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¿Una revolución latinoamericana a ritmo de reguetón?

Escrito por Daniela Álvarez
Artistas del género urbano promovieron y participaron en las protestas.

Daniela Alvarez.A propósito de las protestas que lograron tumbar al gobernador de Puerto Rico: una reflexión sobre arte y poder desde Victor Hugo hasta Bad Bunny.

Daniela Álvarez Yepes*

Manifestaciones a ritmo de reguetón

En los últimos días, las protestas multitudinarias en Puerto Rico alcanzaron su punto más álgido. Los puertorriqueños decidieron levantarse en contra del gobernador Ricardo Rosselló, quien intercambió mensajes misóginos, homofóbicos y racistas sobre opositores, funcionarios del gobierno, figuras públicas y colectivos puertorriqueños con algunos de los integrantes de su gabinete.

Los mensajes, enviados entre el 2018 e inicios del 2019, comprenden poco menos de 900 páginas, que fueron filtradas por el Centro de Periodismo Investigativo (CPI) hace dos semanas. El escándalo del chat de Roselló avivó el descontento generalizado que ya existía en la isla por los distintos casos de corrupción que se han destapado en los últimos años. Rosselló finalmente renunció el 24 de julio, luego de doce días de manifestaciones.

La vida cotidiana se mantuvo oculta para el arte al menos durante los primeros quince siglos.

Lo interesante de las protestas de Puerto Rico, más allá de la fuerza con la que se mantuvieron en las calles, es que algunos de sus artistas más reconocidos se unieron a las quejas pidiendo la renuncia de Roselló. Entre esos se encontraban Residente, Bad Bunny, Daddy Yankee, Luis Fonsi, Wisin y Ricky Martin, quien fue víctima de ataques homófobos en el chat del gabinete.

Así, el reguetón y los discursos de los artistas boricuas marcaron el ritmo de las manifestaciones puertorriqueñas. Su participación se convirtió en uno de los temas más comentados en redes sociales, donde exaltaron al género urbano como la música incidental de la revolución latinoamericana.

Esto trajo de vuelta interrogantes acerca de la relación del arte con la política que se han estado debatiendo en las últimas décadas y algunas cuestiones nuevas sobre la industria cultural.

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¿Los artistas siempre están con el pueblo?

Durante la mayor parte de la historia del arte en Occidente, los artistas mantuvieron relaciones de mecenazgo y vasallaje con los poderosos, principalmente con la iglesia católica y las monarquías. Al igual que Virgilio cuando creó La Eneida, los artistas desplegaban su ingenio para suplir los pedidos de sus patronos, que consistían sobre todo en alusiones a la mitología o a pasajes de la biblia cristiana.

La vida cotidiana se mantuvo oculta para el arte al menos durante los primeros quince siglos.

Fue solo hasta el desarrollo del renacimiento y el posterior romanticismo cuando los artistas, patrocinados por los nuevos burgueses, empezaron a retratar la cotidianidad y a erigirse como figuras centrales en la vida pública de los pueblos y ciudades.

De allí surgió la noción, tan común en los siglos siguientes, de la responsabilidad social del artista. Uno de los ejemplos más emblemáticos de este imaginario es Victor Hugo y su novela Los Miserables, en donde retrata la pobreza vivida en Francia y la lucha contra la monarquía. El escritor francés, aunque ampliamente celebrado por el pueblo, terminó exiliado después de llamar traidor a Napoleón III.

El gobernador Ricardo Rosello renunció debido a la presión de la gente tras la publicación de chats con mensajes homófobos, misóginos y racistas.

Foto: Facebook: Ricky Martin
El gobernador Ricardo Rosello renunció debido a la presión de la gente tras la publicación de chats con mensajes homófobos, misóginos y racistas.

La exaltación del pueblo, sin embargo, no era compartida por todos los artistas contemporáneos de Victor Hugo: algunos pintores como Alexandre Cabanel o Franz Xaver Winterhalter plasmaron y ensalzaron en sus lienzos la figura del emperador francés, poniendo en entredicho ese ideal inequívoco de los artistas como aliados de las masas.

La bandera ondeada recientemente por los cantantes puertorriqueños recordó la larga tradición de música protesta latinoamericana. Figuras como Mercedes Sosa, Víctor Jara, Violeta Parra o Pablo Neruda naturalizaron la idea romántica de que los artistas están con el pueblo.

Por el contrario, el pensamiento de un arte siempre contrahegemónico —en el sentido gramsciano— ignora aquellos casos en donde los artistas han favorecido a personas e iniciativas en contra de los intereses de las masas.

El caso más paradigmático es, sin duda alguna, el arte nazi con nombres como Walter Gropius –—el fundador de la Bauhaus— o Arno Breker. Del mismo modo, algunos artistas como Gene Simmons —miembro de Kiss—, Kanye West o el actor Clint Eastwood han sido señalados por su apoyo al presidente norteamericano Donald Trump, famoso por sus comentarios xenófobos. Otros han sido acusados por su defensa de Jair Bolsonaro, como es el caso de los cantantes Gusttavo Lima, Zezé di Camargo y Luciano.

El arte por el arte

Por otro lado, algunos artistas han intentado alejarse de lo político concentrándose únicamente en sus preocupaciones estéticas. De hecho, una de las máximas más repetidas concernientes al arte y a la estética es el arte por el arte, famosa desde finales del siglo XIX, cuando los simbolistas franceses se opusieron a los ideales románticos. A partir de ahí, grupos de artistas evitaron hasta donde fuera posible ser vehículos de luchas sociales o portavoces de los poderosos.

La reivindicación del arte por el arte aún es muy común. Frente a las empecinadas protestas puertorriqueñas, algunas personas se preguntaron en redes por qué los artistas colombianos más reconocidos no acompañaban las marchas y protestas por los líderes sociales. La respuesta de muchos que salieron en su defensa fue que tal cosa no les corresponde como artistas, pues lo suyo es simplemente actuar frente a un público: el entretenimiento por el entretenimiento.

 Que la obra no aluda a la revolución no quiere decir que el artista no lo haga.

La pregunta que surge ahora es si la revolución latinoamericana de la que se habla en Twitter sucederá al compás del reguetón. Lo seductor de la cuestión sobrepasa las viejas rivalidades del género urbano con otros estilos musicales, pues va directo a la visión que tenemos de los artistas en relación con su obra.

Las protestas en Puerto Rico consiguieron la renuncia de Rosello.

Foto: Facebook: Ricky Martin
Las protestas en Puerto Rico consiguieron la renuncia de Rosello.

No creo que el reguetón haga algún llamado a la protesta dentro de sus particularidades estéticas, al menos no tan directamente como lo hacía Silvio Rodríguez cuando le cantaba a la revolución cubana. Pero no por ello la cuestión se desdibuja.

Lea en Razón Pública: ¿Juzgar la obra o el artista?

¿Arte apolítico y artistas revolucionarios?

Que la obra no aluda a la revolución no quiere decir que el artista no lo haga. Cantantes, actores y artistas plásticos pertenecen, ahora más que nunca, a la categoría de figura pública que aparecería en Francia desde que la vida íntima de Voltaire fuese retratada para satisfacer la curiosidad de sus lectores.

El sujeto detrás del arte o del oficio del intelectual importa en este momento quizá más que la obra misma. De allí que no se necesite que “Callaíta” hable de la independencia de Puerto Rico para que Bad Bunny la aliente y sus seguidores lo atiendan.

Desde esa perspectiva, vale preguntarse si el carácter revolucionario de estos cantantes puede asociarse a su función de artista o si su capacidad de convocar no reside en su oficio, sino en su pertenencia a una industria del entretenimiento que también habitan futbolistas, exreinas de belleza, instagrammers y otros especímenes del mundo de la farándula.

La respuesta a esta pregunta lleva inevitablemente a la reflexión sobre la vigencia del arte en el mundo del espectáculo que, siendo un avatar de la industria cultural descrita por Theodor W. Adorno y Max Horkheimer, parece reducirse al culto a la personalidad. Para los dos pensadores alemanes la respuesta es simple: la transformación del arte en objeto al servicio de la comodidad lo priva no solo de su función estética, sino de cualquier contenido revolucionario.

Sin embargo, el panorama no ha de ser por ello completamente desalentador. El arte y los artistas conviven más allá de las plataformas de Sony Music. La convergencia entre lo artístico y lo político sucede todo el tiempo en espacios donde colectivos impactan las condiciones en que viven las comunidades.

Por ahora, habrá que celebrar el compromiso de los cantantes puertorriqueños en las protestas estando atentos a que el mensaje no quede oculto bajo el destello de sus sonrisas y sus vidas caras y, mucho menos, enterrado bajo el capital de las grandes disqueras.

Si de algo sirve pensar en un arte politizado será para que el pueblo sea creador y no solo consumidor del discurso del artista.

*Ingeniera biológica de la Universidad Nacional de Colombia. Estudiante de Estudios Literarios de la Universidad Pontificia Bolivariana.

 

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