Una clase itinerante: del olvido al descubrimiento de calles y territorios
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Una clase itinerante: del olvido al descubrimiento de calles y territorios

Escrito por Francisco Javier Díaz

Foto: Cancillería

Entre charlas magistrales y tediosas tareas, los estudiantes luchan contra el olvido. Las aulas itinerantes recuperan su relación con la realidad.

Francisco Javier Díaz*

El olvido, obstáculo para el aprendizaje

El olvido ha sido un referente para el estudiantado. Transcurre un tiempo breve entre un curso y otro, entre evaluaciones y lecciones, que pronto dejarán a un lado de su larga existencia; al llegar el momento de recordar, solo el olvido se mantiene.

El tiempo ha causado estragos y deja que este olvido se repita, pues en cada curso el docente desea comprobar que las lecciones pasadas no se hayan olvidado, para continuar con las futuras; sin embargo, el olvido es un hito que interrumpe el desarrollo del estudiante.

Se olvida la charla incesante del docente. Quiere destrozar el imaginario pasado del estudiante y que se ancle sobre su nueva narrativa: un sistema de pensamiento avasallante, que no derrocha mucha innovación y sí mucha repetición.

El olvido comprueba el éxito de su charla. Recoge paso a paso los pormenores de su conocimiento a través de un tercero, que lo refleja; constata el conocimiento de una civilización y evita alternativas.

Aprendizaje fuera de las paredes escolares

Hay ruptura, pero no hay propuestas. La transición es larga y los sentimientos morales son confusos: es difícil preparar a la sociedad para un cambio desde las aulas —lejos del adoctrinamiento perpetuo, de la memorización neutral que inhibe el pensamiento, de las tediosas tareas que no enseñan la creación académica—.

Los mecanismos para preservar a los estudiantes se volvieron frágiles cuando las juventudes proponen distanciarse y olvidar los modelos educativos construidos para servir al sistema corporativo.

Foto: Corporación Nasa Kiwe - Las disciplinas no logran acercarse a las necesidades reales; a los practicantes les toma tiempo comprender las necesidades de las empresas, pues desde la academia no han sido preparados para resolver problemas.

La salida itinerante propone usar la ciudad o el territorio como aulas de clase. Expande el pensamiento: una ecuación se despeja sobre la vía, un modelo se halla sobre el camino; allí se probarán teorías y se recobrarán sus sentidos. Son inciertos los pasos de una salida.

En medio de tantos descubrimientos, las disciplinas no se acercan a la realidad; las empresas se fatigan con el principiante que aún no comprende el camino hecho. Una larga academia donde el vestíbulo de la ciencia no coincide con el de resolver problemas.

La calle, un aula; la educación, una experiencia

La salida itinerante es más que un taller de pasantía o una salida de campo; es la ruptura con un modelo de panóptico: el académico no puede ver todo con un tablero; mediante artilugios electrónicos, redes de investigación y algunas fuentes de inteligencia artificial. No deben acallarse los llamados a actuar.

En este nuevo espacio, el ruido se combina con los silencios del grupo mientras encuentra una explicación; el suelo de cemento y los muros de cada esquina doblegan nuevamente el pensamiento, encontrando una ley que cruza la esquina, junto al algoritmo y al buscador, para ver si cuenta estas nuevas percepciones.

La calle ha sido el factor de estudio: allí se ocultan los vecindarios con la ciudadanía; entre ellos, las instituciones con sus propuestas; en el medio, las leyes que atoran la organización para darle sentido; a un lado, las mediciones y los índices; al fondo espera todo aquello que está oculto y debe ser descubierto.

Del aula tradicional a la experiencia itinerante

Entre esos márgenes y bajo unos nuevos renglones se plantea la propuesta, pues el camino exige un nuevo aprendizaje: leer lo no leído, interpretar y analizar las aventuras del arte, reconocer la estética y divulgar una versión distinta a la de una academia más rígida.

Los centros de estudio están abriéndose a los territorios para encontrar nuevas fisionomías, para “abrir las ciencias” y no conformarse con los tortuosos cometidos de un conocimiento atrapado como en el museo —solo se mira, no se toca y debe verse de acuerdo con la pericia de quien lo ha estudiado—.

Un grupo de estudiantes lanzados fuera del aula ancestral para ir a un aula donde jueguen con los vericuetos de la ciencia y de las disciplinas. Esto garantiza más experiencias, a través de ejercicios de observación y comprobación, más que los rituales teóricos de los gurús de las disciplinas.

De la repetición al cambio

Las primeras experiencias fueron hace 31 años: el olvido manifestaba la necesidad de romper con los rituales del aburrimiento estudiantil. En su desconocimiento, no comprendían por qué repetir y memorizar; los ejercicios de verificación los distanciaban cada vez más del mundo en el que conviven.

Con el nombre de rutas, comenzó esta alternancia, que procuró un ejercicio de estados comparados desde un aula tradicional a una más cuántica, donde todo puede suceder y donde las variables no están controladas: es decir, hay que estar conectándose con la realidad de las cosas y de las personas, bajo la modalidad de la disciplina, y encontrar un camino nuevo de explicación.

Nada nuevo, efectivamente; sin embargo, la academia desea mantenerse en su estado de confort; prefiere evadir el ejercicio de miles de académicos que alrededor de este planeta buscan —desde antes, desde ahora y en el futuro— que sus estudiantes se compenetren más con el ejercicio de conocer, en medio del mundo que habitan.

La novedad es el mundo circundante, en una formación rural o urbana, ante una academia tan científica y rigurosa. El desarrollo de las inteligencias y dejar atrás la idea de capacitar al no capacitado se dirigen a la formación; de este modo, se forma ciudadanía, no futuros trabajadores de un mundo en guerra por sus mercados.

La novedad es vital cuando el abandono de las aulas es cada vez mayor y más silencioso. Ante el problema de la deserción, proliferaron quienes ni estudian ni trabajan. Los mecanismos para preservar a los estudiantes se volvieron frágiles cuando las juventudes proponen distanciarse y olvidar los modelos educativos construidos para servir al sistema corporativo.

La salida itinerante propone usar la ciudad o el territorio como aulas de clase. Expande el pensamiento: una ecuación se despeja sobre la vía, un modelo se halla sobre el camino; allí se probarán teorías y se recobrarán sus sentidos.

Sumidos en ese olvido, los centros educativos se cegaron ante esta realidad. Su olvido es ignorar a estudiantes ávidos y deseosos; suponer a un discapacitado académico que, en algunas temporadas, se aliviará con la capacitación. Por ende, la deserción empeora: se evitan las aulas y, aún más, los mercados laborales. Así, conmocionan a un mundo académico sordo y ciego ante el monstruo del olvido.

Aprendizaje en acción

Un breve camino, entre tantos, es alternar el aula tradicional con la ruta itinerante:

  • un magistrado en la calle, con sus alumnos, discute una sentencia con públicos que se aproximan a oír y disentir;
  • un médico especializado plantea un dilema ético de su ciencia ante los malestares de una sociedad —que se ha vuelto anticiencia ante el abandono de la medicina corporativa—;
  • un ingeniero sugiere nuevas ideas en medio de una megaobra, inspirado por las dificultades de su proyecto;
  • un destacado miembro de cualquier área construye su discurso en la vía: discurre entre la ciudadanía curiosa y se enfrenta a un lugar menos aséptico, más crítico, menos controlado, más vulnerable para consumar sus teorías y conocimientos con sus alumnos.

Allí el olvido no desaparece, pero se hace visible. La inquietud se respira sobre este nuevo territorio: vulgar, no ilustrado, poco diplomático, aceitado por la cultura popular y masiva. El docente expondrá más su saber para aproximarse a otras verdades, hacia nuevas realidades: las de quienes hacen su propia ciencia en la calle, obligados por el día a día, por la rutina, durante un tiempo no académico.

El aula itinerante expone y libera, garantiza una nueva escuela, fluye por caminos inesperados, más que disruptivos. Colonizada por la vía, por el territorio que le exige un discurso alterno, donde las percepciones del ilustrado desaparecen y recobran la vida del olvido.

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