inteligencia de Borges?

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*Una primera versión de este texto se publicó el 15 de julio de 2026 en Contexto Media.

Acerca del autor

Joaquin Mattos Omar
jmattos@razonpublica.org | + posts

*Santa Marta, Colombia, 1960. Escritor y periodista. En 2010 obtuvo el Premio Simón Bolívar en la categoría de “Mejor artículo cultural de prensa”. Ha publicado las colecciones de poemas Noticia de un hombre (1988), De esta vida nuestra (1998) y Los escombros de los sueños (2011). Su último libro se titula Las viejas heridas y otros poemas (2019).

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Escrito por:

Joaquin Mattos Omar

*Santa Marta, Colombia, 1960. Escritor y periodista. En 2010 obtuvo el Premio Simón Bolívar en la categoría de “Mejor artículo cultural de prensa”. Ha publicado las colecciones de poemas Noticia de un hombre (1988), De esta vida nuestra (1998) y Los escombros de los sueños (2011). Su último libro se titula Las viejas heridas y otros poemas (2019).

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