
El legado literario de Álvaro Mutis
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Foto: Casa de América-Álvaro Mutis.
La obra de Mutis, que lo sobrevivirá por muchos años, gira en torno de algunos temas recurrentes: la pregunta por los límites de la escritura, Maqroll el Gaviero, la desesperanza, el diálogo ficcional con la historia y la fabulación de la “tierra caliente”.
Mario Barrero Fajardo*
Límites de la escritura
“Saber que nadie escucha a nadie. Nadie sabe nada de nadie. Que la palabra, ya, en sí, es un engaño, una trampa que encubre, disfraza y sepulta el edificio de nuestros sueños y verdades, todos señalados por el signo de lo incomunicable” (“La visita del Gaviero”).
Pese a coincidir con el Gaviero sobre la frágil relación que puede establecerse con los semejantes a través de la palabra, Álvaro Mutis nunca dejó de preguntarse por las posibilidades de su quehacer como escritor, tanto en la poética como en la narrativa.
Álvaro Mutis nunca dejó de preguntarse por las posibilidades de su quehacer como escritor, tanto en la poética como en la narrativa.
De acuerdo en esto con sus contemporáneos de la revista Mito, que a mediados del siglo XX buscaron renovar la tradición poética colombiana a partir de la “restauración de la palabra”, Mutis en un comienzo concibió la posibilidad de fundar un canto poético que, al tiempo que daba cuenta de un mundo que había agotado su razón de ser, asumía el reto de vislumbrar un universo inédito:
;"> “Busquemos las palabras más antiguas, las más frescas y pulidas formas del lenguaje, con ellas debe decirse el último acto. Con ellas diremos el adiós a un mundo que se hunde en el caos definitivo y extraño del futuro. […] A lo lejos comienza a oírse la bárbara música que se acerca. Del fondo más profundo de la noche surge este sonido planetario y rugiente que arranca de lo más hondo del alma las palpitantes raíces de pasiones olvidas. / Algo comienza” (“Programa para una poesía”).
Foto: Wikimedia Commons- |
Pero muy pronto despareció esta esperanza en la capacidad del poeta de poner la palabra al servicio de sus intereses, y siguió el sinsabor de reconocer que esa palabra podía escapar del control del creador y conducirlo a escenarios no deseados: “Sólo una palabra. / Una palabra y se inicia la danza / de una fértil miseria” (“Una palabra”). Traumática toma de conciencia de los límites del quehacer poético, al punto de asumirlo como una labor fallida y prescindible: “De nada vale que el poeta lo diga… el poema está hecho desde siempre” (“Los trabajos perdidos”).
La consecuencia lógica de lo consignado en los poemas antes citados -que fueron incluidos en Los elementos del desastre (1953)- habría sido renunciar al proyecto escritural. Pero Mutis siguió en la búsqueda de nuevas alternativas para su poesía y poco a poco las fue encontrando.
El poema deja de ser “un trabajo perdido” y, aunque consciente de sus limitaciones, Mutis lo toma como una de las alternativas que el ser humano tiene para enfrentar su condición de mortal, para dar cuenta de sus miserias cotidianas y en esa medida soportarlas. Esta alternativa poética vislumbrada en Los trabajos perdidos (1965) fue la que Mutis exploró y matizó en los poemarios de los años ochenta: Caravansary, Los emisarios, Crónica regia y alabanza del reino y Un homenaje y siete nocturnos.
Aunque de manera menos traumática, esta indagación por las posibilidades de la palabra también será visible en la producción narrativa de Mutis, que oscilará desde la inicial apuesta autobiográfica del Diario de Lecumberri (1961) hasta las novelas y relatos poéticos agrupados bajo el título de Empresas y tribulaciones de Maqroll el Gaviero (1995), pasando por la experimentación con géneros literarios canónicos, como lo reflejarán el peculiar guion cinematográfico La mansión de Araucaíma. Relato gótico de tierra caliente (1973) y el perturbador relato infantil La verdadera historia del flautista de Hammelin (1982).
Maqroll el Gaviero
La concepción de Maqroll el Gaviero respondió a la necesidad de descentrar la enunciación del discurso, de ofrecer una mirada diferente de la del poeta y de emprender viajes por senderos ajenos a los de la biografía de su creador.
Una inicial voz poética, convertida con el paso de los años en personaje novelesco, surgida de las lecturas de Melville y Conrad, y de los viajes en barco que realizó el pequeño Mutis entre Amberes y Buenaventura debidos al trabajo diplomático de su padre en Bélgica. Maqroll fue un “otro” que le permitió a Mutis moldear una significativa versión del poeta moderno.
Por un lado, en virtud de su oficio —aquel marino que es asignado a la gavia ajustada al palo mayor de la embarcación para otear el horizonte—, encarnó la condición del artista como un ojo avizor, que gracias a su posición privilegiada podía entrever el mundo circundante desde una óptica diferente de la del resto de la tripulación.
Pero un artista que en más de una ocasión se ve obligado a descender de la gavia y a asumir su condición de “marinero en tierra”, de perderse por los puertos y los caminos, que suele recorrer el resto de la manada, perdiendo su aureolas, al igual que el poeta maldito de Baudelaire. Lo que lo lleva a concebir un canto que oscila entre el hermetismo propio de los iniciados de la parroquia literaria y el discurso llano de aquellos que intentan sobrevivir en medio de las miserias de la sociedad contemporánea.
Por otro lado, dado su nombre —Maqroll—, imposible de asociar con un referente geográfico-cultural en particular, Mutis le asignó la condición de ser un extranjero consuetudinario, que asume su condición de exiliado en cada puerto donde atracan los barcos en los que navega por todo tipo de mares. Esto lo conduce, en tanto encarnación del poeta moderno, a fundar una “poética de la extranjería” donde las tradicionales tensiones de la modernidad entre centro y periferia se diluyen, dando paso a una reivindicación del viaje perpetuo como el escenario donde se debate el devenir del sujeto moderno: “Sigue los navíos. Sigue las rutas que surcan las gastadas y tristes embarcaciones. No te detengas. […] Niega toda orilla” (La Nieve del Almirante).
La desesperanza
Foto: Universidad de Antioquia- |
“[La desesperanza es] una actitud resignada, una aceptación plena del destino, sin pedirle esa supuesta felicidad que el adolescente piensa que está a la vuelta de la esquina” (Eduardo García Aguilar: Celebraciones y otros fantasmas).
La anterior definición que dio Mutis sobre la desesperanza a inicios de la década de los noventa encuentra una versión más amplia y matizada en la conferencia que bajo el escueto título de “La desesperanza” impartió en la Casa del Lago de la Universidad Autónoma de México en febrero de 1965.
En ella adelantó un recorrido por la obra de un conjunto de escritores de finales del siglo XIX y mediados del XX (Conrad, Pessoa, Drieu la Rochelle, Malraux y García Márquez), con la intención de establecer una serie de características del sujeto contemporáneo que le permiten soportar los avatares de la sociedad moderna desde un sano escepticismo.
Cinco serían las características del “héroe desesperanzado”: su lucidez, su plena conciencia de la precariedad comunicativa de la palabra, su carácter solitario, su estrecha relación con la muerte y su capacidad de asumir, sin ningún tipo de ilusiones, un “breve entusiasmo por el goce inmediato de ciertas probables y efímeras dichas”, asociadas por lo general con una exaltación de los sentidos.
Otros tiempos, otros espacios
“Yo soy un chuan extraviado en el siglo XX” (Amirbar).
Esta declaración de Maqroll al ser detenido por la policía de Vancouver es equiparable a la que diera quince años atrás Mutis a Carlos Fresneda: “Más de una vez me he definido como un medieval perdido en este siglo”.
La identificación del Gaviero con los campesinos franceses fieles a la monarquía en el momento de la revolución y la de Mutis con la de un hijo del Medioevo, antes que una provocación de unos hijos del siglo XX o un reconocimiento de su compartido carácter reaccionario, ponen en evidencia una mirada crítica hacia el momento histórico que les correspondió vivir.
Un malestar de cara al tiempo presente que Mutis no solo canalizó a través de la mirada desencantada de Maqroll sino que le permitió emprender unas significativas fugas espacio-temporales hacia ciertos pasajes de la historia con los que estableció prolíficos diálogos ficcionales.
Mutis en un comienzo concibió la posibilidad de fundar un canto poético que, al tiempo que daba cuenta de un mundo que había agotado su razón de ser, asumía el reto de vislumbrar un universo inédito.
Las tres fugas más significativas fueron la inmersión en las tensiones del Imperio Bizantino durante la “querella de las imágenes” en el siglo IX (“La muerte del estratega”), en los pormenores del reinado del siempre polémico Felipe II (“Crónica regia”) y en los últimos días de Bolívar en San Pedro Alejandrino, durante los cuales asume el fracaso de su proyecto político posterior a la gesta de independencia (“El último rostro”).
En ninguno de los tres casos el objetivo fue adelantar una reconstrucción fidedigna a las respectivas fuentes históricas, sino poner en tela de juicio el devenir de la historia y el discurso “oficial” que sobre ella se ha intentado transmitir de una generación a otra.
La tierra caliente
;"> “Todo llega a la tierra caliente empujado por las aguas del río que sigue creciendo: la alegría de los carboneros, el humo de los alambiques, la canción de las tierras altas, la niebla que exorna los caminos, el vaho que despiden los bueyes, la plena, rosada y prometedora ubre de las vacas” (“La creciente”).
El registro que adelanta la voz poética de “La creciente”, uno de los primeros poemas publicados por Mutis, de la tierra caliente como aquel escenario al que llegan los más variados registros de la naturaleza, incluidos los cantos del ser humano, será una constante que permee todo su universo literario.
Sirva una vez más de ejemplo el Gaviero, quien, independientemente de sus viajes por mar y sus recorridos por tierras bajas (puertos y selvas) y altas (páramos), siempre hallará ocasión de conducir sus pasos hacia la tierra caliente, asumiéndola como un refugio donde podrá sanar de sus heridas existenciales:
;"> “Rodeado por todas partes de cafetales dispuestos en un orden casi versallesco, Maqroll sintió la invasión de una felicidad sin sombras y sin límites; la misma que había predominado en su niñez. Iba caminando, lentamente, para disfrutar con mayor plenitud de ese regreso, intacto y cierto, de lo que había sido su única e irrebatible dicha sobre la tierra” (Un bel morir).
Numerosas son las declaraciones donde Mutis insiste en que este imaginario de la tierra caliente estaba asociado con la hacienda cafetera que su familia materna tenía en Coello (Tolima) y donde él pasó irrepetibles momentos de su infancia y adolescencia. Pero la virtud literaria de Mutis fue no haberse limitado a recrear dicho espacio geográfico.
Como se lo reveló a Fernando Quiroz:
“[…] de Coello, de sus alrededores, sale mi pequeño universo. Esa tierra es la fuente de todo lo que he escrito. No me interesa qué valor tengan mis narraciones o cuánto vayan a durar en la memoria de la gente… lo que de verdad me importa es que hice vivir a Coello más de lo que realmente vivió” (Fernando Quiroz: El reino que estaba para mí).
Allí está sintetizado de manera diáfana su logro en cuanto escritor: a partir de su capacidad escritural transformó un espacio geográfico en un paisaje literario cargado de una significativa carga simbólica.
Y como síntesis de este recorrido por el legado literario de Mutis, basta parafrasearlo: lo que de verdad importa es que sus obras hicieron vivir a Álvaro Mutis más de lo que realmente vivió: concibió un universo literario que le sobrevive.
* Profesor asociado del Departamento de Humanidades y Literatura de la Universidad de los Andes.
Acerca del autor
Mario Barrero
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La obra de Mutis, que lo sobrevivirá por muchos años, gira en torno de algunos temas recurrentes: la pregunta por los límites de la escritura, Maqroll el Gaviero, la desesperanza, el diálogo ficcional con la historia y la fabulación de la “tierra caliente”.





