¿Secularización o culto al capital? | Razón Pública 2025
Foto: Henry Hueso- UNISANPABLO

¿Secularización o culto al capital?

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Cuando el pontificado de Francisco parece llegar a su final, es oportuno preguntar si las creencias e instituciones religiosas han perdido o están perdiendo influencia sobre la vida de los colombianos. Las respuestas podrían sorprenderle.

La secularización 

Desde hace varias décadas hemos visto una transformación constante del mundo de las creencias y las adhesiones religiosas, con impacto sobre los valores, la ideología y la ética de las personas y de las sociedades. 

Se ha hablado de proceso creciente de secularización, que tiene muchas aristas.   Una de ellas es el abandono o la separación de las personas de una adhesión religiosa.  En el caso de Colombia, es válido pensar que este proceso está afectando particularmente a la Iglesia Católica. 

El panorama actual

Para el caso de Colombia, el estudio más completo y reciente que conozco, sobre diversidad religiosa, valores y participación política, es la encuesta de 2019, realizada por los profesores William Beltrán y Sonia Larrota, de la Universidad Nacional. 

Allí se consigna que los ateos y agnósticos son apenas el 6% de la población, y que además estas personas son quienes más recurren a los servicios de shamanes indígenas y otras espiritualidades como el yoga y la meditación.  

El cambio más significativo quizás sea la eclosión del cristianismo, con un 57,2% de católicos y un 21% de cristianos no-católicos. La mayoría de los no católicos son pentecostales y neo-pentecostales, que han aumentado por el abandono del catolicismo y por la pentecostalizacion de iglesias protestantes históricas, como la presbiteriana. 

Una década de cambios

Al comparar la encuesta de 2019 con la del mismo profesor Beltrán en el año 2010 se encuentra que el catolicismo sigue siendo mayoritario, pero ha perdido un 13% de las afiliaciones. 

Las distintas corrientes protestantes han aumentado apenas un 4% durante estos quince años. Los creyentes no afiliados aumentaron un 13%, y entre los jóvenes el aumento ascendió a 17%. Los agnósticos y ateos solamente aumentaron un 2%, otras tradiciones religiosas se mantienen en 1%. 

Con todo lo anterior, resulta ser que el 82% de los colombianos siguen creyendo en el Dios judeocristiano. 

Variaciones y matices 

En términos territoriales, la Costa Caribe es la región colombiana más religiosa y San Andrés es la que concentra la mayoría de diversidad protestante. 

Las clases medias y altas y las personas mayores concentran el mayor número de las católicas, a pesar del discurso católico de opción preferencial por los pobres.

Por otro lado, aunque hablamos de catolicismo, algunos sociólogos de la religión hablan de catolicismos —ya que es posible identificar diversas corrientes de católicos, conservadores, espiritualistas, carismáticos, sociales, progresistas y católicos ‘a mi manera”— corriente ésta que encabeza el grupo de las personas “no afiliadas”, con un 13% del total.  

Una hipótesis dudosa

Desde este punto de vista, entendida la secularización como abandono personal de las adhesiones religiosas, no parece que el proceso haya sido muy significativo, porque la mayoría de los colombianos siguen siendo creyentes. 

Verdad que la secularización ha afectado más que todo al catolicismo, pero hay que considerar el peso histórico de la estrecha relación entre el Estado y la iglesia católica, pues hasta casi mediados del siglo veinte, la identidad colombiana se validaba mediante la partida de bautismo; o sea que la prueba de adherencia a una religión se reducía a un documento puramente formalista.  

Separación entre Iglesia y Estado

También se entiende la secularización como el proceso de separación institucional entre la Iglesia y el Estado, un proceso de laicización, es decir, de afirmación del Estado laico. Este proceso venía dándose en Colombia desde mediados del siglo XX, con el desmonte progresivo del sistema concordatario que había sido adoptado en 1887, gracias a varias reformas.

Pero al revés de lo que suele decirse, la Constitución de 199l no puso fin a ese sistema concordatario. Por el contrario, el sistema fue reafirmado bajo el gobierno de Samper, cuando la congresista Vivian Morales logró (como pago al apoyo de las iglesias evangélicas) que se firmara una serie de acuerdos entre el Estado y las instituciones religiosas que lo solicitaron, para tener privilegios similares a los que ha tenido la Iglesia católica. Uno serie de “concordatitos” que muchos interpretaron como fortalecimiento de la democracia.

Sin embargo, de acuerdo con la misma encuesta de 2019, dos terceras partes de los colombianos (69,1%) consideran inconveniente que las instituciones religiosas apoyen a un determinado candidato o partido político. 

Entre los protestantes y los evangélicos/pentecostales se observan los porcentajes más altos de personas que consideran conveniente que las instituciones religiosas apoyen a un determinado candidato o partido político (en ambos casos más del 30%). Entre ateos, agnósticos y testigos de Jehová se registran los porcentajes más altos de quienes consideran esta práctica inconveniente y se definen como un movimiento religioso  “neutral en asuntos políticos”. Entre los católicos solo el 16,8% lo ven como positivo.

Foto: Wikimedia Commons La secularización puede ser entendida también como un proceso de cambio en los que ya los valores religiosos no son los que informan a la cultura.

Religiosidad y cultura

La secularización puede ser entendida también como un proceso donde los valores religiosos no son los que informan a la cultura. No tenemos estudios recientes al respecto para el caso colombiano, pero sí cabe anotar que se trata sobre todo de religiones universales, es decir, que esa influencia cultural se nutre de fuentes internacionales. 

Entre la diversidad protestante la influencia externa mayor proviene de las comunidades evangélicas de Estados Unidos, con tendencias muy conservadoras tanto en lo que hace referencia a su visión de la sexualidad como a la participación política y que claramente mostraron esa tendencia en la mencionada encuesta.

Por su parte los católicos reciben su influencia externa desde el magisterio del Papa, que después del Concilio Vaticano II (1962-65), con marchas y contramarchas, dio comienzo a un proceso de apertura al mundo moderno y afirmación de los valores democráticos. Desde Juan XXIII y Paulo VI se afirmó una agenda social, mantenida por Juan Pablo II y Benedicto XVI, que ha sido profundizada por el Papa Francisco en sus encíclicas y continuos mensajes sobre la paz, el cuidado de la Casa Común, la fraternidad humana y el respeto a la dignidad de toda persona, especialmente de las más vulnerables.

Pero también el catolicismo ha sufrido un gran descrédito debido a los escándalos financieros y más aún, a los abusos a menores y a mujeres que particularmente se ha producido en movimientos espirituales (Opus Dei, Sodalicio, Legionarios de Cristo) fortalecidos por Juan Pablo II desde el sínodo de laicos en 1987, en detrimento de los movimientos de Acción Católica especializada, cuna de la Teología de la Liberación.

El culto al capital   

Después de la pandemia, con el impulso de las redes sociales y la inteligencia artificial se ha disparado la influencia de lo que yo llamo “el culto al capital”. 

Este culto ya estaba presente en las propuestas ideológicas que acompañaron al neoliberalismo, desde los años noventa, pero ahora se han visto reforzadas con la avanzada de los partidos y movimientos de derecha en Europa, América Latina y ahora en Estados Unidos. 

La dignidad de la persona, central en la declaración de derechos humanos de las Naciones Unidas de 1948 y central en la tradición cristiana, es remplazada por la aporofobia claramente expresada contra los inmigrantes, los despedidos masivos de funcionarios, el recorte de los subsidios a los enfermos y desvalidos, pero no a los magnates que se han enriquecido gracias a los subsidios estatales para el desarrollo de la inteligencia artificial, los coches eléctricos, las aventuras aeroespaciales. 

Lo único que tiene valor sacral es apoyar lo que produce rendimientos financieros, para lo cual es preciso desmontar las regulaciones del Estado y abandonar cualquier esfuerzo redistributivo. Todo acompañado de un proceso de desinstitucionalización y desmonte de la democracia. Por eso, la preocupación de limitar el poder religioso vía la secularización hoy debe cambiar la mirada y preguntarse ¿cómo desmontamos este nuevo culto al capital? 

Le recomendamos: Culturas en Colombia: De “Pe erre” en Cali a “+57” en Medellín

Acerca del autor

Ana Maria Bidegain
abidegain@razonpublica.org | + posts

* Ph.D. en Historia, profesora en la Universidad Internacional de Florida.

1 comentarios

Ana Maria Bidegain

Escrito por:

Ana Maria Bidegain

* Ph.D. en Historia, profesora en la Universidad Internacional de Florida.

Comentarios de “¿Secularización o culto al capital?”

  1. Gracias a la autora por su nota. Agrego que la ciencia, como alternativa ética y de conocimiento ante la religión, está rezagada en la cultura y el sistema educativo colombiano.
    Qué bueno sería que el Estado soberano y los ciudadanos en general se apropiaran del valor de la verdad comprobable. Acabamos de salir de una pandemia, pero no parece entenderse que fue gracias al esfuerzo coordinado de científicos y técnicos que la emergencia no fue peor.
    Hay un bache enorme entre la fe y la prueba que parece explicar el crecimiento de tantos problemas sociales y ambientales en el país, y en todas partes.
    Las ciencias sociales tienen mucho potencial, pero están subdesarrolladas, reciben poca financiación o están presas de irracionalismo posmoderno.
    Es posible que una ideología o un programa político estén basados en la ciencia si están motivados por un método y unos resultados con mejor evidencia, por ejemplo, contra la concentración extrema de riqueza y el abandono de los más pobres, dado que hay correlación entre la desigualdad social, la enfermedad y la violencia.
    El índice Gini, que mide la desigualdad, en Colombia es uno de los más altos del mundo, pero no se lo entiende o se lo ignora!
    Hace tiempo se sabe que el producto interno bruto PIB, como medida de producción económica, es insuficiente para medir el bienestar de una sociedad, pues generar riqueza no significa distribuirla.
    Los índices compuestos de desarrollo humano muestran graves asimetrías en la sociedad colombiana por sexo, región, clase social, raza, etc.
    Qué bueno sería que no se manipularan datos de estos índices o que fueran motivo de interés constante para los grandes medios de comunicación que, en vez de esto, banalizan la realidad social y desvían la atención de lo importante, por lo cual manipulan.

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