Adolfo Eslava, autor en Razón Pública
Foto: Wikimedia Commons - El diálogo ciudadano será fundamental para superar lo que ocurre en Medellín.

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El mal gobierno de Daniel Quintero ha hecho que Medellín pierda el rumbo. El diálogo y la participación ciudadana tendrían que ser las bases para seguir construyendo nuestro futuro común.

Adolfo Eslava Gómez*

Hablemos de Medellín

Tenemos que hablar es una iniciativa de seis universidades colombianas que aspira a propiciar el diálogo y la participación ciudadana. El propósito es identificar las preocupaciones y las propuestas de la gente para construir juntos el país que queremos.

Basada en la experiencia de Tenemos que hablar de Chile, esta propuesta ha logrado reunir a más de cinco mil personas para preguntarles qué se debe cambiar, qué debemos mejorar y qué cosas se deben mantener en Colombia. Se trata de una conversación inédita, bien fundada y ordenada. Aunque la información que se ha recogido todavía está siendo analizada, por ahora se ha encontrado que las principales prioridades de la gente giran en torno a la educación, la política, la cultura y la justicia.

La situación que vive Medellín exige ejercicios como estos, escenarios que propicien la reparación y la reconstrucción de la confianza y nos ayuden a entender y resolver los problemas que tenemos mediante el diálogo y la participación.

Medellín, ayer y hoy

Hace treinta años, la demencia de los matones que dominaron la escena criminal en Medellín derramó mucha sangre.

A pesar de ese dolor, la ciudad dialogó y construyó alternativas de futuro, desde los barrios, con las organizaciones sociales y con la presencia de actores estratégicos, como el gobierno nacional y local, la comunidad internacional, la Iglesia, las empresas y la academia. Fueron años de violencia fratricida que, al mismo tiempo, detonaron valiosos procesos de conversación pública.

El alcalde actual ha gobernado con falacias y ha desestimado el principio elemental de construir sobre lo construido.

El alcalde de medellín Daniel Quintero
Foto: Radio Nacional de Colombia - Es necesario que la ciudadanía dialogue sobre la situación de la ciudad.
Cuando poder, saber y vivencias han coincidido, toda la ciudad ha ganado. El programa Buen Comienzo, la política de urbanismo social y la de seguridad y convivencia son algunos ejemplos de políticas concebidas, discutidas y ejecutadas  desde las fortalezas y capacidades de políticos, técnicos y comunidades.

En Medellín, a lo anterior se ha sumado otros activos no menos importantes: el optimismo y el sentido de pertenencia. Lejos de la ingenuidad o del regionalismo, estos valores han logrado fortalecer la percepción ciudadana de que las cosas van por buen camino.

Por todo lo anterior, desde hace varios lustros, la ciudad se había logrado concebir como escenario de cooperación. Logramos construir un laboratorio vivo de decisiones públicas, por supuesto con aciertos y errores, pero con una visión compartida de futuro alrededor de la educación, la solidaridad y la vida.

Pero esto cambió en octubre de 2019, cuando la ciudad eligió a Daniel Quintero, el candidato neófito que les propuso a sus electores una “Medellín Futuro” desde un movimiento político independiente. Hoy es claro que Quintero ha gobernado en contravía de ambas nociones: sin norte y con dependencia.

El alcalde actual ha gobernado con falacias y ha desestimado el principio elemental de construir sobre lo construido. Por eso ahora más que nunca es necesario recuperar la esencia de los arreglos institucionales previos: pensar la ciudad y debatirla para renovar su condición futurista y construir un nosotros esperanzador.

Una gran conversación

Ya sea por talante personal, tradición familiar o práctica social, es innegable que tenemos una afición especial por esta palabra: en Medellín somos muy conversadores.

En este momento es necesario poner esa capacidad colectiva al servicio de la ciudad. Las decepciones futboleras, las novedades musicales y las  anécdotas de fiestas y paseos deben pasar a un lugar secundario, para darle prelación a las preguntas más importantes: ¿qué está pasando en Medellín y por qué? ¿Quién despacha desde La Alpujarra y para quién? ¿Quién reconoce qué errores?

Es urgente que la ciudadanía converse acerca de sí misma, que en la tienda de la esquina o en la sala de la casa, en el restaurante o en la peluquería, nos permitamos preguntarnos por el futuro compartido que anhelamos para Medellín.

Es tiempo de demostrar la calidad de ciudadanos que somos y podemos llegar a ser, a pesar de algunas voces que sucumben ante el odio y la polarización. Frente a la amenaza de recesión democrática, es momento de empezar muchas conversaciones, plantear preguntas, revisar lecciones del pasado y proyectar la ciudad imaginada.

No hace falta prestarles atención a los gritos iracundos de facciones minoritarias. Tenemos la posibilidad de revitalizar escenarios de encuentro y debate que brinden nuevos insumos para los procesos de decisiones públicas que la ciudad merece y reclama. De este modo, la ciudad transitará hacia la reparación del capital social que hoy está malogrado.

Hacia una ciudad compasiva

Las conversaciones que la ciudad requiere deben tener un proyecto humanista en su base, es decir, debe haber unas premisas que orienten los debates de la economía y la política y que pongan a las personas en el centro. Así, la crisis se hará fecunda y nos pondremos de acuerdo en la necesidad de recuperar la confianza y promover una ética del cuidado y de la compasión:

  • Confianza es la decisión de dejar en manos de otro parte de mi propio bienestar. De allí que haga explícita la vulnerabilidad de quien confía y la responsabilidad de quien es depositario de esa confianza.
  • Ética del cuidado es reconocer que somos seres relacionales e interdependientes y, por ello, tenemos derechos y deberes asociados al cuidado de sí, al cuidado del otro, a ser cuidados y a cuidar la casa común.
  • La compasión es la posibilidad de acompañar al otro en su afección e implica un auténtico deseo de ayudar.

Confianza, cuidado y compasión permiten reflexiones y conversaciones de largo aliento para equilibrar la razón y el sentimiento.

Nos unen el pasado y sus cicatrices y aprendizajes, pero también nos une la intención de convertir esta crisis en una realidad fecunda y que allane el camino hacia mejores arreglos institucionales.

Para ello, es necesario volcarse a una conversación que resalte los atributos y las capacidades de nuestras comunidades alrededor de la reparación de confianza y la promoción del cuidado para aspirar a construir una ciudad más compasiva.

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Adolfo Eslava

Escrito por:

Adolfo Eslava

** Profesor titular y decano de la Escuela de Humanidades de la Universidad Eafit.

Foto: Picpedia - Crisis

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Las crisis solo se solucionan si hay liderazgos audaces que se hagan cargo de las decisiones que hay que tomar y si todos nos hacemos responsables de lo que nos corresponde*

Adolfo Eslava**

Aprender de la crisis

La pandemia nos ha impuesto nuevos retos para pensar nuestras sociedades y la mejor forma de gobernarlas. Desde luego, todos los líderes buscan superar esta crisis, pero no hay un consenso sobre la mejor forma de hacerlo.

En la vida cotidiana sucede lo mismo: en ocasiones, sabemos qué es lo correcto pero no está claro cómo lograrlo. En los hogares, las organizaciones y los gobiernos a menudo no es fácil saber cómo pasar de las buenas intenciones a los hechos.

Pero en la coyuntura actual cerrar esa brecha entre la intención y la acción es más importante que nunca. Entonces, ¿qué podemos aprender de esta crisis?

Las cinco C

En procesos de toma de decisiones colectivas, es necesario promover un liderazgo audaz y responsable. No bastan los enunciados grandilocuentes: hay que buscar nuevas formas de hacer las cosas para que las acciones sean coherentes con los discursos.

Estoy convencido de que, en ese proceso, las miradas aisladas y confrontacionales son agotadoras e inútiles. Por eso creo en la necesidad de construir un nosotros, alrededor de algunos ejes comunes —para facilitar su rememoración, cada eje comienza por la misma letra—:

• Cambio;
• Confianza;
• Coraje;
• Coherencia;
• Conversación.

La tesis que quiero defender puede resumirse así: en tiempos de crisis, el cambio social es impostergable, la confianza es un ingrediente esencial, el coraje es una tarea pendiente, la coherencia es un deber ser y la conversación es el camino.

Cuando nos damos cuenta de que estamos ante una grave crisis —ya sea de salud pública, ambiental, económica, o de cualquier otra índole—, la consecuencia debe ser el cambio social. En efecto, la indiferencia o la inercia simplemente llevarán a más de lo mismo: en las crisis actuales, que amenazan la existencia misma del ser humano, no hay lugar a postergar decisiones ni acciones.

Pero el cambio social implica un cambio personal: dejar parte de nuestro propio bienestar en manos de otro. Por eso, este proceso implica asumir riesgos, confiar en los demás y actuar colectivamente. No olvidemos, por ejemplo, que la pobreza es algo que la gente le hace a otra gente.

A su vez, para atender la motivación que nos hace actuar es necesario tener coraje. Se trata de un punto de partida para construir virtudes sociales: debemos ser valientes y cuestionar lo que debe cuestionarse. En todo ese proceso, debemos buscar la coherencia individual y colectiva: que no existan brechas entre lo que decimos y lo que hacemos.

Estoy convencido de que el mejor camino para llegar a todo lo anterior es conversar. Hacerse preguntas comunes y confrontarlas es el inicio del diálogo y, en consecuencia, del cambio.

Parafraseando a Richard Sennett, la sociedad es un taller para restaurar, rehabilitar y reconfigurar aquello que está malogrado. Lo primero es reflexionar colectivamente para identificar los problemas sociales. Luego, es necesario restaurar elementos del pasado, rehabilitar el escenario actual y reconfigurar nociones de futuro. Solo así se puede reparar la confianza.

Pero la reparación de la confianza no es apenas un fin, sino también un medio. Al reparar las relaciones rotas, se pueden restaurar las virtudes sociales, rehabilitar las interacciones y buscar una visión compartida de lo que buscamos.

En ese sentido, puede ser útil pensar en nuestro modelo económico capitalista. En efecto, el actual modelo económico tiene dos caras:

• El mercado puede entenderse como un lugar de encuentro impersonal entre fines egoístas y como un escenario de interacción entre sujetos que buscan su propio bienestar;
• Pero el mercado también puede unir a aquellos que toman en consideración la suerte de los demás. La mano invisible puede estar acompañada de un “corazón visible”, de tal suerte que las empresas tomen conciencia de su vulnerabilidad y de su responsabilidad pública.

Como en el anterior ejemplo, no es necesario transformar de cabo a rabo el mundo como lo conocemos para hacer un cambio. Podemos usar lo que existe para buscar escenarios comunes y soluciones creativas que nos lleven a un futuro mejor.

Foto: Wikimedia Commons - la solución de la crisis está en el trabajo en equipo.

Le recomendamos: ¿Cesará la horrible noche?

Una tarea individual

En su más reciente encíclica, el papa Francisco expuso algunas ideas similares a las que estoy defendiendo aquí. Su carta es una invitación a construir en común, para alcanzar criterios colectivos de convivencia social y consenso. En palabras del papa:

“El auténtico diálogo social supone la capacidad de respetar el punto de vista del otro aceptando la posibilidad de que encierre algunas convicciones o intereses legítimos. Desde su identidad, el otro tiene algo para aportar, y es deseable que profundice y exponga su propia posición para que el debate público sea más completo todavía”

Para alcanzar ese escenario común, podemos comenzar por cuestionar, comprender, conectar y construir. En el proceso, urge expandir la conversación y celebrar el desencuentro.

Sin duda, el cambio social tiene detonantes individuales. Cada uno de nosotros debe incomodarse, vencer miedos y superar inercias.

Por eso, la tarea comienza en casa y se puede contagiar en nuestros círculos sociales. Así avanzaremos juntos para que las acciones no estén tan lejos de las intenciones.* Razón Pública agradece el auspicio de la Universidad EAFIT. Las opiniones expresadas son responsabilidad del autor.

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Adolfo Eslava

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Adolfo Eslava

** Profesor titular y decano de la Escuela de Humanidades de la Universidad Eafit.

ISSN 2145-0439

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