Tomás González: el escritor del mar, los atardeceres y los contrastes - Razón Pública
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Tomás González: el escritor del mar, los atardeceres y los contrastes

Escrito por Jaír Villano

Escritor colombiano, Tomás González.

Jaír VillanoRepaso minucioso de la obra de un autor que en los últimos años se ha ganado  con justicia la reputación de ser uno de los mejores escritores de Colombia, tanto en novela como en cuento.

Jaír Villano*

Vida, muerte y literatura

Busqué en Google y no encontré quién fue el que dijo que en una novela no puede existir la vida si no hay muerte. O tal vez era que la muerte le da vida a la novela. No importa. Hay que leer a Tomás González, en cualquier de los casos, para entender lo que quieren decir estas frases. Pero sobre todo hay que leerlo para encontrar un escritor de atenuaciones, de luz y oscuridad, de calor y frío, de invierno y verano: de vida y muerte.

Haciendo un repaso de su novelística, se encuentra que esta disyuntiva es un asunto permanente. En cada una de sus obras se puede encontrar una línea en común, pero con composiciones diferentes: las obsesiones, la amistad, el amor y el desamor, la ambición. Los abismos difieren en cada universo, así el escenario parezca el mismo.

Sus libros nos permiten conocer que en las más oscuras cuevas resplandece la belleza.

Sus personajes, sus diálogos, sus descripciones, sus analogías y su precisión son las cualidades que reúne una obra desgarradora siendo tenue. Sus libros nos permiten conocer que en las más oscuras cuevas resplandece la belleza.

Tomás González es un escritor que, entre otras cosas, es admirable por lo silente y lo distante que está del bullicio mediático de los figurines que deben su éxito a los caprichos del mercado.

Sus novelas

Homenaje al escritor colombiano, Tomás González.
Homenaje al escritor colombiano, Tomás González. 
Foto:  Cancillería

En su opera prima, González dejó trazados los elementos que componen sus entramados posteriores. Primero estaba el mar es una novela potencialmente expresiva por la sobriedad de su lenguaje.

La prosa reposada de Tomás González reviste a los personajes de una aguda asimetría, ya que estos (¿qué mejor ejemplo que Elena y J. en Primero estaba el mar?) pueden transmutar de la inocencia a la insolencia en pocas escenas y en pocos párrafos.

En la novela la fabulación de la utopía hippie se va desentrañando de una manera lenta pero azarosa: el que es de la urbe no puede dejar de serlo. La insinuación por reflejar las costumbres de la cultura antioqueña es bien lograda; la altanería de J., la soberbia del abogado que le hace los préstamos, la resignación de Elena, etc.

Cuatro años después, Tomás fue laureado con el premio Plaza y Janés por su novela Para antes del olvido. Si tenemos en cuenta el conjunto de su obra, esta es quizá su creación más atípica. El barroquismo y el impresionismo (en algunas escenas) son dos elementos que sobresalen en una novela que, en todo caso, sabe concatenar el tiempo y el espacio de una historia que se sucede desde 1913 hasta 1973. Para antes del olvido es una bella historia que transcurre entre lo rural y lo urbano, en el marco de un país que estaba en la modernización de sus metrópolis.

Más adelante, en Los caballitos del diablo, Tomás González vuelve al tema de la soledad, pero no como ataraxia, sino como un embarazoso y punzante desasosiego. En la novela, un hombre descrito como “que se pierde entre árboles y jardines” hace todo lo posible por construir un paraíso vegetal a las afueras de la ciudad. Lo acompañan su compañera, Pilar, y un puñado de recuerdos y remordimientos que le impiden llevar una vida coherente con el paisaje terrenal que con tanta fuerza construye.

Además de la reaparición de J. y Elena (y su simpático lenguaje soez), en la novela se reencuentran los hilos con que González construye sus historias. La serenidad con que va dando cuenta de la violencia de un individuo, la prosa fresca y el folclore antioqueño son elementos que integran las características de algo bien difícil en la literatura: un estilo.

En 2010 llegó Abraham entre bandidos, una historia que utiliza el “plagio” de Abraham y Saúl para poner en yuxtaposición las sombras de la vida y la muerte. En este caso la violencia en los primeros años del conflicto colombiano (años cincuenta) es el espacio temporal en el que se despliegan los hechos que rodean la historia de dos secuestrados y con ellos la ansiedad y la lacerante espera de su familia.

En La historia de Horacio, una novela corta, la muerte vuelve a ser el punto de quiebre. El protagonista, Horacio, vive entre la algarabía de las mujeres de la casa (Margarita, las hermanas, Carlina, etc.), la desfachatez de Jerónimo, el silencio de Álvaro, la amarga lucidez de Elías, la amabilidad de Eladio y, lo más importante, su colección de arte, sus objetos intocables y sus vacas.

De nuevo nos situamos en un escenario de montañas, vegetación, animales, soledad, silencio y romería. De nuevo los personajes son los miembros de una familia y de nuevo la corta distancia entre la existencia y el vacío de la misma se pone en tensión en un relato que despierta sonrisas y suspiros.

Ignoro si los lectores del escritor estarán de acuerdo, pero si de dar un veredicto se trata creo que la obsesión por “el caos y la belleza, el bien y el mal” emerge de manera profunda y sigilosa en La luz difícil.

En la novela que lo catapultó como el gran novelista colombiano (¿quién dijo que los buenos libros no son éxitos en ventas?), el lector es testigo de una lenta agonía. Narrada con una delicada precisión, la historia de Jacobo, David, Sara y Arturo es conmovedora porque en ella asistimos al dolor paternal, de familia, de amigos, de hermanos, y de separar esa lábil distancia que hay entre estar o no en el mundo. En ella se siente el dramatismo de la muerte a pesar de que se está en la vida. La luz difícil es de esas novelas de inagotable relectura.

Tiempo después del éxito que le significó la publicación de la anterior historia, a las librerías llegó Temporal, un relato que sabe expresar la violencia paternal a través de dos mellizos. En el padre de los chicos se resalta la figura patriarcal y machista del hombre con la misma autenticidad con que labra sus demás novelas.

Otra vez está la violencia como protagonista y el mar como escenario donde se despliega el espectáculo. Como elementos adicionales, en Temporal se agiliza el relato por medio de la polifonía, los turistas que visitan el hotel que administran padre e hijos; así como un fragmento dedicado a la madre de los muchachos (Nora), víctimas de la vesania y de la desfachatez del viejo.

Por último, hay que referir Niebla al mediodía, una historia de amor y desamor, que es narrada por cuatro voces y en la cual vuelve a recobrar importancia el escenario, las montañas y la belleza sombría de las que Tomás González ha hablado en diversos espacios.

Como se ve, en todas sus novelas el mar, el valle, el cielo y las montañas, la vida y la muerte tienen un papel protagónico. Su genialidad reside en extraer de estos elementos un material fecundo y vital, en el cual podemos observarnos con asombro por lo destruibles que somos, y a la vez conmovernos por hallar la preciosidad en las cosas mínimas.

Los cuentos

Producción literaria de Tomás González, “Primero estaba el mar”.
Producción literaria de Tomás González, “Primero estaba el mar”.  
Foto: Buenos Aires

La narrativa breve de un escritor que, como González, se caracteriza por la economía del lenguaje no podría ser menor.

El rey de Honka-Monka es su primer libro de cuentos. Entre todas las piezas del libro las que más sobresalen son “Verdor” y el relato que lleva el nombre del libro. En el primero una desgracia se instala en la vida de un personaje que deambula por las calles de New Orleans. Apesadumbrado, sin rumbo, el personaje no logra ni intenta reponerse de aquello que lo aqueja. Pareciera que desquita con su vida del mal que lo indispone.

Por su parte, “El rey de Honka-Monka” es una fascinante historia de un exitoso empresario de la alcurnia vallecaucana a quien el baile y la sensualidad de una mujer (Amparo) lo llevan a un desenfreno nocturno que pagará con su estilo de vida.

Su siguiente libro de cuentos, El lejano amor de los extraños, contiene 20 cuentos donde la precisión es lo más resaltable. Me atrevería a decir que Tomás González tuvo la influencia de Julio Ramón Ribeyro. Los personajes, la sobriedad y la suficiencia narrativa hacen creer eso.

En todas sus novelas el mar, el valle, el cielo y las montañas, la vida y la muerte tienen un papel protagónico.

Entre estos relatos vale la pena destacar cuatro: “Largo es el arte del olvido”, por lo descarnada y bella que es la historia y la serenidad con que es narrada; “Flor de azalea”, por lo lacónico que hace de un angustioso transcurrir del tiempo y lo bien que se narran las ataduras del amor; “Arcángel”, por la velocidad con que encierra la densidad de un drama que se sucede en tantas partes del mundo y del país; y “Las palmas del ghetto”, por la siempre efectiva forma clásica de atrapar al lector a través de la tensión y el clímax en el relato.

Por último, en su más reciente conjunto de cuentos, El expreso del sol, Tomás nos adentra en una narrativa menos sorprendente que la de sus primeros relatos, pero igual de amena. La alegoría temática es bien desarrollada en algunos y con menor tensión en otros.

El cuento que lleva el nombre del libro es sin duda el más bello. En este reafirmamos la calidad con que González amplía la construcción de pequeños universos. La historia es tristemente hermosa: Jesusita, con ayuda de su familia, le recrea el viaje por el tren a don Rafael, señor de débil memoria y de hondos delirios.

De nuevo aquí vemos la sutileza y afinada forma en que González narra historias que despiertan suspiros por los impactantes contrastes de la vida. Pero Tomás González no ruge, ni grita, ni destila desmesuradas verborreas. Le basta con susurrar para dejar un profundo e inextinguible eco.

 

* Escritor y periodista.

twitter1-1@VillanoJair

 

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