¿Qué es la gastropolítica? Y como la vemos en las elecciones
Foto: Wikimedia Commons

¿Qué es la gastropolítica? Y como la vemos en las elecciones

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Gastropolítica es la apropiación de la comida para expresar un mensaje o conflicto de índole política. Manejarla como una herramienta de campaña permite evocar una sensación de cercanía, precisamente porque genera empatía al ver a una figura pública realizar las mismas prácticas que una “persona común”.

La comida tiene muchas dimensiones; no en vano existe el término gastronomía y una infinidad de libros y teóricos que han hablado sobre la comida como algo más que el puro placer hedónico o la técnica de la artesanía que es crear los platos que uno se come. La cocina tiene dimensiones sociales, científicas, políticas y hasta espirituales. En 1981, el antropólogo hindú Arjun Appadurai definió la gastropolítica como “la apropiación de la comida para expresar un mensaje o conflicto de índole política”, es decir, para representar o expresar el orden de las relaciones sociales y sus conflictos desde la comida.

Este concepto se sostiene por el trabajo del antropólogo Pierre Bourdieu, quien conceptualizó la existencia de más de un capital: al capital económico lo acompaña el capital social (las relaciones que tienes con círculos de poder, organizaciones sociales y personas cercanas en posiciones de poder) y el capital cultural (el acceso que has tenido a conocimiento a través de experiencias de vida, y/o acceso a formaciones académicas). Bajo estos conceptos, Bourdieu plantea que cada clase, según sus respectivos capitales, adopta un habitus, una forma de vivir, y bajo este habitus se conforman prácticas de consumo cultural, prácticas que son un símbolo político y que históricamente se han utilizado en guerras, en conflictos ideológicos y, cómo no, en campañas electorales.

De la Guerra Fría a la colonización de sabores

El ácido glutámico es un compuesto presente en muchos ingredientes como el tomate, el banano y la carne; el glutamato monosódico es un compuesto alimenticio parecido a la sal que busca emular su sabor, pero de forma controlada. Fue desarrollado por el químico japonés Kikunae Ikeda en 1907, quien aisló el glutamato de las algas kombu y le dio a su sabor el reconocido nombre “umami”. El producto, comprado y producido por la empresa de Saburosuke Suzuki y comercializado bajo el nombre Ajinomoto, recibió gran acogida en los mercados de Asia, por lo cual el producto era comúnmente usado en la costa oeste de Estados Unidos (y en Estados Unidos en general), donde la población china tenía una presencia fundamental en la sociedad y tenía restaurantes que atendían a cientos de clientes en todas las ciudades. Para finales de los años 60, en la revista médica de New England, el doctor Robert Ho Man Kwok afirmó que los restaurantes chinos generaban dolores de cabeza, palpitaciones y debilidades. Lo que él denominó el síndrome del restaurante chino se extrapolaría al glutamato monosódico, el ingrediente estrella de estos establecimientos. Aunado a la xenofobia surgida por la propaganda de la Guerra Fría, se le adjudicaron otros efectos secundarios al glutamato monosódico como mal desempeño sexual y un desarrollo parcial del crecimiento de los genitales masculinos durante la adolescencia.

Hoy en día, el glutamato monosódico ha sido “redimido” tanto por la FDA como por quienes indican que es “reconocido generalmente como seguro” (GRAS, por su sigla en inglés). Como resultado de la instrumentalización de los sesgos raciales y la xenofobia, un producto con grandes beneficios en cuanto a sabor fue prácticamente eliminado de los restaurantes de todo el mundo occidental, así como escondido de los empaques de productos ultraprocesados, disfrazado con términos como “realzador de sabor” o “acentuador de sabor”, con el fin de perpetuar una narrativa de superioridad que fue instrumentalizada desde lo político e ideológico.

La ocupación de Gaza y el genocidio del pueblo gazatí no es algo nuevo, aunque por la situación actual está en primicia prácticamente a diario (y debería estarlo aún más). El proceso de ocupación de las comunidades judías en Palestina desde 1948 y antes da cuenta de toda una serie de dinámicas donde la gastronomía juega un papel fundamental, en institucionalizar la narrativa de “un pueblo volviendo a su tierra prometida”. Platos como el maftoul, un plato de cuscús preparado con caldo de pollo y vegetales; el hummus, un puré de garbanzos; el shakshouka, unos huevos cocidos en una salsa de tomate, y el sahlab, una bebida caliente de leche con agua de rosas u orquídeas, son algunos de los muchos platos de origen palestino (o, en su defecto, árabe) que han sido apropiados y vendidos como “cocina tradicional israelí”, tanto dentro del territorio ocupado como dentro de los establecimientos de comida israelí en todo el mundo. Esta colonización del paladar y los sabores palestinos tiene como objetivo caracterizar a los ocupantes como nativos y alienar las preparaciones palestinas de su pueblo, al denotar el uso de la gastronomía como herramienta de guerra y política.

Foto: Richard Masone

Desinformación y campañas electorales

El filósofo Michel Foucault explica, en su Microfísica del poder, que el poder no es únicamente opresivo en tanto que inhabilita o incapacita la acción de los subalternos, sino que produce y se reproduce. Parte fundamental de su teoría, que hoy traigo a la discusión gastropolítica, es que la reproducción del saber y del conocimiento no es imparcial, está atravesada por mecanismos “microfísicos” de poder que determinan qué es aceptable y qué no. Y en las cocinas de consumo cultural, donde los cambios son determinados por el gusto de un cliente muy manipulable, estos cambios no son gratuitos. En 2025 los videos de las “trad wifes”, mujeres mayoritariamente jóvenes que renunciaron voluntariamente a la educación superior, que viven “cuidando” la casa y cocinando para sus esposos (con quienes generalmente se casaron poco después de cumplir 18 años), tuvo más de trescientos millones de reproducciones. Videos que desde la estética y la gastronomía “real” impulsan unos valores y principios que buscan claramente la subordinación de la mujer al hombre, bajo el discurso de “familia tradicional”. Es así como se cambian los hábitos de consumo, de estilo de vida y de valores, desde algo que parece tan inocente como una receta hecha “cien por ciento” a mano, un ejemplo duro de gastropolítica.

La época electoral es una época en la que las redes sociales pasan de ser menospreciadas como medio de comunicación secundario a ser el principal aparato para “promoverse” y ganar votos para las elecciones. Por ejemplo, el expresidente Iván Duque realizó videos tocando guitarra, adivinando canciones de rock junto a Luis Carlos Vélez, haciendo la 21 y todo tipo de actividades que nada o poco tienen que ver con dirigir el país.

Durante las actuales campañas presidenciales hemos visto más de lo mismo, el presidente electo, el autodenominado “tigre”, no escapa de este tipo de dinámicas.

Durante el período de su campaña se ha tragado sus palabras (nunca mejor dicho) frente a la gastronomía colombiana y los alimentos de consumo cultural, apareciendo en videos haciendo mote de queso, plato que hace unos años desdeñaba como comida de personas violentas, y reivindicando el ajiaco, el plato más reconocido de la capital, que por años denominó peyorativamente “Potaje carcelario”.

Este comportamiento responde a la necesidad de compaginar políticamente con la mayoría de los votantes, mayoría que tiene un consumo cultural distinto al de la clase política alienada de la realidad de la mayoría del país. Manejar la gastropolítica como una herramienta de campaña permite evocar una sensación de cercanía, precisamente porque genera empatía al ver a una figura pública realizar las mismas prácticas que una “persona común” y, a través de esta forma, instaurar un corpus ideológico que represente al candidato en cuestión, utilizando la gastropolítica como un medio para comerse la política. 

En este sentido la cocina nacional y los platos de consumo cultural popular son instrumentalizados, aunque en menor medida que la bandera y la camiseta de la selección. Su uso se ve performativo, en manos de una clase política que ha hecho todo lo posible por justamente deslindarse de esa clase popular, y pretende definir desde sus ideales qué es la cultura, qué es lo correcto y cómo deben comportarse los demás.

Le recomendamos: La momposina: un Legado de Colombia para el mundo

Acerca del autor

Sebastian Velasco
svelasco@razonpublica.org | + posts

*Gastrónomo y máster en comunicación y periodismo gastronómico del Basque Culinary Center

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*Gastrónomo y máster en comunicación y periodismo gastronómico del Basque Culinary Center

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