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Un sueño en vilo

Escrito por Sara Abisambra
Sara-Abisambra

El Museo de Oficios de Bocachica es un ejemplo de cómo poner el patrimonio al servicio de las comunidades históricamente excluidas, pero hoy está en pausa.

Sara Abisambra*

Un proyecto para la comunidad

En el 2018 empecé a trabajar en el proyecto del Museo de Oficios de Bocachica, una iniciativa que llevaba un año pensándose e investigándose bajo la coordinación del Instituto Colombiano de Antropología e Historia (ICANH), quienes prestaban una asesoría a la Escuela Taller de Cartagena (ETCAR).

En principio, el objetivo del proyecto era la reactivación del Fuerte de San Fernando —una fortificación colonial, construida en 1753, que hace parte de la red de fortificaciones del Caribe—. Sin embargo, en el proceso, se transformó para responder a la realidad de la población de Bocachica.

El Museo de Oficios iba a ser un ejemplo de construcción de una ciudadanía cultural participativa y empoderada.

El objetivo del proyecto sería: “propiciar la dignificación de las poblaciones y de las personas de la localidad, por sus ideas, saberes, y oficios… en contravía de un mercado turístico a destajo que empobrece las ideas, las mentes y los cuerpos”.

Con este cambio se buscaba que el Museo fuera un espacio para y de la comunidad de Bocachica. En esta comunidad golpeada por la desigualdad y la exclusión social rescatar el patrimonio inmaterial, y cuestionar la noción de patrimonio por problematizar el espacio en el que se encontraba ubicado, dilucidaba las historias silenciadas a partir de la patrimonialización de las fortificaciones españolas del Caribe colombiano, así como daba protagonismo a la historia del presente bocachiquero.

El Museo de Oficios iba a ser un ejemplo de construcción de una ciudadanía cultural participativa y empoderada.

Bocachica y el relato nacional

Bocachica es un corregimiento de la isla de Tierra Bomba que se encuentra frente a la bahía de Cartagena, exactamente a 40 minutos de la ciudad.

Su población es en su mayoría afrocolombiana, raizal y, como la gran mayoría de pueblos afros en Colombia, sufren las consecuencias de un Estado negligente, y que se ha hecho visible en las carencias de la población que no cuenta con un puesto de salud, ni servicios básicos como agua o alcantarillado.

Además, desde hace unos años se han realizado allí trabajos que los obliga a movilizarse a Cartagena para trabajar sobre todo en las playas de “La Heroica” atendiendo a los turistas.

Históricamente, Bocachica ha tenido una participación clave en el relato nacional. Esta población fue por muchos años la única entrada de embarcaciones hacia la bahía de Cartagena, por su estrecho pasaba toda la mercancía proveniente de España hacia “sus” colonias en América y en el corregimiento estaban los hornos donde esclavos africanos fabricaban las tejas y lozas con las que se construyeron las casas, iglesias y haciendas de Cartagena.

Debido a su ubicación estratégica, para la Corona Española fue fundamental mantener actualizada la defensa militar de esta zona, que era la llave hacia el reino del Perú.

Es por esto que en el corregimiento y sus alrededores quedan actualmente de seis fortificaciones. La más imponente es el Fuerte de San Fernando, levantado en forma de herradura con vista al mar y considerada indestructible para su época.

El problema del patrimonio histórico

Esta fortificación ha sido catalogada como “patrimonio histórico de los colombianos”, al igual que todas las construcciones y murallas de origen colonial, de acuerdo con el decreto 264 de 1963.

Esta denominación es en extremo problemática debido a que las fortificaciones son símbolos vivos de la colonización española en América y del abuso de la mano de obra esclava, traída de las costas africanas, para desempeñar trabajos forzados.

La noción de patrimonio entra en conflicto en un país como Colombia, el cual, desde la constitución de 1991, pasó de una concepción de la Nación homogeneizante a una “pluriétnica y multicultural”.

Esta nueva concepción hizo partícipes de la ciudadanía, y por tanto de los derechos culturales, a minorías indígenas y afrocolombianas, que apenas dan incipientes pasos en la reclamación de estos derechos.

Los museos latinoamericanos tienen una deuda con la población afrodescendiente.

A partir de allí, en las últimas décadas la noción de patrimonio ha cambiado para no responder a un único tipo de ciudadano, pues la gente es la que habla y señala qué siente como herencia y desea rescatar.

Pero hay todavía demasiadas ausencias y una repetición de discursos e imágenes estereotipadas que, como señala la museóloga argentina Mónica Gorgas, hacen del afrocolombiano un personaje del pasado de la nación y poco reflejan los aportes de los afrodescendientes al patrimonio.

Estos vacíos refuerzan el sentimiento de exclusión y de la negación a participar de los derechos culturales, y, por lo tanto, a participar de otros derechos también. Los museos latinoamericanos tienen una deuda con la población afrodescendiente.

El Museo de Oficios

El cambio en el objetivo del Museo de Oficios ocurrió debido a que la reactivación de una construcción colonial vacía solo es importante para los “expertos” que se reunieron a patrimonializar la monumentalidad de las construcciones militares del Caribe en 1997.

En cambio, la patrimonialización del “castillo”, como llaman a esta construcción en el corregimiento —lugar donde vendían pescado, lozas traídas por el contrabando panameño, fritos, donde se les cocinaba a los soldados, donde se le reza a la Virgen de la Victoria y donde se ensaya la danza del cabildo— llena de sentido el espacio y permite empoderar y hacer visibles los sentires, dolores y vidas de la población de Bocachica.

El Museo de Oficios lo comenzamos a construir de la mano de la población, tratando de propiciar y proponer discusiones para la construcción de un futuro digno para las poblaciones de la isla de Tierra Bomba.

Contaba con un guion curatorial crítico de la historia oficial, etnográfico y participativo, a través del cual se divulgarían los saberes y oficios tradicionales de los bocachiqueros.

Así mismo, hacía evidente el potencial de la gestión cultural para crear nuevos sentidos de comunidad, y sentimientos de propia valía en territorios olvidados y discriminados. De este modo se buscaba que el Museo fuera un instrumento de desarrollo y cambio social: un museo activista, espacio de discusión de problemáticas diarias.

Actualmente, el proyecto del Museo de Oficios se encuentra en pausa y alrededor de su creación hay solo incertidumbre. El trabajo de cuatro años, que involucró a mujeres bocachiqueras que se estaban formando para ser mediadores y guías, a pescadores que contaron sus historias en mar abierto, a cocineras que nos dieron sus recetas familiares y a un equipo interdisciplinar que le puso sudor, esfuerzo, amor y pasión a cada una de sus 17 salas, está en vilo, por falta de recursos del Estado; pero también por falta de voluntad.

Esta es la dolorosa realidad de la mayoría de las instituciones culturales en Colombia, especialmente de las regionales: que enfrentar a la posibilidad de que el sueño que hemos construido pueda no ser nunca una realidad.

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