Tierra en la lengua: la violencia encarnada en sus hijos - Razón Pública

Tierra en la lengua: la violencia encarnada en sus hijos

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​​Igual que hizo con su aclamado corto La cerca, el director colombiano Rubén Mendoza nos presenta en su nuevo largometraje la relación tan profunda que existe  entre la violencia, la memoria y el cuerpo.

Roberto Palomino*

Un viaje al fondo del personaje

En los cines del país se está proyectando Tierra en la lengua, segundo largometraje de Rubén Mendoza. En esta obra, el escritor y director nos conduce por un viaje, que recuerda a José Estuasio Rivera y a Joseph Conrad, de la civilización hacia los límites del universo humano, desde la periferia de los personajes hacia sus profundidades. 

Una de las virtudes de Mendoza como director y escritor es su capacidad para construir personajes densos, bellísimos y llenos de matices. En sus películas hay una dimensión temporal orgánica, un tempo en el cual pacientemente se van revelando dimensiones de los personajes.

Ajeno al maniqueísmo característico de la reflexión política y moral en su tierra, Mendoza propone una mirada donde las categorías “malo” y “bueno” resultan insuficientes para abarcar estos seres llenos de contradicciones a los que llegamos a conocer solo parcialmente.

Sus personajes se nos presentan inmensos e inescrutables en planos fijos donde el rostro de cada uno revela sutilmente toda su lucha interior, sus demonios, su historia, su cercanía con la muerte a la que ve venir pero se resiste a aceptar si no llega siguiendo su propia ley.

Mendoza propone una mirada donde las categorías “malo” y “bueno” resultan insuficientes para abarcar estos seres llenos de contradicciones.

Don Silvio, protagonista de Tierra en la lengua, recuerda a Juan Cristo Maldonado, protagonista de La Cerca (cortometraje de 2004 escrito y dirigido por Mendoza, y que hizo parte de la selección de Cannes). Los dos son patriarcas, y comparten rasgos característicos de lo que tendríamos la tentación de catalogar como masculinidad arcaica.

Del Juan Cristo de La cerca no alcanzamos a conocer mucho. Sabemos que Francisco, su hijo, sueña recurrentemente con asesinarlo. Sabemos también que estuvo involucrado en la mal llamada violencia política de los años 1950 y que su hijo fue testigo de los asesinatos que tuvieron lugar frente a su casa.

Sabemos que Juan Cristo quiso así enseñarle a Francisco “a ser hombre, a tener cojones”, desplegando su destreza con el machete. El olor de este instrumento de muerte quedará tatuado en la memoria de Francisco. Es el olor que evoca a su infancia.

Del don Silvio de Tierra en la lengua sabemos que es un patriarca enorme, un proveedor y protector de muchas familias que han surgido de sus múltiples relaciones con distintas mujeres. Es el abuelo Silvio. Tiene tierras, animales, mujeres, fidelidades, armas, fuerza y una sabiduría tosca, tallada por la adversidad y por la tierra.

También ha sido tocado por la violencia política. Nos choca y nos fascina al mismo tiempo. Es un constructor de mundos, un proveedor de bienes y protección para las futuras generaciones. Es también un destructor de vidas. Es generoso y aplastante. Es como un dios que todo lo provee, que puede ser amoroso pero también terrible, caprichoso, arbitrario y sabio.


Sala Cinema Paraíso en Bogotá.
​Foto:  A* – Angélicaypunto

​Violencia en el cuerpo

Los descendientes de estos dos patriarcas llevan a cuestas una carga pesada, la huella indeleble que la violencia ejercida por los padres y La Violencia misma han dejado en lo más profundo de sus cuerpos.

En ellos se escenifica otra guerra, una que ocurre bajo la piel y que se cocina en el subconsciente de los personajes. En Tierra en la lengua el conflicto está contenido. Don Silvio no reconoce ya a sus hijos y nosotros no tenemos la oportunidad de conocerlos. Son los nietos los encargados de encarnar el conflicto. Ellos, como nosotros, se debaten entre el afecto y la indignación frente al patriarca. Están dotados de un criterio moral cercano al del espectador. Pelean con la sombra inmensa del patriarca, se indignan, lo señalan por sus defectos.

A diferencia de él, ellos no son personajes de acción. Su indignación se cocina en el ocio de sus vidas que no dan frutos, que están centradas en un drama personal y en un discurso acerca del deber ser que suele servir de marco normativo para juzgar la vida de los otros, no la propia. Se indignan pero se quedan cortos a la hora de enfrentar la vida. Son menos fuertes, tienen menos vida, menos poder, y no proveen nada a nadie. En el fondo nadie les preocupa, nadie les duele.

Sus energías se agotan en sobrevivir, en no naufragar oscilando en las olas que produce el navío inmenso que es don Silvio, al que van amarrados. Y ellos también, en su debilidad, en su indignación, en su egoísmo y generosidad, resultan fascinantes, inmensos a su manera.

En La Cerca el conflicto tiene mayor intensidad y parece hundir sus raíces profundamente en el subconsciente de Juan Cristo. La acción parece moverse en una espiral descendente que nos va sumergiendo en lo más hondo del universo onírico de Francisco, donde se escenifica una y otra vez su el acto de asesinar al padre.

En algún momento nos cuenta que lo ha matado con machete, con cuchillo, con motosierra, zorro chucho, pasándolo por trapiche. El cortometraje abre con una secuencia en la que Francisco de unos 12 años, al ver que no hay carne para el almuerzo, corta con su machete un pedazo del cuerpo de su padre que duerme la siesta. Corta la carne para alimentarse de ella.

En el clímax delirante del cortometraje asistimos al sueño en el que Francisco mata a su padre usando el cuerpo de su madre como arma. Un acto maravilloso en el que arregla cuentas con sus ancestros y pretende cortar de tajo cualquier vínculo con el pasado tanto por la vía paterna como materna.

Paradójicamente, en este acto liberador Francisco está reproduciendo esa violencia, la está encarnando, convirtiéndose él mismo en sus padres, en sus antepasados, perpetuando el ciclo interminable de muerte y barbarie.

Arte para la memoria

Este tópico de la muerte del padre a manos del hijo es una reflexión bellísima y profunda acerca de la historia colombiana y el legado que la violencia ha dejado en el alma de los seres humanos que han sido tocados por ella. 

Habla sobre nuestra relación con el pasado, ese pasado que como nación no queremos recordar porque está marcado por tanta sangre, violencia, injusticia y arbitrariedad. No queremos mirar ese pasado porque nos cuesta reconocernos como herederos de ese legado.

Los personajes de La Cerca, como nosotros, no quieren recordar. “Recordar es morir”, dice Juan Cristo. Tanto él como Francisco cargan siempre bajo la ruana media botella de aguardiente, su elixir para el olvido.

El hijo no puede dejar de recordar. La guerra ha quedado inserta en sus células, en su cuerpo que, insistentemente en el lenguaje del subconsciente, se manifiesta en el rico y perturbador universo onírico que experimentamos en el cortometraje.

Como Francisco no encara ese pasado, se ve condenado a reencarnarlo. Algo parecido a lo que nos sucede como nación. Quemamos años viejos para que conviertan el pasado en humo y cenizas, para que lo desvanezcan. El cortometraje cierra con Francisco quemando el cadáver de su padre a la media noche del 31 de diciembre. “Año nuevo, vida nueva”, dice. ¿Vida nueva?

La obra de Mendoza trabaja muy sutilmente. Su mirada no se agota en los personajes, es más abarcadora. La forma en que la cámara se aproxima al mundo es sobrecogedora. Hay una mirada muy rica. Vemos nuestro mundo, pero lo vemos desde una perspectiva más atenta, más presente, más centrada en la riqueza de lo cotidiano y de lo más terreno.

La experiencia de ver Tierra en la lengua desestabiliza la propia mirada. Uno sale de la sala de cine con un mundo más denso a cuestas. En la película el cielo, las vacas, los saltamontes, los árboles, los chulos, los cerdos, los caballos, los charcos, el pasto, los camiones, los lagos, los ríos, la vida y la muerte son tratados con la misma consideración.

La huella indeleble que la violencia ejercida por los padres y La Violencia misma han dejado en lo más profundo.

Los colores, la luz cambiante de los atardeceres (del atardecer de don Silvio), así como el sonido, son alucinantes. El cuero en el lomo del caballo, el suspiro de una vaca, las aves, el viento, el agua, todo tiene su lugar, todo suena, todo enriquece el universo de la película.

Si tuviéramos que buscar un referente en la historia del cine, yo pensaría en Herzog. Mendoza ha desarrollado un lenguaje personal. No es un epígono del director alemán. Sin embargo, comparte con él su fascinación por el mundo, por la condición humana y su aproximación valerosa, temeraria y apasionada al cine.

Esta película va a sobrevivir al paso del tiempo. Cierro con un juicio arriesgado: Rubén Mendoza es, en mi criterio, de lejos y desde hace tiempo, el mejor director de cine colombiano. Esta obra es de talla mayor y va a sobrevivir la prueba del tiempo 

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Roberto Palomino
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