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Festivales de poesía: ¿moda o tendencia cultural?

Escrito por Álvaro Miranda
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Alvaro_Miranda_poesiaLa poesía es para entregarla a una audiencia ávida, no para ser leída en el secreto de la biblioteca. Sus festivales atraen cada vez más público, especialmente joven, tal vez buscando refugio de la realidad prosaica.

Álvaro Miranda*

Tradición recuperada

Desde cuando las lenguas comenzaban a armar su propio esqueleto, trovadores y rapsodas hacían poesía ante un público. Al parecer nadie escribía poesía para que permaneciera escondida. El poeta o cantor salía a la plaza pública y lanzaba sus versos ante un auditorio informal de caminantes o compradores de feria.

Sin embargo, pasaron muchos siglos para que este sentido natural de la poesía se reorganizara y se volviera lo más común en cientos de ciudades del mundo con el nombre de festivales, con el propósito de sacar su aventura lírica del patio trasero de su localidad.

Los seguidores del fenómeno de los festivales, han coincidido en que el proceso tiene entre 40 y 50 años de existencia. Los antecedieron recitadores como Berta Singerman y quienes encerrados en tertulias en casas o cafés, bebían licor y recitaban, tal vez con el ánimo de vencer el anonimato y buscar el aplauso.

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Se cree que el responsable del renacer actual de esta fiesta de la palabra fue Ezra Pound, cuando en la población italiana de Spoleto, el 11 de julio de 1965, durante el “Festival de dos Mundos”, invitó a algunos escritores de las nuevas generaciones a que subieran al escenario a leer sus poemas. Y quién lo creyera, Pound, quien fue acusado durante la segunda guerra mundial de fascista y declarado luego paranoico, tuvo la genial idea de hacer de la poesía, una fiesta. Rotterdam es otra de las ciudades que se disputa el reinicio de los festivales, hacia julio de 1970.

La poesía de fiesta

Lo cierto es que después de estos dos inicios, la poesía y los poetas parecieron desvergonzarse para reproducirse en epidemia por todo el planeta. Y los nuevos rapsodas, sin un peso en el bolsillo, porque la poesía no se vende, comenzaron a viajar a otros continentes invitados por organizadores de los festivales internacionales.

La invitación llegaba a los poetas con boleto de avión, hotel y honorarios. Era la torre de Babel traducida. Delante de ellos, en escenarios insólitos que podían ser teatros, escuelas, prisiones de alta seguridad, sindicatos, parques o manicomios, los antes “ciudadanos de su propia ciudad”, se volvieron “ciudadanos del mundo”, que ahora se codeaban con gobernadores, alcaldes, ministros, pero sobre todo, con un público heterogéneo.

Ese espectador anónimo y entusiasta que muchas veces buscaba algún verso que le hiciera reconocer como suya la palabra de otros, se ha convertido en la gran oreja. Era como si en su soledad buscaran a ese viejo Ezra Pound que alguna vez dijo: “Vamos, cantos míos, expresemos nuestras más bajas pasiones, expresemos nuestras envidia por los hombres con empleo permanente y ninguna preocupación por el futuro”.

Por extraño que parezca para nosotros en Colombia, la idea de Spoleto o de Rotterdam pegó, y pegó con mucha fuerza, hasta el punto de que en muchos sitios de su geografía se abrieron festivales de poesía de todos los calibres.

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El fenómeno, sin embargo, se ha centrado en la capital de Antioquia, con el Festival Internacional de Poesía de Medellín, que para junio de 2012 cumple ya su 22ª versión. Oyentes jóvenes y viejos, anónimos y sensibles, siguen llegando de todos los rincones del país: quieren alejarse de la rutina diaria de sus vidas… para escuchar poesía.

Algo paralelo se da en la capital del país, donde el Festival Internacional de Poesía de Bogotá aspira a abrir espacios para que unos cuantos centenares de sus asistentes puedan repetir —cada vez que escuchen un canto de uno de esos extraños personajes que se suben al escenario— como Pound: “¿Y yo? Me he vuelto medio loco…”… mientras afuera por las calles desoladas deambulan nueve millones de personas perdidas en el caos urbano.

El huevo de la serpiente

El Festival Internacional de Poesía de Medellín ya ha alcanzado reconocimiento mundial. Durante el reciente Festival de Bilbao, en España, organizadores y poetas asistentes hicieron varias referencias elogiosas a esta aventura de la poesía que nació en aquellos años crueles cuando la ciudad y el país se cimbraban con explosiones de bombas y el referente más común para quien saliera a sus calles era encontrar hombres y mujeres mochos, que habían perdido una de sus extremidades por efecto de la guerra.

El Festival de poesía de Bilbao realizado entre el 7 y 11 de junio de 2012, atrajo poetas como Ana Crowe, Ana Rossetti, Cristina Peri Rossi, Rafael Cadenas, Nguyen Quang Thieu o Joan Margarit. Estas figuras —que pueden significar mucho a nada dentro del contexto de la poesía actual— expresaban desde la capital de Euskadi su deseo de visitar o de regresar a Medellín.

En Bilbao la solemnidad europea, el silencio en sus calles, el reloj que marca el funcionamiento de trenes y tranvías, conformaban el entorno para la presencia pausada de los asistentes, cerca de los auditorios donde se leía la poesía: la riada de Bilbao, cerca del Euskalduna o Palacio de Congresos y de la Música, del Parque doña Casilda o del Museo Guggenheim.

Cuando muchos de estos poetas tuvieron la oportunidad de desplazarse a Medellín, el contraste se les hizo evidente: Medellín en el trópico, el bullicio en sus calles, las carretas en cada esquina con mangos y guanábanas que brillan bajo el sol o la lluvia, el paso acelerado de sus caminantes, pero sobre todo, una poesía que electriza desde su silencio, como una serpiente que cada oyente del Festival llevara en su bolsillo.

*Álvaro Miranda, poeta y novelista nacido en Santa Marta, ha sido premio nacional de poesía y de novela.

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