¿Un voto en blanco cuando está en juego nuestra democracia?
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¿Un voto en blanco cuando está en juego nuestra democracia?

Escrito por María Emma Wills

Uno de los dos candidatos a la presidencia está más dispuesto a respetar las reglas de nuestra democracia. Por sus obras los conoceréis: aquí están esas obras.

María Emma Wills*

La decisión

En este momento decisivo para el futuro de Colombia, algunos colegas, amigos y familiares, se inclinan por votar en blanco en la segunda vuelta. Están en todo su derecho.

Pero quiero aportar a la conversación exponiendo los argumentos y las evidencias que me llevan a pensar que un voto en blanco, en estas circunstancias, pasa por alto los indicios que tenemos de que uno de los candidatos pone seriamente en riesgo el sistema democrático.

La democracia: Un frágil equilibrio

Suena a verdad de Perogrullo que casi todos los políticos se inclinan a acaparar el poder y a aferrarse a mantenerlo. Por eso, para contrarrestar esas inclinaciones, intelectuales provenientes de distintas tradiciones han imaginado unas reglas de juego, valores e instituciones democráticas que buscan poner en cintura esas tendencias.

Pero aunque suponemos que el canon democrático es coherente y estable, en realidad es un precario equilibrio entre dos tradiciones de pensamiento muy distintas que en cualquier momento se puede romper.

  • Por un lado, las democracias se alimentan de las tradiciones comunitarias conservadoras o marxistas que ponen el énfasis sobre la cohesión de una comunidad orgánica. Estas dos tradiciones acentúan el pilar de la soberanía popular expresada en las urnas y en un movimiento político o social que actúa como una fuerza homogénea.
  • Por otra parte, la democracia se nutre del pensamiento liberal que auspicia la separación de poderes, los derechos políticos y sociales individuales, y el pluralismo representado en la existencia de distintos partidos y en un sistema electoral que garantiza el relevo de los gobernantes.

Cuando la democracia se inspira en una sola de estas tradiciones y sacrifica la otra, el régimen político se desliza en una de dos direcciones a saber:

  • O entra en una deriva autoritaria, de la mano de un caudillo que pretende encarnar el querer mayoritario,
  • O entra en un caos de «sálvese quien pueda» cuando acentúa un individualismo a ultranza que liquida la posibilidad de imaginar lo público como el lugar donde la ciudadanía acuerda, vía debate, una acción en común.

Un recorderis histórico

Durante el siglo XX fuimos testigos de quiebres de la democracia tanto en Europa como en América Latina que sacrificaron la vertiente liberal y se apoyaron exclusivamente en el principio de la soberanía popular.

En Alemania —¡quién lo va a olvidar! — Hitler llegó al poder gracias al voto popular; Franco orquestó un golpe militar contra la República Española que resultó en Guerra Civil y después en dictadura; y Mussolini, apoyado por  el movimiento paramilitar de camisas negras y el partido nacional fascista, llegó igualmente al poder en Italia.

Estas tres rutas culminaron en la instauración de regímenes totalitarios. Los líderes acapararon el poder: cierre del Congreso, desaparición de jueces independientes, control de la prensa y de la educación, propaganda taladrando una única manera de pertenecer a la comunidad, y vigilancia permanente de la policía y de cuerpos paramilitares.

Estos regímenes, por lo demás, lograron instaurarse con el apoyo de la alta jerarquía de las iglesias católica o protestante, de los terratenientes y de los grandes empresarios y banqueros alemanes, españoles o italianos. Fueron no solo antidemocráticas sino además abiertamente pro-statuo quo, a pesar de que todos habían prometido un cambio favorable para la comunidad orgánica que decían  encarnar.

Por otra parte, y en medio de la I Guerra Mundial, en Rusia se produjo una revolución en nombre de los desamparados. Despuésde de muchos ires y venires y de sangrientas pugnas internas, el estalinismo copó los altos cargos del Estado y los órganos de seguridad, e instauró una sociedad vigilada y controlada por el miedo. Pero esta vez, a diferencia de lo acontecido en Alemania, Italia y España, estos procesos culminaron en un cambio de la elite gobernante y en nuevas estructuras sociales y económicas. Estas transformaciones se alcanzaron de la mano de purgas, Gulags infames y enormes sufrimientos.

La pregunta de fondo es cuál de los dos candidatos, Petro o Hernández, está más dispuesto a respetar las reglas del juego democrático.

Foto: Wikimedia Commons - Las elecciones en Colombia ocurren entonces en un momento donde las democracias se encuentran bajo fuego.

Esos años también fueron convulsos en América Latina. Los procesos de urbanización e industrialización y la emergencia de una clase obrera implicaban ampliar la representación en el mundo político. En muchos países de la región, esta búsqueda asumió la forma de movimientos populistas que dieron presencia pública a un nuevo actor, el pueblo; fortalecieron las organizaciones sindicales y extendieron los derechos laborales. Esta vez el cambio impulsado por estos populismos fueron de corte reformista-democratizador, pero al cabo del tiempo estos regímenes terminarían en manos de un sector que buscaba controlar las distintas expresiones a través de sus organismos de seguridad ahogando el pluralismo que irriga el mundo social, incluido el popular.

Como se puede ver, cambios hay de todo tipo, unos en favor del statu quo, otros reformistas o aún revolucionarios. Algunos de sus protagonistas han llegado al poder por la vía electoral, pero todos, cuando abandonan los pilares y los valores democráticos, culminan tarde que temprano en regímenes de control y vigilancia social, cultural y política.

Ahora bien, últimamente, hemos visto el surgimiento de regímenes híbridos que combinan lo peor de las tendencias comunitarias con lo peor de los liberalismos individualistas. Han surgido caudillos que hablan en nombre de las masas desposeídas; se levantan contra la separación de poderes; despotrican de lo público; promueven el individualismo radical y las lógicas crudas del mercado; y recogen en las urnas apoyos mayoritarios. Aunque cuenten con amplio respaldo sociales, arruinan el frágil equilibrio entre las dos tradiciones que nutren las democracias modernas y destruyen el lugar de lo público. Lo más inquietante del asunto es que una vez llegan estos líderes-caudillo al poder y desmantelan los pilares democráticos, una vuelta atrás es difícil de lograr.

Por sus obras los conoceréis

Las elecciones en Colombia ocurren entonces en un momento cuando las democracias se encuentran bajo fuego. De aquí que la pregunta de fondo es cuál de los dos candidatos, Petro o Hernández, está más dispuesto a respetar las reglas del juego democrático. Creo que la respuesta a esta inquietud debe surgir de un análisis de sus respectivas trayectorias.

Empecemos por Petro. Nadie puede negar que, en sus orígenes, fue miembro de una guerrilla que violó abiertamente las reglas del juego democrático. Pero una vez que el M-19 se desmovilizó y participó como AD-M19 en la Constituyente de 1990, Petro dio comienzo a una carrera política adhiriendo a las reglas democráticas: compitió en elecciones y lo hizo a nombre de fuerzas políticas organizadas.

Petro ha sido Representante a la Cámara, Senador y varias veces candidato presidencial. Ha asistido a debates, ha confrontado a sus opositores, ha desenmascarado alianzas nefastas (paramilitares) y nefastos actos de corrupción. Fue alcalde electo de Bogotá. Cuando el procurador Ordoñez lo destituyó, tuvo un lapsus populista convocando a las masas a la plaza de Bolívar, pero acató la decisión y optó por la vía judicial para impugnarla.

Hoy el Pacto Histórico cuenta con la más alta representación de la izquierda en el Congreso, pero no constituye una mayoría con la que pueda gobernar solo.  Esto lo obligará a transar y buscar acuerdos con corrientes afines pero distintas.

Sus críticos lo acusan de hacer una oposición desleal, de ofender a sus contrincantes, y no perdonan las ofensas. No tengo la menor duda que Petro ha sido así y que por eso se ha fraguado tantas enemistades entre quienes podrían, por ideas, ser parte del Pacto Histórico. Pero ese talante no lo ha llevado a proponer soluciones contrarias a las reglas democráticas.

Hernández, por su parte, ha hecho su carrera en política como un antipolítico: no gusta de los partidos y su Liga de Gobernantes Anticorrupción alcanzó apenas dos curules en la Cámara de Representantes. Como alcalde de Bucaramanga despreció y jamás dialogó con el Concejo Municipal, el órgano democrático por excelencia en el nivel local, y cuando fue investigado por la procuraduría, dejó botado el cargo.

Su arrastre electoral innegable se basa en una estrategia comunicativa que resuena entre muchas personas. Al mismo tiempo que acumula votos, expresa su desprecio por las instituciones de raigambre liberal.

Como no tiene partidos ni representación en el Congreso, ya anunció que apelará a la conmoción interior para gobernar por decreto.  Es decir: desconociendo la separación y el equilibrio de poderes y anunciando abiertamente su preferencia por las vías autoritarias.

Por último, aunque los hábitos y protocolos del debate democrático civilizado han sido usados para descalificar las tradiciones populares y encerrar la política en un mundo elitista masculino y letrado, también representan la posibilidad de un trato amigable entre opositores. Este trato cortés entre rivales es indispensable para que este país transite de la acción violenta a una política democrática. Los gobernantes, con su ejemplo, autorizan.

La trayectoria de Petro muestra en cambio un compromiso con la democracia, aceptando las reglas de la competencia electoral, la formación de partidos, el estado de derecho y la existencia de instituciones como el Congreso. Acepto: Petro es una figura antipática, pero no antidemocrática.

Por el momento, el ejemplo que da Hernández con sus vociferaciones, cachetadas y amenazas soeces, –“¡le pego su tiro hp!”— anuncian un camino que no lleva a ese trato cortés entre distintos. Más bien convierten la figura del viejo patriarca enardecido en el ejemplo a seguir. Las formas que usa un gobernante para tratar a sus contendores, es en estas circunstancias también el fondo.

A los equilibristas que van a votar en blanco

Si. Cierto. Rodolfo Hernández y Gustavo Petro representan el hastío con la manera cómo hemos sido gobernados hasta ahora.

Ambos hablan de cambio, pero ese cambio puede ser muy distinto. Petro y Hernández no representan el mismo tipo de cambio, y tampoco representan los mismos peligros para la institucionalidad democrática.

Veo en Hernández los trazos de líderes que, con apoyo popular, han llevado a países de Europa y de América Latina por las sendas de los autoritarismos de todos los pelambres.

Los respaldos populares electorales, aunque fundamentales, no son suficientes para concluir que un liderazgo es de estirpe democrática. Por eso recordé a líderes que, como Hitler, llegaron al poder en hombros de la votación popular para hacer trizas las instituciones democráticas.

La trayectoria de Petro muestra en cambio un compromiso con la democracia, aceptando las reglas de la competencia electoral, la formación de partidos, el estado de derecho y la existencia de instituciones como el Congreso. Acepto: Petro es una figura antipática, pero no antidemocrática.

Invito entonces a votar por Gustavo Petro quien, con su trayectoria, ha demostrado más compromiso con la institucionalidad democrática y representa el cambio de la mano de un proyecto reformista que, como algunos han observado, es más indispensable que nunca para evitar la explosión del volcán, irrupción que nos llevaría, esa sí, por caminos inciertos.

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