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Una oportunidad real para la Paz

Escrito por Juan Manuel Santos

Por: Juan Manuel Santos Candidato presidencial por la Unidad Nacional

El Presidente – Candidato

Empiezo este artículo con una afirmación que se basa en mi constatación diaria del trabajo serio que vienen ejecutando las delegaciones del Gobierno y de las Farc en La Habana: estamos ante una oportunidad real, sin duda la mejor oportunidad de nuestra historia, de poner el fin al conflicto armado.

Las oportunidades llegan y se van, y esta no la podemos dejar pasar. Por eso tenemos que estar a la altura de nuestras responsabilidades, y a la altura de la historia. Y por eso hemos insistido desde un comienzo en que este debe ser un proceso serio, digno, realista y eficaz. La construcción metódica y prudente del proceso es la mejor garantía de que podemos llevarlo a feliz término.

Nada, absolutamente nada es más importante para Colombia que la paz. Pero la paz hay que construirla con el cuidado de quien construye su propia casa, y eso es lo que estamos haciendo.

El Acuerdo General, en el que trabajamos sigilosamente durante casi seis meses el año antepasado para trazar claramente el camino que íbamos a tomar antes de dar cualquier paso, no establece simplemente la agenda de las conversaciones. Es mucho más: establece primero que todo que este es un proceso para terminar el conflicto. Y sienta las bases para la construcción de la paz, que es lo que estamos discutiendo hoy en La Habana.

No estamos poniendo en juego los fundamentos de nuestra Constitución y nuestra democracia, ni los logros de nuestro  desarrollo económico y social. Por el contrario, los estamos fortaleciendo porque la paz, ya lo dije, es una oportunidad.


El Presidente de la República y actual candidato
Presidencial, Juan Manuel Santos Calderón.
Foto: Wikimedia Commons 

Nuestros críticos –que prefieren dejar todo como está– no pierden ocasión para afirmar equivocada y maliciosamente que el Gobierno les está entregando el país a las Farc… ¡No, rotundamente no!

Este proceso no es una transacción, no es un intercambio de lo del uno por lo del otro. Es todo lo contrario: es la construcción de acuerdos en los que cada quien –el Gobierno y las Farc– hace su parte para terminar el conflicto y para abrir una gran fase de transición y de construcción de la paz.

Para que esa transición sea exitosa, para que la paz eche raíz, tenemos que emprender unas grandes reformas que transformen radicalmente las condiciones del campo, que fortalezcan nuestra democracia, que resuelvan el problema de los cultivos ilícitos y mitiguen el impacto del narcotráfico, que permitan a las víctimas recuperar su condición de ciudadanos con plenos derechos.

Eso es lo que estamos acordando en La Habana. Y no lo estamos acordando en beneficio de las Farc, sino en beneficio de todos los colombianos. Porque al final de este proceso tenemos que ser un mejor país, una mejor democracia, una mejor sociedad.

Para eso está mi gobierno en La Habana, para transformar la realidad, no para dejar las cosas como están. Para acordar las condiciones para la terminación del conflicto y la construcción de la paz, no para seguir en la guerra.

Hemos avanzado, tanto en la construcción de acuerdos como en el establecimiento de un método serio de trabajo. No al ritmo que hubiéramos querido. Estos procesos están llenos de altibajos: esa es su naturaleza. Pero hemos logrado acuerdos sustanciales.

En el primer punto acordamos nada menos que una reforma rural integral que le va a cambiar la cara al campo colombiano.

Esta reforma creará un fondo para distribuir tierra a campesinos que no la tienen o que tiene poca; lanzará un gran programa de formalización de predios y actualizará el catastro en todo el territorio nacional para que los municipios cuenten con más recursos para asegurar el bienestar de sus ciudadanos y para que la tierra tenga un mejor uso: quien tenga grandes extensiones improductivas en adelante lo pensará dos veces.

También emprenderemos unos grandes planes nacionales en todos los ámbitos del desarrollo rural: en vías, riego, agua potable, asistencia técnica, crédito, fomento del cooperativismo, comercialización, entre otros,  al igual que en salud y educación rural, para que los habitantes del campo vivan en condiciones dignas y cada vez más comparables a las del mundo urbano. Y que gocen de seguridad alimentaria, porque un campo con hambre no puede progresar.

Tenemos que hacer, en una fase de transición de una década, lo que no hicimos en cincuenta años en el campo: de ese tamaño es el reto. Y lo vamos a lograr porque vamos a buscar todos los recursos, vamos a emplear todos los instrumentos y vamos a tomar las medidas a nuestro alcance para que esa transición sea un éxito. Y lo vamos a lograr, sobre todo, porque nos reunirá la más urgente y la más legítima  de las causas, que es la construcción de la paz. 

Con esto no estamos haciendo nada menos que unir esos dos países que conforman Colombia y que la historia, la geografía y el mismo conflicto se han encargado de fracturar: el país urbano y el país rural. 

Logramos también un acuerdo esencial en el segundo punto, que es el de participación política. Porque el fin del conflicto significa que se rompa para siempre el lazo entre política y armas. Eso quiere decir que nunca más se usen las armas para defender una causa política, y que quienes defiendan una causa política no sean víctima de las armas.

El fin del conflicto debe ser una ocasión para vigorizar nuestra democracia. Para que tengamos más y mejores partidos que tramiten las demandas de los ciudadanos y que hagan que todos los colombianos se sientan representados. Para que finalmente se cumpla con el mandato constitucional de establecer un estatuto para la oposición. Para que nuestro sistema electoral, que se ha reforzado, ofrezca todas las garantías posibles que nuestros electores salgan en masa a votar. Y para que los colombianos se involucren más en los asuntos públicos, que van a ser los asuntos de la paz.

Sobre estos y otros aspectos logramos puntos de encuentro en la mesa de La Habana que nos permitirán tener una sociedad no solo en paz, sino más abierta y democrática.


La fórmula a la Vicepresidencia del Presidente
Santos, Germán Vargas Lleras.
Foto: Ministerio TIC Colombia

Eso me lleva a un tema central que es el de la participación ciudadana.

Unos acuerdos de la envergadura de los que estamos logrando en La Habana no se pueden llevar a la práctica por las vías y con los procedimientos ordinarios. Por eso hablamos de una fase de transición para poner en práctica medidas de excepción que aceleren los procesos y garanticen los resultados.

Pero esos resultados sólo los vamos a conseguir si movilizamos a las autoridades y a la sociedad alrededor de los propósitos de la paz.

Tenemos todos que entender que la terminación del conflicto no es un fin, sino un comienzo: el comienzo justamente de la construcción de la paz. Y que la paz no se construye desde Bogotá. Se construye con las autoridades y con la gente en las regiones.

Eso nos obliga a fortalecer las capacidades de los gobiernos departamentales y municipales. Y nos obliga sobre todo a establecer nuevos espacios de participación para que sean las comunidades y los ciudadanos en las regiones quienes, de la mano de las autoridades, decidan cómo, cuándo y dónde se deben implementar los planes y programas que hemos acordado.

Tenemos entonces que poner en marcha una verdadera campaña nacional de construcción de la paz que abra los espacios, establezca los procedimientos y distribuya los recursos para planear, ejecutar y vigilar la construcción de la paz.

Así como hicimos una campaña para recuperar la seguridad, tenemos ahora que hacer una nueva campaña que involucre a toda la ciudadanía en la reconstrucción de las regiones.

Por eso mi pregunta ahora a mis compatriotas es: ¿Qué va a hacer cada uno de ustedes para contribuir a la paz? Esta es la hora de asumir nuestra responsabilidad histórica. De dejar a un lado la comodidad de la crítica y ayudar a encontrar soluciones.

Las universidades, el empresariado, las fundaciones y las organizaciones sociales, todo nuestro talento se tendrá que volcar sobre el campo para trabajar con las comunidades en las zonas de reconstrucción.  

Se trata en realidad de establecer un nuevo pacto entre gobierno y sociedad para acabar esa tarea inacabada en tantos rincones de la patria: la construcción del Estado y la integración de la nación colombiana. Ese pacto pasa necesariamente por el reconocimiento y la satisfacción de los derechos de las víctimas, como empezamos a hacerlo en nuestro gobierno.

Si logramos un acuerdo final para la terminación del conflicto, las posibilidades de satisfacer de mejor manera los derechos de las víctimas serán infinitas. Y lo más importante: no habrá más víctimas.

Podremos hacer un verdadero ejercicio de búsqueda de la verdad. Podremos investigar de manera más sistemática quiénes fueron los responsables de los crímenes más atroces. Podremos establecer programas de reparación de mucha mayor efectividad, porque se podrán articular con los programas de reconstrucción.

Y lo que no habrá en ningún caso –que quede claro– es una amnistía general o una ley de punto final. Al contrario: en la medida en que encaremos de frente y de manera honesta la tragedia humana que ha sido el conflicto, y que cada quien asuma su responsabilidad, en esa medida podremos construir soluciones para que el fin del conflicto lleve a una mayor satisfacción de las víctimas y a su pleno reconocimiento como ciudadanos portadores de derechos.

Estoy convencido de que es posible encontrar un camino razonable y responsable para que la justicia sea un soporte de la paz y la paz de la justicia. Ese camino lo hemos llamado una estrategia integral de justicia transicional. Una estrategia que en su debido momento tendremos que plasmar en una ley y debatir democráticamente entre todos los colombianos.

Pero ese momento aún no ha llegado y la ley no ha sido elaborada.  Por eso me sorprenden tanto los críticos que hablan de impunidad cuando aún no hemos dado el primer paso para legislar.

Impunidad es dejar insatisfechos los derechos de las víctimas, que es a lo que ha ocurrido durante cinco décadas de conflicto y lo que mi gobierno ha buscado remediar con la Ley de Víctimas.

Y no hay que olvidar algo muy importante: que son los colombianos quienes, en última instancia, aprobarán o no lo que se acuerde. ¡La última palabra la tiene el pueblo colombiano!

Al final de lo que se trata este proceso es de cerrar los ciclos históricos de violencia y de integrar a los colombianos en una sola nación. En una nación “generosa, democrática e igualitaria” como dijera en su último discurso Alfonso López Pumarejo.

Una Colombia unida, segura y en paz: ese es mi sueño y el objetivo de todos mis esfuerzos.

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