El silencio del Nobel | Mauricio Jassir | Fundación Razón Pública
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El silencio del Nobel

Escrito por Mauricio Jaramillo-Jassir

Jean-Paul Sartre fue escogido como Premio Nobel de Literatura en 1964. Sin embargo, anticipadamente lo rechazó argumentado que quería evitar transformarse en institución. El Nobel de paz tiene una lógica distinta, pero su atribución significa como lo planteó visionariamente Sartre, una forma de institucionalización como ocurrió con el reconocimiento obtenido por Juan Manuel Santos en 2016. Fue una designación justa luego de habérsela jugado durante tantos años por la paz. Gracias a Santos, Colombia tuvo las elecciones más pacíficas de su historia reciente y consiguió lo que todos los gobiernos habían intentado desde los 80 sin éxito: convencer a la guerrilla más antigua del mundo de desmovilizarse y transitar hacia un partido político. El país le debe mucho a un Santos que se enfrentó a los sectores más reaccionarios de la derecha y consiguió los Acuerdos de La Habana, activo histórico no sólo de Colombia sino de la humanidad, como alguna vez recordó Pepe Mujica. Jamás sabremos cuantas vidas salvó, pero su proeza es incuestionable. 

Pero el Nobel no es sólo un premio, significa un compromiso en adelante y una institución según la lógica sartreana.  Quienes reconocemos en el esfuerzo de Santos una conquista invaluable que partió en dos nuestra historia, no salimos de nuestro asombro por su silencio frente a la tragedia en Palestina, salvo una carta colectiva de The Elders (los mayores) dirigida a Biden que no parece en sintonía con la gravedad de los sucesos. ¿Cómo alguien tan justificadamente reconocido en el tema de la paz mantiene silencio frente al peor genocidio desde la Segunda Guerra Mundial, al que, para colmo de males, asistimos en vivo y en directo? Cuando salga publicada esta columna es muy posible que la cifra de los masacrados palestinos supere la barrera de los 30 mil, casi cuatro veces el número de los bosnios musulmanes asesinados de las peores formas en el genocidio de Srebrenica, antigua Yugoslavia. Los llamados en el Sur Global (anteriormente Tercer Mundo) no cesan para que se concrete un alto al fuego y se instale una negociación que ponga fin a una violencia que no da tregua y donde dejó de haber bandos hace mucho tiempo. Gabriel Boric, reconocido por su moderación ha llegado a reconocer que “Gaza está peor que Berlín en 1945” y Lula, que en este periodo ha sido particularmente medido con las declaraciones, ha reconocido que la situación no tiene antecedentes, salvo la Segunda Guerra Mundial. Artistas, deportistas, actores, intelectuales, músicos y políticos usan su capacidad de convocatoria para que se detenga la guerra. Solamente un puñado de jefes de Estado del G7 (los Estados más ricos), por razones tanto geopolíticas como abyectas, se niegan férreamente a convocar un alto al fuego o a condenar o siquiera llamar por su nombre el genocidio.   

La comunidad de ascendencia palestina y en general quienes simpatizan con esa causa, se extrañaron de la forma como operó el reconocimiento a ese Estado en agosto de 2018. A última hora, sin grandes anuncios, casi de forma subrepticia dando a entender que nadie quería asumir la responsabilidad política de un gesto más que compatible y justificable con la tradición de nuestra política exterior y los valores fundaciones del sistema internacional de la postguerra. ¿Por qué sería reprochable abogar por el derecho de autodeterminación de los palestinos?

Santos tiene la credibilidad internacional en materia de paz y un atributo más, es una figura respetada en los círculos tanto liberales como conservadores de EE. UU. y de Europa. Sería una pena que su silencio frente a esta segunda Nakba (tragedia palestina) obedezca al deseo por preservar esa imagen a toda costa, cuando Santos que conoce a Netanyahu y ha vivido de cerca su intransigencia, no tiene ninguna excusa para no condenar de forma tajante y expresa lo que sucede en los Territorios Ocupados. Nadie pide una invitación a sancionar a Israel, ni alusión alguna al antisemitismo, desgracia que por estos meses se ha disparado. Solamente se espera que se llame a las cosas por su nombre o se apoyen las gestiones de Chile y México ante la CPI o las de Sudáfrica y la Asamblea General de Naciones Unidas frente a la CIJ. 

Hace unos meses, se especulaba sobre la candidatura de Santos como secretario general de Naciones Unidas, ante la inminente conclusión del periodo de António Guterres (31 de diciembre de 2026). El silencio del expresidente colombiano frente a esta catástrofe humanitaria pone justificadamente en entredicho su probidad para el cargo, no puede ser cabeza de uno de los principales órganos del sistema multilateral quien en función de intereses personales acomoda sus opiniones sobre temas tan sensibles para el globo. La labor de Guterres ha sido ejemplar, se enfrentó duramente a Vladimir Putin por la invasión injustificada e ilegal de Ucrania y ha denunciado sin ambages los excesos en el uso de la fuerza por parte de Israel, como la sevicia con la que actuó Hamás el pasado 7 de octubre. No les ha seguido el juego a las grandes potencias expuestas en su doble moral, por la dureza frente a Moscú y la complacencia descarada con Tel Aviv. El cargo en Naciones Unidas nos sirve de poco si Santos repite la historia de los gobiernos colombianos que, cegados por el arribismo se han alejado de los intereses, reivindicaciones y causas del Sur Global. Valga recordar que a Palestina la hemos castigo en varias votaciones en Naciones Unidas en el último tiempo yendo en contravía de nuestra tradición. Por fortuna, Colombia despierta y ha sido de las voces más firmes para condenar lo que todavía algunos temen mencionar por razones estrictamente de cálculo geopolítico: el genocidio y la limpieza étnica.

El silencio injustificado y muy lacerante para las víctimas de Santos hace pensar que Colombia sólo tiene un Nobel y que nuestros líderes siguen viendo el mundo desde la pequeñez de sus ambiciones personales. No perdemos la esperanza de que rompa su silenció, “una palabra tuya bastará para sanarme” dijo Mateo.  

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1 Comentario

Jorge Mejia Olarte febrero 21, 2024 - 1:23 pm

Excelente Columna del profesor Jaramillo -Jassir, sobre el genocidio contra el pueblo palestino, que el mundo contempla en absoluto y cómplice silencio, y no porque no se lamenten los muertos y secuestrados del lado Israelí, sino por la barbarie del ejército de Israel, en contra de los más débiles, desamparados y desarraigados, el pobre pueblo Palestino en especial mujeres y niños.

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