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Sobre las políticas públicas en música

Escrito por Juan Sebastián Ochoa

A raíz de un gigantesco festival de música clásica en Bogotá, cofinanciado con recursos públicos, surge la duda sobre el costo de oportunidad de cultivar un género para minorías, sacrificando otras manifestaciones populares y valiosas.

Tres experiencias musicales

Recuerdo tres obras de arte que proponen una crítica demoledora a la forma como se produce, se vende y se consume la música clásica en general. Son las películas Amigos (Olivier Nakache y Eric Toledano) y Roma (Woody Allen), y la obra humorística de teatro Ríase el show (Julián Arango y Antonio Sanint).

En Amigos, un rico discapacitado contrata una pequeña orquesta para un concierto privado en su casa, al cual concurre su asistente personal, un joven negro desparpajado. En medio del concierto, el asistente ya se muestra aburrido y comienza a hacer comentarios sarcásticos sobre cada una de las obras. Pero son tan atinados que poco a poco se pasa del comienzo pomposo del concierto a una escena ridícula — como si asistiéramos a una versión actualizada de “El traje del emperador” en clave de música— donde el asistente no encuentra nada interesante en lo que para otros parece sublime.

En Roma, Woody Allen crea un personaje que canta ópera de manera formidable, pero solo lo hace bien bajo la ducha. Ante esto, para poderlo llevar a escena manteniendo su habilidad interpretativa, Allen decide que es necesario llevar la ducha al escenario. Nuestro nuevo héroe del canto lírico asume su papel vocal literalmente en plena ducha: canta mientras se da un baño. Sin embargo, la pompa habitual de una típica presentación operática no disminuye en lo más mínimo: por el contrario, la audiencia parece no reaccionar ante una situación tan absurda y expresa su júbilo como sucedería en cualquier otra ópera. De esta manera, parecería que toda ópera fuera en sí misma un eterno ridículo que nadie reconoce.

Durante el tercer acto de Ríase el Show, Antonio Sanint y Julián Arango interpretan a dos cachacos conservadores que asisten a la ópera. Comienzan dormidos en un sillón mientras se oyen los últimos compases del primer acto. Al terminar, ambos se despiertan, aplauden con entusiasmo, y comentan convencidos las maravillas de lo que supuestamente acaban de escuchar. Además, insisten en que es música “para gente divinamente”, música no apta para la chusma, y usan otras expresiones para mostrar que, ante todo, están ahí como un asunto de distinción de clase. Luego proceden, desde sus asientos, a hacer vida social: saludan a unos y otras, hablan de quién vino con quién, cómo está vestida fulanita, cómo está de viejo perencejo, qué ha habido de los Pombo. Finalmente, comienza el segundo acto y otra vez nuestros protagonistas se refugian en el mundo de los sueños. El show trata de manera graciosa a la ópera como un acto social para gente distinguida.

 

 

 

Foto: http://www.flickr.com
 

Música vs. música clásica

Cuando se lanzó el “Festival Internacional de Música de Bogotá”, me sorprendió el título mismo del evento: en lugar de un festival internacional de música en general, resultó un festival de música clásica exclusivamente, reforzando el viejo prejuicio elitista — tan denunciado desde la academia — de igualar abusivamente los términos “música” y “música clásica”.

Seguramente, se trata de emular con el ya consolidado y muy elitista Festival Internacional de Música de Cartagena, que se da el lujo de tener un cierto roce popular con presentaciones gratis en espacios públicos. En estos tiempos posmodernos, de múltiples interacciones entre regiones y países, a más de 20 años después de declarar al país multiétnico y pluricultural, y ante el riesgo de ridiculizar la música clásica mencionado al comienzo, sorprende encontrarse con un gran festival solo de música clásica, con 55 conciertos programados y cuyo lema casi infantil fue: “Bogotá es Beethoven”. ¿Otra vez Beethoven? ¿Por enésima vez?

¿Por qué pensar que la única música que existe es la clásica, que en términos de circulación mueve solo el 1,5 por ciento del mercado mundial? Es imposible no hacerse esas y otras preguntas, como: ¿qué pasaría si con ese presupuesto se hiciera un festival de músicas del Caribe, o de músicas carrangueras, o de músicas latinoamericanas, o de músicas de Asia, o de músicas africanas, o de músicas tradicionales colombianas, o de salsa, o de bandas independientes de rock, o de músicas brasileras, o de bullerengue, o de flautas caucanas, o de tango, o de boleros, o de rancheras, o de cumbias, o de bandas papayeras, o de vallenato, o de reggaetón, o de champeta, o de son de sexteto, o de música jíbara, o de flamenco?

A mi modo de ver, estamos frente a una manifestación clara de post–colonialismo auto–inducido: nosotros mismos tratando de europeizarnos a toda costa, aunque Europa misma ya tampoco sea así. Parece que a los amantes de la música clásica no les basta con que sea la música que más presupuesto público absorbe en Colombia, no solo ahora sino en toda la historia nacional, con cifras importantes para mantener la Orquesta Filarmónica de Bogotá, la Orquesta Sinfónica Nacional de Colombia o sostener proyectos como Batuta, que superan con creces los dineros disponibles para cualquier otra clase de música. Apenas le hace un poco de resistencia el rock con su festival Rock al Parque, que se realiza durante 3 o 4 días al año y nada más.

 

 

Foto: http://www.flickr.com 

¿Formando público?

Resulta irónico que el apoyo gubernamental decidido y prolongado desde hace más de un siglo a la música clásica se siga justificando con el loable objetivo de “formar público”. Pero sigue siendo la música preferida por unos pocos.

Los amantes del proyecto dirán que sí asisten muchas personas a los conciertos, pero insisto, porcentualmente son muy pocas comparados con muchas otras formas musicales populares y tradicionales colombianas que no han tenido mayor apoyo estatal y que, durante decenios, sufrieron también la discriminación abierta de los sectores dominantes.

¿Hasta cuándo van a sostener el argumento de que buscan formar públicos, cuando otras músicas sin apoyo están luchando por crear públicos y también necesitan del mismo apoyo? ¿No se dan cuenta de que son tantas, tantísimas, las expresiones musicales de nuestro país, que asignar tanta atención a la música clásica no es otra cosa que un proyecto discriminatorio, una forma más de perpetuar la exclusión social, una expresión más del proyecto civilizatorio de la modernidad, como si fuera una prolongación del proyecto progresista de los gobiernos liberales de 1930?

El costo de oportunidad

No puedo dejar de pensar que un festival como estos, que trae grandes cantidades de artistas extranjeros y que imagino son de muy buen nivel técnico y artístico, podría dedicarse a hacer visibles propuestas musicales muy interesantes que se dan en Colombia y no han contado con apoyo gubernamental.

Se me antoja pensar en proyectos como El Sexteto Tabalá o Curupira, que sobreviven casi de milagro, o en el grupo Canalón de Timbiquí que apenas si se conoce a nivel nacional o, mejor, en el grupo Herencia de Timbiquí, que acaba de ganar un premio en el festival de Viña del Mar y apenas está comenzando a sonar a nivel nacional, después de 12 años de carrera ininterrumpida e independiente. Eso por mencionar apenas unos casos.

¿Qué sería de estas agrupaciones y de muchas otras si lograran encontrar semejantes escenarios en Bogotá? ¿Qué pasaría si en Batuta no se formaran niños y jóvenes en música sinfónica sino en bandas papayeras, en grupos de carranga, en charangas, en estudiantinas o chirimías, por ejemplo? ¿No se daría un movimiento importante de masificación y de reconocimiento de las músicas populares colombianas si tuvieran acceso a presupuestos similares a los de la Orquesta Filarmónica de Bogotá, de Batuta y de este nuevo Festival Internacional de Música de Bogotá?

Debo reconocer que las políticas públicas sobre música en Colombia ahora son mucho más incluyentes que hace un par de décadas, pero en algún momento deberán también ser más equitativas y dejar de privilegiar la música clásica.

Por ahora me tocará acordarme de Amigos, Roma y Ríase el Show y echarme a reír, con resignación.

 


*       Maestro en música y magíster en estudios culturales de la Universidad Javeriana.

 

juansebastian ochoa2013-15 

 

Juan Sebastián Ochoa *

 

 

 

 

 ¿Por qué pensar que la única música que existe es la clásica, que en términos de circulación mueve solo el 1,5 por ciento del mercado mundial?

 

 

 

 

 

 

 

Resulta irónico que el apoyo gubernamental decidido y prolongado desde hace más de un siglo a la música clásica se siga  justificando con el loable objetivo de “formar público”

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

Debo reconocer que las políticas públicas sobre música en Colombia ahora son mucho más incluyentes que hace un par de décadas, pero en algún momento deberán también ser más equitativas y dejar de privilegiar la música clásica.

 

 

 

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