EL REGRESO DEL BASILISCO - Razón Pública

EL REGRESO DEL BASILISCO

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“Lo peor es el silencio” dice Fernando en una de las entrevistas que hoy reedita Razón Pública para que siga viva su voz independiente. Textos escritos ayer, que hablan de hoy y mañana.

EL REGRESO DEL BASILISCO

Fernando Garavito

17 de enero de 2003

Fernando_4La tragedia de Colombia se escribe con palabras de fuego. La peor de ellas es miedo. O complicidad. O indiferencia. Pero no: la peor es silencio.

Colombia es un país. "Limita al Norte con el mar Caribe", escribió Carranza. Y Jorge Rojas se lo enseñó a Pablo Neruda con sombras hechas de sed y viento. Colombia está en las profundas cumbres de sus montañas y en el misterio de sus gentes. Y está en su verdad.

Pero no. Colombia son dos países. O tres. Posiblemente cuatro. Cuatro países. En el país de los cuatro países Colombia muere de hecatombe.

Esta comenzó hace mucho, como la resistencia de unos campesinos despojados contra algo extraño y lejano que se llamaba el establecimiento. Luego involucró a más grupos, a regiones enteras. Por los campos y los sembradíos comenzaron a pulular los ejércitos.

Hombres armados contra hombres armados. Después llegó la demencia, y los ejércitos volvieron sus fusiles contra los indefensos.

Hoy morimos en una masacre continuada. Nuestra ley es la del asesinato a sangre fría. Hace muchos años, 53 para ser exactos, vivió entre nosotros el horror. En ese entonces, un hombre tenebroso se abatió contra los demás y comenzó sistemáticamente a destruirlos. Dejando un reguero de muertos a su paso llegó al poder, y lanzó a sus ejércitos a una cruzada contra el fantasma de sus pesadillas. Alguno de los suyos precisó la consigna: "a sangre y fuego".

A sangre y fuego contra todo y contra todos. El aire se llenó de tormentas y los campos de crucecitas. Trescientos mil muertos. ¡Trescientos mil muertos! En la violencia del Estado contra el país hubo trescientos mil muertos. En la nueva violencia, la que comenzó hacia 1958, se calcula que apenas llegan a cien mil. Apenas es un decir, que tal vez quiere decir a pena.

Para incrementar ese número sólo nos faltaba la presencia del monstruo, del basilisco. Ahora el basilisco ha resucitado.

Se sabe que los colombianos somos gentes sin memoria. Laureano Gómez bañó en sangre al país. En su época, el ejército y la policía fusilaron sin fórmula de juicio, y sus batallones paramilitares se inventaron nuevas formas macabras de demencia. El gobierno dejó de ser una instancia de defensa para el hombre común y se convirtió en su principal enemigo. El presidente justificó la acción de sus sicarios con base en su deseo de pacificar al país y de moralizar las costumbres políticas. Él, precisamente él, que era la encarnación de la violencia y la personificación del mal.

Esa consigna ha vuelto. En los considerandos del decreto 2002 el gobierno le declara la guerra a Colombia: "Considerando que dentro de los principales soportes de la acción delincuencial de tales organizaciones se encuentra, por una parte, la mimetización de sus integrantes dentro de la población civil y el ocultamiento de sus equipos de telecomunicaciones, armas y municiones en las poblaciones y, por la otra, el constante abastecimiento que funciona en los lugares en que permanecen." Esa presunción le da carta blanca. Con base en esa norma podrá atropellar a los ciudadanos. Como quiera. Cuando quiera.

Con el beneplácito del país, ¡con el beneplácito del país!, el gobierno ha dictado una nueva normatividad. Es ella la que le permite decir al ministro del Interior y de la Justicia (mininjusticia) que "en la reinserción de los grupos paramilitares a la sociedad civil el gobierno no podrá garantizar que no haya impunidad". (Entre paréntesis, dicho individuo es experto en frases de dos negaciones, que sutilmente se convierten en una afirmación. ¿Por qué no leer "el gobierno garantiza que en la reinserción de los grupos paramilitares habrá impunidad"?) Es ella la que puede alegarse en los tribunales. Aquí hay una norma. Y la norma, en el tercero de los cuatro países, que es el país formal, es sagrada. Nadie la discute.

Artículo 3º: "Procederá la captura del sospechoso sin que medie autorización judicial, cuando existan circunstancias que imposibiliten su requerimiento."

El 10 de noviembre el ejército invitó a los acorralados habitantes de Saravena a divertirse en sus ferias y fiestas. "Sin problemas", les dijo. Ellos, felices, se sumergieron en esa a veces espesa rumba pueblerina. Pero no sabían lo que les esperaba: a la 1 de la mañana los cercaron, los llevaron al coliseo y los marcaron con tinta indeleble. "¡Cuidado!", les advirtieron. "Este sello indica que ustedes colaboran con la guerrilla". Y no fue a trescientas personas, como dijo El Tiempo. Fue a tres mil. Marcados, como se marca el ganado. Como los nazis marcaban a los judíos. Marcados.

En el cuarto de los cuatro países, el país del absurdo, la guerra toma otro cariz: es la guerra del Estado contra sus gentes. Atropellos, detenciones, desapariciones forzosas, secuestros, muertes, arbitrariedades. Esta semana, por ejemplo, el comandante de la Brigada Militar de Arauca ordenó detener, sin fórmula de juicio, a Ciro Peña. Ciro Peña es un médico notable que hace cuatro años rechazó una candidatura cívica a la gobernación de su departamento. Lo acusó de concierto para delinquir. Su delito consistió en levantar los cadáveres de Santo Domingo. El testimonio que él prestó llevó a que se conociera la verdad de ese asesinato: no fue una bomba de los guerrilleros la que mató a 18 personas en el caserío: fue un bombardeo de los militares. El crimen fue tan aberrante, que Estados Unidos suspendió toda ayuda al batallón de la FAC acantonado en Arauca hasta tanto se aclare.

Pero no se va a aclarar si, a pesar de la destitución de dos oficiales comprometidos, a los testigos comienzan a amenazarlos, a procesarlos y, ojalá no, a desaparecerlos. Por desgracia, el caso de Ciro Peña, que ha conmovido a todo el departamento, no es aislado. Él es un ejemplo más de la forma como este gobierno hará la guerra.

Colombia es el país de los cuatro países. En cada uno de ellos, un oscuro jinete del Apocalipsis cabalga a galope tendido hacia nuestra tragedia. 

Leer más textos de Fernando Garavito 1944 – 2010. 

 

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