Víctor Carranza, o cómo hacerse indispensable - Razón Pública
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Víctor Carranza, o cómo hacerse indispensable

Escrito por Javier Guerrero
2013-18-7-1

El discreto encanto de la burguesía colombiana…por la riqueza ilegal…explica en mucho los ires y venires de un personaje siniestro, cuya estela de sangre y corrupción salpica a mucha gente importante y no tan importante.

 

 
2013-18-7-1Foto(CC)- vía flickr por celeste33

Seis décadas de poder, muerte y corrupción

La tinta que ha corrido tras la muerte de Carranza, capo de capos, deja un precipitado interesante: la admiración de políticos, de la iglesia católica, de grandes y pequeños estadistas, de empresarios y, claro está, del pueblo raso.

Un artículo realmente analítico en medio de semejante coro de plañideras es “El enigma de Víctor Carranza” de Gustavo Duncan, publicado por Razón Pública el pasado 14 de abril. Cabe destacar el libro de Iván Cepeda y Javier Giraldo S.J.: Víctor Carranza, alias “el Patrón” y Verde, de Pedro Claver Téllez.

Lo demás son notas periodísticas ambiguas, pues se mueven entre la reverencia, la admiración y alguna distancia sospechosa post-mortem, como la de algún diario, que tenía poderosos motivos para adularlo o proteger su imagen.

Lo cierto es que ni Pablo Escobar, ni siquiera los Castaño juntos, o cualquiera de los carteles permanecieron vigentes tanto tiempo en el espectro del poder mafioso: casi seis décadas.

Es más: el propio Carranza no se explicaba por qué tanta gente importante quería tener algún negocio con él o recibir algún tipo de favor, como lo dijo alguna vez a funcionarios de la Presidencia que trabajaban para el Plan Nacional de Rehabilitación (PNR) del gobierno Barco.

Llegó a tener importantes managers, voceros de prensa y relacionistas nacionales e internacionales. Medios de primer orden, como Time, le dieron generosamente sus espacios y sus carátulas — en momentos claves de su carrera criminal, cuando más acosado se encontraba frente a sus líos judiciales — y contribuyeron a lavar su imagen pública.

Hasta el punto de que uno de los gerentes de sus empresas advirtió en un tono amenazante que “el Patrón” detestaba el uso de la palabra mafia en escritos y en ponencias académicas, que estudiaba en profundidad.

Las preguntas que planteó Gustavo Duncan en esta revista podrían encontrar un principio de respuesta en el deseo frenético de mezclar negocios legales e ilegales que invadió el mundo de los funcionarios, de los políticos y de los empresarios desde los años sesenta, durante la administración de las minas de esmeraldas por parte del Banco de la República, que hacía agua por esos años en medio de la corrupción creciente.

La caída del monopolio estatal dio lugar al apogeo de las concesiones–lavandería, donde se mezclaron varios negocios: las esmeraldas, el sicariato, casi nunca las drogas directamente, el lavado de activos, el negocio inmobiliario urbano y rural, y este último asociado con el modelo de ganadería extensiva en medio de la guerra.

 

 
2013-18-7-2Foto(CC)- vía flickr por ex_magician

Una curiosa historia institucional

Nacido en 1935, Víctor Carranza solo pagó unos pocos años por su primer “morraco” — como llamaba a sus crímenes selectivos — cuando tenía dinero, pero no poder, porque se había “enguacado” desde muy joven: era un hábil negociante y conocedor a ojo de las piedras.

Carranza había comprado por puro azar las que para entonces eran las piedras preciosas más grandes del mundo en el mercado ilegal obviamente — pues el monopolio oficial de las esmeraldas estaba en manos de funcionarios del corrupto e ineficiente Banco de la República desde 1946 hasta 1968 y quienes habían montado un floreciente mercado ilegal durante los años 60.

La explotación clandestina atrajo a Efraín González y al “Ganso” Ariza para defender los intereses de los llamados “magnates de Muzo”, comandados por Pablo Emilio Orjuela, primer gran capo, e Isauro Murcia, primer rey de la cocaína, a quien se le cayó el avión por falta de gasolina — dicen que por un diminuto orificio — saliendo de una gallera en Medellín.

Don Víctor fue integrante del primer clan del “movimiento minero nacionalista” liderado por ASOMICOL, cuyos abogados y políticos derrotaron en los estrados judiciales y en el parlamento al Estado colombiano y a su monopolio del Banco de la República.

Altos funcionarios habían hecho grandes fortunas: flamantes buses último modelo de la flota intermunicipal de los Llanos y del parque automotor de Bogotá, e importantes capitales inmobiliarios, entre ellos según dicen, el de un personaje que llegó a la alcaldía de la Capital y cuyo hermano fue casi el único jefe de la sala de tallas y ventas del Banco de la República, para luego aparecer a la cabeza de uno de los más grandes emporios urbanizadores.

Pero todo esto tiene que ver con una curiosa historia institucional: desde el gobierno de Lleras Restrepo y tras la súbita caída del monopolio estatal en 1968, en medio de la primera guerra de las esmeraldas, se dieron negociaciones para crear la Empresa Colombiana de Esmeraldas, de carácter mixto, donde con capital estatal y esmeraldero se iba a explotar esta riqueza, intento que fracasó en medio de un escándalo.

Luego se crea la estatal ECOMINAS, que rápidamente fue capturada por los antiguos controladores del Banco, por decisión del gobierno Pastrana hacia 1971. Los niveles de corrupción y de violencia llegaron a tales extremos que luego de solo tres años las minas fueron cerradas y ofrecidas en licitación pública — tras innumerables conflictos — por el gobierno de López Michelsen, que finalmente las adjudicó a varios consorcios que lideraban Gilberto Molina y Víctor Carranza.

De modo paralelo a este proceso, en 1976 se creó la ventanilla siniestra del Banco de la República, que completó el marco para legalizar diversos mercados ilegales — no solo el de las esmeraldas, sino el emergente de drogas ilícitas — lo que según las declaraciones de personajes vinculados al proceso, facilitó el encuentro entre los dos campos más promisorios.

 

 
2013-18-7-3Foto(CC)- vía flickr por astanglin

En el paramilitarismo, desde su origen

Finalmente se selló la alianza más oscura y exitosa: ganaderos de Puerto Boyacá, los diferentes carteles de la droga y fuerzas estatales se unieron para crear el tenebroso grupo paramilitar Muerte a Secuestradores (MAS), a comienzos de los 80. Pronto hubo mercenarios, armas, tecnología de guerra, información de inteligencia, entrenamiento y muchas ventajas para sus miembros. Agentes gubernamentales de Estados Unidos jugaron un papel decisivo en este experimento.

Desde entonces todos los dirigentes esmeralderos se convirtieron en intocables, pero graves errores resquebrajaron definitivamente la alianza, como el asesinato del ministro Lara Bonilla y de Luis Carlos Galán, pero no los de Pardo Leal, de Jaramillo, de Carlos Pizarro y la campaña de exterminio de la UP, donde al parecer sí participaron directa o indirectamente los clanes esmeralderos y otros de sus aliados.

Gilberto Molina y Víctor Carranza nunca se iban a enfrentar con la Policía y el Ejército. Todo lo contrario: en su carácter de contratistas–socios del Estado, se convirtieron en la caja menor y en aliados de pequeñas y de grandes guerras regionales y locales y de empresas como los Perseguidos por Pablo Escobar (los Pepes), cuando se conectaron con los sicarios de Medellín, de Cali y de Urabá, cuna de los grupos paramilitares más importantes liderados por la casa Castaño.

Y eso explica la guerra a muerte desatada contra las fuerzas de Gonzalo Rodríguez Gacha, el Mexicano, en esa guerra entre carteles que costó la vida a Molina.

 

 
2013-18-7-4Foto(CC)- vía flickr por rendomthoughts

La alta burguesía a sus pies

Dos favores acercarían aun más a esmeralderos y a administradores ocultos de la guerra de contrainsurgencia estatal:

  • aniquilar a Pablo Escobar y continuar la lucha antisubversiva que iba en ascenso;

  • pero, sobre todo, atacar el secuestro, que se había convertido en el mayor problema del empresariado y de las clases altas y medias, rurales y urbanas, durante la expansión guerrillera de los años 80.

Carranza les compraba — a menor precio, eso sí — las fincas empobrecidas por la acción guerrillera, pero les salvaba parte del capital invertido y metía sus carranceros a enfrentar sin normas el abigeato y la guerrilla.

Y quien tuviera algún familiar o empleado secuestrado, o una finca o una empresa en problemas, además de hacer las vueltas ante los ineficientes organismos de seguridad del Estado, tarde o temprano buscaba acercamientos, negocios y pactos o, al menos consejo, del señor Carranza.

Por allí pasaban desde presidentes y expresidentes, hasta ministros, militares y policías. Es el caso del entonces hijo de un expresidente que tal vez le deba la vida a las acciones de este personaje y la posibilidad de haber alcanzado los más altos cargos de la Nación, o el acercamiento con las familias dueñas de importantes diarios del país, además con servicios de doble vía: negocios a cambio de mantener su bajo perfil, libre de escándalos y, por añadidura, lavar su imagen como ganadero y empresario de bien.

Así consiguió sus más importantes carátulas y reportajes en los medios y una relación privilegiada con la prensa, un millón de hectáreas, acciones en numerosas empresas, una mina de diamantes en Sudáfrica y, sobre todo, el control de por vida de la Reserva Especial de la Nación — el trapecio estratégico de 30 mil hectáreas del Estado — desde donde controlaba una veintena de municipios asentados sobre una de las más grandes riquezas históricas del país. Y que, de paso, se convirtió en la mayor lavandería, no solo del narcotráfico, sino de la guerra sucia colombiana.

Cuando, ya tardíamente, el Departamento de Estado trató de atacar al personaje, sus agentes descubrieron su enorme poder corruptor sobre los organismos judiciales — siendo prácticamente dueño de uno de los más altos organismos fiscalizadores —, de tribunales regionales enteros, de incondicionales partidos tradicionales — que recibieron en su seno al menos a uno de sus sicarios, entrenado en el manejo de la motosierra y que llegó al parlamento — para no hablar de jueces y magistrados, generales y batallones incondicionales.

En fin, el discreto encanto de la burguesía por don Víctor Carranza, la puso a sus pies. Pero como dice Duncan, solo una documentada biografía del personaje podrá explicar su trayectoria excepcional, sus vínculos con esas élites que lo respetaron en vida y sus inimaginables conexiones con tantos asuntos legales e ilegales.

* Sociólogo, doctor en Historia, investigador de los conflictos colombianos del siglo XX y XXI, director del Doctorado de Historia de la UPTC y presidente de la Asociación Colombiana de Historiadores.

 

JavierGuerrero

Javier Guerrero Barón *

 

ni Pablo Escobar, ni siquiera los Castaño juntos, o cualquiera de los carteles permanecieron vigentes tanto tiempo en el espectro del poder mafioso: casi seis décadas.

 

 el monopolio oficial de las esmeraldas estaba en manos de funcionarios del corrupto e ineficiente Banco de la República desde 1946 hasta 1968 y quienes habían montado un floreciente mercado ilegal durante los años 60.

 

 Finalmente se selló la alianza más oscura y exitosa: ganaderos de Puerto Boyacá, los diferentes carteles de la droga y fuerzas estatales se unieron para crear el tenebroso grupo paramilitar Muerte a Secuestradores (MAS), a comienzos de los 80.

 

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