Sin pluralismo no hay paz ni hay democracia - Razón Pública
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Sin pluralismo no hay paz ni hay democracia

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fredy canteA propósito del atentado contra Fernando Londoño, una reflexión honda sobre el terror y la violencia como medios de control político. El camino es oír las voces de quienes viven sometidos a los señores de la guerra: primero la democracia, después vendrá la paz.

Freddy Cante *

 

Testigo del terror

Eran casi las dos y cuarto de una tarde soleada cuando, el pasado 15 de abril, a dos cuadras de la Universidad de Kirkuk (pequeña ciudad al norte de Irak), estalló un carro bomba: el atentado terrorista dejó un muerto y doce heridos de gravedad.

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El uso de la bomba atómica contra la población de Hiroshima y Nagasaki.
Foto: Wikipedia.

A esa hora salía una caravana de vehículos con profesores de la Universidad, académicos extranjeros y autoridades políticas y religiosas, escoltados por vehículos militares. La parte delantera de uno de los automotores fue destruida por la explosión y varios pasajeros resultaron violentados: era una acción terrorista para sabotear la Primera Conferencia Internacional sobre Violencia y Cultura de la No Violencia organizada por la facultad de derecho de la Universidad de Kirkuk y el Instituto Felsberg de Alemania.

El resto de la tarde reinaron el miedo y la confusión ante el flujo de órdenes y de reportes contradictorios. Sin embargo, al día siguiente —con menos pompa de burócratas y representantes de la clase política, y sin escolta militar— en otra sede de la Universidad, la mitad de los profesores internacionales invitados logramos trabajar intensamente con un grupo de jóvenes e inquietos estudiantes. La violencia no pudo aplacar la esperanza ni la voluntad de quienes buscan un mañana distinto y una paz con dignidad para Irak.

Cuando tres segundos y unos cincuenta metros lo separan a uno del punto en donde estalla un carro–bomba, se experimentan sentimientos contradictorios: la alegría de no haberse ganado el premio gordo de esta lotería macabra, el temor de que vengan nuevas explosiones, o de que los disparos de docenas de soldados que saltan de sus camionetas sean respondidos por fuego adversario, o el miedo del secuestro y la desaparición.

El verdadero poder de la violencia

Así y todo —comparada con otras formas más sistemáticas, certeras y persistentes de la violencia— esta vivencia es tan sólo un juego de niños. Ningún delincuente podría imponerse si la fuerza destructiva, e incluso el recurso último de las democracias constitucionales es la fuerza letal en respaldo de las leyes.

El uso del poder violento o no violento tiene un sentido político: la política es el arte y la ciencia de restringir las escogencias y libertades del rival. La violencia siempre es estratégica: por estrategia se entiende el poder de incidir sobre las elecciones del adversario o aliado, para que este haga o deje de hacer algo que de otro modo no haría y que, por tanto, favorece los intereses del agresor.

Existe una economía del terror y de la violencia: no es necesario violentar todo el tiempo a todos los integrantes de una población; basta con emplear la disuasión (uso potencial de la fuerza que radica en amenazas creíbles).

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La violencia no pudo aplacar la esperanza ni la voluntad de quienes buscan un mañana distinto y una paz con dignidad para Irak.
Foto: theibug.com

El común denominador del terror de Estado y del terrorismo es el de amenazar para lograr sumisión y aquiescencia: el uso de la bomba atómica contra una muestra de la población (unas 220 mil almas de Hiroshima y Nagasaki, sobre unos 72 millones de habitantes) sirvió no sólo para que toda la nación japonesa se rindiera. También se creó un antecedente funesto: el poder de intimidación mundial del terror nuclear, que ha perdurado por más de sesenta años. Y a su turno, éste provocó otra forma derivada de terror: el poder de disuasión, que esgrimen potencias medias como Francia, por ejemplo.

Los atentados terroristas contra una ínfima fracción de la población logran, por lo general, la sujeción de todos los pobladores a la voluntad del agresor. Tal lógica funciona porque el ser humano es un animal que se deja sugestionar gracias a sus creencias y sentimientos. Bien dijo Borges: el cobarde muere mil veces antes de la batalla.

 

Dos clases de violencia criminal

Al analizar el oscuro origen de los Estados democráticos, Mancur Olson [1] ha mostrado la existencia de dos tipos de criminales, a saber:

  1. delincuentes “malos” o nómadas, quienes destruyen y saquean a una población para luego huir;
  2. delincuentes “buenos” o estacionarios, quienes se quedan para proteger a la población a cambio de cobrarle onerosos impuestos e imponerle su voluntad. Los delincuentes estacionarios (con referentes históricos como las mafias y los señores de la guerra) son los gobernantes primigenios.

Olson examinó los aspectos económicos y la lógica de tributación, pero su clasificación puede usarse también para examinar la administración de la violencia y del control político:

  • Las bandas de criminales errantes tienen un poder destructor parcial y pasajero, y un efímero control estratégico: están por fuera de la comunidad a la que atacan y deben huir con su botín.
  • Los agresores estacionarios hacen uso de un poder destructivo más amplio y permanente: tienen el poder (monopolio de la fuerza destructiva) para ejercer una violencia más constante, sistemática, selectiva e intensa sobre una población cautiva, a la que “protegen”, pero también explotan y oprimen de manera aberrante.

Destructores nómadas son, por ejemplo, los guerrilleros que atacan, saquean y huyen. También los terroristas que ponen una bomba y logran algún impacto político o económico pasajero.

El poder destructivo de los agresores estacionarios se acrecienta debido a que estos tienen suficiente poderío como para mantener controlada a una población, gracias a que la pueden secuestrar, confinar y atrapar entre barreras territoriales.

Ejemplos son los guerrilleros que han evolucionado hacia un control territorial. Los paramilitares que ejercen dominio violento en alguna zona son auténticos señores de la guerra y logran violentar y aprisionar a la población que agreden. De manera sistemática, abusan de macabras torturas contra algún pequeño delincuente o infractor y despliegan aberrante violencia contra un niño o contra una mascota.

Manejan así un poder de disuasión con enormes impactos económicos y políticos. Estos agresores conviven con la población que pueden violentar en cualquier momento a su voluntad. Logran en la práctica ser dueños absolutos de la vida de las víctimas.

 

Salida y voz en una verdadera democracia

Desde la lúcida perspectiva de Albert O. Hirschman [2], en una sociedad democrática existen al menos dos libertades fundamentales:

  • libertad de movilidad o desplazamiento (salidas y entradas voluntarias, no forzadas, dentro y fuera del país);
  • libertad de expresión, de prensa, de reunión, de crítica y de cátedra (voz).
Fredy_Cante_guerrilla
Las bandas de criminales errantes tienen un poder destructor parcial y pasajero, y un efímero control estratégico.
Foto: elsalmonurbano.blogspot.com

Cuando la voz es acallada y la salida es taponada, resulta que la organización o sociedad entera tiende a decaer, a degenerarse y a auto-destruirse. Voz y salida no sólo son libertades, sino además reacciones y señales de comunicación que permiten detectar y corregir las fallas de cualquier sistema de la organización humana: desde un matrimonio hasta un contrato social.

La autocracia, el autoritarismo, la dictadura han sido las formas más frecuentes de gobierno: los dictadores “protegen” a la población a cambio de tomar la mayor parte de la riqueza y de imponer sus decisiones.

Colombia tiene dos clases de autocracia:

  1. a pequeña escala las tiranías de evolucionados paramilitares y dinosaurios de la guerrilla;
  2. a gran escala, la existencia de una democracia delegativa con gobernantes autoritarios, sujetos a mínimos controles horizontales (división de poderes, sistemas de chequeos y balances, organismos autónomos de vigilancia y de prensa libre, etc.) y verticales (poder de contrapeso con el que la ciudadanía puede ejercer algún control sobre los gobernantes).

Aún después de ese “señor de la guerra” que ha sido Uribe, persisten tintes autoritarios, se avalan nuevas leyes que protegen la inmunidad de crímenes de Estado por parte de parlamentarios y militares, que atentan contra el libre flujo de información, de conocimiento y de expresión.

 

Primero democracia, luego paz

Avanzar hacia la paz es transitar hacia una auténtica democracia. Además de contrarrestar abominables reformas a la justicia y a la libertad informativa, necesitamos dar pasos como los siguientes:

  • Si las FARC han usado las llaves para propiciar la liberación de secuestrados, ahora podrían despejar otras salidas y escuchar otras voces para contrarrestar su propia decadencia.
  • Grandes terratenientes y capitalistas nacionales y foráneos poseen las llaves de acceso a las mejores tierras y a los recursos naturales de Colombia. Muy difícilmente van a soltar el timón de la locomotora de la prosperidad minera, agroindustrial y financiera. Pero sin democracia económica no hay avances hacia una paz con dignidad.
  • Distintos señores de la guerra (paramilitares y guerrillas), dueños absolutos de la vida de comunidades confinadas en territorios más o menos remotos han acallado voces y taponado salidas. Sin una auténtica desmovilización, no habrá paz.
  • Ventilar las docenas de voces de quienes, como perpetradores, colaboradores o beneficiarios de la guerra quieren confesar. Sin Comisión de la Verdad no puede haber tránsito hacia la paz.
  • Escuchar y tomar en cuenta las voces de la oposición y de los inconformes e intelectuales que no se resignan a otro siglo de absurda guerra, sin salida.

No hay democracia ni paz, sin pluralismo.

* Doctor en Ciencias Económicas de la Universidad Nacional, profesor asociado de la Facultad de Ciencia Política de la Universidad del Rosario, investigador del Centro de Estudios Políticos e Internacionales de la misma universidad.

 

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