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Un genocidio relegado al olvido

Escrito por Pedro Valenzuela
Hombres herero en Botswana.

Hombres herero en Botswana.

Pedro Valenzuela

Anticipando las prácticas más horrendas del Holocausto – y sin embargo ignorada por  el mundo entero- la destrucción del pueblo herero a manos del imperio Alemán hace 110 años es una vergüenza para la humanidad que necesita recordarse.     

Pedro Valenzuela*

El genocidio

Este año se conmemora el primer centenario del genocidio armenio a manos del imperio Otomano. Merecidamente, el mundo ha recordado esta barbarie que Turquía aún se rehúsa a reconocer.

Y sin embargo pasó inadvertido el aniversario de otro acto de extrema brutalidad, ocurrido 10 años antes, en el país que hoy conocemos como Namibia: la destrucción del pueblo herero –bantú, pastoril– a manos del imperio alemán.

Confirmando la estrecha relación entre guerra y genocidio, el exterminio de este pueblo se presentó en el contexto de la rebelión de los hereros contra el poder colonial, provocada por el racismo, los constantes abusos (incluyendo la violación de sus mujeres) y la amenaza  para su forma de vida que representaban  la progresiva compra y apropiación de tierras por parte de colonos alemanes.

En enero de 1904 los hereros atacaron granjas y pueblos, asesinaron colonos alemanes –exceptuando mujeres y niños– y obligaron a los sobrevivientes a huir a la capital. Grupos de colonos y las tropas alemanas encontraron en la rebelión el pretexto para aniquilar a los nativos y  resolver el “problema” de gobernar la colonia.

Un porcentaje más elevado que el de los armenios en la primera guerra mundial y los judíos en la segunda guerra mundial

Entre el comienzo de la rebelión y la batalla de Waterberg murieron entre 20.000 y  30.000 Hereros, 5.000 de ellos en acción, y el resto, hombres, mujeres y niños, víctimas de la orden de no tomar prisioneros. Tras la desigual batalla, entre 50.000 y 60.000 Hereros huyeron hacia el desierto Omaheke (Kalahari), perseguidos por tropas comandadas por el teniente general Lothar Von Trotha. Miles de hereros murieron de sed –los alemanes impidieron el acceso al agua, custodiando o envenenando los pozos–, inanición y fatiga durante la huida.

El general Lothar Von Trotha (sentado centro), comandante durante el genocidio Herero  junto con oficiales y soldados del ejército alemán.
El general Lothar Von Trotha (sentado centro), comandante durante el genocidio Herero
junto con oficiales y soldados del ejército alemán.
Foto: Wikimedia Commons

Precedente macabro

De muchas maneras, el genocidio herero puede considerarse precursor del Holocausto.  

Además del darwinismo social subyacente, estos eventos comparten características que no deben pasar inadvertidas. Métodos perfeccionados en el Holocausto –con excepción de las cámaras de gas– ya habían sido utilizados en el genocidio herero. En campos de concentración para mujeres, hombres y niños, los hereros fueron sometidos a trabajos forzados (construcción del pueblo y el puerto de Lüderitz y de vías de ferrocarril), y empresas alemanas se beneficiaron de esta fuerza de trabajo que “alquilaban” para sus propósitos. Los prisioneros se clasificaron en grupos de “aptos” y “no aptos” para el trabajo, y se expidieron certificados de defunción con la leyenda “muerte por fatiga después de privación”.

Un año después, miles de nativos habían muerto como resultado del trabajo forzado, las ejecuciones y las condiciones de vida. En el campo más infame, Shark Island, los prisioneros fueron ubicados a la intemperie en la parte más expuesta de la isla, conocida por sus vientos helados. Pronto, las antihigiénicas condiciones del campo, el hacinamiento, la desnutrición y la falta de atención médica produjeron epidemias de tifoidea, escorbuto y disentería. 80 de cada 100 prisioneros enviados a este campo perecieron en los años subsiguientes.

El genetista Eugen Fischer y otros médicos alemanes llevaron a cabo experimentos con los prisioneros. Los hereros fueron esterilizados, infectados con viruela, tifo y tuberculosis, e inoculados con opio y arsénico para analizar el efecto de estas sustancias en hereros que padecían de escorbuto.

Alrededor de los campos surgió un tenebroso comercio de cráneos vendidos a científicos, museos y universidades en Alemania. Durante su tiempo en Namibia Fischer analizó los cráneos para demostrar la inferioridad de la raza negra, y tras la clausura de los campos en 1908, estudió, con el mismo propósito, los hijos de padre alemán y madre herero o nama (el pueblo nama se unió a la rebelión en octubre de 1904 y sufrió la misma suerte de los hereros: aproximadamente 10.000 personas murieron en el campo de batalla y 9.000 fueron enviados a campos de concentración)

Más tarde, como miembro del partido Nazi y desde su posición como rector de la hoy Universidad Humboldt en Berlín, Fischer diseñó el programa de esterilización forzada. También fue profesor de varios médicos Nazis, entre ellos Josef Mengele, el infame doctor que realizó experimentos con judíos y otros grupos en Auschwitz. Además de Fischer, otros médicos tomaron parte en ambos genocidios (hereros y Holocausto). Uno de ellos fue Franz Ritter von Epp, responsable del exterminio de judíos y gitanos de Bavaria.

Mujeres, hombres y niños herero presos campos de concentración en Namibia, en 1904.
Mujeres, hombres y niños herero presos campos de concentración en Namibia, en 1904.
Foto: Wikimedia Commons

Sin memoria

En 1911 el número estimado de hereros era 15.130, lo que significa que el 82 por ciento  de la población pereció en el genocidio (un porcentaje más elevado que el de los armenios en la primera guerra mundial y los judíos en la segunda guerra mundial).

Pero además el pueblo Herero dejó de existir como entidad cultural, social y política, como resultado de medidas adoptadas por las autoridades coloniales alemanas. Los hereros fueron obligados a trabajar en fincas y granjas de colonos alemanes, su tierra fue confiscada y se les prohibió poseer ganado.

En concordancia con las teorías “funcionalistas” del Holocausto, que hacen hincapié sobre  el carácter evolucionario de la campaña contra los judíos de Europa, se ha argumentado que el genocidio herero fue resultado de una radicalización no planeada. Desde esta perspectiva, la interpretación según la cual el alzamiento herero era el comienzo de una “guerra racial”, y la imposibilidad de tomar decenas de miles de prisioneros, llevaron a Von Trotha a optar por el exterminio.

Lo cierto es que, a diferencia del Holocausto, este genocidio no fue una política del gobierno en Berlín –aunque se llevó a cabo con su conocimiento y algún grado de complicidad–, sino iniciativa de las tropas alemanas y grupos de colonos en Namibia.

De hecho, entre 1904 y 1906 estos eventos provocaron la intensa oposición de los partidos anti-colonialistas en el Reichstag –Socialistas, Centro, y Radicales- El gobernador alemán en Namibia, quien había mantenido y promovido buenas relaciones con los hereros, renunció a su cargo, y múltiples agencias del gobierno alemán rehusaron cooperar en el genocidio.

En contraste con la obstinada posición de Turquía, el 16 de agosto de 2004 una delegación del gobierno alemán aceptó su “responsabilidad histórica y moral y la culpa incurrida por alemanes en esa época”, y admitió que las masacres perpetradas contra los hereros y nama equivalían a genocidio. No obstante, se negó a pagar reparaciones. Familiares del general Von Trotha también pidieron públicamente perdón. En el año 2006 el consejo municipal de Munich renombró una calle de la ciudad “Calle Herero”, reemplazando el nombre de “Calle Von Trotha” que los Nazis le habían dado en 1933.

Tras años de negociaciones, algunos de los cráneos vendidos en Alemania fueron retornados a Namibia.

A diferencia del genocidio armenio y -guardadas las proporciones- del Holocausto, el genocidio herero fue ignorado, recibido con indiferencia o racionalizado por una Europa acostumbrada a los excesos del colonialismo. Y en contraste con estos dos casos, sigue sin despertar interés, grandes debates, preocupaciones o exigencias.

A diferencia del genocidio armenio, el genocidio herero fue ignorado, recibido con indiferencia o racionalizado por una Europa acostumbrada a los excesos del colonialismo. 

Bien haríamos en no olvidar que en agosto de 1939, días antes de la invasión a Polonia, Hitler daba la orden de “enviar a la muerte sin piedad y sin compasión a hombres, mujeres y niños de lengua y origen polaco”, preguntando retóricamente: “¿Quién, después de todo, habla hoy de la aniquilación de los armenios”?
 

*Profesor titular de la Facultad de Ciencias Políticas y Relaciones Internacionales de la   Universidad Javeriana.

 

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