
TikTok presidente: democracias en recesión y neo revanchismos sociales
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Abelardo ganó las elecciones en TikTok. Ahora tendrá que gobernar un Estado real. La diferencia entre ambas tareas puede definir el futuro de Colombia.
El outsider con manual prestado
La campaña de Abelardo De la Espriella se presentó como novedosa, fresca, disruptiva, pero en realidad es un refrito con manual prestado.
El marketing político basado en emociones y gestos efectistas no nació en TikTok: sus raíces están en la década de los 40 en Estados Unidos, cuando consultores como Edward Bernays y los pioneros de la televisión descubrieron que las elecciones no se ganaban con programas de gobierno, sino con imágenes simples y frases fáciles. Esa lección la tomó Eisenhower, quien fue el primero en acatar la fórmula y ser elegido presidente de los Estados Unidos pese a la fragilidad de sus ideas, pero cabalgando en su simpatía y en la contundencia de sus spots en televisión.

De ahí en adelante, la política electoral se ha convertido en un espectáculo de emociones primarias, ideas efectistas y gritos enardecidos que reclaman soluciones al mesías de turno y desprecian al presidente en ejercicio. Asimismo, en el marco de esta nueva tendencia, el debate tradicional de ideas entre candidatos ha ido desapareciendo de manera paulatina.
Así lo demuestran investigaciones recientes que revelan cómo el formato del debate presidencial no modifica las preferencias electorales y, en algunos casos, incluso generan pérdidas para quienes participan (Cantú & Carreras, 2023). Incluso, en democracias que se ufanan de ser sólidas, este formato dejó de ser atractivo (Jamieson, 2024), y se ha ido volcando a la competencia por los regímenes de visibilidad del algoritmo, acompañado de una tendencia de canibalización mediática en el que la radio acabo la prensa, la televisión a la radio, las redes sociales a la televisión, y en un futuro inmediato la inteligencia artificial a las redes sociales.
Errores de gobierno y oportunismos de campaña
En 2022, Rodolfo Hernández sorprendió con su improvisación en TikTok y Petro entendió que debía abandonar los discursos densos para ganar la segunda vuelta. Fue el primer gran desplazamiento: la televisión perdió centralidad y los debates se convirtieron en riesgos políticos.
Cuatro años después, Petro volvió a la abstracción discursiva y acumuló errores de comunicación gubernamental. Sus discursos largos y poco digeribles lo alejaron de la lógica algorítmica. De la Espriella capitalizó esos errores y se enfocó en realizar una campaña en TikTok -como lo indicaba la tendencia mundial -, basado en la rabia, la habitual reconstrucción de la moral y la paranoia del apocalipsis. Por su parte, Cepeda confió demasiado en la sociedad, y prefirió apegarse a su estilo filosófico y sosegado.
No obstante, en la segunda vuelta, el progresismo angustiado por la inevitable derrota convenció a Cepeda para que se involucrara en la política del gesto: Cepeda lo intentó, pero siempre se vio forzado y seguramente con el fin de la campaña, respirara tranquilo de haber tenido que poner en juego sus principios a cambio del trend en redes sociales. Petro no es Cepeda, y Cepeda nunca pudo ser Petro. Los egos carismáticos de personajes como Petro y Uribe rara vez tienen sucesores, y cuando intentan imitarlos, lo único que logran es parecer caricaturas solemnes o incómodas emulaciones.
Mientras tanto, De la Espriella continuo su trabajo predecible en TikTok, con la apertura de estrategias de inteligencia artificial y apegado al discurso que le dio la victoria a Milei en Argentina: encarnar a un tigre que disimula su ignorancia del Estado y el Gobierno con gritos que reclaman la libertad de mercado.
TikTok: el nuevo rey -temporal- del marketing político
Las elecciones presidenciales de 2022 y 2026 muestra continuidades y transformaciones que permiten entender el nuevo paisaje político. En ambos casos, la centralidad del candidato y la emocionalidad del mensaje fueron constantes, pero en 2026 se demostró que los TikToks no solo consolidaron su papel, sino que crecieron en número, en métricas de interacción y en capacidad de definir la agenda política. El scroll infinito se convirtió en el verdadero debate nacional.

En el sistema de valores, Abelardo De la Espriella construyó su campaña sobre un sistema de valores que apelaba a la patria como símbolo y al Estado mínimo como fórmula. Su narrativa no se centró en instituciones ni en programas, sino en gestos emocionales que evocaban orgullo nacional y rechazo a la burocracia. La patria se convirtió en un recurso discursivo para movilizar emociones primarias con banderas, himnos, referencias militares y un tono de autoridad que buscaba transmitir orden. El Estado mínimo, por su parte, fue presentado como liberación: menos trámites, menos controles, menos Estado. En realidad, era una vieja fórmula que ya había circulado en campañas anteriores, pero que en TikTok encontró un terreno fértil. De la Espriella entendió que el algoritmo premia la rabia y la teatralidad, y se mostró como un capataz dispuesto a enfrentar a cualquiera que se le oponga.

Mientras tanto, Iván Cepeda intentó defender valores deliberativos, apelando a la vida como principio y a la reflexión como método. Su discurso pausado buscaba transmitir profundidad, pero en el ecosistema de TikTok esa densidad se volvió un obstáculo. La plataforma premia la contundencia, el golpe inmediato, la frase corta que genera reacción, y Cepeda, en cambio, ofrecía pausas largas, referencias complejas y un estilo que parecía más propio de un seminario que de una campaña digital. Sus intervenciones se vieron forzadas porque no lograban traducirse en cercanía emocional ni en viralidad, y en un país donde la rabia se convirtió en valor político, la apelación a la vida sonó solemne y distante.
Aun así, el equipo de campaña de Cepeda intentó de manera audaz remontar en la segunda vuelta (ver Cuadro 1), aumentó el número de videos e interacciones en redes sociales y, con un conjunto de entusiastas influenciadores y jóvenes, logró equilibrar un poco más la balanza, pero los errores de comunicación en la primera vuelta no alcanzaron a neutralizarse.

Aquí es donde TikTok se convierte en un orientador decisivo en las campañas, pues no solo es una plataforma, sino un sistema de valores en sí mismo. Es un formato que premia la brevedad sobre la profundidad, la rabia sobre la reflexión, la imagen sobre el argumento. En TikTok, el valor no está en la propuesta, está en la reacción que genera. De la Espriella entendió que el algoritmo recompensa la confrontación y la teatralidad, y construyó su campaña sobre esa lógica, mientras Cepeda, atrapado en la densidad, nunca pudo competir en ese terreno.
En el momento de identificar las propuestas, se observó que eran inexistentes dentro de la plataforma y que los elementos comunicacionales se orientaban a temas como el culto a la personalidad, las críticas al contradictor y los agradecimientos a las alianzas de personajes de la vida pública.

Tik-Tok: el nuevo rey temporal del marketing político
La victoria de De la Espriella se explica por la capacidad de capitalizar el revanchismo social: un sentimiento de frustración acumulado entre quienes se sintieron derrotados en 2022. Ese resentimiento se transformó en fuerza política y se convirtió en el motor de la campaña.
La política colombiana entra así en una fase de recesión democrática, marcada por la política-pop y por un neo-revanchismo social que redefine las reglas del juego. La emoción se impone sobre la razón y la rabia se convierte en criterio de legitimidad. Ese neo-revanchismo se traduce en que las fuerzas progresistas, convertidas de nuevo en oposición, pelearán a fondo con el nuevo presidente, y la batalla se librará en redes sociales donde los streamers e influencers simpatizantes con el proyecto progresista no dejarán que el presidente elegido mantenga la ligereza de sus declaraciones de Capataz enfadado con cualquiera que se le oponga.
La conclusión es clara: la democracia representativa seguirá siendo un terreno fértil para campañas facilistas. En el futuro, veremos candidatos de inteligencia artificial capaces de producir mensajes virales sin descanso y calibrar emociones en tiempo real; profundizando la política como un laboratorio algorítmico de emociones, y de ciudadanos que serán espectadores de un espectáculo cada vez más distante de la deliberación racional.
Tal vez un callejón con salida esté en la educación mediática y la alfabetización informacional: mientras tanto solo estamos presenciando el reciclaje del spot de Eisenhower, cada vez más condimentados de rabia, odio y oportunismo político.
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