Encontrarle sentido al mundo: la obra de William Kentridge - Razón Pública
Inicio TemasArte y Cultura Encontrarle sentido al mundo: la obra de William Kentridge

Encontrarle sentido al mundo: la obra de William Kentridge

Escrito por Germán Páez

La exposición del artista surafricano William Kentridge en Colombia es una ocasión para conocer a este talentoso y polifacético creador, así como una manera de ver reflejado nuestro propio conflicto en la memoria del apartheid surafricano.

Germán Páez*

Una invitación

Quizás en estos días usted haya oído hablar de William Kentridge. Es posible que algún profesor o profesora lo haya “obligado cordialmente” a visitar Fortuna, la exposición de este artista surafricano que se exhibe actualmente en el Museo de Arte del Banco de la República en Bogotá. O quizás se lo haya oído nombrar a sus amigos o colegas, y usted aún se esté preguntando “¿por qué tanta alharaca con este señor?”.

Pero si usted ya tuvo la suerte de visitar la exposición, seguro estará de acuerdo conmigo en que dos pisos no son suficientes para contener a William Kentridge. Por eso, para invitarlo o convencerlo de que vaya (y con la única intención de que pueda disfrutar su visita) quiero presentarle a continuación algunos temas que llamaron mi atención desde que conocí a William Kentridge y a su obra.


Fotograma del video “Procesión de sombras”
del año 1999. 
Foto: Christian Meber

El taller, la técnica, la obra

Para Kentridge, el encuentro con el mundo ocurre en el taller. Por eso la exposición está pensada como una especie de visita intimista a un mundo repleto de trozos de papel, madera o metal, libros, además de recuerdos, impresiones y memorias que toman forma y se repiten en sus dibujos a carboncillo, esculturas, instalaciones, películas en video, aparatos ópticos y sonoros y obras de teatro.

Tomemos, por ejemplo, sus dibujos a carboncillo. Por todas partes encontraremos dibujos sugerentes y bastante elaborados. Viniendo del paradigma del “cuadro terminado”, podríamos pensar que cada uno de ellos es el resultado de un proceso creativo.

Pero al verlos en los diferentes videos nos damos cuenta de que cada uno es en realidad una instantánea que hace parte de una secuencia y que, puestos en movimiento, se convierten en los fascinantes filmes animados de Kentrigde.

El secreto es simple: sin emplear un storyboard o un guión, Kentridge permite que las ideas vayan tomando forma y vida propia sobre un lienzo o un papel, fotografiándolas, filmándolas o grabándolas en video a medida que se desenvuelven.

Luego, tras un dispendioso proceso de edición y posproducción, las imágenes congeladas pasan a encadenarse dentro de un filme, como los fotogramas de una película, adquiriendo una narrativa propia.

El resultado: secuencias impredecibles que a veces rayan en lo surreal, como aquella donde vemos a Soho Eckstein, el protagonista de varias de sus obras, en un cuarto inundado, con agua saliendo hasta por los bolsillos de su perenne traje a rayas en Dibujo para la película Estereoscopio.

Construir sentido

Aunque nunca trabaja sobre un plan determinado, Kentridge no teme a la incertidumbre, ni lo mueve la ansiedad de no saber hacia dónde va ni de tener que completar algo.

Aunque nunca trabaja sobre un plan determinado, Kentridge no teme a la incertidumbre, ni lo mueve la ansiedad de no saber hacia dónde va ni de tener que completar algo. Contrario a lo que podríamos pensar, Kentridge se siente muy cómodo navegando por esa incertidumbre, pues es en su taller en donde, como ocurre con la piel, el mundo adquiere sentido cuando entra en contacto con la consciencia del artista en esa “membrana infinitamente delgada” que son el lienzo o el papel.

Así, el taller es algo más que un espacio de trabajo: en él se encuentran los objetos del mundo (entendidos como un trozo de papel o una tacita de café) con los del mundo interior: los recuerdos, emociones, impresiones, sentimientos y sensaciones del autor.

De este modo, según lo entiende William Kentridge, no somos nosotros quienes damos sentido al mundo, sino el mundo el que se nos revela a través de la obra de arte, y esto ocurre en el momento presente (tanto del autor como del espectador). Y la vida solo se revela en el momento presente.

No obstante, en el taller del artista el mundo adquiere sentido a través de un acto violento: aquel mediante el cual el artista realiza una toma de decisión que declara una verdad (su verdad) elegida de entre muchas otras verdades posibles, respetables por igual.

Esta visión del arte y la forma de relacionarse con el ser no es puramente estética. A ella corresponde una reflexión que se extiende por toda la obra de William Kentridge: ¿Soy yo quien da sentido al mundo, o es el mundo el que se revela para mí / a través de mí?


Instalación titulada “Medusa”, del año 2001.
Foto: rocor

Memoria histórica e impacto social

Como lo expresara Jane Taylor, a través de su trabajo William Kentridge logra proponer una mirada profunda y sensible sobre la realidad. Sus paisajes, rostros, lugares, objetos y situaciones evocan la realidad surafricana (que en últimas es la misma nuestra): la tragedia causada por más de 40 años del totalitarismo fundado en la discriminación de blancos hacia negros conocido como apartheid.

Así, vemos cuerpos que se desangran y se convierten en papel para luego ser cubiertos por el olvido; procesiones de víctimas y verdugos, siluetas negras, máscaras antigás, la mirada perdida de una mujer negra. En fin, su obra nos recuerda una sola y dolorosa verdad: que del conflicto no se salva nadie, que en él todos somos víctimas y victimarios por igual.

“Para mirar hacia adelante no puede desconocerse el pasado”, explica Jane Taylor. Soho mira por el retrovisor mientras conduce, pero en realidad es Kentridge quien admite por intermedio suyo que no puede impedir el avance de la historia. Por eso sus cuadros recuerdan y denuncian, pero a la vez sanan.

El artista es a la vez testigo y agente de la memoria. Por eso, entre muchas otras cosas, la visión se reconoce como un instrumento imprescindible dentro de los procesos de reconciliación: aquel con el que podemos volver a mirar la realidad y proponer nuevas miradas, para hacer visible al otro, para poder “ver como el otro”. Formas poéticas que nos impactan y nos reconectan con la realidad.

Con su obra, Kentridge toma una posición frente a la realidad histórica, asumiendo el compromiso del artista con la memoria histórica: Johannesburgo, equiparada a París, destruida por una bomba; Soho Eckstein recordando entre sueños la muerte causada en una carretera; Félix Teitlebaum (otro de sus personajes), desde su exilio espiritual, solo, lamenta la suerte de tantos que perdieron su vida como si fuera culpa suya. El desierto sobre el que Kentridge aterriza en su Viaje a la Luna no es otro que la desolación de su país.

Por eso, la mirada nostálgica de Kentridge nos anticipa las dificultades que deberá recorrer una sociedad que decida transitar por los caminos de la paz y la reconciliación.

Según lo entiende William Kentridge, no somos nosotros quienes damos sentido al mundo, sino el mundo el que se nos revela a través de la obra de arte.

La verdad y la reconciliación en Sudáfrica

Pocos días después de inaugurarse la exposición de Kentridge en Bogotá, la compañía surafricana Handspring Puppet Theater presentó en el XIV Festival de Teatro de Bogotá Ubu and the Truth Commission. La obra, escrita por Jane Taylor y dirigida por William Kentridge, cuenta la historia de un exmilitar acosado por su oscuro pasado dentro del régimen del apartheid.

En la obra, las voces de las víctimas narrando cómo sus seres queridos fueron torturados y asesinados se intercalan con el monólogo del personaje. Los testimonios, presentados en alguna de las once lenguas oficiales que existen en Suráfrica, son retransmitidos por los traductores desde una cabina de vidrio.

Los intérpretes, quienes fueron vitales durante el proceso que llevó a su fin al apartheid, vivieron de nuevo el conflicto “en carne propia” cuando tuvieron que repetir en inglés los dramáticos y dolorosos testimonios de una verdad que todos conocían pero que nadie se había atrevido a contar.

En Colombia el conflicto aparece a diario en titulares, pero por lo general nos quedamos atascados en el amarillismo de la prensa, sin atrevernos a ocupar realmente el lugar de las víctimas.

También por eso la visita de William Kentridge nos cayó como anillo al dedo: nada más pertinente para nuestra realidad local en el justo momento en que la palabra “paz” parece no tener ya sentido, y se ha convertido en “moneda de cambio” más que en un fin en sí mismo.

Luego de recorrer Fortuna los visitantes habrán visto, entre muchas cosas, imágenes de un conflicto que no es el nuestro, pero que en el fondo no es nada distinto de la indiferencia y la opresión de unos sobre otros que nos aqueja.

Eso sí, la experiencia de los surafricanos se adelanta a la nuestra, porque pretendemos hablar de un postconflicto sin haber resuelto aún el conflicto mismo. Solo cuando empecemos a darle un lugar a tantos muertos y desaparecidos y dejemos de voltear la mirada a la dura realidad que vivimos, comprenderemos la profundidad abismal de lo ocurrido en nuestro país.

*Filósofo y músico

Artículos Relacionados

Dejar un comentario

Este sitio web utiliza cookies para mejorar tu experiencia. Leer políticas Aceptar

Política de privacidad y cookies