
El feminismo comunitario y la lucha por las palabras como un modo de repolitización
Compartir:
La palabra es una de las lianas que permite asirnos de la realidad, entendiendo está como un constructo de convenciones y acuerdos para habitar colectivamente un espacio tiempo. Los objetos, fenómenos y personas se cargan de sentidos a través de palabras. Pero no se trata de un proceso diáfano y menos aún apolítico. La decisión por el uso de los términos y forma de nombrarse tiene correspondencia con las adscripciones políticas.
Las palabras se pueden usar de forma condescendiente, afirmando, o de forma acrítica. Pero también con creatividad, sentido inclusivo y de disputa por el campo al que se asignan. Es el caso, por ejemplo, de Améfrica Ladina o Amefricanidad[1], expresión acuñada por la feminista afrobrasileña Lélia González, para nombrar y reivindicar la pluralidad de pueblos y experiencias de desposesión y colonización de la que ha sido parte el territorio que hoy denominamos América Latina y/o Abya Yala. Otro ejemplo es la invitación que nos hacen las feministas Aimara al afirmar:
Este posicionamiento de conceptos y propuestas desde el feminismo comunitario y esta manera de nombrar nuestras prácticas políticas desde nuestros cuerpos y desde nuestra historia, es lo que llamamos la descolonización del feminismo y la descolonización de nuestras vidas, que finalmente nos permite mirar al espejo sin temor a encontrarnos; más bien dignas y orgullosas de lo que vemos. (Paredes, 2015, p.111)
En Bolivia se comenzó a gestar a comienzos del año 2000 una perspectiva crítica y propositiva del feminismo con una inspiración comunitaria. Los nombres de Adriana Guzmán[2] y Julieta Paredes[3] están profundamente vinculados a este esfuerzo teórico-político que ellas denominan “la lucha en el territorio de las palabras”. Esta expresión nos invita a pensar en los distintos conceptos que podrían haber significado cambios radicales en la vida de las mujeres y sus condiciones de explotación y violencia, pero que en la práctica se han ido desdibujando de esa primera intención al estarse utilizando como eufemismos o tener el efecto despolitizador al alejar su uso y sentido actual de aquellas discusiones, reivindicaciones y luchas que proponían inicialmente con su nominación. Es por esto que es imprescindible replantearnos categorías cómo género, feminismo ‘indígena’ o indigenista, decolonialidad, entre otras, dado el uso técnico cómo enfoque de políticas públicas, exotización, neocolonialismo, entre otras, que ha derivado en una tecnocracia afanada por etiquetar y ponerle ribetes sociales a las decisiones políticas y económicas, que camuflan en realidad nuevas formas de discriminación y exclusión social, o que no llegan ni siquiera a debatir, problematizar y poner en cuestión las distintas expresiones de precarización social y económica que “se supone” buscan resolver. Que expresan, a su vez, una dificultad más cuestionable aún, el hecho de que los movimientos sociales terminen cooptados por aquellos poderes frente a los que se habían movilizado: Por ejemplo, “La institucionalización del movimiento feminista ha significado el control del movimiento para poder poner en funcionamiento la gobernabilidad neoliberal.” (Paredes, 2015, p.107)

Fuente: Ilustración: Ximena Astudillo. Tomado del siguiente micrositio:
Las discusiones puestas sobre la mesa por la perspectiva feminista comunitaria, que se oponen al patriarcado como uno de los sistemas de opresión son, entre otras, que no se está buscando solamente una participación paritaria, sino la real capacidad de decisión de las mujeres en sus destinos y en los de sus comunidades. De ahí la relevancia de comprender que los procesos que nos determinan como colectivos humanos están atravesados por la reflexividad con la palabra como escenario.
Una palabra viva, por tanto mutante. Lo que hace unas décadas acordamos cargar de sentido con la palabra persona, dignidad humana, igualdad, equidad, sexo, género, político, hoy ha mudado de piel al ritmo vertiginoso de todo lo cíclico, corresponderá entonces que actualicemos los significados y la utilidad de los mismo para el buen-vivir y que así los significantes cumplan con su labor de cultivo construcción, cohesión y cuidado.
Descolonizar el lenguaje implicará ir tras el rastro y la memoria de aquellas palabras y constructos del lenguaje que hicieron parte del origen para ponerlas en conversación con aquellas que repetimos y merecen ser revisadas como raza, minoría, indígena, negra, pecado, ignorancia, cultura civilizada, mujer.
Quizá hoy el foco de la lucha sea situar la criticidad en algunas palabras que pueden quedarnos como ropa ajustada porque las tomamos prestadas o nos fueron impuestas, por ejemplo, las asociadas a universalidad de lo humano como vínculo común y suficiente para la coexistencia o en contraparte a la separación y segregación derivadas de sucesos como la colonización, que sembró desde la mirada euro centrada comprensiones en torno a la belleza, el lenguaje, la espiritualidad, las relaciones, los ritos, que desconocieron, invisibilizaron e intentaron borrar las que ya se habían tejido en los territorios y que hacían parte de su esqueleto cultural.
[1] Se discute de forma más amplia en el siguiente enlace: https://afrofeminas.com/2022/02/08/feminismos-negros-en-amefrica-ladina-espacios-de-lucha-pero-tambien-de-sanacion/
[2] Paredes, Julieta y Guzmán, Adriana. (2014). El tejido de la rebeldía. ¿Qué es el feminismo comunitario? La Paz, Ed. Mujeres Creando Comunidad.
[3] Paredes, Julieta (2015). “Despatriarcalización Una respuesta categórica del feminismo comunitario (descolonizando la vida)”, en Bolivian Studies Journal /Revista de Estudios Bolivianos, Vol. 21, doi: 10.5195/bsj.2015.144 http://bsj.pitt.edu
Acerca del autor
Mary Luz Alzate Zuluaga - Diana Carolina Velez
1 comentarios






Excelente siempre he analizado que la cotidianidad es nuestro eje de perfección y autocuidado .