Emmanuel Macron o el arte de ganar perdiendo | Razón Pública 2024
Foto: Assemblée nationale

Emmanuel Macron o el arte de ganar perdiendo

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Francia se encuentra en un impasse institucional. Aunque Emmanuel Macron en su segundo mandato no ha ganado ni una elección, de alguna manera, todavía sigue saliendo a flote.

Enrique Uribe Carreño*

Un impasse institucional

Luego del pésimo resultado obtenido por la alianza presidencial en las elecciones para el parlamento europeo del 9 de junio (14,6%), Emmanuel Macron optó por disolver el parlamento francés y convocar elecciones legislativas. La decisión extrañó a no pocos, por no decir a todos. 

El recurso de disolver la asamblea puede rastrearse hasta la Revolución francesa. Al abordar la cuestión de la independencia de los dos poderes, el ejecutivo (el rey y sus ministros) y el legislativo (la Asamblea Nacional), la asamblea atribuyó al rey un derecho de veto suspensivo. Los monárquicos pedían un derecho de veto absoluto, lo cual podría haber bloqueado el funcionamiento de la asamblea. Si hay un desacuerdo total entre el rey y la asamblea, se consideró la creación de un mecanismo de consulta popular, el monarca tendría la posibilidad de disolver la Asamblea Nacional y convocar nuevas elecciones. 

Más allá de los detalles posteriores, en el régimen semipresidencial actual, donde el presidente asume el rol del rey bajo el título de jefe de Estado, el mandatario aún tiene la facultad de resolver bloqueos legislativos y disolver el Parlamento para configurar un nuevo cuerpo electoral. 

En la historia francesa han existido disoluciones que fortalecieron al partido en el poder como la de Charles De Gaulle (1962, 1968). Otra disolución, en 1997 generó una cohabitación, es decir, situación en la que el poder ejecutivo, que es bicéfalo (presidente y primer ministro), está ocupado por dos adversarios políticos. Dicho de otro modo, la mayoría presidencial no corresponde con la parlamentaria. Esta cohabitación duró cinco años. Sin embargo, la disolución del parlamento desapareció durante 27 años del horizonte político francés.

Hoy es muy difícil hacer un pronóstico sobre el futuro del gobierno francés, sobre todo cuando el que mueve una parte de las fichas del tablero de ajedrez es un jugador de póker

Tras convocarse por sorpresa las elecciones al parlamento, en la primera vuelta los electores le dieron una victoria relativa a la ultraderecha (32%). En la segunda vuelta, la izquierda creó una unión coyuntural, el Nuevo Frente Popular (NFP), que sacó el mayor número de escaños. La victoria del NFP es relativa y frágil, dado su composición variopinta (Francia Insumisa, Partido Socialista, Verdes, Comunistas, diferentes izquierdas), la ausencia de un líder y las matemáticas (la mayoría se obtiene con 289 escaños, el NFP solo obtuvo 194). 

Aunque el grueso del electorado abandonó a Macron y descalificó la decisión de disolver el parlamento, no existe una oposición compacta. Por ello, hoy es muy difícil hacer un pronóstico sobre el futuro del gobierno francés, sobre todo cuando el que mueve una parte de las fichas del tablero de ajedrez es un jugador de póker.

Más allá de la disolución

Los resultados de las elecciones (30 de junio y 7 de julio) no han dejado satisfecho a nadie. En el discurso de 4 minutos en el que anuncia la disolución de la Asamblea, el presidente concluye diciendo que “frente al avance de la ultraderecha se agrega el desorden y la fiebre del debate público y parlamentario”. 

Frente a la inminente llegada al poder del RN de Le Pen (Rassemblement National en francés), la estrategia de la unión de la izquierda para la segunda vuelta surtió parcialmente efecto. El nuevo NFP pasó de 133 a 194 escaños. 

El lepenista RN no consiguió la mayoría absoluta (289 escaños), pero aumentó sus escaños de 89 a 126. Así, se constituye como el principal partido en el parlamento, fortalecido con los 17 tránsfugas que se desprendieron de Los Republicanos, llegan a 143 escaños. Para Marine Le Pen, el 7 de julio el RN tuvo una victoria diferida. En 2027, ya no hay vuelta de hoja, dijo al comentar los resultados. 

El gran perdedor fue la alianza presidencial (Renaissance, Horizon, Modem), la cual pasó de 245 a 166 escaños. A simple vista, hay tres minorías irreconciliables en la tradición de la Quinta República, el régimen instaurado en 1958. No hay consenso sobre el vencedor, ya que nadie obtuvo la mayoría. La izquierda, que sacó el mayor número de escaños, reivindica la victoria y espera que uno de sus líderes sea llamado a la cabeza del gobierno. Por ausencia de consenso interno, ya han sido descartadas varias personas. Este disenso juega a favor del campo presidencial. 

El ultraderechista RN, que llega en tercer lugar en número de escaños, fue el partido más votado (10 millones de votos). El RN acusa al presidente de amangualarse con la izquierda en la segunda vuelta para “eliminar el partido del pueblo”. Desde el año 2002, cuando Jean Marie le Pen clasificó para la segunda vuelta de las presidenciales, los partidos que consideran que sus ideas menoscaban la República, han constituido una “barrera de contención”, un arco republicano contra el lepenismo. 

La barrera funcionó: el centro derecha de Macron y la izquierda se coordinaron para retirar candidatos en la segunda vuelta e impedir el triunfo de la Agrupación Nacional. En las legislativas, para mantenerse en la segunda vuelta en cualquiera de las 577 circunscripciones electorales, un candidato debe obtener en la primera vuelta al menos 12,5 % de los electores inscritos. La segunda vuelta se realiza en las circunscripciones en las que ningún candidato (a) supera el 50%. 

La batalla por la jefatura de gobierno

Cada uno de los bloques reivindica su legitimidad para formar gobierno. Los Republicanos de Laurent Wauquiez señalan que “Francia dio claramente un giro a la derecha y que Emmanuel Macron debería escoger un primer ministro entre Los Republicanos”. Édouard Philippe, ex primer ministro de Macron dice que hay que hacer un acuerdo entre centristas y Los Republicanos. Por otro lado, el centrista François Bayrou, presidente del Modem, preconiza una alianza de la derecha, el centro y la social democracia socialista. 

El centrista Gérard Larcher, presidente del Senado, acusa a Macron de haber jugado con el país, ya que la disolución ha resultado en la formación de tres minorías no viables. Larcher sugiere que la única salida es el «cabotaje legislativo», es decir, consensos texto por texto. Además, advierte que, si el presidente nombra a un primer ministro del NFP, sería un «golpe de fuerza democrático» y él llamaría de inmediato a censurar dicho gobierno.

La unión de izquierdas (NFP), con el mayor número de escaños, no duda en pretender la cabeza del gobierno. Por ahora, la derecha y el campo presidencial vetan cualquier candidato que provenga del partido de Jean Luc Mélenchon (Francia Insumisa), ya que consideran a dicha coalición de extrema izquierda. Entre otras, los acusan de ser benevolentes con el grupo terrorista Hamás. Para Mélenchon, el presidente debe aceptar su derrota y nombrar a un miembro del NFP, el cual debe aplicar un programa de izquierda. 

Al verse rechazado por Macron, el líder de Francia Insumisa denuncia “el regreso del veto del rey en contra del sufragio universal” y el retorno de las intrigas de la Cuarta República. De hecho, en 2016, en el programa de Francia Insumisa, aparece la propuesta de una constituyente para elaborar la Sexta República que sucedería a la Quinta República, calificada de “monarquía presidencial”. 

Adiós al presidencialismo 

Foto: Wikimedia Commons - Gérard Larcher acusa a Macron de haber jugado con el país, ya que la disolución ha resultado en la formación de tres minorías no viables.

En el segundo mandato, sin mayoría en el parlamento, Macron recurrió 12 veces al artículo 49.3 de la Constitución, el cual permite legislar sin la aprobación de los diputados.

Desde 1962 se volvió costumbre en Francia gobernar con mayorías absolutas. Parece como si se hubiera atrofiado la capacidad para hacer compromisos y crear coaliciones. En el imaginario galo la Tercera y Cuarta República evocan momentos de inestabilidad, desorden y triquiñuelas. Después de la segunda vuelta el 7 de julio, el sistema de coaliciones de partidos minoritarios podría resucitar.  

En el segundo mandato, sin mayoría en el parlamento, Macron recurrió 12 veces al artículo 49.3 de la Constitución, el cual permite legislar sin la aprobación de los diputados (un poco parecido a eso que conocemos en Colombia como gobernar bajo estado de excepción). El hartazgo manifestado en las calles (chalecos amarillos en el primer mandato, huelgas masivas contra la reforma pensional y grandes manifestaciones de los agricultores en el segundo) y los decretos presidenciales terminaron por deslegitimar al gobierno. 

Revolución es el título del libro-programa de la primera campaña presidencial de Macron. En sus páginas, el candidato proponía liderar una revolución democrática al abolir la oposición derecha-izquierda. El 11 de julio, Macron escribió una carta a los franceses en donde les dice que con el voto del 7 de julio “ustedes hicieron votos para la invención de una nueva cultura política francesa”. 

Además de utilizar dicho leitmotiv desde su primera campaña, Macron se ha presentado como el líder capaz de acompañar el advenimiento de esa nueva cultura política. Una política cuya alma se basaría en la fe en el progreso, enraizado en la defensa de la unión europea, y sin ningún tipo de ideología. En los siete años de presidencia macronista, el parlamento ha sido irrelevante al punto de convertirse en la marioneta de un poder presidencial que no para de desgastarse. 

La oposición real ha pasado a las calles, el bipartidismo ha desaparecido, el partido fundado por el presidente corre el riesgo de desaparecer antes de haber llegado a su madurez y, quizás lo más preocupante, la ultraderecha se ha convertido en el principal partido del país. Todo lo anterior cuestiona la viabilidad de la Quinta República. 

La pregunta es cómo encontrar una relación fluida entre un ejecutivo bicéfalo y un parlamento sin mayorías, cuyos inquilinos provienen de 11 feudos diferentes. A pesar de no tener tropas suficientes, Macron mueve con éxito sus fichas al lograr la noche del 18 de julio que la asamblea nombre a un miembro de su partido en la presidencia del parlamento. 

Si tiene pensada otra jugadita de ese estilo para imponer un primer ministro, tendrá que esperar hasta después de los Juegos Olímpicos, pues durante este evento es impresentable una cascada de mociones de censura en el parlamento y en la calle. Además de desacreditarlo internacionalmente, reforzará la idea de que un presidente que pierde las elecciones no debería gobernar. 

En agosto Francia descansa, y, pase lo que pase, el país hará una larga siesta. Una manera inteligente de aprovecharla sería leyendo a Montesquieu y viendo la serie danesa Borgen. Mientras que el filósofo nos recuerda la interdependencia del mundo de la norma y de la naturaleza humana, el culebrón danés nos muestra el modo en que un gobierno se cobija cuando lo que hay es una manta de retazos. He aquí el futuro que ha inaugurado las últimas elecciones legislativas. 

Acerca del autor

Enrique Uribe Carreno
euribe@razonpublica.org | + posts

*Sociólogo. Profesor en Sciences Po, Universidad de Estrasburgo.

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*Sociólogo. Profesor en Sciences Po, Universidad de Estrasburgo.

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