
¿Negros o afros? ¿Cómo resolver esta discusión?
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Aunque existe un debate permanente sobre si debe hablarse de “negros y negras” o de “afrodescendientes”, este texto propone ir más allá de este asunto semántico para construir una cultura de respeto y amor.
Una discusión de nunca acabar
Leer el texto de Humberto Maturana Emociones y lenguaje en educación y política me llevó a pensar en la discusión que aparece en todos los encuentros de las organizaciones del movimiento negro/afrocolombiano: ¿Somos negros o somos afro?
Esta es una discusión de nunca acabar, que cuando entra en escena desplaza cualquier otro tema, polariza las posiciones e impide el diálogo en torno a la necesidad de construir alternativas al estado de opresión que vive la población “negra” en Colombia.
Quienes se definen como “negros” y “negras” sustentan argumentos tan válidos como quienes se definen como “afros”. Identificarse como “negro” o “negra”, para quienes lo hacen, significa reconocer un estado de subordinación que se originó en la trata transatlántica de esclavos, y en todo el proceso de esclavización que acabó por convertir al africano en un ser sin humanidad, homogenizado bajo el término “negro”. Se reconoce entonces que devenir negro o negra fue producto de un proceso de deshumanización del africano, a quien se convirtió en objeto, en mercancía, en una cosa que podía ser comprada y vendida.
Por eso se argumenta que negarse negro o negar lo negro significa negar toda esta historia de opresión, pero también de resistencia y luchas.
Y si bien la esclavitud fue abolida legalmente en Colombia en 1851, la condición subordinada y deshumanizada de la población negra permanece hasta hoy. Por eso se argumenta que negarse negro o negar lo negro significa negar toda esta historia de opresión, pero también de resistencia y luchas.
Como dice Libia Grueso, “negar lo negro sería negar el proyecto de lucha libertario por ser un sujeto autónomo pleno en condiciones y capacidades para su propio desarrollo”.
Es más, se propone el derecho a ser negro como un proyecto frente a esa negación como persona humana. De esta manera se le otorga al etnónimo “negro – negra” un sentido positivo en contraste con sus connotaciones racistas.
Por otro lado está el término “afro”, que se popularizó en los años noventa. Quienes insisten en su uso argumentan la relación que el término establece con África como el continente madre. Se afirma que lo afro nos vincula con nuestro ancestro y nos otorga el valor humano que nos robó el término “negro”.
Quienes defienden este término rechazan la denominación “negro-negra” como ofensiva, ya que, aseguran, reduce a un amplio grupo de seres humanos a su color de piel.
Se insiste en que los africanos secuestrados para ser esclavizados en América procedían de diversas culturas: ashantis, bantúes, yorubas, araras, carabalí, congoleses, mandingas, entre muchísimas otras, y que fueron homogenizados bajo el término “negro”, que no sería así un etnónimo (el nombre que se atribuye el mismo pueblo) sino un exónimo (un nombre otorgado por otros para deshumanizar).
El término “afro” también quiere apartar al afrodescendiente de la asociación que se ha hecho entre lo negro y lo malo. Se considera que, como dice William Mina, “lo negro es una herencia de como el lenguaje imperial quiso que se nombrase a los otros, para –sencillamente- decir que eran bárbaros, salvajes, y que por tanto el régimen establecido era legítimo”.
Ambas posturas – la que defiende lo “negro” y la que defiende lo “afro”- afirman la importancia que el lenguaje tiene para construir realidades. La primera sostiene que si bien lo negro ha sido construido como el lugar de todo lo malo y lo perverso, también es el lugar de la resistencia y de las luchas de liberación, por lo cual le da la vuelta al término y lo hace propositivo, reafirmando esas luchas y resaltando la belleza de lo negro, hace del cuerpo negro el lugar para la construcción de la autoestima y la valoración propia como individuos y como pueblo.
![]() Asistentes al Festival Petronio Álvarez del año 2013. Foto: Sol Robayo @SolRobayoS |
¿Por qué discutimos?
Humberto Maturana nos dice que hay dos tipos de discusiones. Las que se resuelven fácilmente porque el desacuerdo solo tiene un fundamento lógico, como cuando alguien afirma que la capital de España es Barcelona y otra persona le demuestra que está equivocado. Ese es un desacuerdo trivial, del cual nadie sale profundamente enojado.
El otro tipo de discusión, donde casi siempre nos enfurecemos, es de carácter ideológico es decir, el de las discusiones basadas sobre las premisas fundamentales de cada uno. Afirma Maturana que “esos desacuerdos siempre traen consigo un remezón emocional, porque los participantes en el desacuerdo viven su desacuerdo como amenazas existenciales recíprocas”.
En efecto, estas discusiones acerca de si se es negro o afro son profundamente emocionales, a veces al borde de la histeria de ambas partes. Esto se da así, según Maturana, porque los “desacuerdos en las premisas fundamentales son situaciones que amenazan la vida ya que el otro le niega a uno los fundamentos de su pensar y la coherencia racional de su existencia”. Desacuerdos como este no tienen la esperanza de resolverse fácilmente.
Desde posiciones polarizadas, como las de la discusión entre lo “negro” y lo “afro”, se juzga al otro como fundamentalista y se ubica a uno mismo en la verdad. Son discusiones, como las religiosas, que no se basan en la razón sino en la emoción.
Se puede pensar en la tolerancia mutua, pero tolerar es una manera de decirle al otro que está en un error, que aunque está equivocado lo aceptamos por un tiempo. Por eso afirma Maturana que “la tolerancia es una negación postergada”. Entonces, ¿qué salida hay a esta situación?
Se afirma que lo afro nos vincula con nuestro ancestro y nos otorga el valor humano que nos robó el término “negro”.
Cómo resolver el conflicto
La propuesta de Maturana es la de la aceptación legítima del otro en la convivencia. No la negación postergada de la tolerancia sino la aceptación del otro como un legítimo, lo que me lleva a respetarlo.
Maturana parte del amor como el sentimiento constitutivo de la vida humana. Pero no se trata del amor romántico ni bobalicón; él llama amor a esa necesidad del ser humano de vivir en comunidad, lo cual exige una aceptación mutua, y que constituye un modo de vida que ha definido a la especie humana desde sus orígenes.
Por eso puede decirse que el compartir y el vivir en comunidad es parte de nuestra historia como pueblo negro/afrodesciendiente. La competencia de la sociedad occidental no hace parte de nuestra historia, ni como afrodescendientes ni como seres vivos.
La evolución de lo humano no se da en competencia sino en el compartir; por eso podríamos afirmar que la sociedad colonial patriarcal y racista occidental no ha evolucionado hacia lo humano sino que ha involucionado.
Si el amor es la emoción que ha hecho posible la historia de hominización, es a través del amor como se da la posibilidad de lo social, ya que sin la aceptación del otro en la convivencia no hay fenómeno social.
Esto nos lleva a preguntarnos: ¿estamos los afrodescendientes, negros y negras, estableciendo comunidad o estamos reproduciendo la inhumanidad de la sociedad occidental?
Esta no es una pregunta para quienes todavía creen en el progreso, en el desarrollo y en las promesas de la modernidad que exigen que unos seres humanos sean canibalizados por otros.
Es una pregunta para quienes nos preocupa la unidad del pueblo negro/afrodesciendente en el propósito de construir los otros mundos posibles que son ya una anticipación en muchas de nuestras formas de vida ancestrales como comunidad negra.
![]() Esclavos y joven blanca en Brasil en el s. XIX. Foto: Wikimedia Commons |
Entre paréntesis
La salida, entonces, para lograr superar esta discusión es lo que Maturana ha llamado la objetividad entre paréntesis. Se trata de no adoptar la postura de pensarse o creerse poseedor de la verdad, porque en esta vía el que no está con uno está en contra de uno.
Poner la objetividad entre paréntesis implica que, independientemente de lo que cada cual piense o crea (católico, evangélico, musulmán, negro, afro, homosexual, lesbiana, heterosexual), hay aceptación mutua y hay convivencia.
Lo contrario, el creerse poseedor privilegiado de la verdad, el creer que se tiene acceso al Dios único y verdadero, el considerar que el conocimiento válido es el propio, que las experiencias propias son las válidas, es estar en el camino de la objetividad sin paréntesis, que implica una separación insuperable con los demás que no piensan como uno.
Hemos sido formados en una concepción cartesiana del saber y para defender nuestras verdades con frecuencia, en la vida diaria, acudimos a la supuesta objetividad de nuestros planteamientos, que pretenden ubicar al otro en el error. Si nosotros estamos en la verdad, necesariamente los demás están equivocados.
Estas discusiones acerca de si se es negro o afro son profundamente emocionales, a veces al borde de la histeria de ambas partes
No se trata aquí de definir quién está en la verdad y quién no, sino de hacerse responsable de las propias negaciones. La idea es conocer las propias limitaciones, reconocer que no estamos ubicados en una posición privilegiada que nos da acceso a una realidad y un saber trascendental, sino más bien que el otro es tan legítimo como yo y que también tiene acceso a sus propios saberes y a sus propias experiencias de vida.
En conclusión, la propuesta es superar el ámbito religioso, ideológico, donde se ha estado dando la discusión entre lo “negro” y lo “afro” en Colombia. Reconocer que es un debate lleno de emociones que se enmascaran en la racionalidad y que “nadie está intrínsecamente equivocado por operar en un dominio de realidad distinto del que yo prefiero”.
Hay que preguntarse si vale la pena gastar energías oponiéndose y hasta intentando destruir a quienes se reivindican negros/negras porque están equivocados o a quienes se asumen afro porque están en un error.
Ese camino no conduce a ninguna parte. Más bien hace el juego a quienes les conviene que nos enredemos en discusiones sin futuro mientras se expropia, se desplaza, se desterritorializa, se mata, se viola, se niega empleo decente y vida digna, en una palabra, mientras se reproduce la inhumanidad de la población negra/afrodescendiente en todo el país.
* Socióloga de la Universidad del Valle, con Maestría en Filosofía de la misma universidad; estudiante del Doctorado en Estudios Culturales Latinoamericanos en la Universidad Andina Simón Bolívar. Docente catedrática de la Universidad del Valle.
Acerca del autor
Betty Ruth Lozano
Socióloga de la Universidad del Valle, con Maestría en Filosofía de la misma universidad; estudiante del Doctorado en Estudios Culturales Latinoamericanos en la Universidad Andina Simón Bolívar. Docente catedrática de la Universidad del Valle
2 comentarios







ADIÓS AL LENGUAJE NEGRISTA Y NEGRALIZADOR
En respuesta a una NEGRISTA. Los afrikaners no son AFROS. Son africanos pero no AFROS. No hay que separar «afri» de «ka» (Afrika) porque «afri» no es un prefijo como lo es «afro» en el caso de «afrodescendiente). Los magrebíes son africanos -aunque muchos no se consideran africanos. Pero no son AFROS. El término AFRO incluye «Africa» como continente pero -fundamental- cultura propiamente africana, bantú, si quieres. Los afrikaners son de cultura europea, los magrebíes de cultura árabe. Ni unos ni otros son AFROS como nuestros hermanos de Afroamérica (afrocubanos, afrobrasoleños, afrodominicanos, afroargentinos, afroecuatorianos, etc) Todos orgullosamente AFROS. Un colombiano eurodescendiente, por ejemplo, no es AFRO aunque esté influenciado por algún elemento de la cultura africana. Sus antepasados no llegaron de África ni comparten la misma cultura que los auténticos AFROS. Finalmente, el término AFRO que identifica a todos los originarios de África esparcidos por todo el mundo, es inclusivo y excluyente. A saber, incluye TODAS la tonalidades de piel existentes en las comunidades AFRO, desde la más oscura hasta la más clara. De todo hay. Es decir, recoge la rica variedad de tonalidades de nuestro MUNDO AFRO. Es EXCLUYENTE en el sentido de que si nos llamamos y queremos que nos llamen AFROS -y no por el estilo de peinado- es porque NO queremos que se nos llame por el color NEGRO de la piel, y más, por lo dicho, cuando no todas las epidermis son de tono negro. ¿Por qué una «mulata» (término en desuso) presume de su «negritud»? ¿Porque el supremacista venció y convenció que ella pertenece a la RAZA NEGRA? El término NEGRO arrasa con la rica diversidad antes mencionada. Y porque estamos en total desacuerdo -casi guerra- con los llamados NEGRISTAS, esos «negros» que quieren llamarse así y que se les llame así. Los NEGRISTAS, anclados en el lenguaje del amo esclavista, NEGRALIZAN todo lo que les rodea. ¿Qué es eso de memoria negra, conciencia negra, mundo negro, arte negro, música negra, otredad negra, raza negra, continente negro, Europa negra, y mil etc.? Sabiendo que el apelativo es mal visto y oído, ahora dicen que «negro no es un color, es un sentimiento, una resistencia». En fin, remito a la página http://www.facebook.com/afrotransicion/ que ayuda a transitar del NEGRO al AFRO y a utilizar un Lenguaje Humanamente Correcto en el que no se reduzca a las personas al color de su epidermis, por muy bonito que sea. Y quede claro. El problema no está en el color negro sino en la mente de quienes están encadenados al lenguaje inventado por los supremacistas que nos cosifica. No olvidemos que el color es una propiedad de las COSAS. Y que, como se repite mucho, la PERSONA no tiene color. El lema de nuestra campaña se resume: EL COLOR DE MI PIEL NO ES MI NOMBRE.
El valor de mi piel no es mi.nombre,perfecto!!!Necesitaba aclarar este punto,para no faltar el respeto a la persona de otra etnia. Y estoy de acuerdo que quienes le pusieron » negro» ,fueron aquellos que los esclavizados, deshumanizándolos.Hay que respetar a todas las etnias.Y muy de acuerdo a que » el color se les pone a las cosas.