Estados alterados: ¿Qué hay detrás del socialismo humanista de Hugo Chávez? - Razón Pública
Luz M Barreto

Estados alterados: ¿Qué hay detrás del socialismo humanista de Hugo Chávez?

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Luz M BarretoEn su reacción frente al incidente de los lanzacohetes, en su proyecto de penalizar los “delitos mediáticos” o en su defensa del depuesto presidente Zelaya, Chávez  simplemente está expresando sus prejuicios filosóficos acerca de la cultura, del debate político y del propio ser humano.

Luz Marina Barreto

Una reacción desproporcionada

Sentada en un banco de iglesia, minutos antes del inicio de la misa, escucho a una señora, sentada detrás de mí, suspirar y decir en tono de angustia a la amiga que se sienta a su lado: "Que Dios nos agarre confesados". Presintiendo por dónde va la cosa, pongo atención y me doy cuenta de que se refiere al último incidente diplomático entre Venezuela y Colombia, que amenaza con alterar gravemente las relaciones de nuestro país con el país hermano.

El intercambio comercial entre Colombia y Venezuela es enorme. La economía colombiana, una economía diversificada y competitiva tan distinta de la nuestra y que produce bienes de alta calidad, moviliza diariamente miles de personas de uno a otro lado de la frontera, da trabajo a numerosos compatriotas venezolanos y colombianos, que pueden llevar el pan de cada día a las mesas de sus hijos, y enriquece cultural y humanamente a ambos países, que, por ser vecinos, van llegando a conocerse más y a imbricarse mutuamente de miles de formas inesperadas, creativas y fecundas.

Todo esto se encuentra amenazado por una razón. Al presidente Hugo Chávez, y al grupo de personas que gobiernan con él, les altera sobremanera que el presidente colombiano haya dicho que en manos de las Farc se encontraron armas pertenecientes al ejército venezolano. Aunque es ya bastante grave que esas armas, propiedad de nuestro ejército, hayan aparecido en manos del grupo insurgente, que el señalamiento de Uribe se esgrima como razón para destruir (o intentar destruir) lo ganado arduamente en las relaciones entre ambos países es bastante absurdo. A las señoras sentadas detrás de mí les parecía una locura: la razón más trivial que alguien pudiera esgrimir para alterar relaciones bilaterales que son sumamente ricas y vitalmente importantes para miles de venezolanos y colombianos.

Razones triviales y grandes sobresaltos

El presidente Chávez es, en mi opinión, un experto en esgrimir razones triviales para explicar la alteración del curso de las vidas de millones de venezolanos que, de otro modo, habrían permanecido tranquilos. Por ejemplo, en los días cercanos a la Navidad del 2006 Chávez anunció de pronto que revocaría la concesión de un segmento del espectro radioeléctrico a la empresa privada Radio Caracas Televisión (RCTV). ¿Las razones aducidas? Que era un escándalo que un grupo de individuos usase ese segmento para satisfacer el ímpetu personal de criticarlo a él. El razonamiento iba más o menos en esta dirección: dado que el espectro radioeléctrico es de Venezuela, le pertenece, por tanto, a aquellos que una mayoría simple de venezolanos ha puesto en el poder. Por lo tanto, no se podía hacer uso de lo que, según ellos, les pertenecía, para minar el poder que habían obtenido como concesión por parte del pueblo venezolano.

En el momento en que Hugo Chávez adujo estas razones, en solemne alocución en cadena nacional, los trabajadores de RCTV estarían ayudando a abrir los regalos de Navidad de sus hijos, comprados con las utilidades que recibieron como bonificación de fin de año. Estas utilidades suelen ser altas, la única vez durante todo el año que un trabajador venezolano ve una cantidad sustancial toda junta, y uno se imagina que tuvo que ser traumático para ellos descubrir que debían haberla ahorrado para cuando se quedaran sin trabajo al año siguiente, como en efecto sucedió.

Curiosamente, no ha sido la última vez que nuestro presidente arruina la Navidad de un grupo de venezolanos. En las navidades del 2008 anunció la expropiación de un centro comercial que daba trabajo a un numeroso personal ligado a la construcción y que habría dado trabajo a miles de personas en los años sucesivos. De nuevo, los venezolanos imaginamos la misma escena donde los padres de familia no pueden comprar a sus hijos los soñados regalos de Navidad, porque las utilidades debían guardarse para cuando se quedaran sin trabajo al año siguiente, como en efecto se quedaron sin trabajo. ¿Las razones esgrimidas? El Centro Comercial, cuya construcción estaba casi completa y que había cumplido con todos los extremos de la ley -extremos onerosos y complicados que los promotores acataron sin protestar-, "afeaba" la zona, "produciría un caos vehicular", era "demasiado grande", "promovería el consumismo".

Así pues, nuestro presidente tiene una extraña tendencia a pasar por encima de las pequeñas y humanas razones de aquellos que carecemos de su poder con un arsenal de razones extraordinariamente triviales. La pregunta es ¿por qué? ¿Cuál es esa ceguera tan particular que lo afecta y que le hace subordinar las razones humanas a consideraciones que, por su trivialidad, no merecen alterar lo que se ha construido con tanto esfuerzo y dedicación de tiempo?

¿Quién es el enemigo?

El incidente con Colombia, una acusación más bien vaga que la mayoría de la gente con sentido común presiente que no es para tanto, ha producido una tal reacción de indignación por parte de los políticos venezolanos en el poder que bien vale la pena tratar de descifrar la sabiduría oculta que se esconde tras la mirada sombría de nuestro Canciller.

La reacción tan defensiva y desproporcionada parecería expresar el temor de nuestro gobierno a una intervención militar por parte del gobierno norteamericano, que sería impulsada por el gobierno colombiano. Aunque no enteramente imposible, dado el prontuario de los EEUU en lo que a invasiones se refiere, la idea parece hoy en día tan remota como un romance entre Barack Obama y Hillary Clinton. El temor a esa intervención (de hecho, a la intervención de cualquier gobierno extranjero) parecería sugerir que el gobierno de Hugo Chávez realmente cree que puede mantener un control político absoluto sobre Venezuela y que el único enemigo a resistir es el imperio-capitalista-neoliberal, mientras que, a lo interno, se siente capaz de imponer una especie de cultura homogénea socialista-humanista-chavista.

Se trata de una mentalidad escindida, en donde todo lo malo es proyectado y expulsado hacia afuera y lo bueno consiste en una cultura de homogeneidad monolítica (es así como ellos entienden el concepto de "hegemonía" que propuso el gran teórico marxista Antonio Gramsci) una unidad carente de cualquier fisura por la que pudiera filtrarse la menor defección.

Los delitos de opinión

De esta manera, los venezolanos vemos asombrados como Hugo Chávez se blinda ante cualquier indicio de intervención o crítica desde el extranjero, mientras tiene, literalmente y en términos numéricos, a la mitad de su país en contra. Dado que un grupo muy importante de esa mitad tiene la posibilidad de formar opinión pública (son, por ejemplo, periodistas, políticos de oposición, profesores y estudiantes universitarios, maestros, padres y madres de familia, escritores y ensayistas, en suma, individuos capaces de articular de manera elocuente su oposición al gobierno) las baterías del gobierno están dirigidas a dificultar, por ejemplo, que un periodista pueda expresar una opinión personal.

Para ello se ha introducido un proyecto de ley con un código de "delitos mediáticos" (que serían delitos en los que se incurriría cuando se expresa una opinión a través de un medio de comunicación público) y  que contempla penas de hasta cuatro años de cárcel. Cuando el gobierno se dé cuenta de que se puede crear opinión pública conversando tranquilamente en un café, inventará toda una nueva serie de medidas. Hasta ahora, los esfuerzos se dirigen contra lo más obvio, en un intento por regular la formación de opinión pública a través de los medios de comunicación y la educación formal básica, media y superior.

Una idea errada sobre los procesos deliberativos humanos y la emancipación

Los esfuerzos dirigidos a la "creación de un hombre nuevo", supuestamente humanista y socialista pero, sobre todo, que no se atreva a criticar al estamento del Partido Socialista Unido de Venezuela (PSUV) en el poder, revelan la ceguera por parte del partido de gobierno para comprender cómo se gesta un enemigo a lo interno. Esta ceguera es profunda y tiene que ver con las erradas concepciones filosóficas y políticas en las que se formaron los fundadores del PSUV.

Una sociedad es una sumatoria de individuos que aprenden acumulando experiencias y articulándolas creativamente. No existe una tal cosa como una sociedad o grupo de individuos donde todo el mundo piense exactamente igual y tenga la misma opinión. Aunque ningún individuo es una mónada aislada, el lugar ontológico en el que se producen síntesis creativas e innovadoras, es el individuo, la persona humana. Esto es así desde un punto de vista neurológico (dada la complejidad de los cerebros humanos) y filosófico (dadas la complejidad de los sistemas intencionales y la agencia racional).

La mentalidad marxista ve a la mente humana como una tabula rasa que no sintetiza conforme a sus experiencias acumuladas lo vivido, sino que se limita a repetir conocimiento aprendido que tendría una forma acabada: esto es lo que llama pomposamente "la ideología". Por esta razón, los dirigentes del PSUV creen realmente que cuando alguien critica al gobierno no expresa su opinión sincera, ni ha pensado en lo que dice, sino que se ha visto "condicionado", del mismo modo que se puede acondicionar una habitación para que alguien pueda habitar en ella. Esta visión de la mente humana y de la persona humana es la que explica que Chávez no pueda imaginar qué se siente, ni sentir empatía ante el sufrimiento y zozobra que provoca, cuando anuncia al país que despojará a un conjunto de trabajadores de sus puestos de trabajo. La planificación centralizada pasa por encima, como una aplanadora, sobre aquello que es precisamente imposible de centralizar: las múltiples y variadas preferencias de millones de venezolanos.

Pero esto no es todo. Las mentes individuales, que son las que acumulan experiencias y conocimiento y las que los transmiten a los demás, sólo se pueden controlar al precio de una cruenta y absurda represión. En Venezuela, las medidas para reprimirlas, condicionarlas, sugestionarlas, desviarlas de la crítica, comienzan ya a ser absurdas y no me cabe la menor duda de que pasarán a ser cruentas cuando las visiones críticas comiencen a ser mayoría, lo que sucederá pronto, dado que, para Hugo Chávez y los miembros de su gobierno, cualquier oposición a su visión de la filosofía política es traición a la patria y no una opinión discutible como cualquier otra.

Zelaya como discípulo

La incapacidad de la mentalidad bolivariana para comprender cómo una acumulación de preferencias individuales es lo que hace la historia se puso en evidencia con el reciente golpe de estado en Honduras. Parafraseando a mi padre (que me decía, cuando me enseñaba a manejar: "no es suficiente con que no choques; tienes que evitar que te choquen") no es suficiente con evitar realizar golpes de estado: hay que evitar que se los hagan a uno. Inspirado por el ejemplo de Venezuela y, al parecer, con el apoyo teórico de dos luminarias de una facultad de derecho española que han asesorado previamente a nuestro presidente, sabemos que el golpe se produce porque Zelaya estaba decidido a iniciar los trámites para la convocatoria de una asamblea constituyente.

De nuevo, tenemos aquí el mismo error y la misma ceguera: los cambios sustanciales en la opinión pública no pueden imponerse desde arriba, como un bloque monolítico con el que se aplastaría los diferentes puntos de vista, y a contrapelo de las intuiciones morales de una sociedad. Si había una posibilidad para que el pueblo hondureño convocase una, seguramente útil y valiosa, asamblea constituyente, Zelaya y su grupo tendría que haberla creado lenta y gradualmente a través de la persuasión racional de cada uno de los hondureños. Esto es lo moralmente correcto, lo único que los latinoamericanos nos merecemos. Con la abortada iniciativa, se pone nuevamente en evidencia que una cosa es estar en el poder y otra distinta tener realmente el poder, y que eso no se obtiene con grandes aparatos constitucionales que no expresen realmente las intuiciones morales y los principios del derecho que una sociedad posee. Pero, al mismo tiempo, el golpe muestra que todo movimiento emancipatorio, para serlo verdaderamente, debe contar con el visto bueno de todos aquellos a quienes afectará. La ceguera en relación con este punto es lo que explica que Hugo Chávez y los presidentes latinoamericanos que lo apoyan insistan en ver en el enemigo exterior la mayor amenaza a su permanencia en el poder. Son como esa gente supersticiosa que atribuye a los extraterrestres el origen de todos sus males.

Zelaya se pasea ahora como un alma en pena por la frontera de su país porque su amistad con Chávez ha creado en sus electores lo que se denomina en teoría económica una serie de "expectativas racionales". En otras palabras: cada individuo, al acumular experiencia personal, acomoda sus estrategias y expectativas a las estrategias de los demás. Chávez cree que es inevitable que Latinoamérica en bloque abrace los ideales del bolivarianismo. En realidad, sucederá exactamente lo contrario: la gente ha aprendido qué se puede esperar de él y acomoda sus acciones para evitar las consecuencias inevitables de las acciones de los demás sobre sus propias expectativas de vida. Esto explica el caos económico que han producido en mi país los intentos de Chávez por controlar la economía. De hecho, a mayor control por parte del gobierno, mayor es el caos real y la incapacidad de previsión por parte de los agentes económicos. Cada persona se acomoda como puede a lo que espera y trata de evitar los daños que pudiera provocar la imposición de planes de vida que no son los suyos sobre los propios.

Un empeño imposible

Así pues, la incapacidad del presidente venezolano y de su gobierno para comprender en qué consiste realmente el control político sobre una sociedad descansa, en definitiva, en una incomprensión profunda de la racionalidad humana. La sensación de ausencia de sentido común y absurdidad que hace temblar de miedo a la mitad de la población venezolana, que se acomoda como puede a los arranques de nuestro presidente, tiene que ver con un clima en el que lo que parece que está ausente es una atención adecuada a la racionalidad práctica de todos los venezolanos.

No soy tan ilusa como para no darme cuenta de que hay, por supuesto, otros intereses en juego, que se acomodan con oportunismo a las falsas filosofías para sacar provecho de quienes creen en ellas. Sea como sea, las futuras generaciones de venezolanos y latinoamericanos se reirán de quienes intentaron transformar el mundo con ellas y sus carcajadas resonarán por los siglos de los siglos. Amén.

Escrito en Güigüe, 1 de agosto de 2009.

 

* Profesora e investigadora de la Escuela de Filosofía, Universidad Central de Venezuela, Directora del Instituto de Filología "Andrés Bello" de la misma universidad.

 

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Luz Marina Barreto
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