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Ricardo Rendón: el elogio de la sátira

Escrito por Lina Alonso

En este mes conmemoramos los 120 años del natalicio de Ricardo Rendón, uno de los más importantes caricaturistas del siglo XX, quien marcó la historia de la opinión pública desde el espacio gráfico.

Lina Alonso Castillo*

De la pintura a la caricatura

De carácter primigeniamente popular, la caricatura surgió como reacción a las exigencias milimétricas de las cortes y las familias reales a los pintores en sus retratos, sobre todo en el Barroco italiano a mediados del siglo XVII.

Estos artistas encontraron en la sátira (de raigambre teatral) y en la actitud burlesca los caminos afines a las realidades más próximas que les circundaban e interesaban por lo singular de los personajes cotidianos y sus hechos inmediatos, insólitos y efímeros.

Como caricaturista, Rendón retrató con la fidelidad de un buen historiador las dinámicas y las fugas de todos los procesos sociales y gobiernos políticos que presenció en sus 37 años de vida.

Por ello, decidieron tomar por práctica el retrato con sobrecarga y acumulación de defectos que no alterara el parecido de los objetos retratados.

Con la llegada del siglo XIX este arte se comenzó a considerar un arma crítica a los gobiernos: su naturaleza mordaz, zoomorfa y extravagante hizo que toda la población, sin importar su posición social o cultural, pudiera traducir con facilidad el mensaje que este encarnaba.

Personajes como Honoré Daumier y Charles Phillipon en Francia inauguraron las primeras voces de instauración de una nueva mirada, que vaciaría los antiguos regímenes de las expresiones gráficas.

Baudelaire recuerda en “De lo cómico y la caricatura”, en ese contraste de voluntad y biología, que la risa que seguía a estas ilustraciones remueve del hombre su instinto que más lo acerca a lo animal, a la afrenta con su fealdad moral y física llevada a límites hilarantes, hermanándolo con el desgaste violento de sus acciones o ideologías.


“Tienda” (fragmento), acuarela de August Le Moyne
y Jose Manuel Groot. 1835.
Foto: Biblioteca Nacional de Colombia

La caricatura en Colombia

En Colombia la historia de la caricatura ha visto más la censura que la publicación continua y legitimada. Habría que remontarnos a la Conquista o a las guerras de Independencia para rastrear las primeras muestras y los gestos precoces de la transformación del hombre en lo demoniaco (adjetivo para lo americano ad nauseam de los conquistadores) que llevaba en sí.

La relación entre lo físico y el carácter del ser humano tuvo en la tierra americana la fortuna de encontrar profundo nexo por lo natural-exuberante de los personajes y paisajes que habitaban en ella y a los que a ella llegaron.

La comicidad de América residía en la figuración latente entre el territorio infinito de diseños, colores y figuras, y su capacidad de ignorar lo que de ella se desprende. Por ejemplo, después de la Independencia, los gobiernos, las guerras y las diferentes violencias que comenzaron a gestarse por la nunca nueva sectorización del poder, fueron los primeros detonantes para la creación de prensa informativa y con ella, la de humor, esos guiños cómicos que siguen a la tragedia en tiempos difíciles.

Aunque se repitieran en diferentes artistas, el problema del conflicto seguiría siendo el mismo.

De igual forma, hacer historia de la caricatura colombiana puede equipararse a hacer historia patria. Personajes como Alberto Urdaneta o José Manuel Groot, quien ilustró el memorable Álbum literario o colección de chistes y agudezas i bellas artes, junto a José María Vergara y Vergara en 1860, comenzaron a incurrir en las volubles formas de poder que redondean la res-publica desde la ligereza de sus trazos y desde el vórtice enérgico de sus ilustraciones.

Ricardo Rendón en el centro de la sátira

Ricardo Rendón Bravo nació en Rionegro, Antioquia, el 11 de junio de 1894. Después de cursar los estudios básicos en su lugar natal, pasó a Medellín a estudiar con el pintor y escultor Francisco A. Cano, para luego ingresar a la Escuela de Bellas Artes.

Ahí conocería a los integrantes del primer grupo al que pertenecería (Los Panidas) y a la revista en la que habría de publicar sus primeros trazos: Avanti (fundada en 1914).

En el número 6 de la revista Panida, en 1915, Rendón definió la caricatura como: “un rasgo que sintetiza un estado del alma, un momento sicológico encarnado en un capricho del lápiz, un esfuerzo cerebral, la ligereza de la mano unida al trabajo perspicaz y profundo de los ojos”.

Rendón sabía que Colombia era una caricatura ya hecha, y que en él estaba la tarea de traducir y desprender palmo a palmo los fragmentos de imagen que brotaban de la vida menuda.

Y esa fue la insignia de su obra: con la naturalidad pasmosa con que realizaba sus más grandes trabajos, propuso una nueva posición donde el creador concreta en su obra todas las líneas que parten de los acontecimientos que surcan la cotidianidad.

Como caricaturista, Rendón retrató con la fidelidad de un buen historiador las dinámicas y las fugas de todos los procesos sociales y gobiernos políticos que presenció en sus 37 años de vida.

A su llegada en 1918 a Bogotá desde Medellín, donde había vivido 7 años después de partir de su tierra natal Rionegro, comenzó a trabajar como editorialista gráfico en El Espectador, donde siguió en cierta medida los lineamientos que traía del grupo de los Panidas (1915), revista conformada, entre otros, por Fernando González, Pepe Mexía y León de Greiff.

Fue ahí donde se definió su orientación pictórica, y su posicionamiento político y su obra, ahora siamesas, emprendieron una apuesta interpretativa por el medio en el que vivía.

Así comenzó incasablemente a perfilar los actores y los hechos que discurrirían entre la revocación de leyes en el gobierno, a tumbar la no menos caricaturesca presidencia de Abadía Méndez o llegar a remover los cimientos de la corte en el fallo de uno que otro magistrado.

En un especie de sino vidente, Rendón denostaría del problema de las petrolíferas, del intervencionismo norteamericano, del circo mediático de las presidencias y, hasta en los círculos menos públicos de las élites intelectuales, de la teatralidad de alguno de sus gestos.

Entre sus filosas líneas corrieron los nombres de Pedro Nel Ospina, Miguel Abadía Méndez, Marco Fidel Suárez y todos los nombres en los que se pudiera transfigurar el embrollo de la contienda política conservadora, en la cual Rendón gozó del más solemne respeto (incluso, alguna prensa conservadora llegó a publicar sus trabajos).

Rendón se planteó como iconógrafo y sintetizó en sus obras la gracia y desgracia de sus víctimas, condensando en la sobriedad de sus líneas la opinión que siempre le suscitó la res pública y de la cual fue incansable cuestionador.


El caricaturista Ricardo Rendón en 1920.
Foto: Wikimedia Commons

Caricatura colombiana: un pleonasmo

Como un lector anónimo que le hace la anotación a Alberto Urdaneta en 1877, otro gran caricaturista, de lo que significaba este arte en el país, Rendón sabía que Colombia era una caricatura ya hecha, y que en él estaba la tarea de traducir y desprender palmo a palmo los fragmentos de imagen que brotaban de la vida menuda, de la opinión pública, de los sujetos que desfilaban en el panorama social.

Algo así como una crónica incisiva del observador en general, cuya mirada fue el impulso necesario con el que el caricaturista contó para vislumbrar el sendero que tendrían que ocupar las artes gráficas.

Rendón transformó los estándares del porvenir colombiano y de la tierra bogotana, por la conciencia que tuvo en la ironía que supone el desnudar a los sujetos, arrebatarles lo inmaculado que destella en su falacia presencial y contrastarlo con la voluntad de resignificar su espacio y su nombre en el tiempo de su acción para ocuparlos nuevamente de un nuevo cuerpo más cercano a su deficiencia moral.

En la unicidad de los símbolos que creó estaba encarnada la división, lo fractal de la realidad a la que asistía, sobre todo en momentos en que cada reforma política al país llegaba en una suerte de golpe y repetición, de choque y parálisis, desde el fondo más espeso del olvido donde se suelen devolver las malas decisiones.

Podría decirse que la progenie de la caricatura política en el país parte de Rendón, y tal vez en ocasiones anteriores se puedan hallar expresiones de similar agudeza pero no de similar tenacidad. Con más de dos mil obras entre caricaturas, dibujos y grabados el artista detectó, con una mordaz constancia gráfica, el más mínimo gesto de animalidad y ferocidad caníbal en los personajes que hacían su prosaico inmediato.

Sus aproximaciones directas y reducidas a la brevedad de un espacio somero y conciso hicieron de su obra la inspiración para revistas como Fantoches, Guillotina, Bogotá Cómica o Semana Cómica.

A su manera, solucionó el exceso de gracia que emanaba desde el circo colombiano en tiempos de penuria, y, con una infalible voluntad de romper los moldes caducos del siglo XIX, enlazó los problemas de su tiempo con los de cualquier momento en la historia de Colombia.

Por lo contemporáneo de sus críticas Ricardo Rendón fue para el país el creador de las metáforas visuales más sagaces en la caricatura política, crítica gráfica y la sátira pictórica, pues sospesó, como nadie en su campo, los valores que conducían inevitablemente a la ruina moral de los gobiernos en tránsito de los que fue testigo y de los que siempre hemos sido transeúntes lotófagos.

Para terminar, recomendaría la novela de Juan Gabriel Vásquez Las reputaciones, en la que se ha rescatado la imagen, la leyenda y el hálito de misterio que dejó este personaje entre el ambiente de la prensa bogotana. Con este libro el narrador colombiano hace de Rendón un nombre menos llamativo para la ciega caverna del olvido.

* Estudiante de Literatura con énfasis en investigación, crítica y teoría literaria de la Pontificia Universidad Javeriana. Diplomada en Latín del Instituto Caro y Cuervo y egresada de Teatro de la Fundación Gilberto Alzate Avendaño.

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