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Santos y Peñalosa le apuestan a la construcción

Escrito por Fabio Giraldo
El abogado Jorge Armando Otálora renunció a su cargo de Defensor del Pueblo.

El abogado Jorge Armando Otálora renunció a su cargo de Defensor del Pueblo.

Fabio GiraldoPeñalosa propone un urbanismo más moderno y funcional que el de Petro, y además cuenta con apoyo del gobierno nacional. Pero la ciudad es algo más que calles  y negocios: es un lugar donde viven y conviven personas con visiones muy diversas. 

Fabio Giraldo Isaza*

Nación-ciudad

Cuando el presidente Santos y el alcalde Peñalosa hicieron públicos algunos de los proyectos que han venido revisando en reuniones de coordinación entre la Nación y la ciudad, se envió un mensaje claro a los actores políticos que intervendrán en la construcción de la que ahora se llama la “paz territorial”.

La ausencia del vicepresidente de la Republica y de los negociadores de La Habana en el encuentro Santos-Peñalosa no deja ver la fotografía completa, pero uno y otros son conscientes de la importancia de esta reunión donde el “presidente de la paz” reunió a su alrededor a los gestores de las políticas territoriales en la ciudad principal del país.   

A su propia manera esta reunión fue uno de los acontecimientos más trascendentales en la  política colombiana: la coordinación de las políticas nacionales con las territoriales y la articulación en el espacio físico de las políticas de vivienda y desarrollo urbano.

De Petro a Peñalosa

Mediante sus anuncios Peñalosa ha dibujado algunas líneas de su futuro plan de desarrollo.

Y lo ha hecho, como es corriente en el urbanismo moderno, de una forma sistemática,  enunciando no solo políticas de corto plazo, como las promocionadas 80.000 viviendas que se harán en los próximos dos años en la ciudad, sino con planes de largo plazo. Las diferencias con su antecesor en ambos aspectos son gigantescas.

El nuevo alcalde ha planteado una visión pragmática que articula en un mismo movimiento la vieja y la nueva ciudad. 
  • En su política de vivienda, Peñalosa aprovechó todo el saber  del ministerio del ramo y en menos de un mes de mandato – al firmar el documento de intención para el trabajo conjunto entre la Nación y el Distrito –  dejó en firme y con muy pocas dificultades para su ejecución un programa que su antecesor ejecutó en menos del 20 por ciento.
  • En materia urbana, las diferencias giran alrededor del modelo de ciudad. El del alcalde Petro era un modelo rígido de urbanismo con aglomeraciones indeseables, manejos improvisados en materia de impuestos y de tarifas, y programas de gran envergadura (como el manejo del agua y del medio ambiente) imposibles de llevar  a cabo dentro del marco institucional vigente.

La Bogotá de Peñalosa

El alcalde Peñalosa, por su parte, rápidamente fue creando un marco propicio para la ejecución de proyectos y la construcción de los “intangibles inmanentes” más complejos del mundo contemporáneo: la seguridad y la confianza, bases de la cohesión entre las  gentes y los grupos que constituyen la ciudad y la hacen más o menos posible como forma de vida.    

Conocedor de las fuerzas que configuran el espacio económico de la urbe, el nuevo alcalde ha planteado una visión pragmática que articula en un mismo movimiento la vieja y la nueva ciudad.

La ciudad del alcalde Petro, aglomerada contra las fuerzas del mercado y omitiendo los procesos jurídicos de la urbe, ha sido transformada por un planteamiento urbano compacto, con mayor elasticidad en el manejo del suelo y con una concepción interesante (aunque no exenta de dificultades, especialmente ambientales), donde utiliza a fondo las potencialidades de la conurbación -Soacha y Mosquera- y las integra al conjunto de su propuesta urbana: construir la Ciudadela de la Paz.

En política urbana la apuesta de Peñalosa es clara: los planteamientos no se refieren a lo falso o lo verdadero, son programas de gobierno, donde los recursos escasos llevan a la escogencia de proyectos y alternativas. Y para el nuevo alcalde, como lo ha dicho de manera permanente, importa la calidad de vida de los ciudadanos.

Es cierto que muchos de los planteamientos del alcalde Peñalosa se encuentran en el programa de la Bogotá Humana. Pero la diferencia está en la ejecución efectiva de los planes y proyectos y en la naturaleza de los mismos.

Un desarrollo completo

En las propuestas de Peñalosa hay la tendencia a mezclar lo público con lo privado, lo cual puede llevar a confusiones como creer que lo que es bueno para un actor privado también lo es necesariamente para el conjunto de la sociedad.

Mis diferencias con el nuevo alcalde no tienen que ver con las necesarias relaciones entre lo público y lo privado, ni con la manera de organizar la ciudad como instrumento de construcción de una sociedad más igualitaria, integrada y cohesionada. Como antiguo coordinador de programas de UN-hábitat en Colombia, mis planteamientos sobre Bogotá   han intentado precisar cómo la economía contemporánea del desarrollo humano sostenible enfrenta los complejos problemas de la acción humana en un mundo “glocal” (de hecho en algunos aspectos esta idea es recogida  por las declaraciones de Peñalosa y el gobierno nacional).  

En el libro reciente de Jeffrey Sachs, The age of sustainable development, se presenta el paradigma del desarrollo humano sustentable como el gran reto de los tiempos modernos. Como señala este autor: “la búsqueda y el logro de las metas del desarrollo sostenible es una guía hacia donde deben dirigirse los esfuerzos de la diplomacia económica en los años por venir”.

En la obra de Sachs y en la de otros destacados promotores del enfoque de desarrollo humano como el economista Amartya Sen y la filósofa Martha Nussbaum hay un debate   elaborado con las viejas teorías del desarrollo económico, pues el desarrollo sostenible se concibe como base para la interacción de tres sistemas de alta complejidad: la economía mundial, el bienestar de la sociedad y las limitaciones que imponen los recursos naturales y el medio ambiente.

Muchos de los planteamientos del alcalde Peñalosa se encuentran en el programa de la Bogotá Humana. Pero la diferencia está en la ejecución

Este planteamiento hunde sus raíces en los principios de economía política urbana y es una guía afortunada para enfrentar las complejidades propias de una intervención como la que se discute hoy en el país y en Bogotá.  Por eso en la visión de desarrollo humano se subraya la necesidad de profundizar la democracia dentro del territorio. De acá se sigue la importancia de hacer que las instituciones económicas funcionen para todos y no apenas por los pocos privilegiados que, de la mano de los mercados, se enriquecen impidiendo un mayor bienestar para todos. Y sin este bienestar, para la mayoría de la población es imposible el disfrute efectivo de los bienes comunes, comenzando por el más complejo de todos: la ciudad.  

Territorio y paz

La economía como una obra de la empresa privada es la creación básica del liberalismo filosófico. Y este, para bien o para mal, ha moldeado nuestras vidas. Y nosotros, los hijos de la violencia bipartidista, expropiados de la política y de sus implicaciones psicológicas – la libertad y la justicia- seguimos convencidos, a pesar de nuestra historia, de seguir  caminando hacia la “modernidad”.

Para liberarnos de este peligro debemos mirar con reservas a la economía, esa compleja “ciencia” que ha convertido al dinero en manos del liberalismo en el fin último de la vida. Desde hace mucho tiempo sabemos que el dinero es importante pero no determinante: sin economía no hay sociedad de mercado, pero reducir la sociedad a un instrumento, por sofisticado que sea, es de bárbaros.

De igual manera, en materia urbana, reducir el espacio construido a simples vías y redes físicas, omitiendo al ser humano y en especial al que ha sido víctima de la pobreza y la desigualdad económica es pensar que solo con ciclo-vías se curan las enfermedades de la ciudad.

La economía, así como las demás expresiones intelectuales, debe estar al servicio de la sociedad, y mucho más al servicio de una sociedad que busca la paz. No tenemos otro camino que asumir la responsabilidad de reconocer al otro, al diferente, aceptando la creación de un nuevo espacio político, donde los intereses y los sueños de todos encuentren un lugar en la realidad social.

 

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