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Sobre el origen mitológico del yagé

Escrito por Óscar Liñán

Ceremonia de Yagé

Oscar LiñanEn las comunidades indígenas del Amazonas circulan leyendas como ésta, sobre cómo empezó a usarse la planta conocida como yagé, que desde hace siglos hace parte de la cultura de sanación de los aborígenes colombianos.

Óscar Fabián Liñán*

De la tradición oral

La historia que relato a continuación hace parte de los grandes secretos que guarda la inmensa y espesa selva, y se enmarca dentro de la tradición de algunos de los pueblos aborígenes que habitan la región del Amazonas colombiano.

Fue tomada de las narraciones de uno de los tantos médicos tradicionales de la región, Makú Totoru (q.e.p.d.), quien dedicó su vida a la medicina tradicional indígena y a salvaguardar con celo las tradiciones de su pueblo.

Este relato tiene lugar en una tierra mágica, multicultural y multiétnica; una tierra donde existen seres humanos que conviven con animales, vegetales y seres del agua cercanos al origen, que subsisten en paz y armonía con seres de orden espiritual, guardianes del mundo natural, deidades que protegen y castigan, enferman y curan, pero que sobre todo guían los destinos de los que habitan esta tierra.

En las entrañas de la selva vive una gran cantidad de espíritus sagrados, muchos de ellos poseedores de poderes mágicos.

En las entrañas de la selva vive una gran cantidad de espíritus sagrados, muchos de ellos poseedores de poderes mágicos, que son dignos de respeto y devoción por parte de los indígenas. Algunos llegan a tener tanta importancia que podría ser una falta de respeto solo decir su nombre.

Plantas que curan

Con el consumo de algunas plantas que tienen la facultad de estimular el ser psíquico, los indígenas buscan entrar en contacto con algunos de estos espíritus, los consultan a manera de guías y en muchos casos los buscan para recibir consejo sobre los tiempos venideros.

También es frecuente encontrar personas que consumen las plantas sagradas para curar  enfermedades físicas atribuidas a la intervención de entidades divinas que, según las creencias populares, son las únicas capaces de engendrar y eliminar el mal.

La planta más importante para algunas de las comunidades en la región del Amazonas es el capí o ayahuasca, conocida también como yagé. Esta planta tiene forma de bejuco y representa a la serpiente primaria, la dueña y señora de toda la selva.

Es ella quien gobierna este territorio místico y se presenta durante las sesiones  donde se consume la planta en forma de anaconda gigante. Es la deidad a la que se le atribuye el conocimiento.

Abuela consejera, curandera, conduce casi siempre a quien la consume a una experiencia reveladora donde se puede experimentar una sensación de limpieza física y mental que en la mayoría de los casos induce al crecimiento personal a través de la búsqueda interior.


Planta de ayahuasca, en el Jardín Botánico de Medellín.
Foto: Patton

 

El mito de origen

Cuenta el mito que en el amanecer de los tiempos, cuando el mundo era aún muy joven, el gran espíritu "Gran Kuiyu, Gran Kuiye, Gran Kuiuia", espíritu de padre y madre cósmicos, después de existir, realizó su primer acto, que consistió en crear y dar forma al universo, crear todo lo existente, ubicando sabiamente cada ser celeste en un armonioso orden.

Después de realizar su obra, en su infinita bondad creó a sus cuatro primeros hijos: cuatro bunaima dú, palabras que en lengua amazónica significan “hombre sagrado” o también “hombre de palabra dulce”, por la sabiduría de estos seres que, según el mito, fueron los primeros portadores de las leyes y tradiciones de los hombres.

A cada uno de estos cuatro hijos, de estos cuatro bunaimas, el espíritu sagrado, el padre de todos los espíritus, le asignó un territorio, y les señaló en dirección a los cuatro puntos cardinales el camino que cada uno debería recorrer para llegar al lugar en donde habrían de instalar su asiento.

También se les asignó una palabra de vida que representaba las enseñanzas sagradas y los conocimientos que con el pasar de los años acabaron por convertirse en leyes. Se les entregó un idioma, un instrumento musical y una forma de tejido, herramienta con la cual podrían fabricar sus propias prendas y así tendrían con qué vestir y con qué distinguirse.  El espíritu de vida creó para ellos cuatro mujeres, cuatro compañeras que serían  sus esposas y los ayudarían a salvaguardar el conocimiento recibido, y que serían también las encargadas de conservar las tradiciones y de proteger el hogar.

Le entregó a cada uno de sus hijos un color: al primero de ellos le correspondió el color rojo, al segundo el color blanco, al tercero el amarillo y al último el color negro, y fue este el nacimiento de las cuatro razas que pueblan la tierra.

Después fueron marchando cada uno hacia el lugar en donde habrían de instalarse y allí procedieron a levantar sus casas. Pasaron los días y el gran espíritu les visitaba periódicamente, trayendo nuevos conocimientos y nuevas órdenes.

En primera instancia, al hombre de color rojo le entregó el fuego como señal y representación de sí mismo: sería el fuego desde ese día en adelante, el primer abuelo de todos los hombres, y estaría sentado siempre en lugar privilegiado en todos los rituales y bailes a celebrarse en cada una de las casas ceremoniales o malokas construidas por ellos.  

Al fuego entregarían sus culpas y aflicciones desde ese día y por siempre, pues es el fuego el único espíritu que tiene la capacidad de alimentarse de todo lo que se le ofrece y puede consumir cualquier material que se encuentre a su paso.

También trajo el gran espíritu al hombre de color rojo, a su mujer, a sus hijos y a las mujeres de sus hijos, la primera ave: una especie de gallinácea superior llamada paujil, que sería tomada por sagrada y de ella no podrían comer jamás.  

Su plumaje no envejecería ni con avanzada edad y sería de color negro, el mismo color del gran espíritu: color de la noche, momento cuando fue concebido el universo, símbolo de vida y de pureza.

Entregó el gran espíritu de igual manera a sus cuatro primeros hijos y a toda su descendencia varias plantas con distintos usos: unas de ellas les fueron entregadas para alimento y otras  para uso medicinal.

Sobre estas últimas les fue advertido que solo podrían usarlas para equilibrar los males y por ningún motivo podrían usarse para enfermar o causar daño a ningún otro ser vivo.


Taitas del Putumayo.
Foto: actcolombia

Alimentos de cuerpo y alma

Al hombre rojo se le entregó la primera piña, la fruta originaria y con una sola fruta el primero de los bunaimas alimentó a todo su pueblo durante su travesía hacia la selva.

Igualmente, como planta medicinal trajo el gran espíritu al hombre rojo y a su pueblo la planta llamada capí, que es la misma ayahuasca, para que la consumieran. Esta le curaría de todos los males  y sería su guía espiritual desde ese momento en adelante. Así, siguiendo la voluntad del gran espíritu fueron los hombres los primeros en probarla y vieron que su consumo era bueno, notaron que su efecto los llenaba de bienestar y sin dudarlo corrieron a compartirles el milagroso remedio a sus mujeres.  

La planta más importante para algunas de las comunidades en la región del Amazonas es el capí o ayahuasca, conocida también como yagé

Pero cuando estas probaron la planta, esta causó un efecto distinto en ellas y les produjo malestar. Fue entonces cuando las mujeres del hombre de color rojo sangraron por primera vez. Esto causó asombro en sus maridos, quienes al notar el extraño suceso decidieron apartar a las mujeres de la planta e inmediatamente les prohibieron su consumo.

Los hombres se reunieron una vez más para consultar la planta mágica y fue ella misma quien, convertida en una serpiente gigantesca, les aconsejó que para curar a sus mujeres de sus dolencias estas no deberían consumir la ayahuasca durante los días en que la luna las hiciera entrar en su ciclo.

Les ordenó también que cuando entraran en estado de embarazo el hombre quedaría embarazado junto con ellas, teniendo este que asumir su parte de responsabilidad en cuidar al bebe durante su formación. En los primeros días de gestación el hombre debería comenzar una dieta que duraría doce lunas, tiempo en el cual debería abstenerse del consumo del yagé hasta que el bebé hubiera nacido y tuviere tres meses.

Durante este tiempo tendría el hombre que practicar la paciencia y dedicarse al trabajo en la chagra o huerta. Y así quedo pactada esta palabra, que los hijos del hombre rojo guardarían y respetarían por todo el tiempo que duraran sus días sobre la tierra.

 

* Estudiante de Medicina Tradicional e historiador.

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