
Los Pizarro: el país como destino y como herida
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El trabajo de Friele articula una serie de acontecimientos históricos y políticos de las últimas décadas en el país para entender qué es Colombia, o más bien, qué es esa Colombia violenta, contraparte infernal del paraíso terrenal.
¿Qué es Colombia? La pregunta es tan amplia, vaga y general como tan poco satisfactorias, subjetivas y variadas son las respuestas que podrían planteársele. Y, aun así, se trata de una inquietud subterránea que toda colombiana, colombiano o colombianista se ha formulado alguna vez empujado por la necesidad de explicarse este país que duele. Tal inquietud está en la génesis de Los Pizarro y en las motivaciones de su autor, Robert-Jan Friele, periodista holandés que fungió como corresponsal en América Latina entre 2008 y 2012 y actual jefe de redacción del diario Volkskrant. Durante sus años como corresponsal, Friele fue encontrándose poco a poco con los múltiples recuerdos que componen la experiencia de la familia Pizarro, memoria viva a través de la cual latía también parte fundamental de la experiencia histórica colombiana. Al cabo de un tiempo, Friele concluyó que “quien consiguiera capturar todos esos recuerdos podría escribir la historia de todo un país” (p. 23) y entonces se puso manos a la obra.
Una familia como archivo vivo
¿El proceso? Seis años de investigaciones en los que el periodista levantó todo tipo de fuentes primarias, incluidas alrededor de 150 entrevistas con miembros y allegados de la familia, así como la consulta de fuentes secundarias que completaron las líneas generales de una realidad harto compleja, como lo es la historia política colombiana de los siglos xx y xxi. ¿El resultado? Un libro voluminoso publicado originalmente en holandés en 2021 por Uitgeverij Meulenhoff en Ámsterdam y cuya traducción al español, firmada por Catalina Ginard Féron, se estampó por primera vez en Bogotá en 2025 en los talleres de Ícono Editores. Un trabajo compacto y organizado, sensitivo y profundo, que recorre gran parte de la vida política colombiana desde inicios del siglo xx a partir de la óptica familiar de los Pizarro, entrelazando los polos público y privado de los personajes núcleo de la narración.
Justamente, sobre los cimientos de este juego dialéctico se sustentan el prólogo, los 46 capítulos y el epílogo que componen la obra. No parece haber sido una tarea sencilla toda vez que, como recordó Georges Duby en el prefacio del primer volumen de la Historia de la vida privada, no existe una materia tan compleja de historiar como ésta por tratarse de un ámbito “doméstico” y “secreto”, una auténtica “zona de inmunidad” de los seres humanos, aunque también espacio conflictivo en el que chocan las “aspiraciones individuales” y se exponen todas nuestras “desigualdades y contradicciones”. Friele se esfuerza por reconstruir, a partir de los testimonios, el panorama íntimo de los Pizarro para mostrar cómo los acontecimientos de la esfera pública impactan hondamente en las dimensiones de la esfera privada y afectan sus dinámicas.
Para lograrlo, Friele articula un narrador mixto en el que se mezcla el tono del cronista con el del periodista, el historiador y el novelista, pues la imaginación acude en ayuda en no pocas veces allí donde es necesario para reconstruir la sensibilidad y el ambiente de un momento específico, como la conversación entre un padre y sus hijos o la noticia de un secuestro o de un asesinato. A su vez, Friele cede la voz en ocasiones a los testigos entrevistados y entonces son ellos, sus palabras, sus expresiones lo que llena las líneas, se dirige al lector y transmite su emocionalidad y sus vivencias. Aguda mezcla, bien lograda la mayor de las veces, aderezada con esporádicas citas de otras fuentes primarias (documentos oficiales, crónicas de la época) y secundarias (libros e investigaciones).
Una narración entre la crónica, la historia y la novela
En el marco general, la narración discurre por un cauce cronológico que permite seguir sin problema los vaivenes colombianos, aunque Friele se permite al interior de los capítulos saltos cronológicos obedeciendo ya sea al origen de la fuente en la que se basa su relato como a la necesidad misma del argumento para explicar o aclarar historias y anécdotas. Los Pizarro se estructura en tres partes diferenciadas que se corresponden con las tres generaciones de la familia que son objeto del interés del autor. La primera parte comienza en 1915 y se clausura en 1970 y presenta a los lectores la génesis del núcleo familiar narrando los orígenes y el matrimonio de Juan Antonio Pizarro García y Margoth Leongómez, así como el nacimiento y la crianza de sus cinco hijos: Juan Antonio, Eduardo, Carlos, Hernando y Nina. La segunda parte abarca las convulsas décadas de 1970, 1980 y la mitad de la de 1990, años trascendentales en los que la generación de los hijos salta a la palestra pública, ya en la militancia guerrillera, ya en la academia, ya en el sector empresarial. La tercera parte que, a modo de cierre, dedica sus capítulos al período transcurrido entre 1995 y 2019, presenta un nuevo salto generacional en el que los nietos de Margoth y el almirante, así como los hijos sobrevivientes, asimilan los efectos de la vorágine y proyectan nuevos rumbos.
Siguiendo la trayectoria familiar de los Pizarro, Friele intenta comprender mejor qué es Colombia. La obra se abre con una breve pincelada del entierro de Margoth Leongómez en 2015 en Guayatá, coyuntura que le sirve de punto de partida para retrotraerse hasta inicios del siglo xx, a la juventud de la matriarca, en donde nada parecía presagiar la serie de turbulencias que acabarían por transformar su vida. “¿Qué podía pasarle a ella?”, se pregunta Friele en algún punto solo para responderse inmediatamente: “Lo que le pasó fue Colombia” (p. 25). En el libro, el país aparece como un lugar ambiguo y contradictorio, de contrastes tan vastos como la geografía del territorio que ocupa. Tal idea se formula a manera de sentencia en el capítulo 42 por boca de Tanilo, uno de los hijos de Hernando Pizarro, al rememorar las dos facetas de su progenitor, el guerrillero y el padre, el hombre público y el hombre privado: “Para mí, Hernando y Alejandro son una reflexión perfecta de lo que somos, somos el país en el que conviven en perfecta armonía el cielo y el infierno” (p. 504).

El país como destino y como herida
Friele sitúa el relato familiar de los Pizarro en el gran relato político de país y permite que se alimenten mutuamente. Juan Antonio Pizarro padre y Margoth Leongómez aparecen dibujados como un hombre y una mujer de su tiempo, nacidos en los años más sólidos de la República Conservadora y, sin embargo, ya a ellos toca presenciar inequívocos signos de la Colombia que vendrá después. Hábiles, la pareja logra sortear difíciles acontecimientos como la irrupción de La Violencia, el Bogotazo, la dictadura de Rojas Pinilla y la instauración del Frente Nacional y, aunque resientan ligeramente el costo económico de tales decisiones, las mismas les permiten alcanzar una pacífica estabilidad en Cali a mediados de siglo para el cuidado y el bienestar de sus hijos. Pero, alcanzada la juventud, la nueva generación de los Pizarro Leongómez se ve seducida por las fuerzas invisibles de la historia. La década de 1970 marca el inicio de la transformación que desembocará con tres de los hijos –Carlos, Hernando y Nina– militando en formaciones guerrilleras, mientras los dos mayores se afiliarán durante un buen tiempo al Partido Comunista Colombiano.
El autor se esfuerza por explicar las decisiones de los jóvenes hermanos puesto que, desde su perspectiva, resulta peculiar que unos muchachos crecidos al amparo de una familia acomodada opten por la vía de la lucha armada contra un establecimiento y una clase social de la que forman parte. En el camino hacia la respuesta, Friele continúa planteándose preguntas al tiempo que encuentra unas posibles explicaciones. Un fenómeno multicausal, una conjunción de factores, estímulos diversos que flotan y circulan en el ambiente. Influencias ideológicas de amplios espectros del marxismo y el socialismo provenientes de Cuba y la Unión Soviética; una fe y una esperanza ingenua de quien confía en la revolución armada como alternativa, una válvula de salida a la democracia restringida del bipartidismo rancio que encarnaba el Frente Nacional. Y, por supuesto, el espíritu ardoroso de la juventud de los sesentas y los setentas que, como apuntara un día el poeta Gil de Biedma, vinieron a llevarse “la vida por delante”.
Con las experiencias dispares de los hermanos Pizarro, Friele ilustra las vías, opciones y perspectivas de los jóvenes de su generación. Por un lado, Carlos, Hernando y Nina parecen seguir rumbos paralelos al decantarse por el idealismo de la lucha guerrillera armada, aunque en sus caminos y decisiones también hay sendas divergencias. El lector asiste a la meteórica carrera de Carlos Pizarro en el seno del M-19 y su doble conversión: de militante fundador a comandante supremo, de fervoroso defensor del ejercicio armado a la apuesta convencida por el diálogo y la paz que le costó la vida. El caso de Nina ilustra el amargo desencanto por el uso de la violencia después del fracaso de la primera amnistía del M-19 y la toma del Palacio, junto a la dolorosa reincorporación a la vida civil. Y, finalmente, el trasegar de Hernando que, marcado por su corresponsabilidad en la masacre de Tacueyó, ejemplifica el triste y doloroso sinsentido al que conduce la espiral descontrolada de la violencia. Por otro lado, aparecen Juan Antonio y Eduardo, quienes a pesar de no haber apostado nunca por la vía armada, también fueron alcanzados por el azote de la violencia.
Las contradicciones de la perspectiva guerrillera aparecen con toda claridad y franqueza en el texto. Si, como sostenía Jaime Bateman, “la revolución debía ser una fiesta”, lo cierto es que la fiesta estaba costándole al país numerosos muertos y ríos de sangre que equilibraron la balanza durante décadas del lado de la muerte. Friele reproduce parte del discurso de Medardo Correa, antiguo militante del ELN, que sintetiza tales contradicciones: “A veces actuábamos con odio creyendo hacerlo con amor” (p. 204). La óptica que permite la distancia temporal contribuye a entender que ningún actor político del momento ejercía una verdadera reflexión sobre sus acciones: ni la élite colombiana que ejercía el poder del Estado comprendía su papel en el surgimiento de las guerrillas al haber restringido la democracia arbitrariamente para conservar el poder, ni las guerrillas parecían entender el verdadero alcance de sus acciones sobre la población civil. Esta miopía, en la que las víctimas aparecían borrosas y difusas, pareció llegar parcialmente a su fin a finales de los 1980. La violencia del narcotráfico llevó el país a fondos más profundos, si es que eso era posible.
Por ello, resultan fundamentales los intentos de procesos de paz que Friele menciona en su texto como parte de la búsqueda del país por una convivencia política pacífica. Del fallido Corinto a Santo Domingo; del estrepitoso fracaso del Caguán al polémico proceso de los paramilitares. En Colombia, la paz constituye una promesa rota como inagotable. Siempre incompleta, siempre reproducible. El anhelo de la paz parece un motor que empuja hacia adelante y hacia arriba, incluso en los momentos en los que la sociedad entera se siente enterrada en la profundidad y el caos. Y, en el medio, el dolor y la herida que buscan distintas maneras de tramitación. Friele, fiel a la estructura público-privada de su libro, llega a preguntarse: “¿Qué huellas deja una guerra en una familia? ¿Y en un país en su conjunto?” (p. 447). El autor explica las maneras que la familia Pizarro buscó para curar sus propias heridas. Los hijos que pretendieron reconstruir la vida de sus padres guerrilleros ausentes, los que prefirieron olvidar, los hermanos que pudieron perdonar y pasaron página.
El trabajo de Friele articula una serie de acontecimientos históricos y políticos de las últimas décadas en el país para entender qué es Colombia, o más bien, qué es esa Colombia violenta, contraparte infernal del paraíso terrenal. Su lectura puede resultar útil y sugerente sobre todo hoy, cuando el país parece asomarse nuevamente al abismo de su desgracia y de su tragedia. Como relato de país, el libro de Friele contribuye a presentar un discurso organizado que funge como abrebocas introductorio para todo aquel que quiera introducirse en las dinámicas del conflicto en Colombia del último medio siglo. Como relato íntimo, corresponde a la familia Pizarro evaluar si la prosa de Friele ha estado a la altura de sus propias alegrías, tristezas y dolores. Como relato orgánico, la obra invita a la reflexión y a la crítica, pero también al rescate de una consigna que tanto Carlos como Eduardo enarbolaron en su día al apostar por la paz. Ya que no se puede cambiar el pasado, al menos hay que cambiar el futuro.
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Acerca del autor

Jesús Ricardo Cordoba
* Historiador y profesional en Estudios Literarios de la Universidad Nacional de Colombia. Doctor en Studi Letterari, Linguistici e Comparati (Literatura española) de la Università di Napoli "L'Orientale". Docente ocasional del Departamento de Literatura de la Universidad Nacional de Colombia.
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