
Crisis financieras: Wall Street y Colombia
Compartir:
¿Qué tan grave es esta crisis? ¿Qué harán los americanos? ¿Cómo afectará a Colombia? El ex Director Alterno del Banco Mundial y de Planeación Nacional lo explica de modo ordenado y claro.
Armando Montenegro *
Una enfermedad conocida
A pesar de las noticias, las quiebras y los anuncios de salvamentos millonarios, lo que está pasando en el sector financiero norteamericano deja una sensación de déjà vu. Todo esto ya ha sucedido antes, muchas veces, más o menos de la misma forma. Lo encontramos retratado en las obras de Charles P. Kindleberger y de Hyman Minsky (un autor que leímos en los años ochenta, en medio de la crisis en que se nacionalizó el Banco de Colombia y se quebraron las empresas del notorio Félix Correa).
La historia de capitalismo moderno ha mostrado que, de cuando en cuando, se producen ciclos de euforias y manías (para usar los términos de Kindleberger) que, de pronto, terminan en pánicos y quiebras masivas. Y, después de períodos de recuperación y tranquilidad, vuelve y juega: viene otra crisis. Con frecuencia, los ciclos financieros constituyen la contraparte de los agudos ciclos del sector real que caracterizan la vida de las economías de mercado en el largo plazo.
La persistente ocurrencia de las crisis ha llevado a algunos analistas a profetizar que con ellas vendría el fin del capitalismo. No ha sido así. Las crisis financieras son enfermedades recurrentes, completamente tipificadas, para las cuales se conocen los remedios y, a veces, los mecanismos de prevención. La intervención de los gobiernos y bancos centrales puede hacer frente a sus manifestaciones más agudas e impedir la extensión de sus efectos. Eso sí, las crisis no se pueden evitar. Hacen daño, enferman y dejan convalecientes a las economías que las padecen.
Taxonomía de una crisis financiera
La crisis financiera típica tiene como antecedente una "burbuja" (o, en términos de Minsky, un "desplazamiento"): un crecimiento desproporcionado de la actividad y de los precios de algún sector económico y que se apoya en una burbuja de crédito; el boom de crédito se desborda debido a fallas en la regulación estatal (a veces acompañadas de corrupción oficial o privada), innovaciones en la forma de hacer negocios y prácticas arriesgadas o, incluso, delictivas de los jugadores del mercado. Cuando explota la burbuja -por el cambio brusco de las condiciones que la crearon–, se daña la cartera, aparecen la insolvencia y la iliquidez, se llega a las quiebras, el pánico, las intervenciones apresuradas, las nacionalizaciones, los anuncios sensacionales.
Todo esto ha ocurrido decenas de veces a lo largo de los últimos siglos. Basta mencionar la famosa crisis del Mar de Sur en 1720 en Inglaterra; la de mediados del siglo XIX en Estados Unidos (que comentó el propio Marx en sus columnas del New York Daily Tribune) y, claro, la más famosa, la crisis por excelencia, la de 1929.
En Colombia se recuerda la que llevó a la quiebra al Banco López en 1923, un acontecimiento que precipitó las reformas de la misión Kemmerer (la creación del Banco de la República y de la Superintendencia Bancaria). Pero las dos crisis financieras más recientes fueron la de 1983-84 y la de 1999. Como resultado de la primera, mucho más profunda que la segunda, el país creó instituciones como FOGAFIN (que administra un seguro de depósitos para evitar los retiros masivos), y desarrolló un complejo instrumental que permite que el Estado rápidamente pueda tomar el control de las entidades quebradas, para capitalizarlas y ponerlas en marcha, defendiendo los depósitos del público. La crisis de 1999 se concentró principalmente en bancos oficiales y en las Corporaciones de Ahorro y Vivienda que se habían involucrado en la financiación de una burbuja de la construcción. Se nacionalizaron varias instituciones y se creó un colector de cartera mala, la Compañía Central de Inversiones S.A. (CISA). Después de algunos años se vendieron los bancos intervenidos al sector privado a buenos precios.
No faltará quien se pregunte por qué, si se entienden tan bien las crisis financieras, éstas no se pueden evitar y, más bien, van y vienen como las fiebres recurrentes. El problema consiste en la naturaleza mutante de las actividades financieras, en buena parte a causa de los cambios tecnológicos que dejan atrás las regulaciones y las posibilidades de control efectivo del sistema. Con frecuencia se producen también errores de regulación o de supervisión que permiten que aumente el riesgo de manera peligrosa. Estos elementos están en el centro de la actual crisis financiera de Estados Unidos. El uso masivo de sofisticados derivados (derivatives) difíciles de entender y valorar, y la peligrosa desregulación de los bancos de inversión, que les permitió tomar riesgos enormes, son las principales causas de los problemas de Wall Street. Es usual que después de cada crisis se refuercen los controles, se actualice la regulación y se prohíban las prácticas peligrosas que facilitaron el desarrollo del problema. Claro, unos años más tarde, otra vez, el mercado, con sus innovaciones deja atrás las normas, y queda expuesto a la siguiente crisis.
Los problemas recientes de Wall Street
La burbuja que está detrás de la actual crisis de Estados Unidos fue de finca raíz. Desde comienzos de esta década se dio una espectacular inflación de precios de las viviendas que se alimentó con una abundante financiación de hipotecas. Los precios llegaron a niveles absurdamente elevados. Varios analistas, entre ellos Nouriel Roubini, profesor de finanzas de la Universidad de Nueva York advirtieron desde hace años que en la inflación de esta burbuja se estaba incubando la crisis de la destorcida. Las autoridades, encabezadas por el ex mejor banquero central de la historia, Alan Greenspan, no hicieron caso.
Esos mismos analistas detectaron a tiempo que una serie de operaciones subordinadas, como titularizaciones, paquetes de títulos y derivados de las hipotecas había contaminado a todo el sistema financiero. El primer paso fue el de los llamados créditos subprime, una serie de operaciones de financiación "basura", que se apuntalaban en las hipotecas de primer nivel. Y luego figuras de derivatives como los CDS (Crédit Default Swaps) una forma de seguros de crédito, por medio de los cuales sus emisores garantizaban que realizarían los pagos en el caso de que los deudores incumplieran sus obligaciones. Así, el sistema multiplicó sus riesgos y asumió unas obligaciones cuya magnitud y alcance fueron difíciles de medir.
Después de la contaminación de todo el sistema, sólo faltaba que se desinflara la burbuja para que apareciera la crisis en toda su magnitud.
Primero reventó el problema del subprime. Pero esa fue la punta del iceberg. A medida que caía el precio de la vivienda y subía el desempleo, la calidad de los créditos se hizo cada vez más precaria. Con la falla de los créditos se activaron los derivados y así se comprometió la salud de los emisores de distintos derivados. Las obligaciones de las entidades financieras comenzaron a tener una mayor cuantía que los colaterales. Las dificultades se extendieron por todo el sistema.
Así se llegó a un problema de insolvencia en Fannie May y Freddie Mac, las dos entidades centrales en el mercado de hipotecas en Estados Unidos. El gobierno, simplemente, las nacionalizó para evitar las pérdidas. Cayó Lehman Brothers y también se tuvo que nacionalizar AIG, la mayor aseguradora de Estados Unidos. Y estaban (o están) en cola para la quiebra otra media docena de grandes entidades. En medio de un pánico creciente, las autoridades se decidieron a intervenir, costara lo que costara. Estaba en riesgo la salud de todo el aparato económico (no sólo el financiero). Si no se conjuraba la emergencia, como lo advirtió Paulson, el Secretario del Tesoro, se avecinaría una verdadera depresión económica, con quiebras y desempleo masivo.
Soluciones
Para hacer frente a las crisis, los bancos centrales y los gobiernos cuentan con un sofisticado arsenal. En esta materia tampoco hay nada nuevo. Los instrumentos para combatir una crisis financiera son los siguientes:
- Créditos del banco central, tan grandes y variados como sea necesario (en Colombia, desde los años veinte del siglo XX ha existido un Cupo Extraordinario en el Banco de la República para fondear una entidad en apuros).
- Capitalizaciones o nacionalizaciones de las entidades más afectadas, con el objeto de evitar el pánico, los retiros y las liquidaciones masivas (esto se hizo en AIG a mediados de septiembre; en Colombia esta medicina se le aplicó al Banco López en 1923, al Banco de Colombia de grupo Grancolombiano en los años ochenta y a Granahorrar años más tarde)
- La creación de agencias colectoras para recoger los créditos dañados, sacarlos de los balances de los bancos, con el objeto de gestionarlos, valorizarlos y venderlos en el momento más oportuno. Este tipo de agencias se han creado en distintos países a lo largo de las últimas décadas. La de Colombia, con un récord más bien mediocre, fue CISA). El centro de la solución propuesto por el secretario Paulson para la crisis de Wall Street es precisamente una entidad de esta naturaleza.
La experiencia del manejo de decenas de crisis señala que para salvar los bancos y los recursos del público — no a los banqueros responsables de la crisis — se deben observar algunos lineamientos:
- En casos críticos, cuando los dueños no pueden o no quieren capitalizar sus entidades, es imposible evitar su nacionalización.Por esta razón, el gobierno de Bush, situado a la derecha de la derecha, ya ha tomado el control de tres instituciones y, para el horror de algunos republicanos, es posible que deba nacionalizar algunas más en los próximos meses.
- Los gerentes y administradores de los bancos intervenidos deben ser despedidos; y, en lo posible, deben irse a la calle sin sus jugosas remuneraciones y sus famosos "paracaídas dorados" (golden parachutes)
- Se deben presentar demandas penales cuando existan razones para pensar que se han cometido delitos.
El núcleo de la solución para la crisis de Wall Street, de acuerdo con la propuesta original del secretario Paulson, es la creación de una agencia estatal, colectora de hipotecas dañadas, capitalizada con la suma de US$700.000 millones. La aprobación de esta iniciativa, bastante mejorada por los líderes demócratas del Senado, ha sido obstaculizada por la resistencia de un grupo de parlamentarios del partido republicano que se oponen a las nacionalizaciones.
Los senadores demócratas introdujeron varios importantes cambios a la iniciativa del Secretario del Tesoro:
- Primero, exigieron que el gobierno reciba "acciones contingentes" (warrants) de las entidades a las cuales se le compran las hipotecas en mal estado (se abre así el camino a la nacionalización de las entidades afectadas).
- Segundo, pidieron que se recorten las remuneraciones de los gerentes de las entidades beneficiadas (no quieren que se paguen sumas astronómicas a los responsables de la crisis, con dineros públicos).
- Tercero, consiguieron que se garanticen beneficios concretos para las familias afectadas por su incapacidad de pagar las hipotecas (los demócratas sugirieron que se apliquen las normas de la bancarrota a las familias, algo que les permite reestructurar sus obligaciones).
- Cuarto, lograron que el desembolso de los dineros ocurra por tramos y que se adopten mecanismos para verificar el buen uso de los recursos.
La discusión
El debate en el Congreso ha estado acompañado de una ruidosa discusión en la prensa y la televisión de Estados Unidos. Los candidatos a la presidencia tomaron posiciones y el debate se politizó. La propuesta de salvamento bancario recibió, como es usual, dos tipos de críticas:
- La gente de la derecha extrema, seguidora a rajatabla de las reglas del libre mercado, argumenta que se debe dejar quebrar a quienes han tomado riesgos excesivos. Se opone al salvamento de entidades insolventes, que en su opinión, deben morir. Habla de que las crisis son sanas, que son parte de una dinámica de destrucción creativa: lo peor es lo mejor. Algunos de los analistas conservadores más ofuscados plantean que Bush ha abrazado ideas socialistas (a causa de las nacionalizaciones) y se oponen con pies y manos al plan de Paulson.
- Desde la izquierda, por su parte, se señala que no se deben socializar las pérdidas, cuando, antes, se habían privatizado las ganancias. Se insiste en que los salvamentos no deben servir a los ricos, los culpables de la crisis. Que se debe auxiliar primero a los pobres. Se añade que los contribuyentes no tienen porqué pagar por los errores de los grandes banqueros, casi sin excepción, millonarios. Tampoco apoyan el plan del Secretario del Tesoro y, a veces, repiten las conocidas reflexiones sobre los síntomas del fin del capitalismo.
Los banqueros centrales y los ministros de Hacienda saben bien que si la crisis se agudiza, todo el sistema económico corre peligro (de hecho, en medio de la discusión en el Senado, se supo que había quebrado Washington Mutual, una enorme entidad que financiaba vivienda). Si no se actúa a tiempo se puede producir una depresión, con quiebras y desempleo masivo. Piensan que no pueden entretenerse en discusiones ideológicas. Proponen medidas tan audaces como el del plan de salvamento por US$700,000 millones, una iniciativa que nadie garantiza que podrá solucionar todos los problemas, pero que es mejor que no hacer nada en medio de un pánico creciente.
Las soluciones de las crisis nunca son perfectas y siempre quedan dudas de que, al final, pagaron justos por pecadores o de que algunos pecadores nunca pagaron. Seguramente la fórmula definitiva que apruebe el congreso de Estados Unidos tendrá, de alguna manera, las imperfecciones mencionadas. Y, también, puede que no sea suficiente y que, más adelante, haya que buscar otras medidas igualmente audaces.
El impacto en Colombia
Esta crisis internacional tiene una diferencia con las de los años noventa: el problema no se originó en Asia, Brasil o Rusia, sino en el centro mismo de la economía financiera mundial. Buena parte de la periferia ahora goza de mejor salud económica que Estados Unidos. Sus bancos son más sanos, su crecimiento es más dinámico. La duda, entonces, consiste en saber cuál será el impacto de la crisis del centro sobre el resto del mundo.
El gran riesgo, por supuesto, es que la crisis no se pueda controlar y que se produzca una depresión en Estados Unidos que arrastraría a todo el mundo. Esta es una de las razones para esperar que el Senado norteamericano y el resto de los países del mundo contribuyan a buscar una solución de fondo al problema de Wall Street.
Seguramente se evitará la catástrofe y, poco a poco, se recuperará la economía norteamericana. El costo fiscal del salvamento, que en conjunto llegará a más de 10 puntos del PIB, causará desajustes fiscales y monetarios. Esta será una carga de largo plazo que pesará sobre el futuro de la economía norteamericana.
Lo que sí es inevitable es que esa economía, aun si se salva de la depresión, va a tener un crecimiento muy lento o negativo durante varios trimestres. Ya no podrá halar la economía mundial y, más bien, será su lastre durante algún tiempo.
La economía colombiana se verá afectada por el menor crecimiento de Estados Unidos y Europa. Recibirá menos crédito externo y habrá una reducción de las inversiones que se financian con crédito. El peso de debilitará (ya esta sucediendo). El riesgo país aumentará y caerá el valor de muchas inversiones. El crecimiento de éste y el próximo año se situará en un rango entre 3 y 4 por ciento. El desempleo y el subempleo aumentarán en forma significativa. Los crecimientos espectaculares, en buena parte impulsados por una economía mundial pujante, ya serán cosa del pasado.
*Miembro fundador de Razón Pública. Para ver el perfil del autor, haga clic aquí.
** La imagen que acompaña este artículo fue tomada del blog opaex.blogspot.com/
Acerca del autor
Armando Montenegro
Cofundador de Razón Pública.
Doctor en Economía de la Universidad de Nueva York. Fue Director de Departamento Nacional de Planeación, Presidente de ANIF y director alterno del Banco Mundial. En la actualidad es socio de Ágora, un banco de inversión y columnista de El Espectador. Autor de múltiples publicaciones.
0 comentarios





