Se puede rectificar el terrible error de Europa. Recordemos a 1931 - Razón Pública

Se puede rectificar el terrible error de Europa. Recordemos a 1931

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La historia a veces se repite: un agudo analista británico explica con gran claridad la tesis de Krugman, quien afirma que defender el euro hoy es repetir a gran escala los errores de política económica que llevaron a la Segunda Guerra Mundial. Interesante e inquietante.

Sir Simon Jenkins

Escribo desde Norteamérica, donde quienes se preocupan por Europa sólo tienen una pregunta: ¿Qué demonios pasa? ¿Qué es esta "crisis del euro" que no parece terminar nunca? ¿Qué le ha sucedido a Grecia, Portugal, Italia, España, Holanda y ahora Francia? ¿Es que nos hemos vuelto todos locos?

El economista Paul Krugman tiene una respuesta. Sugiere que Europa está hoy repitiendo la década de 1930 "con una fidelidad cada vez mayor en los detalles". Los gobiernos, afirma él, están "cometiendo un suicidio económico". [1] Cuando todos los principios económicos piden al tesoro que recupera el crecimiento, gaste, estimule, hinche y reconstruya la confianza, abogan por una austeridad aun mayor y unos presupuestos equilibrados, empujando a sus economía hacia la recesión. Actúan así no porque crean que la austeridad va a generar crecimiento, actúan así porque son prisioneros de un dogma fenecido, el apuntalamiento del euro.

Nada resulta más espeluznante que leer las crónicas de la economía europea de entreguerras, especialmente el idealista año de 1925, el del "espíritu de Locarno". Fue entonces cuando el canciller de Exchequer [ministro de Economía británico], Winston Churchill, reintegró a Gran Bretaña al patrón oro. Los salarios se verían obligados a bajar para poder competir con Norteamérica y se recuperaría la estabilidad económica de la preguerra. Keynes alegó que esto era una locura. La libra se encontraba sobrevalorada en un 10% y el resultado consistiría en "el bloqueo de las exportaciones, desempleo y huelgas".

Churchill se equivocó y Keynes acertó. Seis años después, un gobierno laborista en minoría topó con el desplome financiero y cayó. En el verano de 1931, con el capital huyendo del país y los banqueros gimiendo por la austeridad, se formó un gobierno de coalición nacional y súbitamente se vino abajo el patrón oro. La libra se deslizó de 4,85 dólares a 3.40. Pese a las previsiones de catástrofe, el clásico histórico de Charles Mowat [2] sobre el periodo registra que "apenas se movió una hoja". No hubo revolución en las calles, y la devaluación no suscitó mayor interés "que un estornudo casual". En cuatro años, la producción industrial británica había aumentado un 25%, mientras que el desempleo caía de 3 a 2 millones.

La historia rara vez se repite, pero sus lecciones, sí. El Banco de Inglaterra y el Tesoro se encuentran atrapados en una ortodoxia similar a la de sus antecesores de la preguerra. Sostienen que la inflación es la mayor maldición que puede aquejar a la economía británica, y esto incluso mientras planifican el mayor derrumbe de la demanda que haya sufrido Gran Bretaña desde la guerra. Cuando se avienen a imprimir más moneda a modo de expansión cuantitativa, no se atreven a dejar que se filtre al consumo por miedo a la inflación. No se arrugan ni siquiera cuando cierra una cuarta parte de las tiendas de la calle mayor. Actúan como médicos que dejaran a los enfermos en la nieve para ver quién sobrevive. Pero le echan dinero a los banqueros amigos y ven cómo desaparece en las fauces de directores y especuladores de paraísos fiscales. Y reparten miles de millones para apuntalar un euro del que ni siquiera son miembros.

Keynes tenía razón en 1925, y demostró estar en lo cierto en 1931. Las tasas de cambio flexibles constituyen una forma más indolora de forzar a la baja los costes laborales y promover el comercio que la austeridad gubernamental. La inflación supone un modo mejor de aliviar la deuda. El remedio de una demanda deprimida consiste en un aumento de la demanda, es así de sencillo. El riesgo de inflación en Gran Bretaña es actualmente trivial comparado con el de deflación y recesión. Y la moneda de Gran Bretaña puede flotar por lo menos. Imaginemos lo que sería formar parte del euro y tener que comerciar afrontando una libra con un valor probablemente un 20% más alto que hoy.

Apenas pasa un mes sin otra crisis del euro y más imposición de austeridad. Es como si Keynes no hubiera vivido nunca. Sin embargo, el agua se resiste a correr monte arriba. Los países gravosamente endeudados necesitan desde luego reestructurar su sector público a largo plazo – y tienen planes plausibles para llevarlo a cabo – pero no pueden pagar la deuda, a corto o a largo plazo, cuando están en recesión. Aumentar el desempleo y suprimir la demanda impide el crecimiento y no le resulta a nadie útil.

Peor todavía, la austeridad prolongada está minando la misma autoridad que se requiere para ponerla en práctica. Y cuando caen los gobiernos, no puede aplicarse ningún paquete. El mes pasado se obligó a Grecia a una suspensión de pagos de facto. ¿Quién compraría hoy bonos españoles? ¿Qué valor tiene un ministro de finanzas holandés? ¿A qué precio la firma de Nicolas Sarkozy en un acuerdo de rescate? Mientras el euro mantenga aherrojada la economía continental en la austeridad, no conseguirá nunca estabilidad política o un retorno al crecimiento.

El euro fue un sueño de Locarno. Era el último grito del siglo XX, que contemplaba un hermoso orden nuevo en el que banqueros y hombres de negocios, trabajadores y campesinos, caminarían hombro con hombro, cantando la Oda a la alegría. Todos los costes laborales se equipararían. Se produciría una integración fiscal y regulatoria en todo el continente. El euro abriría las puertas a unos estados unidos de Europa. Irlanda y Grecia serían a Alemania lo que Nevada es a Nueva York. El euro apretaría y ensancharía a los pueblos de Europa hasta que fueran uno.

Este concepto de unión debe contarse entre los grandes errores de la historia. Como otras visiones pancontinentales, ha demostrado no poder competir con el fuste torcido de la humanidad europea. Sus acólitos no pueden soportar el revisionismo o tolerar la disidencia. Han llevado a Grecia al caos y a España a una grave depresión, con la mitad de sus jóvenes en el paro. A los eurócratas no les importa. Sus ingresos están seguros. No hacen más que danzar en torno al euro y exigir su sacrificio en sangre. Harán de todo, salvo admitir que estaban equivocados.

La única salvación que se ve en el horizonte es la democracia. La semana pasada, el electorado francés dijo que no a una mayor austeridad y el gobierno holandés cayó por las mismas razones. España se enfrenta a una crisis similar, y las calles de Atenas albergan peligros sin cuento. Hasta los sondeos británicos dejan ver un electorado al que no convence la longevidad de lo que con cualquier baremo sería austeridad suave. Los pueblos de Europa ya han tenido bastante. Resulta impensable la perspectiva de imponer a sus naciones las disciplinas presupuestarias exigidas para más rescates alemanes.

Europa necesita una reordenación colectiva de deudas, de suspensión de pagos y monedas que sea sencilla, de la noche a la mañana, siguiendo las líneas del acuerdo de Bretton Woods en la postguerra. Eurolandia debe contraerse de forma drástica y hay que recuperar las monedas flotantes. Debemos dejar limpia la pizarra. Se cometió un terrible error, pero puede corregirse, como en 1931. Como entonces, los sabihondos predecirán un desastre, pero yo apostaría lo contrario. Tras el ajuste, "no se movió una hoja… no pasó de un estornudo". Volveríamos entonces a la cordura.

Tomado de: Revista Sin Permiso, 13 de mayo de 2012.  Simon Jenkins, periodista británico y actual colaborador de The GuardianThe Sunday Times y la BBC, fue director de The Times y The London Evening Standard.   [1] Paul Krugman, “Europe´s Economic Suicide”, The New York Times, 15 de abril de 2012. [2] Charles Loch Mowat, Britain Between the Wars, 1918-1940, Cambridge University Press, Cambridge, 1955.

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Angelica Zambrano

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