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Superar la guerra en las universidades públicas

Escrito por Carlo Tognato
Universidad Nacional de Colombia, Sede Bogotá.

Universidad Nacional de Colombia, Sede Bogotá.

Carlos TognatoUn profesor de la Universidad Nacional comparte sus hallazgos sobre la incidencia de los actores armados en las universidades públicas y hace un llamado para empezar a pensar la educación superior como escenario central del posconflicto.

Carlo Tognato*

¿Campus de guerra?

Las discusiones actuales sobre el conflicto y el posconflicto en Colombia ubican el espacio rural como el más relevante para la paz, como se puede ver en el discurso “Paz territorial” del alto comisionado para la Paz, Sergio Jaramillo, y en el Plan Nacional de Desarrollo.

Sin embargo, las universidades públicas ubicadas en las grandes ciudades han sido también un escenario particular del conflicto armado y por esta razón no deben quedar por fuera de las estrategias del posconflicto.

Los grupos armados han usado a las universidades durante décadas como fuente de inspiración intelectual, escenario de acción, terreno de reclutamiento, campo de entrenamiento en prácticas clandestinas, fabricación de explosivos y material de propaganda, confrontación armada con las autoridades de policía, y como espacio de intimidación a aquellos que han querido distanciarse públicamente de dichas prácticas. En los años recientes, a pesar del des-escalamiento del conflicto, no han dejado de registrarse estos fenómenos.

Es sabido que en algunas universidades las guerrillas han establecido el control territorial sobre los campus a través de sus milicianos y de sus anillos de respaldo entre los miembros de la comunidad universitaria, mientras que en otras son los paramilitares quienes han logrado establecer su hegemonía.

Relatos del miedo

Cátedra Construyendo Paz en la Facultad de Derecho de la Universidad Nacional, Sede Bogotá.
Cátedra Construyendo Paz en la Facultad de Derecho de la Universidad Nacional,
Sede Bogotá.
Foto: MARCHA PATRIÓTICA

El control territorial por parte de los grupos armados sobre los campus universitarios se hace sobre la base del miedo de los profesores, de los estudiantes y del personal administrativo. Este miedo nace de una intimidación, que toma muchas formas.

Recientemente en la Universidad Nacional se produjo una Convocatoria de relatos sobre violencia, miedo e intimidación que ha arrojado historias muy reveladoras.

-Escribe un profesor: “En los tiempo de la MANE, en mi curso estaban dos representantes estudiantiles que continuamente faltaban a clase. Por supuesto envié el mensaje que quien faltara a clase era mejor que cancelara la materia (…) Con esos personajes tuvimos varios careos en clase. (…)

En esa época yo vivía con mis padres en el norte de Bogotá, y una vez mientras yo estaba dictando clase en la Nacional, mis padres (adultos mayores) por la noche me contaron que unas personas fueron a mi casa a buscarme y a preguntar por mí. Mis padres, que eran gente amable, los hicieron seguir. Por la noche al llegar me comentaron de esa visita y la descripción era muy parecida de los compañeros de esos estudiantes de esa época. Terminó el semestre, ellos salieron, se graduaron y yo me olvide de ellos, pero esa visita me dejo sin tranquilidad con mis padres. Después un profesor me confirmó que uno de ellos era un jefe de célula de las FARC”.

Las universidades públicas han sido también un escenario particular del conflicto armado y  no deben quedar por fuera de las estrategias del posconflicto. 

-Por su parte un estudiante relata su vivencia directa de la violencia en los siguientes términos: “Atendimos la invitación a una conferencia en la que se hablaría de la historia de la Unión Patriótica. El salón estaba a reventar, busqué mi rinconcito y me dedique a escuchar la intervención a la vez que trataba de conectarme a internet desde mi celular. (…) Alguien sentado junto a mí en el suelo alarga su mano y toma mi celular, lo observa y me dice: ‘eso está muy bien, que no esté grabando’. (…) Menos de un minuto después, otro personaje se sienta junto a mí (…) saca un celular; escribe largo rato en él y de un momento a otro trata de fotografiarme – ya no solo me siento incomodo, sino intimidado. (…) Decidí retirarme.

Al salir del salón, no menos de seis ‘valientes estudiantes organizados’ me siguieron a lo largo del pasillo que conduce a la salida de la facultad; poco a poco empezaron a rodearme. (…) De algún lado salió una patada que se encajó en mis costillas, varios golpes en la cabeza con puños, patadas y hasta un casco (…) uno de estos valientes armado con un spray de gas pimienta, se agacha, busca mi cara y a menos de una mano de distancia descarga el contenido del recipiente sobre mi rostro”.

Esta convocatoria para recoger los relatos sobre violencia, miedo e intimidación en la Universidad Nacional se enfrentó inicialmente con algunas resistencias, que varios colegas atribuyeron precisamente al miedo. Un directivo le contó a otro que “circular la convocatoria sería como admitir que en la Universidad Nacional hay intimidación”. Otro directivo se rehusó a ponerla a circular masivamente porque, según su justificación, la Universidad tiene un programa de convivencia y hay que “ser neutral”.

El rector, por su parte, entendió que la neutralidad hacia los violentos implica la complicidad y no dudó en apoyar la iniciativa. Como matemático que es para él  2 más 2 son 4.

¿El miedo para qué?

El miedo y la intimidación en la universidad tienen funciones precisas:  

  • Buscan silenciar cualquier crítica sistemática de la presencia de los violentos dentro del campus.
  • Buscan vetar ciertos temas de discusión, a menos que se traten según las pautas deseadas por los actores armados y sus anillos de respaldo.
  • Buscan inducir reflexiones académicas que le den a las razones de los actores armados una validez que nunca tendría bajo condiciones de libre expresión.

Esta situación tiene efectos extendidos sobre la sociedad colombiana, que no han sido debidamente reconocidos hasta ahora. La ocupación por parte de los grupos armados de los campus universitarios no solamente afecta los escenarios de generación del saber experto sobre los temas relacionados con la violencia en Colombia, sino que interfiere con el tipo de saber experto que ayuda a informar y orientar los debates de la esfera pública.

En otras palabras, el miedo acaba por distorsionar el ‘sistema operativo’ que utilizan los  actores de la sociedad civil para formular sus razones sobre lo que es legítimo o ilegítimo en la vida social, algo fundamental para la democracia. Esta situación tendría que preocupar a todos los ciudadanos, incluidas las élite que en las décadas pasadas se han ido a  universidades privadas para educarse y han evitado así el contacto cotidiano con los grupos armados ilegales.

Una petición

Gases lacrimógenos liberados por el ESMAD en la Sede Bogotá de la Universidad Nacional.
Gases lacrimógenos liberados por el ESMAD en la Sede Bogotá de la Universidad
Nacional.
Foto: Rafael Núñez

El dispositivo de violencia, miedo e intimidación desplegado por los grupos armados ilegales en los campus universitarios ha llevado a una erosión profunda del tejido académico y social de las universidades, las cuales ya no son un lugar de encuentro entre actores diversos de la sociedad colombiana.

Por un lado, las élites se han fugado de ellas y, por el otro, hay quienes quisieran estar en las universidades públicas pero no pueden. Hace unos años unos policías buscaron formación en Competencias Ciudadanas en la Universidad Nacional en Bogotá y se toparon con la reacción de los grupos violentos que no los querían dejar entrar al campus a estudiar.

El dispositivo de violencia, miedo e intimidación desplegado por los grupos armados ilegales en los campus universitarios ha llevado a una erosión profunda del tejido académico y social de las universidades

Los actores del conflicto armado (tanto los grupos armados ilegales como el Estado) han desaprovechado completamente las universidades públicas como posibles generadoras de soluciones a problemas complejos y han querido utilizar a sus miembros como meros voceros de sus programas políticos.

Más grave todavía: los actores del conflicto armado han desaprovechado el hecho de que las universidades públicas ofrecen, o al menos podrían ofrecer, espacios para sondear la aceptabilidad de sus argumentos o para encontrarles grietas a los argumentos de sus adversarios.

Es del todo deseable que en una universidad estudiantes e intelectuales de izquierda puedan interactuar estrechamente con estudiantes e intelectuales conservadores, y que estos sientan la necesidad y el placer de exponerse al reto inherente de estos desafíos intelectuales. Es precisamente en estas confrontaciones académicas donde se desencadenan procesos de admiración mutua que permiten a las universidades transformarse en escenarios de integración social más allá de las divisiones ideológicas.

Para la Colombia del posconflicto queda el reto gigante de la reconstrucción del tejido académico y social de las universidades públicas. Vale la pena empezar con experimentos institucionales  a pequeña escala, en los cuales todas las partes se comprometan a sostener el ejercicio lo más que se pueda por los beneficios que su éxito podría traer para todos.

Hago una petición a los actores del conflicto armado, tanto los reinsertados o que estén por reinsertarse de grupos armados ilegales, como a los actores del Estado, y entre ellos las Fuerzas Armadas:

  • permítannos reconstruir y fortalecer las universidades;
  • acepten establecerlas como territorios de paz;
  • déjennos formar a sus cuadros para lanzarlos hacia los mejores posgrados del mundo;
  • planteen problemas difíciles, déjennos pensar las soluciones y trabajen con nosotros para pilotearlas
  • Finalmente, no nos traten ni como su tropa ni como sus trompetas.

Las sociedades democráticas sanas necesitan cultivar la independencia de tres figuras fundamentales: sus jueces, sus banqueros centrales y sus académicos. Ayúdennos a dar un paso decidido en esa dirección.

* Director del Centro de Estudios Sociales, y profesor asociado del Departamento de Sociología de la Universidad Nacional, Bogotá, Faculty Fellow del Center for Cultural Sociology, Yale University.

   

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