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Los retos de liderazgo de Santos

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Análisis desde la teoría del liderazgo de los retos que enfrenta el presidente Santos, ahora que tiene que contentar a partidarios, calmar opositores, resolver los problemas nacionales de siempre y sacar adelante un histórico proceso de paz. 

Francisco Manrique*


 

Dos escenarios históricos

El segundo período del presidente Santos comienza en medio de una coyuntura donde se vislumbran dos posibles escenarios para que Colombia supere una historia de violencia que ha frenado su potencial por muchos años.

El que se escoja una u otra alternativa va a depender de muchos factores, pero, en especial, de que el jefe del Estado esté a la altura del desafío histórico que enfrenta.

En el primer escenario, el presidente puede hacer unos pocos ajustes a la estrategia de manejo de la negociación con las FARC, mejorar un poco la comunicación (que ha sido el punto más débil hasta la fecha) y tratar de acomodarse a las aspiraciones de la izquierda, que fue la fuerza política clave para la reelección.

En este escenario el proceso con las FARC se seguiría manejando como un problema técnico con soluciones conocidas, donde unos pocos tienen las respuestas. Para los demás, es decir el resto de la población, la vida seguiría igual y todos se mantendrían en su zona de confort, especialmente quienes viven en las áreas urbanas, que tradicionalmente han sido las menos afectadas por el conflicto.

Pero en este escenario habría un problema: hace cuatro años, la votación de nueve millones que obtuvo Santos le dio un margen de maniobra muy amplio. Ese respaldo representaba una visión unificada del país alrededor de la Seguridad Democrática, política central del expresidente Uribe contra las FARC.

Las posibilidades de que Santos pueda cumplir con las expectativas del grupo heterogéneo que lo eligió son muy bajas. 

En esta oportunidad, los 7,8 millones de votos a favor de Santos representan un caleidoscopio de visiones alrededor de un entendimiento muy frágil de lo que está en juego en La Habana y de su impacto eventual sobre la paz del país.

Ahora Santos tiene la oposición de Uribe desde el Senado, como enemigo de cualquier negociación que no sea la rendición de las FARC, y respaldado por el 45 por ciento de los votantes.

En este escenario, las posibilidades de que Santos pueda cumplir con las expectativas del grupo heterogéneo que lo eligió son muy bajas. Y serán aún menores si quiere convencer al grupo que votó en su contra. En esas condiciones, lograr unificar al país alrededor de los acuerdos de La Habana será muy difícil.

Hay un segundo escenario posible: que el presidente reconozca que estamos ante una coyuntura que puede ser un punto de inflexión y haga cambios de gran magnitud.

En este nuevo escenario, cada colombiano va a tener que aceptar que los reflectores, que normalmente iluminan el escenario, se enfoquen sobre los espectadores es decir, sobre toda la sociedad.

Vamos a tener que aceptar que no hay respuestas fáciles para los difíciles problemas que habremos de enfrentar si queremos cambiar la trayectoria de la sociedad violenta que ha sido nuestra cruz por tantos años.


La delegación de Paz del Gobierno, encabezada por
Humberto de la Calle.
Foto: Presidencia de la República

El necesario liderazgo de Santos

La gente espera que Santos tenga las soluciones, pues como presidente reelecto representa la primera figura de autoridad del país y, se supone, debe tener siempre "el as bajo la manga". La realidad es que no lo tiene. Y frustrar estas expectativas, además de ser muy costoso en términos de imagen, será muy peligroso.

De hecho, Santos va a tener que preparar a la sociedad, especialmente a la urbana que votó en su contra, para aceptar que el proceso que sigue va a generar muchas más preguntas que respuestas, y que estará sometido a grandes tensiones, porque son numerosas las fuerzas opuestas a su éxito. Adicionalmente, va a necesitar una gran capacidad para improvisar.

Además, estamos entrando a un territorio desconocido, pues el entorno mundial hoy es muy distinto del que existía a finales de los 80, cuando se negoció la paz con el M-19 y otros grupos guerrilleros.

Si Santos quiere tener éxito en el ejercicio del liderazgo que se requiere en esta etapa   tendrá que mantener la exigencia a la sociedad colombiana, sin que le estalle la olla de presión en mil pedazos, y evitando morir en el intento.

Pero, sobre todo, en esta oportunidad no podrá tratar de complacer a todo el mundo, como pareció hacer en su primer período. Ahora es el momento de escogencias muy difíciles, y no es posible dejar contentos a tirios y troyanos.

Son muchos los callos que habrá que pisar y también son muchos los intereses arraigados que hay que desmontar. Pero lo más importante será sembrar bien las semillas de una cultura más tolerante, menos violenta, sobre la cual se pueda escribir una nueva narrativa para la Colombia del siglo XXI.

Son muchos los callos que habrá que pisar y también son muchos los intereses arraigados que hay que desmontar. 

Bajo estas condiciones, el desafío del liderazgo no consiste solamente en mejorar las comunicaciones del proceso de paz. Esta es una percepción incompleta. El reto de conducir a los colombianos a través de territorios hostiles y desconocidos va a requerir el ejercicio de un liderazgo mucho más sofisticado.

Y al mismo tiempo que se avanza en las conversaciones en La Habana, se deberá mejorar significativamente la acción pedagógica que se ha hecho hasta la fecha y que ha sido muy pobre.

Esta pedagogía debe sustentarse sobre la construcción de una nueva narrativa creíble, que inspire y emocione, alrededor de un escenario posible que muestre cómo sería vivir en un país en paz.

Hay que usar estos recursos para explicar muy bien por qué esta es una alternativa mucho mejor que no hacer nada, para poder convencer a los escépticos de que contribuyan a volver realidad este sueño. Hay que lograr que se construya un significado compartido alrededor de este futuro posible que se busca crear, en términos de creencias, valores y comportamientos.

Esto significará aceptar que hay una gran incoherencia entre el discurso de la paz y los comportamientos violentos que se ven en la vida cotidiana en Colombia pues  estadísticamente, la mayoría de los hechos de sangre ocurren en las familias, las escuelas, los espacios laborales y los vecindarios.

Como si fuera poco, en simultánea con el proceso de paz Santos tendrá que atender los incendios del corto plazo de un país en crecimiento, así como las tensiones propias del proceso, que serán muchas. Igualmente difícil será un acercamiento con Uribe, quien no ha demostrado ningún interés en acercarse al presidente.

Si no se logra manejar todo lo anterior, a Colombia la va a dejar nuevamente el tren de la historia.


El tema de la educación será de especial importancia
durante el nuevo periodo de gobierno.
Foto: Presidencia de la República

Las oportunidades de Santos

El reto para el presidente será desarrollar rápidamente una gran capacidad para convencer e inspirar a la gente, lo que, hasta ahora, le ha costado mucho. Va a necesitar sorprender a partidarios y contradictores con propuestas audaces, como lo fue su iniciativa de negociar con las FARC.

Sería muy bueno que Santos invitara a la sociedad colombiana a usar su talento para proponer ideas y proyectos innovadores en un eventual posconflicto. Hace cuatros años el presidente propuso por primera vez una política de innovación, ¿por qué no adaptarla ahora para enfrentar los retos de un proceso tan complejo? Este es un tema que puede convocar el uso del talento, el emprendimiento y la creatividad.

En la pasada campaña presidencial hubo un consenso entre los diferentes candidatos en torno a la educación como un imperativo para Colombia. Ahora sería muy oportuno que el presidente le asignara al sistema educativo y a los padres de familia la responsabilidad de asumir un papel protagónico en la construcción de una sociedad capaz de dirimir sus diferencias de manera incluyente, sin recurrir a los métodos violentos.

Sabemos que es un gran reto adaptativo cambiar la narrativa que hemos tenido en Colombia, pero es posible si se logra capturar la imaginación de la gente para que crea que es posible construir entre todos un futuro mejor a pesar de los múltiples obstáculos que se van a presentar. Esta es la responsabilidad de todos, no solo del presidente como líder del proceso.

El reto para el presidente será desarrollar rápidamente una gran capacidad para convencer e inspirar a la gente, lo que, hasta ahora, le ha costado mucho.​

Sería muy preocupante que Santos y el nuevo equipo que lo acompañe no entiendan el profundo desafío que enfrentan y no puedan asumir el liderazgo que se requiere, o que, lo que sería peor, lo interpreten de manera equivocada.

Este no es un problema técnico con soluciones conocidas y probadas. Es un problema adaptativo que implica profundos cambios en toda la sociedad. Habrá necesidad de experimentar, de aprender a fallar, pero, sobre todo, de tener una visión inspiradora que nos ilumine durante un camino que tomará mucho tiempo.

Si no se logra mantener clara una visión de largo plazo que sea adoptada por toda la sociedad, vamos a tener cuatro años largos y tormentosos por delante. Se necesita que la gente tenga buenas razones para apoyar el proceso y se requiere la esperanza que nos permita creer en una Colombia donde se pueda vivir en paz.

Sin estos requisitos, va a ser muy difícil el trabajo adaptativo que hace falta para cambiar el rumbo de violencia que hemos llevado por tantos años.

 

* ​Empresario, ​Ingeniero ​C​ivil de la Universidad Nacional con una maestría en Administración de la Purdue University, en Indiana (Estados Unidos)​.

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Francisco Manrique
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