Saber morir - Razón Pública

Saber morir

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Cuando estaba en la universidad mi madre nos dio un susto intempestivo. Llegábamos con Gonzalito, mi novio de esas épocas, de alguna fiesta. No era muy tarde. Abrimos la puerta y mi padre nos recibió con cara de angustia. Entramos y estaba mi madre tendida en su cama con lo que luego supimos fue un preinfarto. Mi padre la tenía conectada al electrocardiógrafo y le daba algunas pastillas. Ella, imperturbable como siempre, estaba fresca como una lechuga. Me miró con cara de “no te preocupes”. Gonzalito se fue y y yo procedí a sentarme a los pies de la cama.

Minutos después sentí mareo y debilidad. Me dio la pálida por impresión y miedo. Mi padre me acostó al lado del cuerpo mullidito de mi madre para que me recuperara de la vasoconstricción periférica.

“Si no te logramos estabilizar con esto va a tocar ir a la clínica”, le sentenció mi padre a mi madre. Ella dijo que no iría a una clínica ni de fundas. Por nada del mundo. Odiaba los hospitales y con frecuencia recordaba a una tía a la que llevaron a una clínica en Bogotá de la que salió muerta.

Finalmente mi padre, como lo ha hecho cientos de veces para sus pacientes, resolvió la urgencia cardíaca. En los días que siguieron la llevamos a una cita programada a la clínica Cardioinfantil. Le indicaron  un cateterismo. Le destaparon su arteria. Pasó una sola noche en el hospital y estuvo de vuelta en casa. Siguió su vida normal, tomando una que otra pepa para la hipertensión, nada del otro mundo.

Tengo exactamente la misma resistencia que tenía mi madre a ir al hospital. Es curioso, para alguien que creció entre pipetas, jeringas y torundas de algodón. En casa de herrero, azadón de palo, como dice el refrán.

Todos los días a la salida del colegio hacía tareas en el centro médico que atendían mis padres. Las 6 de la tarde era la hora más congestionada. La sala de espera llena, melodía estéreo sonando en el transfondo y yo haciendo tareas o ayudando a Catalina, la auxiliar por más de 30 años, a cortar gasa o armar torundas de algodón.

Hasta hace unos meses gocé también de la salud inquebrantable de mi madre (en sus últimos años le gustaba alardear de que era “indestructible”). Nunca en mi vida me habia enfermado de algo que no fuera gripa, o COVID, o un esguince de tobillo. Nunca había entrado a un hospital por urgencias, nunca había sido hospitalizada, nunca había estado desnuda en bata, nunca había sido canalizada ni transportada en silla de ruedas por pasillos de pintura lavable.

La experiencia me pareció tan traumática como me la imaginaba. Ni más, ni menos. Me comporté lo mejor que pude, muchísimo más juiciosa de lo que jamás fue mi madre. No me quejé de “la mano” de la enfermera, no despotriqué de los ruidos de monitores, ni refunfuñé por la calidad de la comida. Si algo, me dediqué a hacer etnografía.

En mi etnografía vi mucho sufrimiento de pacientes y familiares. Una de las cosas que poco analizamos es cómo transcurre el tiempo cuando hay dolor o incertidumbre. Un minuto para un enfermo y su acompañante puede ser una eternidad. Ni hablar de horas, o días, esperando un diagnóstico. Eso sin hablar de tramitología, solo de tiempo en salas de espera.

El Cancerológico tiene tres prácticas que me llamaron la atención. Una es la presencia permanente de personas con un chaleco que los identifica como “Navegador”. Los navegadores lo orientan a uno por pasillos, le explican los documentos requeridos, le toman el turno. Son particularmente útiles para personas mayores, muchos de ellos solos, sin acompañante.

Otra práctica es un concierto de piano eventual, generalmente a media mañana. Aunque también puede ser que fuera a media tarde, o ambas cosas. La primera vez que lo escuché me alivió el alma opacando los sonidos de camillas y sillas de ruedas.

Finalmente, la tercera práctica es la proyección por televisión, en todas las salas de espera, de contenido sobre cáncer. Médicos explicando sus especialidades e intervenciones. Pacientes contando de sus logros y retrocesos. De vez en cuando un juego de trivia con preguntas de cultura general.

Con todo y eso, no deja de ser un hospital. Creo que vale la pena preguntarnos por qué los hospitales son lugares tan terroríficos y si podríamos hacer algo desde el diseño de sistemas de salud, no solo desde las prácticas organizacionales, para que lo fueran un poco menos.

Mi intuición es que el problema es verdaderamente estructural. Tiene todo que ver con la ultra medicalización y farmaceuticalización de la vida. Los hospitales están pensados como lugares de prolongación de la vida a toda costa y por todos los medios. Ese es el objetivo, así están medidos los desenlaces. Sin embargo, a veces, el desenlace debería poder ser una muerte tranquila, una salida a tiempo con los dolores paliados para morir en casa. Tal vez los hospitales deberían ser lugares en donde se confronta la propia vulnerabilidad y mortalidad, sin miedo ni promesas mágicas. Sin la esperanza ciega de que somos arreglables.

Ahora, con la perspectiva del tiempo, me pregunto si yo personalmente volvería a hospitalizarme (o mejor, dejarme hospitalizar). Mi respuesta, cada vez más palpable es que no. En el momento en que ocurrió mi primera hospitalización era impensable no hacerlo. Como bien nos informaron en su momento a Andrés y a mí, las urgencias oncológicas son muy pocas pero son verdaderamente urgentes. Además eso permitió hacer los exámenes que en últimas resultaron en un diagnóstico efectivo. Pero hoy, la balanza de mi voluntad se inclina hacia dejar ser y dejar estar mi cuerpo hasta que ya no funcione más.

Mi madre nunca volvió a quedarse ni una noche en un hospital después de ese cateterismo de antaño. Murió unos buenos 20 años después desplomándose de repente en media calle. Así, de un plumazo y sin aspavientos.

En el discurso que leí en la funeraria dije, orgullosa, que mi madre había muerto en su ley. Exactamente como vivió su vida. Sin mesura ni consideración. Sin angustias paralizantes y de la mano de mi padre, su cómplice eterno.

Yo por mi parte he firmado mi voluntad anticipada, no quiero reanimación, no quiero encarnizamiento terapéutica. Lo único que quiero es morirme sabiendo a mi padre, mis hermanos, mis sobrinas y mis amigos tranquilos. Quiero morirme de la mano de Andrés, ojalá en nuestra casa. De no darse en nuestra casa su mano es suficiente, porque él es mi casa.

Saber vivir es también saber morir, aunque la sociedad contemporánea nos enseñe muy poco de esto último.

25 comentarios

Tatiana Andia

Escrito por:

Tatiana Andia

Profesora de sociología de la Universidad de los Andes.

25 comentarios de “Saber morir

  1. Gracias por esa amable crónica para leer en domingo. Bien escrita y es todo un viaje personalísimo por la vida.

  2. Es verdad, poco sabemos de la muerte. Nos da miedo afrontarla, sabiendo que es algo que llegará en cualquier momento. Algunas veces creemos que somos inmortales, pero hay realidades de la vida, como la enfermedad, que nos regresa a ese mismo punto de partida: la muerte en nuestra eterna acompañante.

  3. Prepararse para morir, nunca se sabrá si nos preparamos bien o no, creo que después de pasar el umbral ya no estaremos para contarlo.

  4. Conceptualmente clara como siempre y muy sentida como nunca. No debe ser fácil pero es el ciclo de la vida y la muerte, en este caso anticipado. Un abrazo

  5. Cierto: hay una cultura de la vida que autoriza tácitamente el encarnizamiento terapéutico. Debería existir una cultura de la muerte que nos enseñe o al menos nos haga conciente de que la muerte es algo natural e inevitable

  6. Hay tanta literatura alrededor de cómo deberían ser los hospitales que lo que nos cuesta es entender cómo a pesar de los años y de historias traumáticas, este panorama no cambien de manera sustancial.
    A Tatiana toda mi admiración y energía para que siga inundando su alma de serenidad y amor. Que ese viaje a la muerte, tan difícil que suena, sea lleno del amor de los suyos.

  7. Me encanta leerte. La sociología y la muerte se sienten amables en tus palabras. Un abrazo

  8. Excelente. Lo más claro que podemos afirmar, es que nacemos para morir. El obligado paso final lo debemos aceptar tranquilos, con paz en alma y corazón. Por ello, hay que estar siempre listos. La vida bien vivida da tranquilidad a la muerte.

  9. La muerte le llegó a mi padre el pasado 31 de mayo. Fue de repente, por eso pedí en el discurso de su funeral, que quienes tienen a sus padres vivos compartan en la salud y en la enfermedad. Pue sola vejez trae consigo dolencias algunas muy fuertes. Y de repente algún anciano necesite un abrazo nuestro, una atención en medio de tanta soledad, solo de repente como se fue papá

  10. He vivido la muerte de cerca tantas veces, la he sentido , la he palpado. He sentido de cerca el dolor de mis pacientes con cáncer y sus familias. Soy enfermera Oncologa ,también sufrí ese mismo dolor con la enfermedad de mi madre quien murió hace 8 años de cáncer de páncreas. Y sigo teniendo miedo aún…pienso si algún día me llegue a tocar a mi sufrir de esta enfermedad( ruego al cielo que no)…cómo la afrontaría? Cómo sería ese episodio?. Porque a pesar de ser enfermera hace 35 años y haber dedicado 15 de ellos a los pacientes con cáncer, se que cada caso es único, cada dolor, cada situación y no creo que nadie pueda estar preparado para afrontar «un reto como el cáncer»

  11. Excelente columna, es exactamente lo que pienso con respecto a ese entorno preliminar en caso de algún día estuviera en esa situación. La muerte hace parte de la vida y asumirla con dignidad es el camino. Gracias por escrito.

  12. “Quiero morirme de la mano de Andrés, ojalá en nuestra casa. De no darse en nuestra casa su mano es suficiente, porque él es mi casa.“ La experiencia del cáncer es la oportunidad de trascender el miedo que paraliza y congela el fluir de nuestras células. Donde llega y se diagnostica nos muestra lo que busca enseñarnos. Somos seres únicos conectados con una esencia profunda de vida. Busca información sobre Dr. Hamer y la nueva medicina alemana y acércate a un médico de Sintergética para que te acompañe en tu proceso de sanación. La curación es la trascendencia que se halla en la mano invisible que nunca nos suelta y siempre nos acompaña.

  13. Muy hermoso texto Profe. Sentido, profundo, sabio, sereno. Ojalá la tengamos mucho tiempo más con nosotros. Cuando ya no sea posible la extrañaremos amorosamente

  14. ¡Qué belleza! Tenerle miedo a la muerte, realmente, es tenerle miedo a la vida. Eso es lo que debemos aprender todos

  15. Actualmente hay personas maravillosas que se dedican a guardar los derechos de los pacientes a decidir su propia muerte. Me refiero en concreto a la Fundación Morir Dignamente.

  16. Es una gran enseñanza que me das con el texto que escribes, demuestra tu ser interior y me muestra el gran amor que siempre generas.

  17. Uaooo! inicié leyendo su columna, técnica, como es usual. Pero derivó progresivamente hacia la lírica. Hermoso fin. Poético.

  18. Uaooo! un hermoso y conmovedor final poético, que sorprende doble, pues la columna inicia, como es habitual, de manera muy técnica.

  19. Tatiana,
    Gracias por este relato, por esta mirada sobre la vida, la salud y la muerte. Debemos seguír hablando de ella.

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