
Cómo salirse de la fiesta en Un poeta, dirigida por Simón Mesa
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Querer ser incluido en la fiesta o desear salir de ella es la decisión más difícil de nuestro éxtasis celebratorio. No todos estamos invitados, la fiesta es incómoda, cansada, y exigente. Entonces ¿qué nos sostiene en ella? Organizar la fiesta, en últimas, es organizar el poder de los afectos.
Complacido en mis versos, con orgullo de artista,
les di olor de heliotropos y color de amatista…
Le mostré mi poema a un crítico estupendo…
Y lo leyó seis veces y me dijo… «¡No entiendo!».
Fragmento Un poema, de José Asunción Silva
El cine colombiano está lleno de fiestas. Es tan solo pensar en las numerosas fiestas del audiovisual sobre el crimen, los pesados ambientes familiares en las películas más realistas, o los paisajes coloridos del folclor regional para declarar nuestra intriga nacional con la fiesta. Somos un país preocupado por la fiesta, y ¿cómo no estarlo? Vivimos de ella, nuestros territorios han sido reformados por las rutas de los narcóticos —la gasolina principal de las celebraciones del mundo—, y el optimismo es una de nuestras más grandes preocupaciones. “La potencia mundial de la vida”, como lo anuncia el eslogan del presidente Gustavo Petro, es también potencia mundial de la fiesta, con su imagen folclórica y turística, con el brillo enceguecedor de su violencia: la fiesta como celebración final (o pausa) de un conflicto y su delirio. ¿Cuántos festivos necesita este país tropical para seguir adelante? Colombia es el séptimo país del mundo con mayor cantidad de días festivos.
Es quizás por esta tradición que no es extraño reconocer el éxito que ha tenido la película Un poeta, que ya superó los cien mil espectadores en salas comerciales. La película cuenta la historia de Óscar Restrepo, un hombre de 54 años que aún vive con su madre, poeta frustrado y alcohólico que no puede dejar la fiesta. Intenta dejarla al aceptar, por querer reconectar con su familia, un trabajo como profesor de colegio, y termina encontrando una alumna que le ayuda en su camino: Yurlady, una adolescente que escribe poemas. Buscará volverla una joven promesa llevándola a la Fundación Casa de poesía Silva, el único lugar donde él aún se conecta con otros poetas. Sin embargo, Óscar es alcohólico y su pasión por el alcohol redunda en cierta adicción al patetismo. Busca de manera incesante la tristeza, la culpa y la vergüenza, porque cree que de ahí viene su poesía. Yurlady le recuerda lo contrario. La poesía está en las cosas más bellas del día a día, como en este poema que citan de ella en la película:
Mi habitación es organizada
Mi habitación es limpia
Mi habitación tiene colores
Rosado, violeta y verde
Colores de muchos sueños
Sueños atrapados en esta habitación
Las paredes son de concreto frío
La baldosa es blanca y
reluciente
Pero hay una mancha en
una esquina
Nunca desaparecerá, siempre permanecerá…
Hogar y prisión
Refugio y trampa
Somos lo mismo
Mi habitación y yo.
Estos colores le ayudan a Óscar a reconectar con su hija y su madre, y finalmente con el cuidado familiar. Pero la relación de este maestro con su alumna se enrarece cuando el villano de la historia, Efraín Mendoza, poeta ilustre, vampiro en proceso y uno de los fundadores de la casa de poesía, los convence de hacer parte del festival que están organizando para mostrar cómo “el arte y la cultura transforman las vidas de los jóvenes pobres de Medellín”. Efraín intenta succionar de Yurlady una imagen de transformación para conseguir más financiación de una agregada cultural holandesa y conseguir visibilidad en los medios locales de comunicación.
De hecho, los reportajes y programas de televisión que comunican estas iniciativas culturales son de los chistes mejor logrados de la película porque demuestran la farsa de esta comunicación periodística sobre la cultura, en una especie de publirreportajes vampíricos que succionan de la miseria su poder pero que al tiempo son un teatro cómico en sí mismo porque nadie cree en ellos, ni la poeta que lo actúa, ni los gestores que lo organizan.

Todo se complica el día de la fiesta cuando Óscar vuelve a tomar alcohol y descuida a Yurlady. Al verse encerrado en una situación de denuncia de abuso sexual a la joven poeta luego de que ella se emborrachó hasta la inconsciencia, Óscar tendrá por fin que enfrentar su adicción y aceptar la responsabilidad de sus actos, logrando algo de dignidad al interponerse de manera literal entre una cámara que funge de mano-vampira de Efraín con la imagen de Yurlady y su familia.
Un poeta construye su contraste cómico a través del montaje de dos miradas: la del gestor cultural-vampiro que ve en Yurlady una promesa utilizable, y la de Yurlady, que contempla con aburrimiento a los viejos poetas. La película se detiene en los gestos rígidos de Óscar que se interponen entre estas dos miradas, y choca con una política que exige este vampirismo. Ese desajuste lo deja fuera de lugar, fuera de la fiesta, incapaz de comunicarse con los demás personajes, salvo con Yurlady. Nadie entiende sus chistes, nadie escucha sus discursos cargados de patetismo. Uberimar Ríos convierte esa incomodidad en un gesto físico inolvidable: los gritos repentinos, desbordados de rabia y emoción, que revelan la testarudez de un hombre atrapado en su propia intensidad.
Querer ser incluido en la fiesta o desear salir de ella es la decisión más difícil de nuestro éxtasis celebratorio. No todos estamos invitados, la fiesta es incómoda, cansada, y exigente. Entonces ¿qué nos sostiene en ella? La ilusión de un futuro feliz, la amistad cómplice que alivie el peso de la vida, y el poder que se obtiene de esas interacciones. Organizar la fiesta, en últimas, es organizar el poder de los afectos.
Participar en ella sin caer en las garras de la locura, la enfermedad o la violencia es un arte. Para muchos, la fiesta es el único lugar donde la libertad asoma, donde la amistad todavía puede consolar. Pero la fiesta no es ingenua y es usada por los poderes que la organizan para guiar unas energías a su favor, construir unos sistemas de intercambio que den sus ganancias al crear memorias afectivas alrededor de un territorio. Quien organiza la fiesta también construye cómo se mira al pasado.
Un poeta critica esa maquinaria cultural aislando a sus personajes. Sigue la tradición del cine colombiano realista del siglo XXI —del que el mismo Simón Mesa se benefició en sus trabajos anteriores— y encierra a los personajes en circunstancias muy difíciles solo dándoles respiros ocasionales. Me pregunto ahora dónde estaban los amigos de Yurlady en la fiesta del festival para protegerla de este vampirismo, y quién puede reprocharle a Óscar sus excesos. La tragedia de estos poetas es que les toca vivir como ermitaños: en busca de la belleza en soledad. Al contrario, un buen amigo te saca de la fiesta cuando estas en problemas, cuestiona tus actos y te acompaña, comparte contigo una moral y un sentido del humor que da orden al mundo. Esta complicidad falta en la película.
Quizás por eso Un poeta busca en nosotros, los espectadores, la comunidad poética que los personajes no tienen. Quiere que construyamos complicidad en la sala de cine, que no dejemos a Óscar y a Yurlady en el aislamiento donde el guion los confina. Si alguna vez han leído o escuchado poesía en público saben de qué tipo de complicidad les hablo. Hay cierta aceptación de lo ridículo, lo cursi y lo exagerado: una buena lectura de poesía siempre va en busca de la risa y la crítica.
Y aunque la película circula con el respaldo de premios europeos y de la maquinaria comercial de Cine Colombia, que la presenta como “cita obligada”, lo que en realidad plantea es otra cosa: la urgencia de imaginar formas de encuentro que no reduzcan la fiesta a mercancía cultural ni la amistad a un eslogan institucional. Lo que busca es incomodar, ofender y movilizar de tal manera que sea imposible no reunirse para conversar. Este es el verdadero poder de la comedia en un país como Colombia, donde a la crítica se le persigue y excluye de maneras muy crueles.
En esta película la fiesta es poder, prestigio y memoria, pero rara vez cuidado. Óscar y Yurlady quedan atrapados en cierta soledad porque esa fiesta no les ofrece complicidad y solo los refugia de nuevo en la familia que parece ser la única estructura social que los cuida. Ahí está la herida más honda: sin amistad, la fiesta es solo ruido, espectáculo y mercancía. Es por esta mirada crítica que Un poeta pasará a la historia del cine colombiano como un gran aporte a nuestra incesante pregunta: ¿Cómo celebrar la vida en medio de esta miseria?
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Acerca del autor
Andrés Ardila
* Realizador de cine y televisión de la Universidad Nacional, gestor cultural y curador audiovisual del colectivo Emilia II Cine, estudiante de la Maestría en Historia del Arte con énfasis en Estudios sobre cine de la UNAM.
1 comentarios





El domingo, a las 6 y pico, lo que antaño se llamaba «vespertina», vi la película en un gran centro comercial de Villavicencio, donde vivo. El Centro comercial estaba lleno de gente, pero en la Sala no éramos más de quince personas. A lo dicho en el artículo, y que es muy válido, quiero agregar algo. La acomodación del arte, cuando a Yurlady le aconsejan cambios en el contenido de sus poesías para que fueran cónsonas con las políticas de la Casa de Poesía y sus objetivos y fines. Actualmente, muchísimos concursos oficiales 0 de entidades privadas, ponen como requisitos determinados contenidos o determinada orientación. Que se esté o no de acuerdo con tales contenidos, eso se llama manipulación ideológica. La otra, cuando se hace una confrontación entre la poesía «vivida» como la de José Asunción Silva, y la literatura que busca fama y gloria; no sé si el ejemplo de García Márquez sea justo o no, yo habría más bien puesto el ejemplo del pintor Botero. Los galeristas aconsejan a los artistas que acomoden su creación a lo que vende. Es una película que cuestiona no solo un ambiente cultural específico, sino toda la sociedad colombina, y no solo colombiana.