El sermón del papa que vino de la periferia | Razón Pública 2025
Foto: Flickr: Catholic Church England and Wales

El sermón del papa que vino de la periferia

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Las palabras del papa Francisco se inscriben en la lista de los grandes sermones de los religiosos que han pasado por América Latina cuya actitud frente a los no bautizados se resume en las palabras de Martín de Porres: “Prefiero un infiel libre a un cristiano esclavo”. Bajo esta concepción, la libertad no es una opción dada por la cultura, es un dato antropológico otorgado a todos por Dios.

Nunca antes un Sumo Pontífice había tenido a su servicio tantos medios de comunicación de alcance planetario. La antiquísima aspiración del Vaticano de dirigirse siempre a la ciudad de Roma y al universo (urbi et orbi) se cumplió con creces durante el pontificado de Jorge Mario Bergoglio. Durante la pandemia del coronavirus, las misas del papa alcanzaron a tener entre diez millones y doce millones de espectadores. Lo que no deja de ser una gran proeza, aunque lejos de los 1.120 millones de la final de la Copa Mundial de la FIFA de Catar. Por supuesto, esta comparación no es del todo pertinente ya que el fútbol es una diversión planetaria, mientras que el catolicismo es una religión circunscrita geográfica y culturalmente. Sin embargo, es un hecho que el papa Francisco aspiró a ser escuchado allende las fronteras del catolicismo. 

El discurso de Jorge Mario Bergoglio se inscribe en la lista de los grandes sermones de los religiosos que han pasado por América Latina: Las Casas (1484-1566), Montesinos (1475-1540), Pedro Claver (1580-1654), Monseñor Romero (1917-1980), y otros, cuya actitud frente a los no bautizados se resume en las palabras de Martín de Porres (1579-1639): “Prefiero un infiel libre a un cristiano esclavo”. Bajo esta concepción, la libertad no es una opción dada por la cultura, es un dato antropológico otorgado a todos por Dios. 

Francisco, un papa que viene del fin del mundo

“El deber del cónclave era dar un obispo a Roma; parece que mis hermanos cardenales fueron a buscarlo al fin del mundo”, fueron las primeras palabras que Jorge Bergoglio pronunció en su papel de Sumo pontífice el 13 de marzo de 2013 en la plaza de San Pedro. Inmediatamente la prensa mundial señaló el origen tercermundista del sucesor de Benedicto XVI. Se dijo que el nuevo pontificado iba a ser diferente a todos los precedentes e iba a tener una impronta latinoamericana. Y así fue.

Por las encíclicas, por la diplomacia y por las obras, cada papa aporta respuestas a los desafíos de su tiempo. Juan Pablo II fue el hombre del fervor tradicionalista y también el compañero de viaje en la caída del muro de Berlín; Benedicto XVI fue el filósofo, el intelectual que en 1999 se preguntaba en la Sorbona qué sería de nosotros si Dios no existiera, y que afirmaba que la fe cristiana se basa en el conocimiento. Esta clase de reflexiones al papa Francisco le interesaban poco, lo suyo era dar testimonio del Evangelio. Y para esta misión, el jesuita se volvió franciscano. 

Las principales fuentes de inspiración del sermón del papa Francisco provienen de su encuentro con Francisco de Asís (1181-1226), y su legado: la defensa de la paz, de la naturaleza y de los pobres del mundo. Jorge Mario Bergoglio enriquece los ideales franciscanos con el contexto y con el pensamiento latinoamericano: el Concilio Vaticano II (Puebla, Medellín), la sociología de la dependencia, el Boom de la literatura latinoamericana y la teología de la liberación.

El Concilio Vaticano II 

El cristianismo es un movimiento espiritual que apareció hace dos mil años y que se volvió religión oficial del Imperio romano en el año 380. Desde ese momento, ha tenido dos caras. Una ha sido la aliada incondicional del poder temporal, mientras que la otra ha florecido en el sufrimiento de los mártires, ha caminado en el desierto y en la periferia de las ciudades. 

Francisco es el último gran papa del Concilio Vaticano II, el cual fue convocado por Juan XXIII hace cincuenta años. Los concilios se concentran en la definición de la fe en función de las Escrituras y de las demandas seculares. Si el Concilio de Trento (1542-1563) buscaba una respuesta al protestantismo, Vaticano II (1962-1965) buscaba responder a los nuevos desafíos de la Iglesia católica en un mundo caracterizado por la modernidad, la cual conlleva a una petrificación de los corazones, al cálculo racional (Max Weber) y a instalar el sistema capitalista como religión (Walter Benjamin, 1921).

El Concilio Vaticano II (Puebla y Medellín) diseca la modernidad, alerta sobre los efectos perversos (alienación, exclusión, violencia) y reconoce los aspectos positivos del progreso y la aspiración a la justicia y a la libertad inherente al mundo moderno. Durante este concilio, los obispos se preguntaban cuál debe ser la compenetración entre la ciudad celeste y la ciudad terrestre, entre la Iglesia y el Estado, entre los clérigos y los laicos, entre la vida en la santidad y la vida profana. Vaticano II se esfuerza por evitar los maniqueísmos, al ver la modernidad como un proceso ambivalente.

Los concilios han debatido siempre sobre las falsas religiones. En Vaticano II, un sector preconiza la necesidad de aceptar el ecumenismo, que será fomentado más tarde por el papa Francisco, quien afirma: “Todos somos hijos de Dios”; los católicos no tienen el monopolio de la santidad. 

Vaticano II propicia un espacio de debate en donde las cuestiones teológicas se combinan con las ciencias humanas que estaban en auge en ese momento (la sociología, la psicología, la antropología). Vaticano II fue una apertura de la Iglesia hacia el mundo y también la primacía de la función política sobre la mística. He aquí uno de los grandes interrogantes que se abren sobre la orientación del próximo pontificado. 

Foto: Wikimedia Commons: Lula Oficial

La teología de la liberación

Aunque Jorge Bergoglio no haya militado por las tesis de la teología de la liberación, estas tuvieron una gran influencia en la elaboración de su filosofia personal. Los teólogos de la liberación se inspiraron en el marxismo y por supuesto en las vidas de los mártires y cristianos que habían sido excluidos de la Iglesia por su radicalidad y que luego fueron canonizados. 

En América Latina, la Independencia no fue una revolución. Las estructuras sociales no cambiaron y tras las independencias la pobreza no ha dejado de crecer. En el siglo XX, pensadores como José Carlos Mariátegui leyeron a Marx desde la realidad del continente, ya que la cuestión indígena planteaba interrogantes que el marxismo no había pensado.

Ante la pervivencia de estructuras sociales injustas, muchos teólogos se sintieron atraídos por el socialismo y la revolución. Incluso algunos llevaron su radicalidad hasta la lucha armada. Fue el caso del colombiano Camilo Torres. La violencia fue una respuesta individual, nunca institucional. Sin embargo, ante el sufrimiento palpable del pueblo se necesitaban alternativas. Una de las respuestas de la teología de la liberación se encontró en la necesidad de una praxis fiel a la realidad y no a los textos. Ya no se trataba, como en épocas remotas, de evangelizar, lo importante era vivir los evangelios, acompañar a los pobres en la persona concreta del indígena, del obrero, del campesino, del emigrante. Es así como la teología de la liberación preconiza la toma de partido por los pobres. Se desarrollan movimientos apostólicos, comunidades de base, e incluso los religiosos entran en la escena política. 

Tradicionalmente, la Iglesia había estado en el centro, con las élites; ahora una parte importante se separa del centro y va a las periferias. La promesa escatológica es la liberación, la nueva alianza de Abraham y Moisés. La promesa del Reino de los Cielos se debe convertir en destino de los pueblos. Basta con repasar los títulos de algunos libros publicados en los años 1970-1980 para entender el mensaje y los objetivos de la teología de la liberación:

Leonardo Boff, Francisco de Asís, fuerza y ternura. Una lectura desde la perspectiva de los pobres; Gustavo Gutiérrez, La liberación por la fe; la fuerza histórica de los pobres; Hugo Assmann, La idolatría del mercado; A. Cussianovich, Desde los pobres de la tierra; M. Rocha, Proyecto de vida radical, y siguen decenas y decenas de libros en los que el rostro del pobre es el de Cristo en la cruz. En los años 1990, el Instituto de Teología de la Universidad de Estrasburgo constituyó un equipo de traducción, del cual formé parte, y publicó unos veinte tomos en una colección que llamó “Collection Libération”. 

¿Qué hacer con la pobreza?

El pobre es, según el Evangelio, el prójimo por excelencia. Es a partir de esta premisa que se construye la teología de la liberación. Se concibe como una nueva manera de ser hombre y de vivir el cristianismo. La pobreza deja de ser una fatalidad. El pobre es el explotado, el oprimido, el desposeído del fruto de su trabajo. En este sentido, para salir de esta situación, el cristiano no está llamado a la generosidad, sino a ser actor de cambio, a construir un orden en donde la justicia oriente la política. No se trata de piedad, sino de justicia. De Maquiavelo a Weber, la ciencia política ha visto siempre en el poder una dimensión negativa en donde sobresale el ejercicio de una dominación. Autores como Enrique Dussel conciben el poder en su dimensión positiva, de protección de los débiles y de contención de los poderosos. Bajo esta óptica, el quehacer político, siempre tan desprestigiado, adquiere un cariz de servicio a la comunidad. El poder es legítimo cuando se pone al servicio de los pobres. 

Ponerse del lado de los pobres es oponerse a las diferentes dominaciones que subyugan a los pueblos. En este proceso, se le pide al cristiano tomar conciencia de su papel, integrarse en las comunidades, ser solidario, convivir con el pueblo pobre apoyándolo en sus luchas culturales, sociales y políticas. Para teólogos como Gustavo Gutiérrez se trata de un verdadero proceso de conversión evangélica. Es decir, de salir de sí mismo y de abrirse a Dios y a los otros. En tal proceso, la conversión no se traduce por una actitud intimista, privada o idealista, sino que es más bien un proceso de pensamiento y acción condicionado por los entornos económico, cultural y social por transformar.

Es así que se opera un verdadero encuentro con Cristo a través del marginal y del oprimido.La teología de la liberación trata de salir del esquema tradicional que encerraba al cristiano en una cierta valorización de la pobreza, en donde unos dan limosna y otros medio viven con las migajas que reciben. El teólogo de la liberación rechaza la pobreza como ideal cristiano, ya que esta degrada, oprime y humilla al ser humano. Idealizar la pobreza mantiene y justifica el statu quo y la injusticia, que son las causas de la pobreza en América Latina.

Con la teología de la liberación la manera de vivir y de pensar la pobreza cambia. Se preconiza la solidaridad con el pobre, el compromiso a favor de la liberación de las clases explotadas y la entrada en el campo político de los cristianos bajo la orientación de los evangelios. De tal manera que la pobreza evangélica se va a vivir como un acto de amor y de liberación hacia los pobres de este mundo, como una protesta contra la pobreza en la que vive el pueblo, como una identificación de intereses con las clases oprimidas y, finalmente, como un rechazo a la explotación de la cual son víctimas los pobres.

La pobreza –fruto de la injusticia social– se asume no como ideal de vida, sino para dar testimonio del mal que esta representa, escribe Gustavo Gutiérrez. Así, dar testimonio de la pobreza es imitar a Cristo; en lugar de alejarnos del mundo, pone al cristiano en el centro de la situación de despojo y de opresión. Es desde este lugar desde donde se anuncia la liberación y se proclama la plena comunión con Jesucristo. La pobreza espiritual se vive como disponibilidad total a Dios.

“Si la Iglesia se desentiende de los pobres –declaró Jorge Bergoglio en 2020–, deja de ser la Iglesia de Jesús y revive las viejas tentaciones de convertirse en una élite intelectual o moral”. La Iglesia cristiana debe ocupar las perferias y salir de la torre de marfil del centro.

La sociología de la dependencia

La sociología de la dependencia es otra de las fuentes de inspiracion en el pensamiento de Jorge Mario Bergoglio. En los años 1960, sociólogos y economistas latinoamericanos (André Gunder Frank, Theotonio dos Santos, Enzo Faletto y Fernando Henrique Cardoso) diagnosticaron la situación del continente, al señalar que la expansión del capitalismo mundial había creado relaciones de dependencia y de dominación entre las naciones (F. H. Cardoso), y demostraron cómo las sociedades latinoamericanas se han entrado en un sistema de interdependencia desde el momento de la Conquista y cómo este proceso continúa (A. Quijano).

Uno de los conceptos clave es el del vocablo “centro-periferia”, el cual traduce el vínculo que mantienen las economías dentro de una estructura global de relaciones internacionales. Se necesita partir de una perspectiva histórica, en relación con los países desarrollados (del centro) que explotan a los otros (de la periferia), sin olvidar que el colonialismo destruyó las estructuras sociales y los sistemas de producción tradicionales y, sobre todo, que la existencia de desigualdades internas es la causa de los problemas, por lo que se necesita la intervención de los Estados.

Javier Cercas en una novela sin ficción, El loco de Dios en el fin del mundo (2025), consagrada a Jorge Bergoglio recuerda que durante un discurso pronunciado ante los cardenales reunidos en precónclave en marzo de 2013, Francisco afirmó que “la Iglesia está llamada a salir de sí misma e ir hacia las periferias, no solo las geográficas sino también las existenciales: las del pecado, las del dolor, las de la injusticia, las de la ignorancia y prescindencia religiosa, las del pensamiento, las de toda miseria”.

A esas dos periferias –la geográfica (los centros alejados de la metrópoli) y la religiosa (los lugares donde Dios es un Dios ausente, un Deus absconditus)– Francisco aún añadiría una tercera: la periferia social, el lugar de los desheredados de la tierra. Esa triple periferia es el núcleo de la Iglesia de Francisco, concluye Cercas.

El Boom de la literatura latinoamericana

Recordemos aquí que Jorge Bergoglio, además de teólogo, fue profesor de psicología y literatura. En una de sus charlas cuenta la visita de Jorge Luis que Borges a uno de sus talleres de escritura. Jorge Luis Borges incluso escribió un prefacio para el libro redactado por los estudiantes del taller. El futuro papa Francisco creció en un ambiente que favorecía la lectura y se aficionaba por la literatura, estando siempre al tanto de las publicaciones. En América Latina, la onda de choque que constituyó la Segunda Guerra Mundial, provocada por una ideología racista y sistemáticamente asesina, sacudió violentamente las conciencias del continente, el cual había rendido siempre una gran reverencia a la cultura europea.

Las obras literarias que aparecieron en la segunda mitad del siglo XX en América Latina tienen un eco del desencanto con la cultura europea y una decidida afirmación de la identidad plural del continente. Citar a Carpentier, Arguedas, Asturias, Neruda, Onetti, Roa Bastos, Donoso, Amado, Borges, García Márquez, Vargas Llosa, Fuentes, Paz, resuena con la misma fuerza y autoridad que citar en la cultura griega a Homero, Sófocles, Eurípides, Esquilo, Aristófanes, o a Virgilio u Ovidio, en la romana. Los escritores latinoamericanos ofrecen un espejo con múltiples colores y dimensiones multiculturales en el que los ciudadanos de más de veinte países pueden, por fin, verse. La visión “descolonizada” del mundo de Jorge Bergoglio le debe mucho a la literatura. “Un artista es un apóstol de la belleza que ayuda a los otros a vivir”, anota el papa Francisco.

A modo de conclusion: “El futuro tiene un nombre, ese nombre es la esperanza”

Jorge Bergoglio tuvo la ambiciosa y difícil aspiración de ser coherente entre su pensamiento y su acción. Dos grandes fuentes de inspiración guiaron su pensamiento y su acción. En un plano superior de la divinidad, su brújula fue la imitación de Cristo. A un nivel más humano, fue la imitación de la vida y obra de Francisco de Asís. Por su origen latinoamericano estuvo inmerso en una cultura y en una época en la que los debates de Vaticano II, la literatura del Boom, la sociología de la dependencia y la teología de la liberación fueron las gramáticas con las que se pensaron los grandes desafíos de la humanidad. 

Jorge Bergoglio se va en una coyuntura en la que las alianzas geopolíticas cambian al ritmo de las alternacias del poder político, la guerra toma formas desconocidas, los Estados han sido desmantelados y son dominados por multimillonarios. La advertencia de Maquiavelo según la cual un Estado sin tesoro se vuelve la presa de los mercaderes la vivimos en directo. En este contexto, plutócratas y populistas prosperan vociferando el odio al otro (pobre, emigrante, homosexual, extranjero), rehusándose a reconocer el calentamiento climático y la correlación entre este y el sistema económico. 

Jorge Bergoglio nos deja ‘Laudato Si’, la primera gran encíclica sobre el cuidado de la madre tierra. En una entrevista con el cineasta Wim Wenders, el papa recuerda que una de las principales misiones que tiene el cristiano es aliviar el sufrimiento de todo lo que tiene vida, y agrega que el nivel mayor de sufrimiento lo padece hoy la madre tierra, cuyas catástrofes afectan en primer lugar a los pobres.

Para los cristianos, el sermón del papa Francisco es una exortación a dignificar al ser humano, a defender cotidianamente la vida en todas sus manifestaciones (mineral, vegetal, animal, humana), y en la dimensión política a luchar contra la pobreza y las ideas tristes que se lucran con el miedo que fomentan los bomberos pirómanos. Sería muy desesperanzador para una mayoría de cristianos que el nuevo vicario de Cristo fuera un cardenal proveniente del ala ultraconservadora, apoyada por Trump, Vance, Bolsonaro, Milei, Orban, Salvani… En los días que separan los funerales y el humo blanco, guardemos la esperanza y el buen humor de Jorge Mario Bergoglio y hagamos votos para que sea grande la cosecha de amor y compasión sembrados en los doce años de su pontificado.  

Le recomendamos: ¿Secularización o culto al capital?

Acerca del autor

Enrique Uribe Carreno
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*Sociólogo. Profesor en Sciences Po, Universidad de Estrasburgo.

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*Sociólogo. Profesor en Sciences Po, Universidad de Estrasburgo.

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