
Cátedra de Preuribismo II: Corruptour. ¡País de mierda! Caso Jaime Garzón
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El pasado 28 de noviembre se cumplieron diez años de un triunfo de la ira convertida en dramaturgia: el montaje de Verónica Ochoa, Corruptour. ¡País de mierda! Caso Jaime Garzón.
Muerte, ciudad y memoria política
Como que Bogotá huele más a muerto este segundo semestre de 2025: coinciden los aniversarios de varios macrocrímenes que desfiguraron la educación sentimental de quienes vivimos, a finales del siglo XX, una extraña geopolítica que puso a la ciudad como epicentro del asesinato selectivo.
Cuarenta años atrás, tombos de civil cometieron la masacre de la Leche y tombos disfrazados de tombos la del Palacio de Justicia; catorce después, entre ambos mataron a Jaime Garzón. Para muchos, eso bastaría para explicar la caída del país en su propio pozo séptico moral hasta el año 2022. Pero no. Hay más y mejores interpretaciones de la historia. Rebuscando en la memoria caché de posteos antediluvianos se puede rebajar la sangre con catarsis y recuperar hitos de la historia cultural que demuestran que aquí no solo medra la indolencia asesina. El pasado 28 de noviembre se cumplieron diez años de un triunfo de la ira convertida en dramaturgia: el montaje de Verónica Ochoa, Corruptour. ¡País de mierda! Caso Jaime Garzón.
Empezando por el final, cito en extenso un artículo donde Sandro Romero Rey describía la obra en 2021 apelando, como cuando la crítica vale la pena, a una intoxicante cantidad de espóilers:
“… durante tres largas horas, le damos la vuelta a la ciudad, mientras [Verónica Ochoa y las actrices Isabel Gaona, Paula Estrada y Natalia Ramírez] nos montan una encerrona en la que nos escupen textos incendiarios sobre nuestra realidad política mientras vivimos un trancón en la calle 45, entramos al barrio La Soledad, nos encontramos con Dioselina Tibaná (uno de los personajes de Garzón en Quac) frente a la puerta del Teatro Varasanta, atravesamos la carrera séptima, llegamos al norte de la ciudad, nos desnudan frente a la Escuela de Caballería y el Cantón Norte, damos la vuelta hacia el sur, detienen la chiva frente al Teatro Patria mientras se bajan y se toman fotos levantándose la falda y haciendo el signo de la pistola con el dedo del corazón, se montan corriendo antes de que nos respondan a bala, le gritan improperios al Club El Nogal; en el camino se suben rebuscadores fracasados, paracos que les chupan trompa a soldaditos rasos, le damos cinco vueltas al parque de la 93 y miramos a los ilusos que toman café en Starbucks, avanzamos a la calle cuarenta y tantas donde una inmensa cara de Garzón se confunde con el Che Guevara y Joaquín Sabina; nos bajan para que observemos cómo un grupo de intolerantes agarran a patadas a un pobre payasito de McDonald’s, en alérgica evocación al director hispanoargentino Rodrigo García, entramos a un bar, un grupo de actores vestidos de reinas de belleza nos canta y nos cuenta más verdades, regresamos a la chiva donde el mismísimo Edson Velandia (el líder de Velandia y la Tigra) nos interpreta una rasqa especial para la ocasión, vamos al sur salvaje, subimos al barrio iniciático de La Macarena y terminamos en el restaurante El Patio, sede de las mejores conquistas de Jaime Garzón en vida, donde la cantante Victoria Sur nos susurra una versión de “Te busco”, brinda con una copa de vino tinto, mientras los comensales aterrados del establecimiento nos miran con desconcierto a nosotros, a los que miramos la Victoria de la señorita Ochoa”.
La infancia, los paracos y el origen del desamparo
Esta cartografía creativa tiene un poco su razón de ser en las tempranas incursiones que por los linderos del infierno ensayara la autora de niña. Según cuenta en su Autobiografía no autorizada de Verónica Ochoa, después de que la metieron a un colegio de monjas volvió a verle la cara a lo otro peor que produce esta tierra empapada de juagadura de cadáver: jefes de paracos. Consiguió una amiga con su mismo nombre que la invitaba a jugar a su casa y “de vez en cuando [iban] al apartamento de sus vecinos, Tomás y Jerónimo, [cuya] madre es una mujer de alma flácida [y cuyo] padre, cuando llega[ba] a la casa, no nos saluda[ba porque] su mujer le tiene miedo, sus hijos le tienen miedo, generalmente cuando llega[ba] nosotras nos ten[ía]mos que ir. El nombre del hijo de puta es Álvaro Uribe Vélez». Puede verse que Ochoa tuvo contacto con el más eximio desplazador forzado de Colombia. Un tipo tan consagrado a su causa que incluso la llevaba a cabo en su propio apartamento. Miedo y asco en paisalandia.
La obra, la crítica y la memoria incómoda
Pero la obra no solo involucra un coqueteo con los más puercos protagonistas de nuestra historia reciente, también se mete con la pornomiseria estructural que lastra una enorme y cada vez mayor cantidad de obras de arte, teatro, música y cine contemporáneo colombianos, de autores embelesados en manosear víctimas a nombre del interés superior del mercado. De hecho, Ochoa cierra el Prefacio a su obra reclamando un pragmatismo poético que paternalice menos y proponga más, que ideologice menos y respete más, que ponga a ver menos lágrimas de pobre y dicte mejor las direcciones donde viven los agresores para ir a hacerles fiestas (todos los días de su puta vida):

“Nos distanciamos de los pajazos representacionales y renunciamos a seguir haciendo poética del conflicto. Nos mueve más la retórica del conflicto, ya no creemos que ‘conociendo el pasado evitamos la condena de repetirlo’. Creemos que no es suficiente conocerlo, creemos que es necesario PENSAR. […] A las cosas queremos llamarlas por su nombre, darles caras y nombres a los culpables y someterlos a exposición. Queremos hacer de los corruptos y de los victimarios una galería de la infamia, un freak show: estacionamos frente a sus casas, sus búnkeres, sus edificios patrimoniales. Y sí ¿por qué no? volvernos ricos a sus costillas. Que si ellos hicieron de esta guerra un festín, nosotros haremos lo propio con sus caras de palo”¹.
Esta estrategia de no repetir las taras del peor arte contemporáneo gomelo implica un MacGuffin un poco cruel. Por momentos, en Corruptour. ¡País de mierda!, Garzón parecería ser intercambiable, sobre todo porque el interés de su autora no es tanto santificar un hombre —delicado asunto en un territorio enfermo de insufrible catolicismo— como el de apuntar a penas mayores. Merced a toda la muerte producida por la tomba loca que pagamos con impuestos, esta podría ser una obra tan infinita como los fracasos de la Selección Colombia. Sin embargo, aunque pudiera rehacerse con cada masacre, Ochoa no la mueve tanto. Aunque en su momento mojó bastante prensa por meterse con los ilustres de la paraquería rola, hoy en día es difícil encontrar artículos dedicados a ella. Tampoco se la reedita. Más que dejadez, creo que esto introduce una actitud de la directora hacia su propia fortuna crítica. Haciendo eco de la interpretación de Romero Rey sobre el mismo tema:
“preferiría que el Corruptour bogotano se convirtiese en una invasión secreta, a la que haya que llegar después de muchos esfuerzos. Porque si se convierte en un blockbuster teatral, correremos el riesgo de encontrarnos militares protegiendo el Teatro Patria, vigilantes armados impidiendo el paso de la chiva por el Parque de la 93, en fin […] Jaime Garzón […] convertido en pieza de museo”.
Termino con un diálogo de la escena XIV, “Los actores intelectuales”, para recordar que siguiendo la idea de organizar el conjunto del relato, la dramaturga reforzó el viejo axioma de que cuando se mete con la historia oficial, el teatro colombiano lo hace mejor que el arte visual de sus paisanos: usa el documental como estrategia dramatúrgica ofreciendo coordenadas claras para que quien aprecie la obra navegue bien entre tanta información. Y lo hace aplicando los mismos recursos que suelen convertirse en problemillas para nuestros artistas sociales más cobardines: pone nombre a los perpetradores, evita usar “presunto” como prefijo, no permite que su obra les lave plata o reputación a sus empresas:
Escena XIV. “Los actores intelectuales”:
Azafata A: “Nos acercamos al Tercer aro del Infierno, capullos.
Azafata B (en tono siniestro): “¡¡El Departamento Administrativo de Seguridad!!
Azafata C: “Los responsables de nuestro pequeño Watergate.
Azafata A: “Perdonarás si te contradigo, querida. Pero, al lado de las acciones del DAS, el Watergate norteamericano es un modesto retoñito.
Azafata B: “Un bonsai.
Azafata A: “Bueno, entremos en materia. Ya que eso de pensar nos ha quedado grande, hagamos por lo menos la tarea de recordar. En el año 1998, el proyecto paramilitar estaban alcanzando su Gran Período Clásico. su esplendor, su apogeo.
Azafata B: Ese año, José Miguel Narváez andaba dictando la cátedra “¿Por qué es lícito matar comunistas en Colombia?”, en la Escuela Superior de Guerra.
Azafata A: “Entre los Ñoños y las Popis, los aventajados de esta cátedra, estaban [el javeriano, G.V.] Salvatore Mancuso y [el criminal autodidacta, G.V.] Carlos Castaño.
Azafata C: “Tan aventajadores los pirobos que tres años después, como proyecto de grado (supongo) ¡Refundaron la patria!
Azafata B: “Y tanto fue el alcance de la Cátedra que, a la vuelta de unos años, medio país estaba convencido de que el otro medio estaba conformado por “una recua de terroristas vestidos de civil que se ocultaban detrás de la máscara de los Derechos Humanos”, y que, por lo tanto, debían morir.
Azafata C: “Por lo tanto, la estigmatización se convirtió en parte del discurso oficial. Y en esas seguimos…
Azafata B: “Jaime sería uno de los tantos inmolados a partir de este bien fraguado y diseñado adoctrinamiento ideológico liderado por Narváez. Hoy, este carepalo responde ante la justicia por ser autor y determinador del asesinato de Jaime”.
Luego de releer este intercambio sostengo públicamente que a pesar de que cuando la entrevisté y Ochoa lo negara, Narváez es el comediante con micropene que aparece monologando en la escena titulada “A los que los tenemos chiquito nos toca más duro”. Es que es igualito: miniser que jode a media lengua a Carlos Castaño en cualquiera de las fincas que el tipo se robó en el departamento de Córdoba mientras le machaca —figuradamente— la cabeza con la idea de que Garzón les estaba desbaratando la estantería del mercado de secuestrados.
Esto daría para segunda temporada.
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Acerca del autor

Guillermo Vanegas
Docente universitario, crítico de arte, curador y editor
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