
El Concierto de la Esperanza, o cómo la historia no se repite, pero rima
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En este concierto, en un panorama de polarización política, tanto la rima como la disonancia suenan cada vez más fuerte.
Como una canción que vuelve cada tanto con la misma melodía, pero distinta letra, el Concierto de la Esperanza parece rimar con la historia de Colombia. Desde 2012, este evento se anuncia con tambores de inclusión y paz, pero las críticas a su trasfondo político, los cuestionamientos por el gasto público y el caos logístico se repiten como un estribillo desafinado. Dicen que la historia no se repite, pero rima. Y en este concierto, en un panorama de polarización política, tanto la rima como la disonancia suenan cada vez más fuerte.
En estas líneas quisiera esbozar algunas de las principales críticas que se han hecho a la última edición del Concierto de la Esperanza, realizada en 2025. Al revisar la prensa, así como los comunicados de líderes políticos sobre este tema, emergen dos visiones opuestas: por un lado, la de medios y figuras de la oposición, que destacan el caos y la desorganización, y señalan también que no se consideró el intento de asesinato de Uribe Turbay como motivo suficiente para posponerlo; por el otro, la postura del Gobierno y sus aliados, que celebran el encuentro masivo como un acto por la paz y la esperanza.
Quiero destacar también que realizo el análisis del Concierto de la Esperanza de 2025, por un lado, en el marco de un período más amplio –es decir, desde sus inicios– con el fin de observar cómo varias de las críticas que resurgen en la actualidad hacen parte, como motivos musicales dentro de un mismo repertorio, de una serie de cuestionamientos que se repiten desde ediciones anteriores. Por otro lado, considero fundamental entender este evento en el contexto del ritmo de la política colombiana, que en esta ocasión se articula desde el arte y desde el uso de los espacios públicos para recitales artísticos que, por supuesto, no escapan a las relaciones de poder ni a lo político. Cabe recordar que la música, en particular, es un medio clave para difundir discursos políticos, como lo han demostrado eventos promovidos desde distintos espectros ideológicos.
La historia no se repite, pero rima
Como señalaba anteriormente, el Concierto de la Esperanza no es un evento artístico nuevo en la ciudad de Bogotá. Se celebra desde 2012 en espacios emblemáticos como el parque Simón Bolívar y la Plaza de Bolívar. Surgió como una iniciativa cultural durante la alcaldía de Gustavo Petro, con el propósito de promover la paz, la inclusión, la diversidad y la solidaridad.
Hasta la fecha, se han realizado seis ediciones del Concierto de la Esperanza (en 2012, 2013, 2014, 2015, 2024 y 2025). Todas han estado ligadas a temáticas políticas, que vinculan mensajes de paz, memoria histórica, derechos humanos, defensa de los migrantes y la denuncia de crisis humanitarias como la de Palestina. Esto resuena con el nombre mismo del evento: esperanza, una esperanza quizás perdida en un país que no logra salir de la violencia ni de la polarización política.
Si bien en las primeras ediciones no se registraron mayores críticas ni oposición, en 2014 se interpuso una acción popular para intentar cancelar el concierto, debido a las letras del grupo Calle 13. En 2024, Gustavo Petro también fue blanco de señalamientos por supuestamente usar el evento como una plataforma política, especialmente por su cercanía al tema de Palestina. En la edición más reciente, de 2025, el lema fue “Latinoamérica migrante resiste”, reivindicando los derechos de las personas migrantes y celebrando la diversidad cultural. Este último no fue criticado por su temática central, sino por otros aspectos, como veremos más adelante, relacionados con el gasto del presupuesto público, la seguridad y el desorden generado por problemas logísticos.
Así, los mensajes que han resonado a lo largo de las distintas ediciones del concierto se alinean principalmente con ideas progresistas y cercanas a la izquierda. No es casual que muchos de los artistas invitados compartan esa línea: Manu Chao, Calle 13 y Doctor Krápula, por ejemplo, son conocidos por su activismo y posicionamiento político. Sin embargo, esto no debería sorprender. La organización de conciertos o eventos musicales –ya sea desde la derecha o la izquierda– suele dar prioridad a ciertas voces y estilos sobre otros. Es decir, siempre existen afinidades políticas detrás de las sonoridades que se eligen.
Gasto público, asistencia masiva y artistas internacionales
El cuestionamiento al uso de recursos públicos en el Concierto de la Esperanza ha resonado especialmente en las últimas dos ediciones, las de 2024 y 2025. En primer lugar, desde la Procuraduría, que ha solicitado mayor transparencia en el manejo del gasto, y en segundo lugar, desde los partidos de oposición. En esta última edición, además, el evento coincidió con la suspensión de la regla fiscal, lo que intensificó las críticas. Varios medios de comunicación del país titularon sobre el caos generado por la masiva asistencia al concierto y por la falta de organización en el sistema de transporte, especialmente por el ingreso de colados en TransMilenio.
Desde otra perspectiva, estas críticas podrían articularse de manera más fina para contrastar su validez. Por un lado, dan a entender que no vale la pena invertir en arte, o que resulta cuestionable destinar recursos públicos a la cultura. No obstante, suelen omitir que se trata de un evento gratuito, que reúne a artistas internacionales, llena las plazas de gente y que, probablemente, brinda a muchas personas una experiencia a la que no podrían acceder si se tratara de un concierto privado.
Además, es necesario tener en cuenta datos positivos en términos socioeconómicos: la generación de empleo para más de cuatrocientas personas vinculadas al montaje y la logística; los ingresos generados por al menos cuatrocientas personas vendedoras ambulantes, y el trabajo que realizaron veinte familias recicladoras durante la jornada.
Una de las críticas más agudas, desde mi perspectiva, provino del artista René, de Calle 13, que realizó una reflexión sobre las escenas musicales locales: René cuestionó las escasas oportunidades que tienen las bandas nacionales para promoverse. Si bien es valioso contar con artistas internacionales en este tipo de eventos, resulta aún más significativo –y urgente– fortalecer y visibilizar las escenas musicales locales de Colombia.

El elemento diferencial de esta edición: el atentado a Miguel Uribe Turbay
La nota aislada que ocurrió días antes del evento –y que marcó esta edición como distinta frente a las anteriores– fue el intento de homicidio del precandidato del Centro Democrático Miguel Uribe Turbay. Se trató de una nota suelta dentro del historial de críticas que suelen rodear el concierto; sin embargo, paradójicamente, esa nota forma parte de la estructura melódica de la violencia que atraviesa el país en un nivel más amplio.
Este acontecimiento generó una serie de mensajes por parte de diversos líderes políticos, quienes señalaron que no existían ni las condiciones de seguridad ni las garantías suficientes para llevar a cabo el evento. A pesar de estas solicitudes, así como de la insistencia del alcalde de Bogotá, Carlos Fernando Galán, de posponerlo, Hollman Morris sostuvo que el concierto no se aplazaría. Por su parte, el presidente Gustavo Petro defendió la realización del evento con un mensaje que conectó arte y política: “Que canten millones de voces por Miguel Uribe Turbay”.
A modo de conclusión
Para finalizar, quisiera señalar que en una democracia todo está sujeto a debate, incluso el arte, su gestión y las políticas públicas que lo rodean. Sin embargo, lo que deseo destacar es que las miradas opuestas en torno al evento, señaladas al inicio, reflejan con claridad la polarización que atraviesa Colombia. Las críticas formuladas desde sectores de la oposición dentro del ritmo polarizado al que se mueve el país parecen orientadas más a desestabilizar y cuestionar al gobierno actual de Gustavo Petro que a proponer alternativas constructivas para la gestión de este tipo de eventos.
Si bien hay aspectos por mejorar en términos logísticos y de organización –así como en el fortalecimiento de las escenas musicales locales–, también deben reconocerse múltiples factores positivos en esta última edición: la generación de empleo, la inversión en cultura y arte, la construcción de espacios para la paz y la memoria, y, sobre todo, la difusión de una cultura pública y gratuita para el pueblo colombiano.
Así, como si se tratara de una canción cuyo coro conocemos demasiado bien, cada edición reciente del Concierto de la Esperanza entona una rima conocida: una crítica articulada entre los partidos de la oposición y los medios de comunicación hegemónicos que apunta a desprestigiar al gobierno de turno. En Colombia, la historia no se repite al pie de la letra, pero mantiene el ritmo. Y en esa repetición melódica se entrelaza la memoria de aquello que aún no hemos logrado transformar. Es como un motivo musical que regresa, se repite y se incrusta en el recuerdo colectivo.
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Acerca del autor

Minerva Campion
*Doctora en Estudios Internacionales por la Universidad del País Vasco. Actualmente trabaja como docente e investigadora del departamento de Ciencias Políticas de la Pontificia Universidad Javeriana.
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