¿Vamos de nuevo hacia la desregulación financiera? - Razón Pública
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¿Vamos de nuevo hacia la desregulación financiera?

Escrito por Alejandro Torres García
Finanzas.

Finanzas.

Alejandro TorresMientras Estados Unidos pretende liberalizar la banca para acelerar el crecimiento económico, Colombia sigue avanzando en el proceso de regulación para evitar más crisis financieras. ¿Quién tiene la razón y dónde estamos en Colombia?*

Alejandro Torres García**

EafitDebate que revive

Recientemente se aprobó en Colombia la Ley 1870 de 2017 sobre conglomerados financieros.

Esta ley es un paso adicional en el propósito de ajustar la regulación financiera del país a los lineamientos del marco regulador que protege al sistema bancario mundial, conocido como  Basilea III.

La decisión de Colombia coincide con la de la mayoría de los países alrededor del mundo, que ven en estas medidas un medio para fortalecer sus sistemas financieros y evitar que se repitan colapsos como el de 2008, cuando el desplome de las hipotecas subprime en Estados Unidos desencadenó una crisis financiera y económica mundial cuyas secuelas estamos padeciendo todavía.  

La industria bancaria es altamente compleja en su operación y es más susceptible de fallas y quiebras. 

Sin embargo el gobierno de Estados Unidos –que insiste en desafiar los acuerdos internacionales en aras de su eslogan “América primero”– ratificó su intención de promover una reforma financiera que se aparta de Basilea III y elimina elementos fundamentales de la Ley Dodd-Frank de supervisión financiera promovida por Barack Obama en 2010.

Esta conducta desafía el consenso actual acerca de la importancia de la regulación financiera internacional y reabre una discusión que parecía superada: ¿el mundo necesita más regulación para evitar una nueva crisis en el futuro cercano, o es preferible una desregulación que promueva el crecimiento inmediato?

Razones para regular

Conferencia de las partes del Convenio de Basilea.
Conferencia de las partes del Convenio de Basilea.
Foto: Cancillería

¿Por qué preocuparnos por la regulación bancaria? ¿Acaso el futuro de este negocio no es un problema de los banqueros? ¿Acaso la libre competencia no favorece el desarrollo financiero y facilita el acceso de más personas a sus recursos?

Preguntas como estas han servido para defender la desregulación del sistema financiero como un modo de impulsar el crecimiento económico, y ahora estas preguntas reviven para  desregular nuevamente las finanzas en Estados Unidos.

Pero las particularidades del negocio bancario y las consecuencias de sus fallas sugieren que el problema no es tan sencillo. La literatura reconoce que la industria bancaria es altamente compleja en su operación y es más susceptible de fallas y quiebras por sus características particulares:

  • Altos niveles de apalancamiento;
  • Mayor exposición a los riesgos de impago por la diferencia en los momentos de  maduración de sus activos y pasivos, y
  • Alta dependencia de su rentabilidad y patrimonio de los vaivenes de los precios de los activos financieros.

La complejidad y los riesgos que acarrea esta industria serían preocupación exclusiva de sus dueños y empleados si no fuera porque las quiebras del sistema financiero tienen efectos nocivos en el resto de la economía:

  • Los ahorradores pierden su riqueza;
  • Los empresarios no encuentran créditos para expandir sus negocios y realizar nuevas inversiones, y
  • Las familias no logran financiar su consumo.

Como consecuencia de esto surgen crisis económicas –como la Gran Depresión de los años treinta o la Gran Recesión del 2008– que obligan a los gobiernos a adoptar costosísismos planes de rescate que acaban por trasladarse al resto de los agentes de la economía vía impuestos, pérdidas de puestos de trabajo y de productividad.

Estos costos suelen aumentar por una serie de comportamientos de la banca durante los períodos de expansión económica:

  • Su tendencia a sobrexpandir el crédito aumentando la cartera mala;
  • La disminución del capital bancario expuesto en razón de los créditos y
  • La compra de activos cada vez más riesgosos para obtener mayor rentabilidad en ambientes de bajas tasas de interés.

El acuerdo de la discordia

Las razones anteriores explican la existencia de una regulación financiera, de la cual los Acuerdos de Basilea son una parte fundamental.

Las dos primeras versiones de estos Acuerdos son de 1988 y 2004; la tercera versión está vigente desde 2010. Su principal objetivo es la estabilidad del sistema financiero mediante  la regulación de dos elementos fundamentales de la actividad bancaria:

  • La cantidad mínima de capital propio que deben mantener los bancos en su operación ordinaria (requerimientos de capital) y
  • La manera como ponderan sus activos y pasivos en los balances.

Aunque Basilea III es bastante técnico y extenso, sus propuestas más relevantes se refieren al endurecimiento de los requerimientos de capital y a la ponderación de activos por riesgo:

La implementación de Basilea III ha sido un gran reto en términos de coordinación internacional.
  • Con respecto al primer punto, propone un aumento del 8 al 15,5 por ciento en los requerimientos de capital entre 2010 y 2019. Como novedad, propone un “colchón contra-cíclico” para que los requerimientos se relajen en épocas de crisis y los bancos puedan expandir el crédito de manera más efectiva.
  • En el segundo punto propone endurecer la clasificación de los activos según su nivel de riesgo. De este modo, las decisiones de otorgar créditos o comprar activos riesgosos tendrían una penalidad mayor en el momento de evaluar las condiciones patrimoniales y de toma de riesgo de las entidades financieras.

Aunque la regulación financiera tiene un soporte teórico y práctico robusto, la aplicación  de Basilea III ha sido un gran reto en términos de coordinación internacional. Esto se debe a la complejidad de la regulación propuesta, a la incertidumbre sobre su efectividad y a la incapacidad de sancionar su incumplimiento.

1. El acuerdo actual es técnicamente mucho más complejo que sus predecesores. El Concordato de Basilea, precursor de los actuales Acuerdos, tenía sólo seis páginas. A complejidad de Basilea III ha hecho que el cumplimiento y la supervisión del acuerdo   sean bastante limitados y que haya brechas entre los marcos regulatorios de los distintos países.

2. En la literatura económica aún no hay claridad sobre los efectos de estas regulaciones en el desempeño de la economía. Solo después de la Gran Recesión del 2008, la macroeconomía puso sus ojos en los canales de comunicación entre el sector financiero y el real –dando paso a lo que se conoce ahora como macrofinanzas–, así como en los efectos de las regulaciones financieras y de política monetaria sobre el desempeño económico –las llamadas políticas macroprudenciales–.

No existe entonces un consenso acerca de la efectividad de las regulaciones para garantizar un ambiente financiero más estable o sobre los costos (o beneficios) en términos de crecimiento y bienestar social en los países donde se desarrollen.

3. La capacidad de supervisar el cumplimiento de los Acuerdos es limitada debido a la estructura institucional de la que dependen. Los Acuerdos son promovidos por el Comité de Basilea de Supervisión Bancaria (CBSB), conformado básicamente por los países miembros del G-20. Este marcado sesgo en su conformación hace que sea visto con recelo por algunos países que consideran que está diseñado para favorecer a los países desarrollados. Adicionalmente, no existe ningún poder coercitivo sobre los países que no adopten las regulaciones, a diferencia de lo que ocurre, por ejemplo, con los tratados comerciales vigilados por la Organización Mundial del Comercio (OMC).

Las tres razones anteriores han ayudado a que otra vez cobren fuerza las voces que llaman a  revisar el marco de Basilea, o incluso a regresar a una política más laxa en la materia. 

En teoría es clara la necesidad de regular un mercado tan importante y tan complejo como el financiero. Pero nuevamente los juegos e intereses políticos, sumados a un reprochable descuido de la teoría macroeconómica sobre el tema, han abierto un peligroso espacio de duda sobre la necesidad de regulación del sistema que puede producir nuevas crisis con altos costos sociales y económicos.

Lección aprendida

Panel de Estabilidad Financiera y Regulación de Basilea
Panel de Estabilidad Financiera y Regulación de Basilea
Foto: Superintendencia Financiera de Colombia

En el pasado reciente de Colombia vivimos una de nuestras crisis financieras y económicas más severas: la crisis de 1999.

Esta crisis provocó el colapso del sistema de Unidad de Poder Adquisitivo Constante (UPAC) –clave en el funcionamiento del mercado hipotecario de la época– y produjo la quiebra de importantes bancos públicos y cooperativas de ahorro y crédito que captaban ahorros de grupos sociales vulnerables.

La decisión de continuar ajustando nuestra regulación a los estándares internacionales es señal del fortalecimiento de nuestro mercado financiero.

La severidad de estos efectos contrajo el producto interno bruto de ese año en un 4,2 por ciento. Fue la caída más grande de la que se tenga registro y obligó a tomar medidas tan impopulares como el impuesto a las transacciones financieras –hoy llamado 4 por 1000– para financiar la recuperación del sistema bancario.

Los efectos de esta crisis -originada en gran medida por la desregulación financiera de  comienzos de la década de 1990- dieron pie a las medidas para fortalecer el aparato institucional encargado de vigilar la estabilidad del sistema financiero. También dejaron importantes lecciones a los bancos nacionales acerca de la necesidad de gestionar adecuadamente el crédito para evitar comprometer su estabilidad y solvencia en el futuro.

Estas lecciones aprendidas han dado lugar a un sistema financiero estable y confiable, ejemplo para muchos de los países de la región. Institucionalmente se destacan la vigilancia de la Superintendencia Financiera y el seguimiento del mercado financiero por parte del Banco de la República. A su vez, la banca comercial mejoró sus estándares para otorgar crédito y mantener su niveles de capitalización, lo que le ha permitido una cartera sana y una mayor capacidad de resistir a choques externos, como pudo verificarse en medio de la crisis financiera de 2008.

Queda aún mucho por hacer: mayor protección al usuario, bancarización y concentración del mercado, entre otras. Sin embargo el camino emprendido y la decisión de seguir  ajustando nuestra regulación a los estándares internacionales son señales del fortalecimiento de nuestro mercado financiero y de la economía en general.

Ojalá no nos dejemos convencer de los cantos de sirena de los nuevos desreguladores y no perdamos este activo tan valioso que tanto nos ha costado construir.

*Razón Pública agradece el auspicio de la Universidad EAFIT. Las opiniones expresadas son responsabilidad del autor.

** Economista y magister de la Universidad de Antioquia, doctor en Economía de la Universidad del Rosario, profesor asistente y jefe del Departamento de Economía de la Universidad EAFIT.

 

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