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Nereo López: una imagen para siempre

Escrito por Andrea Maestre
El fotógrafo Nereo López cruza un río en Casanare en 1956.

El fotógrafo Nereo López cruza un río en Casanare en 1956.

Andrea MestreUno de los fotógrafos más grandes del país murió la semana pasada. Aquí, un recorrido por su apasionante carrera y una celebración del espíritu explorador y alegre que mantuvo hasta el final de sus días.

Andrea Maestre*

“Pero Ponto, el gran mar, era padre del veraz Nereo que nunca miente, el mayor de sus hijos”. HesíodoTeogonía 233.

Ojos sorprendidos

No es casualidad que Nereo López, quien ha sido considerado el más importante fotógrafo del carnaval de Barranquilla, haya tenido su última visita a la ciudad en 2015, el año de su muerte. Lo conocí un viernes de guacherna después de enterarme de que estaría en las instalaciones de la Intendencia Fluvial conversando y exponiendo sus fotos del carnaval de los años 1950.

Los del público observábamos en una pantalla grande un repertorio fotográfico en blanco y negro del carnaval de bordillo, registrado por el que ahora era un viejo lánguido y coqueto, de expresión sorprendida en los ojos. Aun con la cabeza teñida de canas, Nereo conservaba el día, el mes, el cómo y el porqué de cualquiera de sus reporterías. Más lúcido era imposible.

“No entiendo cómo se hace fotografía si no se cuenta una historia”, decía.

A petición de Jaime Abello Banfi, quien dirigía la muestra fotográfica, Nereo comenzó a evocar la primera vez que llegó a Barranquilla: “Llegué a trabajar como portero del Teatro Murillo”, confesó. De portero pasó a taquillero y administrador del sitio y, al poco tiempo, estuvo encargado de proyectar dos películas por día, las analizaba y daba una apreciación al gerente del teatro. De ahí nació su interés por ser fotógrafo de cine.

La idea de hacer fotografía para el séptimo arte se esfumó tan rápido como se concibió. “Yo quería ser camarógrafo de cine. Pero no se pudo, como dicen los futbolistas, y gracias a Dios terminé en la fotografía”, contó a la revista Bocas.

Las fotos y los días

El fotógrafo Nereo López cruza un río en Casanare en 1956.
El fotógrafo Nereo López cruza un río en Casanare en 1956.
Foto:  Biblioteca Nacional de Colombia

La primera cámara que tuvo entre sus manos fue una Agfa 120 de fuelle. Eran épocas de la Segunda Guerra Mundial, un amigo suyo debía viajar a Panamá y no podía llevarse el aparato. Comenzó a experimentar con la cámara que le habían dejado en su casa colocándole algunos rollos, pero no obtuvo los mejores resultados. Por recomendación de otro amigo y para fortuna suya leyó un libro de Kodak que se llamaba Cómo hacer buena fotografía.

Nereo se entusiasmó con la idea de contar historias. Su espíritu de periodista le permitió congelar realidades que lo llevaron a ser uno de los pocos fotógrafos colombianos que tuvieron gran figuración internacional.

Tenía 80 años cuando aprendió a usar Photoshop

Con su obra documentó su país; desde los viajes por el río Magdalena, las corralejas, la Bogotá del siglo XX, el carnaval de Barranquilla, las revueltas políticas bajo el gobierno de Rojas Pinilla, los rostros inolvidables de niños muertos de hambre. “No entiendo cómo se hace fotografía si no se cuenta una historia”, decía.

“Nereo documentó su país con la misma dedicación y talento como otros fotógrafos estadounidenses o europeos. Sus imágenes muestran el heroísmo diario de sus compatriotas. Es sincero, sin maquillaje y posee una visión empática que ayuda a entender a Colombia”, dijo Todd Heisler, periodista del New York.

Su extensa labor en corresponsalías se difundió en revistas como Time, Life, O Cruzeiro y Paris Match. En Colombia tuvo amplios despliegues en El Espectador, El Tiempo y Cromos.

Cuando fue contratado en Cromos como jefe de fotografía, y apenas llevaba ocho día de haber llegado a Bogotá, consiguió una magnifica recopilación sobre una protesta de estudiantes que estaban en contra del gobierno de Rojas Pinilla. Llegó primero que los otros periodistas y Cromos ganó la chiva. “Un fotógrafo nunca está en peligro sino cuando tiene miedo”, concluyó tras esta experiencia.

Con un reportaje en esta misma revista dio a conocer a Rafael Escalona. De ahí su amistad con el reconocido compositor vallenato. Otros de sus amigos fueron los integrantes y artistas del Grupo de Barranquilla con quienes se reunía en La Cueva.

Sus amigos más cercanos fueron Germán Vargas y Alejandro Obregón, que fue el que primero conoció entre ellos. “Como ya he dicho en otras ocasiones, La Cueva no era un centro intelectual, era un centro de cazadores, de pescadores, y después se metieron los intelectuales borrachos, entre ellos, yo”, señaló.

En 1954 tuvo el papel protagónico de ‘el gringo’ en la película La langosta azul, donde también se encargó de la dirección de fotografía, brindándole un acabado especial en blanco y negro. Este fue el cargo para el que lo habían “contratado”.

El fotógrafo contó que todos los de la producción hicieron su labor sin ningún interés económico y que todos aportaron a la causa. Álvaro Cepeda llevó un carro del empresario Dieppa que sirvió de dolly, Cecilia Porras actuó y García Márquez aportó a la construcción del guion.

Nereo sostuvo que los créditos del film fueron falsificados con la inclusión de García Márquez para poder comercializarla, por ejemplo, en India y en la Universidad de California, donde él mismo tuvo la oportunidad de verla.

“El día del rodaje tomé unas 100 fotos y en ninguna puede aparecer Gabito porque simplemente no estuvo allí”, ratificó. Me insistió en que el director de la película no había sido Álvaro Cepeda Samudio: “Cepeda era el autor del cuento, pero él no era el director. Ahí nadie sabía de cine, el único que sabía de cine era Luis Vicens. A Gabito se le consultó antes para hacer el guion, pero el verdadero motor de eso se llamaba Luis Vicens.”

Dentro de sus reporterías más memorables encontramos el cubrimiento especial, que solo a él le designó el gobierno nacional en Estocolmo, cuando García Márquez iba a recibir el premio Nobel de literatura en 1982. De ese viaje surgió el libro De Aracataca a Estocolmo.

Otro de sus momentos épicos fue en 1968, cuando estando en medio de las llantas de un avión para hacer mejores capturas, casi pierde la oportunidad de fotografiar la visita a Colombia del papa Pablo VI.

La luz hasta el final

“Pozo de Aguas Medicinales” del fotógrafo Nereo López.
“Pozo de Aguas Medicinales” del fotógrafo Nereo López.
Foto: Biblioteca Nacional

Desde finales de los noventa Nereo resolvió irse a vivir a Nueva York. Tomó la decisión de abandonar a Colombia después de algunos sucesos negativos que ocurrieron en su vida. Mientras vivió en un apartamento en el vecindario Las Aguas de Bogotá tuvo durante diez años una academia de fotografía que debió cerrar porque comenzó a decaer financieramente.

Otras de las razones, según él mismo, fue que estaba cansado de ser usado por “amigos”, publicaciones y galerías que le robaban sus capturas. En algún momento pasó por su cabeza suicidarse, pero afortunadamente un amigo le propuso que experimentara una vida en Nueva York, le mandó un pasaje, y Nereo no dudó en viajar.

Antes de su muerte residía en un apartamento en la calle 126 y Lexington Avenue, en Harlem. Le gustó tanto la vida en Estados Unidos que el 29 de abril de 2009 se convirtió en ciudadano americano. Aunque el cartagenero se preocupó por lo que pudiera pensar la gente de su país, le confesó al periodista Javier Castaño del medio digital QueensLatino de Nueva York que “si estuviera en Colombia ya me hubiera muerto de tedio y de otras cosas desagradables que pasan en ese país”.

Como cualquier artista, Nereo nunca dejó de experimentar con la técnica y las nuevas formas. En Nueva York emprendió y exhibió proyectos fotográficos. Fue invitado a dictar charlas en diferentes universidades de Estados Unidos. En una ocasión en 2006 habló sobre “el Caribe colombiano” en la Universidad de Harvard.

Para un fotógrafo de los años cuarenta que trabajaba con cámara de fuelle era entendible que se viera atropellado por la técnica; sin embargo, López, inquieto por naturaleza, sintió la necesidad de aprender en la era digital.

Tenía 80 años cuando aprendió a usar Photoshop y siguió cultivando la técnica llamada transfografía o ‘alma de la imagen’, que él mismo inventó. Consistía en utilizar una foto antigua, descomponerla y con los elementos restantes generar otro contenido. Fue uno de sus proyectos más esperanzadores.

Si bien ya no lo hacía profesionalmente, Nereo todavía retrataba episodios en las calles de Nueva York con su camarita Canon digital. Se le ocurrió una serie llamada “Visonfrommyknees”, tomada desde las rodillas de la gente, sobre todo de las que iban montadas en el metro de la ciudad.

En 1997 recibió la Medalla de Honor del Ministerio de Cultura de Colombia y en 2000 obtuvo la Cruz de Boyacá, la más alta distinción cultural en Colombia. También hizo parte este año de la Feria Internacional del Libro de Bogotá.

Nereo, el encantador y mamador de gallo murió a los 94 años sorprendido por la vejez el 25 de agosto de 2015. Amó la soledad que lo acompañó en su apartamento, porque le permitía pensar en aquello que únicamente lo mantenía con ganas de vivir, en sus proyectos, en su ‘Nereoteca’ y en las ediciones de libros que pudieran ser coleccionables.

Antes de que su lente se cerrara para siempre pidió a su hija Liza López que tan pronto falleciera fuera cremado y que sus cenizas las esparcieran en el Atlántico, el gran mar que lo vio nacer en 1920 en Cartagena.

* Estudiante de Comunicación Social y Periodismo de la Universidad Autónoma del Caribe, y realizadora audiovisual.

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