Enrique Herrera - Pilar Serrano - Juan Botero, autor en Razón Pública
Foto: Pixabay: Qui Nguyen Khac

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La agricultura en el mundo está viviendo cambios revolucionarios…y en Colombia seguimos debatiendo el reparto de tierras. Una mirada global a los nuevos desafíos para el sector agrario.

Enrique Herrera* , Pilar Serrano** y Juan G. Botero***

Ecologistas y campesinos

La geopolítica, las guerras, el cambio climático, la pandemia y la polarización han cambiado la geografía de la producción en el mundo. Por supuesto, el sector agrícola es uno de los afectados.

En Europa el campo protesta, entre otros motivos, porque las políticas verdes promovidas por los ecologistas, llamados por algunos “dogmáticos ecológicos”, han dado pie a la competencia desleal entre los productores de la UE (sometidos cada vez a una legislación verde más exigente) y los alimentos importados de otros continentes (sin la misma exigencia ambiental y a precios mucho más bajos).

Asimismo, existe malestar por los cambios acelerados en los modos de vida que han ido relegando al mundo rural. La sociedad urbana está hiperconectada, vive en tiempo real, mientras que en el campo los tiempos son otros, son más lentos o, por decirlo metafóricamente, está atrapado en el tiempo pasado.

El enfoque del gobierno no es el de la agricultura moderna. Ni tampoco el de los “vínculos urbanos-rurales” que conlleva una aproximación radicalmente distinta de lo que tradicionalmente se entiende por agro y rural

A nuestro modo de ver, las razones de la protesta son varias pero las de hondo calado, con repercusiones mundiales, son dos:

  • la tensión entre ecologistas y agricultores en lo referente a la forma de producción, y
  • la oposición al libre cambio y el anhelo de volver al proteccionismo o al nacionalismo, con implicaciones políticas. Trump y su “Hecho en América” es una muestra evidente.

La agricultura es víctima y victimaria del cambio climático. En otras palabras, sufre las consecuencias, pero se encarga de producir las causas; según el Organismo Internacional de Energía Atómica, la agricultura genera “el 30% del total de las emisiones de gases de efecto invernadero, principalmente debido al uso de fertilizantes químicos, plaguicidas y desechos animales”. Sin embargo, producir de manera ecológica cuesta más, lo que se produce puede ser menos y la rentabilidad del negocio puede ser mala y es ahí cuando la bolita de ¿quién paga éstos costos? está pérdida.

Foto: Agronet - El gobierno debería impulsar la transición energética a los biocombustibles. De esta manera los ingenios podrían pasar de producir azúcar a producir biocombustibles con caña.

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Quién paga la transición ecológica de la agricultura

Hay dos verdades que no admiten réplica: 1) a los agricultores se les paga mal y son el punto débil de la cadena de producción y 2) la agricultura sostenible es mucho más costosa y, entonces, es necesario precisar, como señala el Financial Times, ¿quién paga más para ser verde?, ¿los granjeros?, ¿los contribuyentes a través de impuestos y subsidios? o ¿los consumidores, con precios más altos?

Este problema todavía no está resuelto. Los europeos alegan que sus productos tienen más exigencias ambientales que los importados de los países extracomunitarios, y, por esta razón, hay una competencia desleal.

Es claro que no habrá futuro sin la agricultura ecológica y la respectiva transición, la cual está contenida en la Agenda 2030 y el Pacto Verde Europeo. No obstante, los políticos las han frenado debido a las elecciones del parlamento europeo y la politización de la protesta.

Ya retiraron o dejaron en suspenso las siguientes medidas: la obligación de disminuir a la mitad el uso de pesticidas; dejar en barbechos el 4% de la tierra de un agricultor; y, reducir las emisiones agrícolas para el 2040. Tampoco firmaron el tratado de libre comercio entre la Unión Europea y el Mercosur porque los productos de América del Sur no tenían las mismas restricciones ambientales y fitosanitarias de la Unión Europea. El tema es, pues, de dinero y elecciones; de política y economía.

Estas medidas aumentarían los costos de producción de los agricultores de Colombia y de otros países del mundo, los harían menos competitivos, dificultaría el acceso de los productos latinos  a Europa  y se reduciría, para algunos, la torta del mercado.

Una política intervencionista

El segundo punto de las protestas es la presión por repensar el librecambismo por una política intervencionista en un mundo de libre mercado.

Y aquí, en este aspecto, juega la geopolítica, la cadena de suministros, la seguridad alimentaria, el equilibrio de poderes y la deslocalización productiva.

El mundo ya  aprendió eso gracias a la pandemia, la guerra entre Rusia y Ucrania y la tensión sobre Taiwán en la guerra de los chips. De no encontrar la fórmula  para manejar esos  problemas, los gobiernos, por presión popular y política, podrían  adoptar medidas para proteger su mercado y sus productores.

Así va la agricultura en Europa, en revueltas, en cambios y con tensiones pero con un camino no resuelto todavía: la transición verde y un regreso a la protección de los productores comunitarios de la competencia desleal; pero encaminada, toda ella, a una agricultura moderna, sumamente competitiva y que enfrente los embates del cambio climático.

La situación en Colombia   

El sector agrícola de Colombia tiene un presupuesto público nunca visto en su historia (9,1 billones de pesos). Aunque es una cifra admirable, hay que planificar el modo de invertirla.

Por ejemplo, a la compra de tierras se destinarán casi cuatro billones de pesos. Pero el Ministerio de Agricultura deja en segundo plano los programas de comercialización e incentivos generales para el sector. Específicamente, destina pocos recursos a la Agencia de Desarrollo Rural para crear el nuevo Instituto de Mercado Agropecuario 2.0 (IDEMA). El cual, además de estar retrasado, corresponde a una época pasada.

Por otro lado, los tres grandes distritos de riego (Ranchería en La Guajira, Triángulo del Tolima y Tesalia Paicol en el Huila) seguirán como elefantes blancos. En estos territorios hay más de 40 mil hectáreas para construir varios núcleos de producción agrícola competitiva que necesitarían una cifra cercana a los 3 billones de pesos.

El enfoque del gobierno no es el de la agricultura moderna. Ni tampoco el de los “vínculos urbanos-rurales” que conlleva una aproximación radicalmente distinta de lo que tradicionalmente se entiende por agro y rural porque no se alcanza a comprender que los dos -urbano y rural- están conectados por flujos y he aquí, el mejor enfoque que debería tener la política pública.

Es claro que no habrá futuro sin la agricultura ecológica y la respectiva transición, la cual está contenida en la Agenda 2030 y el Pacto Verde Europeo.

Además, la agricultura debe ir de la mano con la seguridad alimentaria y la agroexportación.

Lo anterior no es posible si carecemos de biotecnología, agrotecnología, financiamiento, fintech y, no menos, de la coexistencia de semillas tradicionales y modificadas genéticamente que son claves para asegurar cereales y proteínas para los seres humanos y los animales.

En lo concerniente a los créditos, la gran preocupación sigue siendo las altas tasas de interés que  hacen inviable su asignación para pequeños productores. Valdría la pena un gran programa conjunto de subsidio a la tasa de interés e Incentivo de Capitalización Rural.

Por último, es aconsejable que el gobierno impulse para la transición energética a los biocombustibles, notoriamente al maíz, la palma de aceite y la caña de azúcar. De este modo, los ingenios pasarán de producir azúcar (que cada vez se consume menos) a biocombustibles que hacen parte de la agenda verde. También, hay oportunidades con las biomasas, tanto de cultivos agrícolas como las resultantes de las basuras urbanas y las excretas del sector pecuario. Así, poco a poco, entraremos en el sistema verde de la “economía circular”.

En conclusión, la agricultura está en un tránsito obligado por el impacto del cambio climático, la tecnología, la inteligencia artificial, la geopolítica y las modificaciones en las formas de vida de las sociedades urbanas y rurales.  Y mientras eso pasa en Europa, en Colombia la agricultura está en otro camino, concentrada en algo que va mal: la entrega de tierras.

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Enrique Herrera - Pilar Serrano - Juan Botero

Escrito por:

Enrique Herrera - Pilar Serrano - Juan Botero

*Abogado y especialista en Desarrollo Regional. Magister en Gestión Pública. Es experto en tierras, agro y desarrollo rural (@enriqueha).
**Miembro del Grupo Rural y Agro.
***Miembro del Grupo Rural y Agro.

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