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Sobre el suicidio y la salud mental

Escrito por Luis Fernando Orduz
Somos una cultura maníaca que en favor de la productividad se rehúsa a sentir tristeza.

Luis Fernando OrduzLas culturas incluyen prescripciones sobre los estados emocionales que está bien o mal sentir y expresar. ¿Qué produce la nuestra, obsesionada con el éxito y la felicidad?

Luis Fernando Orduz*

La depresión, ¿palabra de moda?

El pasado 19 de septiembre la noticia de un joven que se lanzó del octavo piso de un edificio de la Universidad Javeriana conmocionó a la comunidad universitaria y al país a través de los medios de comunicación. El suceso suscitó todo tipo de reflexiones sobre la salud mental, la depresión y el suicidio, temas que alientan también la escritura de estas líneas.

La hoy llamada depresión, −nombrada así en 1725 por un británico de singular apellido: Blackmore− parecería ser la palabra de moda cada vez que hablamos de las dolencias del alma, de la peste incorpórea que podría agobiar el decurso del siglo. Pero ella existe y ha existido siempre. Es el mismo “oscuro humor”—así la nombró Hipócrates: melano-oscuro, colios-bilis— que parece atravesar las membranas frágiles del alma.

No sé si hoy en día la depresión tenga mayor frecuencia que en otras épocas. Me atrevería a afirmar que no es así, pero sí creo que es un síntoma o un indicador de algunas cosas que aquejan al mundo contemporáneo.

Por eso, cada vez que algún joven se arroja desde lo más alto de la torre de sus sueños vencidos o se cuelga desde algún soporte quebrado de sus ilusiones deshechas, me pregunto si no lo hizo desencadenado por el incumplimiento de alguno de los ideales de éxito de nuestra época. ¿Pero hay algo de nuevo en todo esto?

No encajar en la sociedad

A lo largo de la historia de la humanidad han existido ideales, códigos sociales e identidades que se vuelven normativas y promueven la negación de la diferencia y de otros grupos o personas que procesan emociones, acciones y pensamientos de forma diferente.

Sin embargo, ahora es más difícil reconocerlos porque, siguiendo a Marx, en la modernidad todo lo sólido se desvanece en el aire, toda forma del pasado sucumbe ante el empuje de la siguiente generación. “En los mismos ríos entramos y no entramos, pues somos y no somos los mismos” es la frase de Heráclito que nos recuerda esta esencia del devenir moderno.

La depresión parecería ser la palabra de moda cada vez que hablamos de las dolencias del alma

Parecería pues que todo aquello que impactó a una generación de alguna época se deshace o se transforma para la generación siguiente. Esto puede hacerse evidente en la valoración de ciertas diferencias sancionadas como insanas en el siglo anterior por los cánones católicos que dominaban nuestra cultura, por ejemplo, las diversas formas de la sexualidad.

Los grupos humanos tienen la tendencia a velar para que ninguna fuerza pasional desborde los límites de los ordenamientos establecidos. Esto ha sido así desde la antigüedad. Sócrates, por ejemplo, es inducido a beber la cicuta pues su presencia nociva, que confronta al status quo, debe ser castigada.

Otros simplemente se quitan el aliento vital desesperados al no encontrar formas de incorporarse en el código social.

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El suicidio: práctica universal

Una de las fuerzas que continuamente amenaza estos ordenamientos es el Eros ­en sus diversas formas. Aunque cambia su rostro con el paso del tiempo, en esencia sigue siendo la misma pasión intensa que nos desborda desde el fondo de nuestro ser y que amenaza cualquier código establecido socialmente.

En la Universidad Javeriana ocurrió el triste deceso del joven de 19 años.

Foto: Facebook Universidad Javeriana
En la Universidad Javeriana ocurrió el triste deceso del joven de 19 años

Las pasiones de amor han sido uno de los objetos de más intenso control social, al punto que en ocasiones la percepción de los amantes de esta pasión desbordada los lleva al punto de su propia eliminación del tejido social.

Morimos de amor desde hace siglos. Lo que más amamos puede llevarnos a quitarnos la vida, desde Los suicidas del Sisga hasta las tragedias de Shakespeare. “Mis labios, oh vosotros que sois puertas del aliento, sellad con un legítimo ósculo el pacto eterno con la muerte” versa Romeo antes de beber el trago letal. Don Maclean, un cantautor americano de los 70, dice en una lírica en homenaje a Vincent Van Gogh: Te quitaste la vida, como a menudo hacen los amantes (You took your life, as lovers often do).

El joven Wether también murió en la desesperanza de amor a finales del siglo XVIII y el poeta Silva tomó igual determinación presa del desespero de amor y de las deudas económicas. Ambos apuntaron con un arma de fuego hacia sí mismos.

Así ha sido y lo más probable es que así siga siendo. En últimas, detrás de la muerte de todo amante hay una desilusión. Ello posiblemente sea el motor que anima la pérdida del sentido de la vida y que, por tanto, genera en algunas almas el deseo de deshabitar la corpórea existencia.

Si giramos un poco la brújula de Occidente a Oriente. vamos a encontrar de manera más clara esta desilusión en la pérdida de los ideales o del honor, desde los kamikazes que se inmolaron en honor a la figura idolatrada del emperador (doy mi vida por ti) hasta Mishima sacrificándose en el sepukku tras su fallido intento de tomar el cuartel general de las fuerzas de autodefensa.

Y Virginia Wolf le escribe a su marido antes de su muerte: “No puedo luchar más”. El veneno que recorría la existencia de Virginia era de otro orden. No pasaba por la pérdida del amor o los ideales; a la escritora inglesa la habitó la melancolía, esa espesa niebla gris que va cubriendo progresivamente la experiencia de la vida y que parecería guiarnos hacia la noche oscura donde los deseos dejan de latir.

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Sin lugar para la tristeza

¿Cuáles son, entonces, los ideales y los valores actuales, que empujan a quienes no los cumplen a la depresión y al suicidio?

Un hombre de cincuenta años se presenta a la consulta aquejado por este mal, y su enunciación es la siguiente: ¿Por qué, si hace años yo no me derrumbaba emocionalmente frente a estos problemas o situaciones peores, por qué ahora por esta nimiedad me siento tan mal?

La respuesta del terapeuta no se deja esperar: tal vez si en esos momentos se hubiera permitido un tiempo para la tristeza y el llanto, hoy este sedimento de tristeza acumulada no se desbordaría por unas mínimas gotas de frustración.

De alguna manera hemos construido un mundo donde la sanidad es un ideal, y a ello se asocian ideas como lo light, la eterna juventud y la felicidad. Y para lograr ese ideal se cree que cualquier cosa que anuncie la presencia de sus contrarios debe ser erradicada.

La tristeza. Cualquier manifestación de este sentir provoca reacciones de rechazo o negación.

Un ejemplo de ello es la tristeza. Cualquier manifestación de este sentir provoca reacciones de rechazo o negación. Las estanterías de las librerías se llenan de manuales de actitud positiva o de decálogos para mantenerse en forma mentalmente, como si la alegría fuera un músculo que se ejercitara recitando mantras, realizando rituales exotéricos, o mezclando ingredientes como quien prepara un cóctel.

Nuestra sociedad contemporánea no permite detenerse frente al sufrimiento, porque hay que superar rápidamente la tragedia y no se pueden malgastar las energías llorando muertes y dolores. No es productivo económicamente que alguien llore a sus deudos: por eso los duelos deben vivirse de forma rápida y si no es así para ello están los fármacos que inhiben selectivamente la recaptación de la serotonina.

El tiempo es una línea recta y no hay tiempo para la circularidad porque ello es el pecado contemporáneo de la procrastinación, vaya palabrita tan castinadora.

¿Qué es estar sano mentalmente?

Tenemos una cultura maníaca (estado de exaltación del ánimo contrario a la depresión) que niega tristezas, dolores, rabias y envidias. Son estados emocionales que escondemos porque no está bien expresarlos, porque la norma cultural dice que no se pueden manifestar, porque hay que ser felices y equilibrados tanto como bellos y exitosos, hábiles y rápidos, porque para atrás ni para coger impulso.

Somos una cultura maníaca que en favor de la productividad se rehúsa a sentir tristeza.

Foto: Hospital Carmen Elena Ospina
¿Qué es la salud mental?

Estamos llenos de drogas que combaten la infelicidad, la decadencia, la fealdad. Habitamos entre el Prozac y el éxtasis, entre las pirámides económicas y el baloto, entre centros de cirugía cosmética y la cultura gym-fitness. Esas son las vías que la cultura del progreso crea como atajos a los ideales que ella constituye y de alguna forma todos estamos atravesados por alguna de ellas.

¿Qué es estar sano mentalmente? No podría responderlo con certeza. Pero sugiero que estar sanos es aceptar que el mal nos habita en pequeñas dosis, que la tristeza profunda hace parte de la vida, que la lentitud es el tiempo de cocción de la creatividad y el pensamiento, que la ira y la rabia son humanas y las perversiones hacen parte de nuestra silente intimidad erótica.

Pero parecería que para el debido discurso social de nuestros días, ser sano radica en aparentar lo contrario, al menos así parecieran determinarlo los canónicos líderes de publicaciones de autoayuda que sabrán decirles como no amargarse la vida, como influir sobre los demás, como estar en pareja y ser feliz o como ser altamente efectivos.

*Psicoanalista y miembro titular de la Sociedad Colombiana de Psicoanálisis.

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