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La ciencia necesita más mujeres

Escrito por Laura Eslava
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Como dicen las ganadoras de premios nobel en ciencias de este año, hay que motivar a nuestras niñas y jóvenes para que se dediquen a la ciencia.

Laura Eslava Calderón*

Las pocas nobel de ciencias

La entrega de los premios Nobel de este año me dio la oportunidad de hablar sobre mujeres científicas en mi aula de clases; pude mostrar la foto de las tres mujeres que este año obtuvieron este mérito codiciado por muchas personas.

Con emoción, les conté a mis estudiantes sobre sus aportes al avance del saber y sobre el número tan pequeño que representan en los premios Nobel, especialmente en ciencias.

Cuando una mujer gana el Nobel, la cobertura de la noticia siempre la relaciona con el número que ocupa en esta lista de ganadoras: «Andrea Ghez, cuarta mujer en ganar el premio Nobel de Física», «Emmanuelle Charpentier y Jennifer Doudna, primera dupla femenina en ganar el premio Nobel de Química».

Cuando una científica gana, se reconoce su mérito académico, pero siempre se hace explícita su condición de minoría. Los discursos de las ganadoras, especialmente las de este año, se enfocan en inspirar a niñas y jóvenes para que vean que la ciencia también es un camino para ellas.

Esto no ocurre cuando hablamos de premios Nobel como los de Literatura porque, por supuesto, las letras y la expresión de los sentimientos son «propios de lo femenino». Mientras que la racionalidad y la objetividad que necesita la ciencia son características masculinas, las mujeres —supuestamente— somos demasiado emocionales para ver el mundo «tal y como es».

Participación de mujeres, una oportunidad

«La representación del mundo, como el mismo mundo, es obra de los hombres; ellos lo describen desde su propio punto de vista, que confunden con la verdad absoluta».
—Simone de Beauvoir

Estas nociones objetivistas y «racionales» han fomentado un desarrollo científico que subraya la acumulación de conocimiento, pero implica una conciencia social limitada; han favorecido metodologías rígidas que se adaptan a un número limitado de situaciones y proyectos de investigación con poca diversidad, tanto en sus objetos y situaciones de estudio como en quienes los desarrollan.

De este modo, la ciencia ha girado históricamente en torno de una visión única de los componentes de la realidad y de formas estáticas de comprender el mundo que habitamos.

Sin embargo, nuestro entorno no es estático ni homogéneo; para comprenderlo (y comprendernos), es necesario tener miradas diversas. Es fundamental tener una multiplicidad de perspectivas, porque esto nos permite contar con respuestas ante las dificultades e identificar nuevos problemas.

Por eso es tan maravilloso ver mujeres que encabezan procesos de investigación, aportan nuevas formas de entender el mundo y ganan premios prestigiosos. La presencia de las mujeres en estos espacios diversifica la construcción de conocimiento científico y sus aplicaciones.

Foto: Wikimedia Commons - Elinor Ostrom, primera mujer en ganar el Premio Nobel de economía.

La medicina, un campo excluyente

Solemos identificar un paro cardiaco por el dolor en el pecho y el adormecimiento del brazo izquierdo; estos síntomas se generalizan para todos los casos, pero se presentan en apenas una de cada ocho mujeres que sufren un infarto. Por lo general, antes de un paro, las mujeres sufren cansancio extremo y fatiga por hasta 18 horas.

Este es un ejemplo de cómo los modelos en medicina han afirmado que, aparte de los sistemas reproductivos, no hay diferencias entre el cuerpo masculino y el femenino.

Por el contrario, diversos estudios han demostrado que hombres y mujeres se diferencian en el funcionamiento mecánico del corazón, la capacidad pulmonar o la probabilidad de contraer enfermedades autoinmunes, entre otros aspectos.

Esta falta de conocimiento sobre las diferencias entre cuerpos es, en gran parte, consecuencia de la exclusión sistemática de las mujeres en ensayos clínicos. La mayoría de las investigaciones sobre enfermedades cardiovasculares se han hecho con hombres: entre 1987 y 2012, los estudios sobre enfermedades cardiacas tenían apenas un 25 % de mujeres entre sus participantes. Estas estadísticas se presentan en casi todos los ensayos clínicos y suelen ser resultado de dos cosas:

El cuerpo «neutro» y «normal» es masculino. Los antiguos griegos percibían los cuerpos femeninos como «cuerpos masculinos mutilados», como un hombre «vuelto hacia dentro» o invertido.

El cuerpo masculino representaba un ideal inalcanzable para las mujeres. Como herencia de estos pensamientos, el cuerpo masculino era la representación del cuerpo humano. En la actualidad, esto se refleja en estudios de varias universidades de Europa, Estados Unidos y Canadá, que concluyen que las «partes neutrales del cuerpo» se representan tres veces más con cuerpos masculinos que con cuerpos femeninos.

El sistema endocrino femenino. En concordancia con la idea de que los cuerpos masculinos son el canon de lo humano, el entendimiento de las hormonas masculinas es mucho más profundo que el de las hormonas femeninas. Involucrar a mujeres en estos estudios preliminares acarrea esfuerzos adicionales para comprender las reacciones químicas de los medicamentos probados.

Estas decisiones excluyentes tienen efectos en la vida cotidiana de las mujeres; por ejemplo, las pastillas anticonceptivas: aparecieron en 1951 y fueron un hito en la historia femenina; ahora, son la droga (legal) más amplia y regularmente consumida en el mundo; pero, aún hoy, las mujeres están expuestas a graves efectos secundarios, ¿cómo es que setenta años después de su debut siguen teniendo una lista tan amplia de efectos secundarios?

Las personas encargadas del producto no son las mismas que lo consumen.

Foto: Wikimedia Commons - Las nociones de cuerpo “neutro” y “normal” han sido construidas sobre la base del cuerpo masculino y desde nociones de los antiguos griegos quienes percibían los cuerpos femeninos son como “cuerpos masculinos mutilados”

Elinor Ostrom: una perspectiva nueva y necesaria

Por eso es necesario que las mujeres lideren proyectos de investigación, para construir metodologías innovadoras que mejoren nuestra comprensión y lleven a nuevos temas.

Elinor Ostrom, la primera mujer en ganar el premio Nobel de Economía, es una de mis heroínas, de la que hablo en cada oportunidad que tengo. Ostrom recibió el Nobel en 2009, 108 años después de la primera entrega –y 41 años después de la entrega del primer Nobel de Economía–, «por su análisis de la gobernanza económica, especialmente de los bienes comunes».

El trabajo de Ostrom se basó en refutar las ideas, en el momento prevalentes, de Garrett Hardin, que en 1968 propuso la idea de «la tragedia de los comunes»: en pocas palabras, es inevitable que un bien de acceso común se deteriore hasta llegar a su agotamiento, si las personas que lo consumen tienen en cuenta solo su propio interés. Como solución, Hardin propuso, básicamente, la privatización y el control estatal de los recursos.

Tras años de trabajo de campo y de conversaciones con comunidades sobre el manejo de sus recursos naturales, Ostrom comprobó que la tragedia de los comunes es perfectamente evitable, especialmente cuando se les da el poder a las comunidades que dependen del recurso para gestionarlo de la manera que vean apropiada; también mostró que las visiones estatales han destruido los recursos naturales. Por tanto, ni la privatización ni el control estatal son la solución para el mal manejo de los recursos de uso común.

El momento de nuevas perspectivas

Las visiones androcéntricas prevalentes han silenciado muchas voces, no apenas de las mujeres, sino de otras culturas, como las comunidades indígenas y negras, cuyos conocimientos sin duda aportarían a la comprensión del planeta que habitamos.

Es el momento de oír otras voces; como dijeron en sus discursos de aceptación las ganadoras Nobel de este año, es necesario motivar a nuestras niñas y jóvenes: ellas también tienen las habilidades para dedicarse a la ciencia, sin importar su edad, su curso o su nacionalidad.

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