Un riesgo, tres ventanillas
Foto: CDMB

Un riesgo, tres ventanillas

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El Niño se anuncia con meses de anticipación: es el examen más fácil de la gestión pública. Lo reprobamos una y otra vez porque insistimos en administrarlo como tres problemas separados —energía, agua y comida—, pero es un solo riesgo.

Entre marzo de 1992 y febrero de 1993, Colombia pasó casi un año con cortes de luz de hasta nueve horas diarias. Treinta y dos años después, entre abril de 2024 y abril de 2025, Bogotá y once municipios vecinos vivieron doce meses de racionamiento de agua, el primero desde 1984. Dos crisis separadas por tres décadas, con la misma causa de fondo: el fenómeno de El Niño y la sequía que lo acompaña. El país las archivó como episodios distintos —uno de energía, otro de agua—, y ahí empezó el error. Fue la misma sequía sobre dos caras del mismo sistema.

Hoy vuelve a empezar. La agencia oceánica y atmosférica de Estados Unidos (NOAA) declaró la vigilancia de El Niño y estima el 82% de probabilidad de que el fenómeno se forme en el segundo semestre de 2026 y se prolongue hasta comienzos de 2027; la Organización Meteorológica Mundial coincide y lo proyecta como al menos moderado, posiblemente fuerte; el Ideam ya emitió la alerta. A diferencia de casi cualquier otra amenaza, esta se anuncia: el ciclo del Pacífico es predecible con meses de antelación. Es la amenaza más fácil de prever que enfrenta el país, y también la que peor administramos.

Tres sistemas, un solo golpe

En Colombia, El Niño es la fase seca; La Niña, la húmeda. En el número de desastres pesa más La Niña, con sus inundaciones y deslizamientos. El golpe de El Niño es de otra clase: cae al mismo tiempo sobre los tres sistemas que sostienen la vida cotidiana —la energía, el agua potable y la comida— y se traduce de inmediato en precios.

La energía es el caso más estudiado, porque dos terceras partes de la electricidad colombiana son hidráulicas. Durante el Niño de 2023-2024, el aporte hidráulico a la generación cayó del 87% al 47% en un año, los embalses alcanzaron su nivel más bajo en veinticinco años y el gremio de generadores reconoció que el país estuvo a una semana de un apagón. El precio de la energía en bolsa se triplicó y ese sobrecosto terminó en las facturas.

El agua potable dejó su huella más visible en la capital. El Sistema Chingaza, que aporta cerca del 70% del agua de Bogotá, cayó a un mínimo histórico a comienzos de abril de 2024 y forzó un racionamiento de doce meses para nueve millones de personas. El Ideam había advertido de una disminución de la precipitación en la región andina desde el año anterior.

La seguridad alimentaria es la dimensión que las estadísticas de emergencia subestiman. En 2016, El Niño redujo el rendimiento agrícola en al menos 20%, según la Sociedad de Agricultores de Colombia; en 2023-2024, el sistema humanitario estimó que cerca de tres millones de personas estaban en alto riesgo, sobre todo por la falta de agua y alimentos. La transmisión de los precios está documentada: en los grandes Niños, la inflación de los alimentos llegó a duplicarse.

El costo agregado ya está medido. La Cepal calculó que el Niño de 1997-1998 le costó a Colombia US$564 millones; el Departamento Nacional de Planeación estimó que el de 2015-2016 dejó pérdidas equivalentes a medio punto del PIB.

Hasta aquí, tres sectores. Pero es un solo sistema. Sin energía no hay bombeo ni agua tratada, sin agua no hay riego ni alimento, y la generación térmica que reemplaza a la hidráulica depende de un gas que también escasea. El Niño no entra por tres puertas distintas: entra por una sola y golpea los tres sistemas a la vez. El Estado, en cambio, sigue respondiendo a través de tres ventanillas separadas.

Foto: Gobernación del Meta

La lección que solo aprendió la energía

El país sí sabe convertir una crisis en una reforma. El apagón de 1992 obligó a rediseñar el sector eléctrico: de allí nacieron la Comisión de Regulación de Energía y Gas y el cargo por confiabilidad, que durante tres décadas evitaron que la sequía volviera a apagar el país. Pero esa reforma arregló una sola casilla. Blindó la energía y dejó el agua y la comida a su suerte, cada una con su propia institucionalidad, presupuesto y calendario.

Treinta años después, el resultado está a la vista. Una ciudad de nueve millones de personas sigue dependiendo de cerca del 70% de un único sistema de embalses. La respuesta alimentaria sigue siendo el subsidio que llega tras la pérdida de cosecha. Y hasta la casilla que sí se reformó se debilita: Colombia dejó de ser autosuficiente en gas en 2024, y el respaldo térmico que hoy compensa la caída hídrica es más caro y escaso que en el último Niño.

Por eso, la ventana de pronóstico, un activo de adaptación de bajo costo, se desperdicia puntualmente. “Prender las térmicas desde ya” se ha vuelto un lamento anual, y el racionamiento se decide cuando el embalse ya está crítico. La alerta suena con meses de anticipación para todos; cada sector la atiende por su cuenta.

Hacia una sola ventanilla

El próximo Niño admite otra respuesta, y se reduce a dos decisiones.

  1. Gobernar el riesgo como un único sistema. Un responsable que vea las tres curvas a la vez —distinto de quien atiende la emergencia del día— y un protocolo común para los meses de El Niño, en lugar de tres o cuatro entidades optimizando cada una su propia casilla. Y, debajo, reducir las dependencias que hoy nos vuelven frágiles: una Bogotá que no penda de un solo sistema de embalses, una matriz eléctrica menos atada a los regímenes hidrológicos, un campo con riego y aseguramiento de las cosechas.
  2. Decidir con el pronóstico, no con la emergencia. Que la alerta de El Niño —que llega con meses de antelación— active automáticamente el mantenimiento de embalses, el respaldo térmico, la diversificación de fuentes y los protocolos previstos de antemano, en vez de esperar a que cada sector pida auxilio cuando el embalse ya está crítico. Anticipar cuesta una fracción de lo que cuesta el desastre: el medio punto del PIB de 2015-2016 es la factura que ya pagamos.

El próximo Niño no pondrá a prueba los embalses. Pondrá a prueba a un Estado que gestiona la energía, el agua y la comida como si no dependieran unas de otras, aunque la sequía las golpea a la vez. La información llegará con meses de anticipación, como siempre. Si el examen vuelve a perderse, no será por falta de aviso. Será porque seguimos respondiéndolo en tres hojas separadas.

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Acerca del autor

Aníbal Pérez García
aperez@razonpublica.org | + posts

*Ingeniero civil con maestría en hidrosistemas y doctorado en geociencias (Universidad de Tübingen). Ha sido viceministro de Agua, director ejecutivo del Fondo para la Vida y la Biodiversidad, director de Vivienda y Desarrollo Urbano en Findeter, y líder de programas nacionales de infraestructura y resiliencia. Ha asesorado proyectos con el PNUD, el BID y el Fondo Verde del Clima, y es autor de publicaciones científicas sobre recursos hídricos y sostenibilidad.

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Aníbal Pérez García

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Aníbal Pérez García

*Ingeniero civil con maestría en hidrosistemas y doctorado en geociencias (Universidad de Tübingen). Ha sido viceministro de Agua, director ejecutivo del Fondo para la Vida y la Biodiversidad, director de Vivienda y Desarrollo Urbano en Findeter, y líder de programas nacionales de infraestructura y resiliencia. Ha asesorado proyectos con el PNUD, el BID y el Fondo Verde del Clima, y es autor de publicaciones científicas sobre recursos hídricos y sostenibilidad.

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