Experimentación y vida: la lengua como un lugar seguro

Experimentación y vida: la lengua como un lugar seguro

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En su posesión como miembro de la Academia Colombiana de la Lengua, Alejandra Jaramillo reflexiona sobre la experimentación literaria y su rol como académica, explorando el papel que puede y debe desempeñar como vigía de la lengua.

Quiero empezar por dedicar estas palabras a todas las personas que han alimentado y compartido conmigo vitalidad y espíritu y en especial a mi prima Nova.

También quiero agradecer a las académicas y académicos que decidieron recibirme en este recinto por elegir a una mujer disidente, que ha hecho su vida en el borde del experimento y que representa muchas luchas. Y claro, no puedo dejar de decir que me llenó de orgullo hacer parte de una elección en que fuimos electas siete mujeres y cinco hombres, y adicionalmente que entre esas personas se encuentren una poeta afro, Mary Grueso y una maestra de lenguas indígenas, Bárbara Muelas. Estoy convencida de que más allá de la identidad de cada una y uno de nosotros, contamos con trayectorias ricas que nos hacen merecer la participación en esta institución, pero creo también que reconocer la ausencia en la representación de diferentes sectores de nuestra sociedad, que históricamente no han sido escuchados, es una necesidad y un acto de justicia imperioso. Con mi mayor convicción, veo en ese grupo elegido un cambio que celebro.

También debo decirles que, desde ese día en diciembre del año 2024, cuando me enteré de mi designación como académica, he tenido que preguntarme qué significa para mi vida aceptar esta invitación. Las palabras que siguen serán mi reflexión ante el mandato que esta elección me otorga, sobre el papel que puedo y debo tener como vigía de la lengua, que ha sido, por cierto, la materia primordial de mi trabajo en la vida.

Experimentación

La vocación de libertad, la búsqueda de formas nuevas de representar y comprender la vida es para mí la esencia principal de la escritura. Escribimos para dar cuenta de la existencia, apelando a la experimentación, a la fractura de lo establecido, porque en lo ya aceptado se esconde la grieta por donde podemos ver lo que no se quiere ver y nuestra tarea es develar y dar nueva forma al mundo para revelar lo que se hace invisible. Por ejemplo, siempre ha habido poder de unos seres sobre otros y la literatura ha dado cuenta de las perversidades que allí se expresan, pero eso no significa que las relaciones de poder estén ya narradas, que la manera en que las comprendió Kafka o Cervantes o Woolf haya revelado la esencia del poder y mucho menos que las formas literarias para narrarlas estén agotadas. No, porque el poder muta, como la escritura, y cada ser que regresa a las palabras para develar los horrores o las bondades del poder de su entorno o su época se enfrenta, como si fuera la primera vez, a las palabras que podrán nombrarlo, que podrán darle forma para que otros seres lo lean. Siempre nos hemos preguntado qué es la muerte o el amor o la felicidad, y será eterna la búsqueda de esas respuestas, habrá tantas versiones como seres humanos, porque las épocas cambiarán esas comprensiones, porque las contingencias de la vida trasformarán lo que entendemos por muerte, amor o felicidad. Como bien lo dijo el maestro Jorge Luis Borges, somos la suma de unas cuantas metáforas que se repiten y transforman. Ahí entra la vocación de libertad, un ser que percibe el mundo y sus metáforas cree develar cómo es y le da nueva forma. ¿Cómo? Con las palabras encuentra otra manera de producir sentido. Así, cada ser que llega a la escritura vive esa libertad demiúrgica de volver a hacer el mundo y es gracias a la experimentación con las palabras que logramos entrar en la ficción y moldear la realidad que queremos representar. Ahora bien, sin romper las reglas de la lengua en la que escribimos, sus códigos y sus normalidades, la invención, comprensión y representación novedosa de la realidad sería imposible. La literatura es para la gramática, para los usos establecidos de la lengua, el temblor de tierra, el huracán que todo lo cambia, y a la vez, en la literatura, la gramática se impregna para dar cuenta de las variantes del habla, para dejar sentadas las maneras que tiene cada época de usar una lengua. Encontramos pues en la literatura la dialéctica de lo establecido y lo novedoso, de lo que quiere permanecer y lo que cambia. 

A simple vista, hablar de esa vocación de libertad de la literatura en sus usos de la lengua tiene consecuencias y premisas muy distintas si lo hago como profesora de literatura o escritora, que como académica de la legua. Los comentarios más recurrentes y jocosos que he recibido en estos meses son: ahora que es académica, cuidado con sus palabras, tiene que hablar bien, no más groserías. Usted que es la que sabe de gramática dígame cómo se dice. Supongo que mi padre, Diego Jaramillo, se removerá en la tumba porque de niña lo defraudé por no querer estudiar gramática tanto como a él le hubiera gustado, al punto que cuando le entregué mi primera novela publicada me dijo, pero cómo vas a escribir si no sabes bien gramática. Meses después admitió que pese a su frustración le parecía que mi escritura iba por buen camino. O por ejemplo la dicha de mi hijo, Matías, de corregirme alguna palabra se ha multiplicado ahora, uy mamá yo he corregido a una académica, me dice. Como profesora pareciera que puedo hablar desde la autonomía, como escritora permitirme todas las experimentaciones, pero como académica en formación, pareciera que pierdo toda libertad. Y claro, yo misma he vivido esa relación dual con la idea de que exista un ente que rige a la lengua. Porque de un lado la consulto, es mentiras que no me interesa el estudio de la gramática, pero del otro me resisto a la idea de que unas cuantas personas dictaminen sobre lo que se puede hacer o no con la lengua. De todas maneras, en estos meses, ante la sorpresa y la pregunta de qué rol quiero tener en este espacio, he entendido que la tarea está en estudiar los camios que en el deseo de protegerla. No cabe duda de que la lengua de los hablantes muta a una velocidad no académica, y eso es preocupante porque muchas necesidades se ven excluidas por quienes dictaminan qué es la regla y qué no. Porque más allá de que la lengua de la calle pueda expresarse con autonomía, y que como decía Miguel de Unamuno, “Las lenguas, como las religiones, viven de las herejías”. Esas decisiones, que por suerte toma la RAE y no nosotros, son políticas, como lo es toda toma de posición y por ello revelarse contra lo que se acepta o no se acepta como regla es tan importante. Ya lo decía el escritor que aquí nos observa, Gabriel García Márquez, en una entrevista del año 1972, “El castellano hablado anda por la calle, en cambio al castellano escrito lo tienen preso desde hace varios siglos en ese cuartel de policía del idioma que es la Academia de la Lengua. Tratar de liberarlo, reduciendo cada vez más la distancia entre el castellano escrito y el castellano hablado, es una tarea en que debemos empeñarnos los escritores de lengua castellana, y en la que de hecho estamos empeñados los novelistas latinoamericanos”.

Volvamos pues a la experimentación literaria. Imaginemos por un momento que las reglas de la legua, que la gramática y sus leyes establecidas nos impidieran la experimentación. Que la necesidad humana de narrar la vida tuviera que ser atajada para salvar a la lengua de lo esperpéntico, de lo indefinible, de lo nuevo. Qué sería de la literatura si como propone Verónica Gerber, la escritura no fuera compostaje, si nuestra lengua no fuera como una tierra inmensa y fértil que permite múltiples cosechas. Ponerle límite a la lengua y a la posibilidad de narrar la vida es absurdo, es un encarcelamiento insoportable. Es como la catástrofe que podría generarse si la idea de que no haya apropiación cultural en la literatura siguiera su curso. Quedaríamos, quienes escribimos, sometidos a narrar solo el ínfimo mundo que nos encierra, nuestra propia identidad, y perderíamos esa otra libertad de la escritura que implica lanzarse a crear mundos desconocidos, a procurarnos comprender la vida de seres diferentes a nosotras mismas. Pero hay algo que, si quiero dejar claro sobre este tema, que yo escriba sobre una mujer indígena o una española en el siglo XVII o sobre una mujer afro en el siglo XIX, y que tenga esa libertad de la imaginación y la investigación no niega mis privilegios y me llama a reconocer que como lectora y como profesora, buscaré muchas otras voces, de muchos lugares de enunciación, para entender esos seres que no soy yo misma. Promuevo la inclusión y la diversidad y ahí está una de mis premisas como vigía de la lengua, seguir abriendo el espacio de la Academia, universidad o Académica de la lengua, para que más voces sean leídas y escuchadas.  

La experimentación en nuestro medio ha tenido muchos propósitos. Reivindicar ciertas raíces, como las i latinas que usaba Borges en sus poemas vanguardistas para no dejar llegar a sus textos la y griega o sus juegos con los géneros para desnaturalizarlos, que la historia sea filosofía y la literatura ciencia, que nada sea una sola forma del lenguaje. Representar la incapacidad de la lengua, como ese vuelo y caída del Altazor de Huidobro, ese inmenso poema que culmina en el balbuceo, en el silencio.

El sujeto escindido de Cesar Vallejo en esos versos que cambiaron el curso de nuestra poesía para siempre. Darle voz a los muertos como en la novela La amortajada de María Luisa Bombal, la madre del Boom según decía Carlos Fuentes o en Pedro Páramo de Juan Rulfo, esa Comala hecha de susurros desde el más allá. O la poesía que habla desde la muerte misma de Alejandra Pizarnik.

Hacer de la escritura un espacio de incomodidad para la lectura, como lo logró Macedonio Fernández en muchos de sus textos, un ejemplo de ello es el Museo de la novela de la eterna con los innumerables prólogos que impiden la tranquilidad de la trama y más bien proponen un pensar que excede a la novela decimonónica y sus búsquedas realistas. 

La lista es larga pero no evitable. En especial cuando llegamos a los años sesenta y el relato de nuestra América, nutrido de diálogos con otras experimentaciones, del inglés, como Joyce, Woolf y Faulkner, del francés como Proust, del alemán como Kafka y de Mann, del ruso como Dostoievski, crea sus propias maneras de dislocar las técnicas del realismo social y reinventa la narración en nuestra lengua. No en vano, después del Quijote, la segunda novela más leída en la historia del español fue escrita por un latinoamericano, García Márquez, que no solo quiso escribir como se habla en la calle, sino que con maestría y belleza creó una lengua americana, mezcló vocablos de las hablas de todos nuestros países, reinventó la realidad misma y se inventó una manera de hacer los tiempos de la vida simultáneos. 

Los años sesenta y setenta fueron un desborde de novedades, y no lo digo en el sentido comercial sino en el sentido del ajedrez, cuando en medio de una partida se descubre que quien acaba de mover una pieza ha realizado un movimiento nunca antes visto. Porque más allá de las grandiosas obras de los cuatro o cinco autores considerados como el Boom de la literatura latinoamericana, logro comercial y literario, hay una multiplicidad de voces que estremecieron las letras de América en el espíritu creador de esos años. 

El encuentro sonoro de las voces indígenas en la vida de un niño en Perú, escrito por José María Arguedas, dos lenguas que conversan, dos formas de ver la realidad que se entretejen. La voz de un pueblo que cuenta las desgracias, ese ser inanimado que alienta Elena Garro para hacer del espacio un ente vivo, necesario. O el narrador del Otoño del patriarca que puede ser todos los seres y el dictador a la vez para crear con esa voz plural una comprensión compleja en quienes leemos.

La historia satirizada y reinventada de Alejo Carpentier, de Fernando del Paso. El exceso barroco de Lezama Lima, de Cabrera infante. La imposibilidad de la verdad, del ser que sabe algo, pero deja en las voces de los otros la enunciación de la historia, que dice Bruno, que dijo Alejandra, que decía Fernando, en Sobre Héroes y Tumbas de Ernesto Sabato. 

El giglico de Julio Cortázar y las historias contadas en entreverado, como también lo hizo Julio Ramón Ribeyro. Dos historias que se intercalan línea por línea. Sin duda debo nombrar en la experimentación el gesto interactivo de Rayuela, que desde el año 1963, inventa la novela total que puede leerse de varias maneras.

Siguen las décadas y encontramos la voz afro que va resonando en la literatura, Changó, el gran putas de Zapata Olivella y los gritos de honda hermosura poética abriéndose espacio de Benkos Biohó y Analía tu Bari de La ceiba de la memoria de Roberto Burgos Cantor o la voz de la madre y el niño de Adelaida Fernández en Afuera crece un mundo. 

Novelas que rompen la lógica, se sumergen en la imposibilidad de la lengua de expresar la intimidad humana. Damiela Eltit con otro balbuceo doloroso, maternidad y pérdida, infancia y desconexión. Las voces que han cantado las múltiples identidades, una exploración por la lengua que no nombra, pero puede darse las mañas para dar cuenta de los seres, Silvia Molloy, Alonso Sánchez Baute, Pedro Lemebel, Fernando Molano, Flor Bárcenas. La novela distópica o el gótico latinoamericano de escritoras y escritores como Luis Carlos Barragán, Fernanda Trías, Mariana Enríquez, Samantha Schweblin, Eduardo Otalora. 

Siguen los años, encontramos la novela total que regresa, ahora digital, interactiva. La novela blog, las plataformas de escritura. Las redes juveniles de escritura donde reescriben la historia de sus personajes favoritos de las sagas como Crepúsculo, El señor de los anillos, o comics y ánimes como Naruto o la vida de Harry Potter. Jóvenes que suben en las redes capítulos de novelas que se van construyendo por entregas y con comentarios de chicos y chicas del mundo. Hablan de literatura, viven literatura porque pueden adueñarse de ella, acercarla a sus propias experimentaciones. Encontramos también las novelas performance, como las de las colombianas Carolina López y Juliana Borrero. La literatura expandida para hacer de la representación un universo mucho más complejo y quizás completo. 

Pido perdón a los miles de autores y autoras que no nombro, son innumerables, la historia de la literatura de un continente o de una lengua es caótica y plural, está también en todos esos libros que nunca salieron de un cajón porque a nuestra industria no le pareció que debían publicarse, porque quienes los escribieron no encontraron el camino para hacerlo. 

Lo importante de todo esto es que, con ese objeto tan antiguo, como dice Irene Vallejo en su libro El infinito en un junco, que hasta los tablets tienen el formato de la antigüedad, trasformamos la realidad y aceptamos las variaciones de la lengua. Por ello, uno de mis mandatos como académica será acompañar por siempre a quienes quieran visitar ese destino de la lengua que es la escritura de ficción, porque escribir es para mí un derecho humano, como lo decía mi maestra Monserrat Ordóñez, nada de que hay demasiados escritores o escritoras, eso nunca, ojalá más y más personas encuentren en la escritura de ficción comprensiones trasformadoras, irreverentes, revolucionarias y justas. 

Vida

Soy heredera de muchas heridas. Heredar y herir, dos palabras que para mí van juntas, pero que claramente en su etimología vienen de expresiones diferentes. Heredar viene de la palabra latina haerēre que significaba estar adherido a algo y pasará con el tiempo a relacionarse con heredar propiedades u objetos, pero también a heredar características biológicas. Herida viene del verbo del latín ferire que significa golpear con un objeto. Pues bien, aunque parecen lejanos podemos encontrar también las cercanías. Si la herida se hace con un objeto y se adhiere a la piel, la herencia es también una adherencia, un objeto que nos pertenece y nos marca. Ya sabemos que las heridas, los dolores humanos son una memoria que se graba en el ADN, así que más allá de los objetos o las propiedades que yo haya heredado, o de las características biológicas soy heredera de las heridas de mi mundo. 

Soy heredera del dolor de haber perdido la lengua de esta tierra que hablaron mis ancestros. Esa lengua que pensaría de otra manera la relación con las plantas, los animales, la vida. Y ha sido gracias a la literatura que he reconstruido, con dificultad, una relación con ese pasado, que no sé si es el mío, pero que por nacer en Bogotá he elegido como propio. Creé a Suánika, una mujer Mhuysqa que habitó Bogotá en 1605 y a través de ella pude ver el dolor de perder la lengua, los muchos mundos del Mhuyscubun. Pero también ella me permitió entender que los latinoamericanos y latinoamericanas, con esa herencia, la adherencia silenciada de otras lenguas, somos capaces de nombrar el mundo a nuestra manera. Como la misma Suánika lo dijo “Quizá un día en esa lengua que yo temo, mis descendientes sabrán hablar del alma grande y el espíritu, de los muchos mundos del hijo de Mhu. Ellos y ellas engrandecerán tu lengua. La lengua que ya no será propia, y en ella sabrán cantar las ruinas y las glorias de sus ancestros. Tal vez mis hijos y mis hijas, que serán adoctrinados en español, le inventarán alas y vidas a tu lengua”. Pero también debo decir que soy heredera de la lengua castellana que llegó a América acompañando a miles de seres que sin más opciones en España quemaron las naves y vinieron a esta tierra de indígenas. Lo supe en unos días maravillosos que pasé con mi marido, Gernot Kamecke, caminando por las calles de Sevilla e investigando en el Archivo de Indias, allí entendí la otra herida, el lado de allá de mis dolores con la historia de ese encuentro feroz entre españoles e indios.

Soy heredera del miedo. De las largas noches que pasó mi abuelo Armando Morales Benítez en su niñez, escondido en un cuarto minúsculo en Riosucio, porque vendrían a matarlos por ser liberales. Escondidos en la misma casa donde algo mágico sucedía con las palabras para que con los años terminaran saliendo de allí tres vigías de la lengua. Otto Morales Benítez, que también nos observa en este recinto, Olimpo Morales Benítez, su hijo, a quien agradezco desde ya por aceptar la invitación de contestar a estas palabras y yo misma. ¿Cómo era la vida en esa casa? ¿Quién hablaba de poesía, en qué sopa viajaba el amor por la literatura, quién les dio el don del habla y la escritura que también se adhirió a mi piel como otra herida?

Soy heredera de la locura, de la lucidez desbordada de un padre que poco a poco se alejó de la realidad y del dolor de vivir en un país que desde muy pequeña me ha parecido plagado de seres indolentes. 

Y sobre todo, soy heredera de la herida de nacer en un tiempo donde la fuerza que me insuflaron mi madre y mi padre parecía no caber. Había nacido en el cuerpo de una niña y como niña tenía que enfrentarme con ese espíritu que me fue dado para romper todas las barreras que día a día veía crecer ante mí. No puedo ser desagradecida, los tiempos eran propicios, muchas mujeres habían abierto los caminos por los que yo también debía caminar. Pero no era fácil para mi alma tan despierta descubrir que las palabras que tenía no la nombraban. Porque yo no estaba incluida en el hombre genérico, ni el todos de una cultura que por demás usaba mi ser niña para todo lo que no significaba fuerza, valentía, arrojo. No llore como una niña, no corra como una niña, no sienta como una niña. Además, las acciones también limitadas, porque los verbos, con todas sus variantes y libertades, se volvían contra mí. Tantas acciones que los hombres habitaban con propiedad, para mi estaban vetadas, o eso me decían. Las niñas no silban, las niñas no se sientan con las piernas abiertas, las niñas no hablan duro, las niñas no luchan, las niñas no viajan solas, las niñas no y no. Pero yo no les creía. Me encerraba en la biblioteca del abuelo a jugar a todo eso que las niñas no hacían. Esperaba con ansias la visita de la tía Beatriz Zuluaga, casada con Omar Morales Benítez, porque en la voz gruesa y sonora de esa mujer yo veía cómo se abría la puerta de mi vida. Esa mujer que le hablaba a los hombres de tú a tu. Que contaba chistes, se reía a carcajadas y además, por encima de todo, era poeta!

Por qué razón los hombres de mi familia creyeron en mí, no puedo saberlo. Pero desde muy niña, aunque era la más peleona y cansona, me dejaron entrever ese mundo dichosamente dibujado de palabras y fuerza. Mi padre y su certeza de mis capacidades. Mi abuelo Armando que me llevaba a ver libros y a caminar por el centro de la ciudad y mis tíos que me leyeron de todo. Las largas visitas con el tío Otto, y mi abuelo Mario que me enseñaba a polichar y arreglar su carro. Tuve que ser una niña en vida de niño para poder aprender de ellos todo lo que yo necesitaba. Del otro lado, el mundo de las mujeres me acogía. Mi madre, María Elena Morales, me alentaba y protegía con su decisión de hacer una vida a su manera, mis abuelas Cenelia y Celyna me amaban con un amor que me hizo imparable. Mis tías me acompañaban y fueron siempre mi apoyo. Todas ellas me dejaban ver los dolores, esas heridas de la incomprensión, de no ser oídas, de no tener derecho, de tener que doblegarse al poder del verbo, de los que podían hacerlo todo mientras nosotras teníamos que crecer descubriendo límites, barreras, impedimentos. Y hoy en día vivo en un diálogo con mis primas, creadoras de nuevas formas de vivir.

El colegio también abrió muchas puertas, pues por fortuna me llevaron al Liceo Juan Ramon Jiménez, y un poeta y un burrico maravilloso me cobijaron para darme nuevas alas y nuevas comprensiones. Pero fue en la clase de escritoras colombianas donde mi vida cambiaría para siempre. En ese momento en la Universidad de los Andes había varias profesoras obstinadas en cambiar el curso de la historia literaria. Montserrat Ordóñez, Betty Osorio y Paulina Encinales de Sanjinés. Con ellas llegaron las lecturas de las mujeres, luego de varios semestres de leer solo libros escritos por hombres. Con Paulina descubrí que mi país tenía una historia de mujeres que escribían. Nombraré algunas. Del siglo XIX Josefa Acevedo de Gómez y Soledad Acosta de Samper, del siglo XX Helena Araujo, Marvel Moreno, Fanny Buitrago, Elisa Mújica, Flor Romero, Silvia Galvis, Helena Iriarte, Laura Restrepo y por supuesto Albalucía Ángel quien ha sido uno de los amores literarios y espirituales más grandes de mi vida. 

Se podía, podíamos experimentar, podíamos narrar la vida de las mujeres, la vida de muchos otros seres, podíamos nombrarnos y nombrar nuestro mundo. Allí empezó la lucha por dar luz a lo oscuro. Con los años entendí que nosotras, las mujeres de mi generación no estábamos empezando una lucha, la estábamos continuando. En los veinte años que he trabajado en la Universidad Nacional de Colombia, ese lugar que es mi paraíso, hemos visibilizado que sí hay mujeres compositoras, escritoras, pintoras, escultoras, políticas, las ha habido siempre pero no querían que las viéramos. Algunos nos decían, pero para qué buscan donde no hay. Falso, ahí estaban ocultas, acechando para que llegaran otras mujeres a iluminar ese pasado. Y no puedo pasar de acá sin recordarles que esas palabras, presidenta, coronela, escritora mucho tiempo atrás si se usaban, pero con una tranquilidad que parecía absoluta, eran las mujeres de los que ejercían esas actividades. Las mujeres que heredaban la actividad del marido. Pero no, muchas mujeres habían vuelto esa herencia en herida y luego en la actividad propia, la adherían a la piel. Por eso una coronela como Manuelita Sáenz o escritoras como Albalucía Ángel, una mujer sin marido, sin hijos, libre, han sido inaceptables para nuestra cultura. 

Luchamos por incluir las mujeres, por nombrarlas, por darle espacio a sus voces, porque erradamente antes decíamos que había que darle voz a las mujeres, pero era erróneo, ellas tenían voz, lo que no tenían era como hacerse oír. Aún hoy, décadas después seguimos en la disputa de si se debe decir todos y todas, hombres y mujeres. ¿Cómo no hacerlo si las mujeres son una porción de la sociedad más grande que los hombres? ¿Cómo no hacerlo si tantas mujeres no nos sentimos incluidas en una lengua que evita darnos un verdadero lugar por mantener expresiones que pueden transformarse? Es ahí donde empiezo a hablar de la lengua como lugar seguro, una lengua que nos nombre a todas las personas. 

Pero ahora la situación se complica. No hemos ganado esa lucha cuando, por suerte, tenemos que darnos cuenta de que esas dos categorías son ínfimas. Las redes viven llenas de mensajes que vienen supuestamente de la Real Academia de la Lengua ratificando que el genérico hombre nos incluye cuando las identidades de los seres humanos desbordan, inclusive en lo biológico, la dualidad hombre-mujer, cuando en el día a día quienes no estamos en los lugares naturalizados de la sociedad vivimos con el peso tremendo de no pertenecer, y por tanto con la necesidad imperiosa de inventar campos nuevos en la lengua para ser. Adicionalmente, ha habido también muchas otras formas de discriminación que se expresan en la lengua, como las referentes a los indígenas o las personas racializadas que encuentran en la lengua más que un lugar para vivir un espacio que los disminuye. 

Las antiguas maneras que tenemos de comprender la identidad se desmoronan y vienen otras, que ya existían, pero solo hasta ahora se logran expresar. Sí, lo que nos definía en las sabidas diferencias sexuales no es suficiente, no estamos definidos por nuestra sexualidad, las identidades fluidas nos llevan a otras maneras de entender el ser. Por ahora, esa pluralidad nos llama a un pronombre nuevo, a aceptar que muchos seres no caben, como no cabía yo de niña, en la lengua que nos nombra. Y como bien lo explicó hace poco tiempo el escritor Giuseppe Caputo hablando de la X que marca la existencia de ese otro pronombre, elle, que causa tanto escozor, “la realidad se cambia haciendo política y la política se hace con la lengua; y el lenguaje incluyente no pretende (solamente) ser gramática, sino que pretende ser un cambio social y cultural”. En este contexto yo solo puedo ser vigía de la lengua como ser que la observa mutar, que ama las fuerzas que desde la lengua se oponen al poder, desintegran las desigualdades, hacen visibles las hegemonías.

En esa política me sitúo yo como vigía de la lengua, como académica. Para mi están primero las personas que las palabras, la dicha de saber que esos otros seres te ven y pueden nombrarte porque existes, porque lo que eres les parece importante, porque saber cómo te identificas es prioritario para los demás. Nada me hace sentir más viva que descubrir cada cierto tiempo que entre el estudiantado aparecen generaciones con preocupaciones diferentes. Cambian los interrogantes, las identidades, las luchas. Me siento viva cuando me cuesta trabajo entender lo que me están haciendo ver, cuando el valor de su manera de entender la vida y de ser requieren de mi atención y mi comprensión. ¡Qué intensa libertad la de este momento cuando los seres pueden mostrarse y ser más allá de las barreras dolorosas de tener que encajar en categorías tan pequeñas como las que a mí me enseñaron! 

Recuerdo durante la pandemia, en las interminables clases por pantalla, cuando por primera vez un estudiante me pidió que no le nombrara como ella ni el, que era elle. ¿Cómo iba a lograr dar mi clase si debía pensar cada segundo en no equivocarme? Tuve miedo de no ser capaz, y claro algunas veces me equivoqué y entonces mi hija, Libertad, vino a ayudarme, se sentó a mi lado y me fue mostrando cómo usar mi lengua para darle cabida a ese ser que al otro lado de la pantalla confiaba en que yo estuviera a la altura de sus necesidades, que supiera incluir su libertad y su ser, que no me preciara de progresista y experimentadora si no era capaz de dar lugar a otras maneras de nombrarle. 

Para ir cerrando, traigo la experimentación de nuevo para unirla con la vida. En primer lugar, porque quiero que se pregunten, por qué todos esos cambios que con felicidad leemos en la literatura, esas rupturas con la gramática y con los usos de la lengua, nos parecen adecuados allá, en el alma silenciosa y guardada de los libros y no frente a las almas de los seres que de verdad necesitan esos cambios. Y en segundo lugar, para recordarles que la experimentación literaria es también el laboratorio donde las vidas se expresan. Allí, la vocación de libertad de los seres humanos y la vocación de libertad de la creación se unen y será imparable que la pluralidad de seres que por momentos nuestra cultura no quiere aceptar, transiten por los caminos de la ficción. Ya van por ahí los personajes de Cervantes caminando al lado de los de Camila Sosa Villada, escritora argentina que narra la vida de las mujeres trans. Ya andarán juntos en ese otro universo que es la literatura los Buendía con personajes muiscas que hoy muchos narramos. Estarán juntos esos personajes que mandaban cartas en papel navegando o volando largas distancias con los que ahora tienen un celular adherido a la piel, como una herencia.   

Experimentación y vida se unen para interrogarme. ¿Para qué llegaste hasta este lugar, Alejandra, para qué? Serán los años los que me puedan dar la respuesta. Por ahora puedo ofrecer mi corazón, mis juegos con las palabras y mi amor por la vida y la diferencia. Por ahora puedo saber que seré una vigía de la lengua que acompañará a todos los seres que quieran llegar a la escritura de ficción, una vigía que esté siempre alerta a cualquier forma de discriminación para que como hablantes de una lengua nos importe más la vida que la gramática, la justicia social que la coherencia verbal, las diversidades lingüísticas y humanas que la regla. Y claro, estoy segura de que como escritora, como mujer que lucha y goza y crea día a día con las palabras, seré aprendiz, centinela, amante de una lengua amorosa, segura, presta a acoplarse a la vida misma.  

*Palabras para la posesión como miembro correspondiente de la Academia Colombiana de la Lengua, abril 28 de 2025.

Acerca del autor

Alejandra Jaramillo Morales
ajaramillo@razonpublica.org.co | + posts

*Escritora, profesora y directora nacional de extensión, innovación y propiedad intelectual de la Universidad Nacional de Colombia

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Alejandra Jaramillo Morales

Escrito por:

Alejandra Jaramillo Morales

*Escritora, profesora y directora nacional de extensión, innovación y propiedad intelectual de la Universidad Nacional de Colombia

Comentarios de “Experimentación y vida: la lengua como un lugar seguro”

  1. Quiero compartir mi increíble experiencia. Mi esposo, con quien estuve casado durante 6 años, me engañó y lo confronté, lo que desencadenó una pelea que lo llevó a pedir el divorcio. Lloré durante semanas y casi me suicido. Buscando historias en línea sobre personas en una situación similar a la mía, vi el testimonio de Fátima sobre cómo el Dr. Sunny recuperó la paz en su matrimonio. Lo contacté y me explicó cómo es posible reconciliarme con mi esposo. A los pocos días, ya había cancelado los planes de divorcio, que era justo lo que yo deseaba. Hice todo lo que me pidió y, dos noches después de su trabajo, mi esposo me llamó para disculparse por haberme engañado y me pidió que volviera a casa con muchas promesas. Agradezco su ayuda, Dr., es una verdadera bendición. Si se encuentra en la misma situación que yo, por favor, contacte al Dr. Sunny y pídale ayuda. Correo electrónico: drsunnydsolution1@gmail.com o WhatsApp: +2348082943805

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