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Santos y Chávez, ¿la historia sin fin?

Escrito por José María Cárdenas

Nunca antes unas elecciones en Colombia se habían seguido con tanto interés en Venezuela, ni la política de Venezuela había pesado tanto sobre el electorado de Colombia.

José María Cadenas *

Paz a pesar de todo

Desde su nacimiento como repúblicas separadas, Venezuela y Colombia han mantenido relaciones cordiales, sin que hayan estado ausentes situaciones conflictivas, algunas de ellas de cierta gravedad, en su mayor parte relacionadas con cuestiones limítrofes. Ambas repúblicas pueden hacer alarde de que en 180 años de vida independiente nunca han llegado a confrontaciones armadas, como sí ha ocurrido entre la mayoría de los países latinoamericanos que comparten fronteras.

  • Un caso extremo fue el peligroso incidente de la Corbeta Caldas, en 1987, que estuvo muy cerca de convertirse en un conflicto de naturaleza militar.
  • En 1989 el buen juicio de los presidentes Carlos Andrés Pérez y Virgilio Barco cambió el curso de unas relaciones centradas en el disputa de la delimitación de áreas marinas y submarinas en el Golfo de Venezuela, y le abrió paso a un período constructivo en las relaciones binacionales.
  • Esa actitud la conservaron los siguientes gobiernos de ambos países, tal como puede constatarse en la constitución de comisiones binacionales para el tratamiento de los más diversos problemas derivados de la existencia de una extendida, poblada y compleja región fronteriza (entre ellas una comisión negociadora de alto nivel para atender las situaciones más delicadas frente a la opinión pública), y la progresiva ampliación de las relaciones económicas y comerciales. Puede afirmarse que, con sus diferencias en cuanto a los énfasis de la política doméstica e internacional, Venezuela y Colombia compartían objetivos comunes en su relación binacional.

Caminos divergentes, necesidades convergentes

El triunfo de Hugo Chávez en Venezuela y de Andrés Pastrana en Colombia inicia un cambio radical. Se hicieron evidentes serias divergencias políticas en el enfoque de las relaciones internacionales, en particular hacia Estados Unidos y en la apreciación del Plan Colombia, lo mismo que en la manera de juzgar y enfrentar la actividad guerrillera. También jugaron un papel importante la mutua incomprensión de la realidad que vivía cada país, el uno enfrentado a una situación de violencia crónica que ha agotado la paciencia del pueblo, el otro empeñado en la promoción de la incipiente revolución bolivariana, aún desdibujada pero ya con resistencias en grandes sectores de la sociedad y el ejercicio de estilos políticos y personales diametralmente opuestos.

Frente a esa realidad es preciso anotar que ambos presidentes hicieron esfuerzos por sobreponerse a las enormes diferencias que los separaban, de modo que las comisiones binacionales y los flujos comerciales continuaron creciendo. Era el reconocimiento pragmático de que ambos transitaban por caminos políticos divergentes, pero que estaban convencidos también de que compartían necesidades económicas y sociales ineludibles.

Pero en el año 2002 esta situación varió de modo dramático, cuando funcionarios de alto nivel del gobierno colombiano dieron opinión favorable a la presencia de Pedro Carmona como presidente interino, luego del golpe de estado brevemente exitoso contra Hugo Chávez. En el lapso de los últimos once años, puede decirse que este fue, de hecho, el primer período de congelación de las relaciones entre ambos países.

Los desencuentros Uribe-Chávez

Si las diferencias entre Pastrana y Chávez eran grandes, las de Uribe y Chávez han sido mayores. Uribe avanzó en sus relaciones con Estados Unidos, sustituyó la fracasada política de paz de Pastrana por la de la seguridad democrática, que trató de articular con su política exterior hasta el punto de aplicar la política de seguridad preventiva de Bush, como lo revela el ataque al campamento de Raúl Reyes en Ecuador.

Una síntesis cronológica de los desencuentros entre ambos presidentes desbordaría los límites y propósitos de este artículo. Como resumen arbitrario podríamos decir que, mientras Uribe ha cosechado éxitos en la búsqueda de la paz mediante la derrota de los movimientos guerrilleros, Chávez se ha dedicado a imponer su proyecto bolivariano, con una fuerte inclinación hacia el llamado socialismo del siglo XXI, con todas las consecuencias que el mismo implica.

Lo digno de consignar aquí es que, a pesar de las enormes diferencias que los separaban, ambos tuvieron la voluntad para sobreponerse a su propia naturaleza y tensaron la cuerda hasta sus extremos. Por respeto a la verdad, diremos que en mayor grado Uribe, más consciente de la importancia de la relación binacional para la economía de su país, en menor grado Chávez, mucho más interesado en el desarrollo de su política para el continente que de la suerte económica y social de Venezuela y de los habitantes de frontera. Esa decisión, compartida por los dos presidentes, naufragó en julio del año pasado a raíz, de una parte, de la denuncia del hallazgo de armas vendidas por Suecia al ejército venezolano en manos de las FARC; y dos, la firma del tratado que autoriza la presencia de fuerzas norteamericana en siete bases militares colombianas, situación que el gobierno venezolano ha juzgado como una amenaza para su seguridad.

Colombia vista desde Venezuela

En un artículo publicado en el periódico Tal Cual (el 21 de mayo de 2010), el profesor de ciencias políticas Leandro Area afirma que nunca unas elecciones de Colombia habían sido seguidas con tanta pasión por la opinión pública venezolana, con el agravante de que el presidente Chávez se convirtió en agente muy activo de ese proceso. Un ejemplo comprueba esta afirmación. El canal de noticias Globovisión envió un equipo de periodistas que recorrió varias ciudades de Colombia para explorar las tendencias electorales y realizar entrevistas a los candidatos. Durante varios días estas informaciones ocuparon un buen tiempo en la televisión de Venezuela.

Ante las elecciones en Colombia se observa de inmediato la división de la sociedad venezolana. El más mínimo detalle que pueda ser considerado favorable a la política del presidente Chávez, dentro o fuera del país, es objeto de la reprobación por una parte importante de la opinión nacional. Del mismo modo, toda expresión opuesta o simplemente diferente de la línea oficial del Partido Socialista Unido de Venezuela, y, especialmente, de la abundante elaboración política sobre el socialismo del siglo XXI, se considera antipatriótica y desestabilizadora.

Dentro de esta sociedad tan dividida políticamente, encontramos las opiniones más variadas sobre las elecciones colombianas.

  • La oposición radical al gobierno bolivariano es partidaria de Santos porque supone que éste mantendrá una posición firme para frenar al presidente Chávez y rechaza la alternativa de Mockus porque lo juzga débil y manipulable.
  • La oposición más moderada, que no reconoce un modelo en el gobierno colombiano y sostiene posiciones críticas de las políticas de Uribe, se inclina por Mockus porque espera un comportamiento político de mayor respeto a los derechos humanos, mayor firmeza frente a la corrupción y una mejor opción para abrir vías de comunicación con el gobierno de Venezuela, sin el riesgo de que se ponga a su servicio.
  • Los sectores oficialistas más radicales esperan el triunfo de Santos porque éste garantiza la profundización de las diferencias con la política de Colombia al servicio del imperialismo yanqui.
  • Los oficialistas moderados, si los hay, conservan la esperanza de que Mockus pueda convertirse en un presidente que marque distancias con la política internacional de Uribe que, sin duda, se prolongaría en manos de Santos.

El panorama expuesto no es una elucubración. Se encuentra en artículos de prensa y surge de inmediato cuando se inicia una discusión sobre las elecciones de Colombia y las opciones más favorables a Venezuela, según la particular óptica de quienes opinen.

Venezuela vista desde Colombia

No sería exagerado aventurar que en la historia de Colombia jamás, en un proceso electoral, había estado tan presente la opinión sobre el gobierno de Venezuela y la importancia de las relaciones con ese país, como en el que culminará el 20 de junio. Es imposible estimar con precisión el efecto real de esa circunstancia. Alguien podría decir que es un fenómeno que se queda sólo en la especulación periodística, pero que no trasciende a la población votante. Sin embargo, es notable el hecho de que la figura de Hugo Chávez haya sido mencionada con insistencia en las preguntas a los candidatos y en la apreciación sobre las respuestas que ellos han dado.

Por ejemplo, se menciona el efecto adverso entre los electores para Mockus por haber expresado su admiración por el presidente Chávez, tanto que sus asesores consideraron prudente enmendar el error. A pesar de la resistencia natural que, se presume, puede existir en Santos para establecer unas relaciones normales con el presidente Chávez, él se ha visto en la necesidad de expresar su buena disposición a restablecerlas dentro de un clima de respeto, consciente como está de la importancia que éstas tienen para la economía colombiana y para los pobladores de frontera. Ha ignorado así las amenazas del presidente Chávez de mantener la congelación de las relaciones ante un eventual triunfo suyo.

En la primera vuelta muchos colombianos expresaron su confianza en que el triunfo de Mockus significaría mayor respeto a la legalidad y a los derechos humanos, lucha contra la corrupción y el restablecimiento de las relaciones con Venezuela. En la nueva perspectiva electoral, donde todos los pronósticos apuntan al triunfo de Santos, las expectativas con respecto a la normalización de las relaciones con Venezuela se tornan inciertas.

Demasiado lejos estando tan cerca

Conviene examinar varias hipótesis acerca del curso que puede seguir la relación binacional con Juan Manuel Santos al frente de la Presidencia de Colombia.

– La primera es la simple continuidad del estado de congelamiento que Santos heredaría de Uribe, quien, de paso, una vez fuera de la contienda electoral directa, no se ha abstenido de lanzar dardos contra su colega venezolano.

  • La segunda, quizá más probable, es la posibilidad de que desde ambos lados se plantee la recomposición de las relaciones, dado el comienzo de un gobierno que está obligado a presentar una nueva cara y con el cual, aún dentro de todas las suspicacias o prejuicios existentes del lado venezolano, se supone que debe estar interesado en transitar un camino propio. Entre otras cosas, algo así se deduce de las ideas de Santos en política internacional: "Profundizar la inserción del país en el mundo y estrechar las relaciones con nuestros vecinos, basados en el respeto y la cooperación"[1]. Sin duda los vecinos más cercanos, y al mismo tiempo más lejanos, son Venezuela y Ecuador.
  • Y una tercera hipótesis, seguramente considerada como imposible, sería que sobre la base de una visión pragmática de ambas partes, se prolongara la opción que hemos caracterizado como de relación inestable. En otras palabras, la conversión de ésta en una relación más estable, al menos por un período de tiempo significativo.

La concreción de cualquiera de estas hipótesis tendrá importantes consecuencias para ambos países. Es deseable que se imponga aquella que valore en mayor medida las necesidades reales de los dos pueblos.

* Psicólogo, exvicerrector académico de la Universidad Central de Venezuela, hasta 2009 director del Centro de estudios de América de la misma universidad y coordinador del Grupo Acedémico Colombia Venezuela, editor, junto con Socorro Ramirez, de varias publicaciones de este grupo. Directivo de la Asociación Civil Ojo Electoral.  

 

Notas de pie de página


[1] El Espectador, 6 de agosto de 2010

 

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