Y si esto no funciona, ¿podemos buscar otro planeta? - Razón Pública
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Y si esto no funciona, ¿podemos buscar otro planeta?

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En caso de que el dilema fuera  ineludible, ¿qué dejaríamos acabar primero: el mundo o la British Petroleum? La timidez del gobierno norteamericano y la actitud imperial de las compañías permiten creer que no es tan segura la respuesta.

Tatiana Rodríguez Maldonado*

Un daño inimaginable

El pasado 20 de abril, una explosión en la plataforma de exploración Deepwater Horizon, a cargo de la British Petroleum Company  (BP) originó una tragedia ambiental cuyas consecuencias en el largo plazo son incalculables. Es, por ahora, el más grave derrame de petróleo en la historia del mundo. A los cuarenta días de iniciado, el panorama es desalentador y nadie se atreve a decir, con exactitud, cómo ni cuándo se le pondrá fin.

La magnitud del evento es aterradora. Según los cálculos, es como si cada nueve días se repitiera el episodio causado por el Exxon Valdez, en Alaska, en 1989, que detentaba el deshonroso primer lugar como el peor desastre en su estilo, con un saldo de 41 millones de barriles vertidos.

Diariamente la BP y la Casa Blanca rinden cuentas de los avances realizados, pero persisten la incertidumbre y las preguntas sobre la transparencia de la información divulgada. En un primer momento se comunicó que un equivalente a 5.000 barriles de petróleo escapaba cada día del lecho marino; poco después, se estimó que la cifra estaba entre los 12.000 y los 19.000 barriles; pero el 10 de junio los cálculos señalaban que no menos de 25.000 barriles diarios deben estar contaminando los mares de Louisiana, Alabama, Florida y Mississippi[1].

Un momento propicio, pero…

Hasta el momento se han aplicado cuatro métodos para tratar de contener los vertimientos, de los cuales solamente el último (colocar unas especies de cajas sobre el sistema de contención de explosiones para llevar el crudo a la superficie y trasvasarlo a embarcaciones), ha tenido un relativo éxito. En todo caso, la única solución definitiva al derrame es la construcción de un pozo alterno que no estará terminado, de ninguna manera, antes de agosto.

Sin duda, el panorama es desolador, pero en medio de la desesperanza es necesario dar una mirada más amplia a los acontecimientos y procurar aprovechar esta lección hacia el futuro, porque no todo en esta coyuntura resulta negativo. De hecho, esta crisis puede llegar a ser el momento propicio para que Estados Unidos lidere transformaciones institucionales y legales que le pongan límites razonables al poder de las grandes compañías multinacionales. Del mismo modo, cae como anillo al dedo al empeño por reconvertir las tecnologías de producción y disminuir los graves riesgos ambientales de las actividades extractivas, así como la presión global sobre los recursos no renovables.

Sin embargo, al no existir consenso sobre si esa reacomodación es conveniente y viable, el gobierno del presidente Barack Obama encontrará una fuerte oposición si desea limitar el poder de las multinacionales.

El Estado, burocracia sin dientes

En su conjunto, el gobierno Obama ha tomado cuatro grandes decisiones: primera, suspender la exploración en dos ubicaciones en Alaska; segunda, postergar las ventas de leasings en el Golfo de México y en la Costa Atlántica; tercera, dejar en moratoria los nuevos permisos en aguas profundas por seis meses; y cuarta, suspender la extracción en 33 pozos en el Golfo de México. No todas esas disposiciones han sido bien recibidas ni tampoco decretadas de buena gana, pues, por ejemplo, se pensaba haber encontrado en las exploraciones costeras una alternativa para disminuir la dependencia del crudo importado[2].

Sin embargo, más allá de esas medidas, y pese al alto nivel de burocratización del tema ambiental en Estados Unidos[3], el gobierno norteamericano se muestra impotente para detener la dispersión del petróleo y no tiene muchas herramientas para involucrarse más en las operaciones de respuesta al desastre.

La sartén por el mango

Es la BP quien tiene la sartén por el mango. Como si no importara que todos la señalen como la causante de la tragedia ambiental, que su posición en el mercado se vea seriamente afectada y que seguramente deba pagar más de los mil millones de dólares que tiene presupuestados para reparar daños, mantiene su solidez y su tranquilidad. Su presidente, Carl-Henric Svanberg, ni siquiera ha dado la cara. Aunque su valor en bolsa ha sido castigado, la compañía muestra una altísima capacidad para afrontar semejante escollo, hasta el punto de darse el lujo de asegurar que no está cerca de una crisis financiera. Y, ¡cómo no! si tiene la demanda asegurada con uno de los negocios más lucrativos en el mundo, al administrar un producto que, al menos por ahora, es absolutamente indispensable en todo el globo.

El tema que queda sobre el tapete es muy delicado, porque se puede presagiar que las consecuencias para la BP y para la industria extractiva en general, no serán ni duras ni duraderas. Mientras tengan el monopolio tecnológico y la capacidad económica para indemnizar, podrán salir bien libradas sin que importe qué tan graves sean las catástrofes que ocasionen. Si zafarse de la responsabilidad resulta tan fácil y barato, parece que no estamos valorando adecuadamente la conservación de los recursos naturales, ni estimando de modo apropiado los riesgos a los que los sometemos y para los cuales no estamos ni estaremos nunca suficientemente preparados.

Se entiende entonces que el presidente Obama, frustrado ante la evidencia de sus propios límites, esté buscando "qué trasero patear", y apele al manido pero siempre efectivo recurso del Destino Manifiesto. Sus declaraciones a veces demuestran tanta seguridad que casi parece disfrutar el tener que enfrentar esta tragedia:

"No sólo vamos a controlar los daños a la costa del golfo, sino que, en efecto, vamos a usar esto como una oportunidad para volver a examinar y trabajar con los estados y las comunidades locales a fin de rehabilitar la costa de manera que realmente mejore el medio de sustento y la calidad de vida de la gente en esa región.

"Pero vamos a estar… estamos seguros de que no sólo vamos a poder superar la crisis inmediata, sino que vamos a concentrarnos en asegurarnos que la costa se recupere del todo y que a fin de cuentas, esté en mejor situación que antes de esta crisis" [4].

Y es que, sin llegar al optimismo desmedido, si esta crisis se analiza en un modo más general, más allá del hecho específico del derrame, puede ser una oportunidad para abrir las puertas de una transformación sustancial, aunque sosegada, de la prelación que tienen las actividades mineras sobre los valores ambientales y sociales. Este es un momento propicio para mostrar que el interés general está realmente por encima del particular.

¿Qué está cambiando?

Algunas de las decisiones del gobierno Obama ante la crisis han implicado cierta reacomodación institucional, cuya duración y eficacia no pueden ser completamente determinadas aún, pues se trata principalmente de medidas para apaciguar las críticas de quienes piensan que el gobierno no está haciendo todo lo necesario para detener el derrame.

En ese sentido se anunció el aumento de las exigencias de seguridad a las petroleras en mar abierto y la creación de una Comisión Accidental Bipartidista para establecer las causas del derrame y presentar propuestas de modificaciones legales o aumento de la supervisión sobre las compañías que realizan exploraciones y explotaciones[5]. También se nombraron personas encargadas solamente de supervisar a la BP en el actual proceso, se pidió la renuncia de Elizabeth Birnbaum, hasta esta semana directora del Servicio de Administración de Minería, y se notificó que esa entidad se dividirá en tres partes para garantizar su independencia.

Aunque mucho menos sustanciales, en el terreno privado también han ocurrido modificaciones organizacionales: la BP creará una empresa para gestionar los efectos del derrame y ha abierto cuerpos especiales para cada una de las regiones afectadas (Louisiana, Florida, Alabama y Mississippi).

La reconversión más profunda, en todo caso, no es la institucional, sino la tecnológica, pues después de agosto, cuando se espera haber detenido completamente la fuga de petróleo, el tema quedará como un registro histórico si no se logra que la necesidad de establecer, no sólo leyes y entidades más fuertes, sino también de solucionar la "adicción" estadounidense al petróleo, tenga una presencia importante en la opinión pública.

Y es que detener el uso de recursos no renovables y aplicar definitivamente tecnologías limpias sería un verdadero "New Deal", capaz de convertirse en una revolución ambiental y social. Por eso el compromiso real de Obama se comprobará si comienza a aumentar el presupuesto destinado a la reconversión tecnológica y mantiene sintonizado al Partido Demócrata, para que intervenga en la regulación del nivel de emisiones, pero también se arriesgue a procurar un cambio paulatino y fehaciente en las formas de vida de los norteamericanos.

Camino lleno de obstáculos

No será nada sencillo recorrer ese camino (si es que llega a recorrerse). Las empresas multinacionales no tienen ningún interés en dejar de buscar y comercializar petróleo, para invertir exclusivamente en el incierto negocio de las nuevas tecnologías. De hecho, se oyen serias críticas a las exigencias más recientes hechas por Estados Unidos a la BP para que se haga cargo de secuelas indirectas del desastre (como la pérdida de empleos por la prohibición de explorar en el mar durante seis meses). A los inversionistas les preocupa que los políticos se están metiendo en su terreno, al llegar incluso a exigir que la BP no pague el dividendo trimestral a sus accionistas.

Los republicanos también tienen sus excusas ideológicas para querer preservar el statu quo, y hay que decir que sus argumentos son sólidos y dejan dudas sobre la capacidad del país para comprometerse en medidas costosas e inciertas: aseguran que un proceso de reconversión tecnológica podría causar mayor inestabilidad económica y que implicaría un crecimiento burocrático que Estados Unidos no está en capacidad de asumir.

Además, el partido de oposición le sacará todo el jugo posible a la situación, criticará incesantemente al gobierno demócrata y aprovechará para obstaculizar otros temas estratégicos que los oficialistas están tratando de sacar adelante (como la reglamentación de las emisiones locales por parte de la Agencia de Protección Ambiental, recientemente respaldada por una sentencia de la Corte Suprema).

Lo que se hace evidente es que la gravedad de la crisis ambiental no ha sido plenamente comprendida, y que los cambios culturales y económicos que se requieren para modificar el modelo de desarrollo vigente son demasiado profundos para pensar que pueden lograrse en unos pocos meses. Por eso los augurios no son muy buenos, pues lo más probable es que en este pulso prime la inercia, que la BP y sus aliados procuren minimizar la gravedad de la crisis para poder defender las actuales condiciones de su negocio y que la indignación actual no sea más que un aspaviento.

Sin embargo, las evidencias y la escala del peligro al que nos exponemos están sobre la mesa, y por eso no hay que dejar que se esfumen sin recalcar hasta la saciedad que ninguna compensación económica será suficiente en comparación con las funestas e incontrolables consecuencias ambientales de los accidentes industriales. No podemos permitir que se acabe primero el mundo que las British Petroleum.

* Politóloga de la Universidad Nacional de Colombia. Asesora política, investigadora en comunicación e imagen, teorías de redes sociales y temas ambientales.

twitter1-1@lamonataty

Notas de pie de página


[1] GILLIS, Justin y Robbins Liz, "New Estimates Double Rate of Oil That Flowed Into Gulf", en The New York Times, consultado en http://www.nytimes.com/2010/06/11/us/11spill.html?hp, 10 de junio de 2010.

[2] Información de la Agencia EFE que puede consultarse en http://www.elespectador.com/noticias/elmundo/articulo-207568-obama-da-ultimatum-de-72-horas-british-petroleum

[3] Al menos veinte eslabones han estado ­involucrados en el tema, tales como la Guardia Costera, las Secretarías del Interior, Energía y Seguridad, el Congreso, el Servicio de Administración de Minería, la Agencia de Protección Ambiental, la Agencia Federal de Manejo de Emergencias, la Dirección Nacional del Océano y la Atmósfera, el Centro Nacional de Huracanes y la Oficina de Administración y Presupuesto. Eso sin contar las instancias judiciales a las que han acudido los accionistas de la BP en Estados Unidos, ni las voces internacionales, oficiales y particulares.

[4] "Declaraciones del Presidente tras reunirse con miembros del Gabinete para hablar sobre el derrame de petróleo del Deepwater Horizon" http://www.whitehouse.gov/the-press-office/declaraciones-del-presidente-tras-reunirse-con-miembros-del-gabinete-para-hablar-so

[5] Ver http://www.whitehouse.gov/the-press-office/mensaje-semanal-el-presidente-obama-desde-grand-isle-en-luisiana-explica-los-esfuer y http://www.elespectador.com/articulo-207582-acciones-de-bp-se-desploman

 

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