
Repensar la resiliencia bancaria en un mundo de alta deuda*
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La resiliencia depende en gran medida de una política fiscal creíble y de una supervisión efectiva. La fortaleza institucional es clave para determinar si el estrés fiscal termina convirtiéndose en estrés financiero.
El capital bancario casi nunca aparece en los titulares. Es una expresión que suele quedar en los artículos académicos, en los informes de regulación y en las reuniones de supervisión financiera. Pero detrás de ese lenguaje técnico hay algo bastante simple y profundamente importante: el capital es lo que permite que los bancos resistan los momentos difíciles sin colapsar, sin entrar en pánico y sin cerrar el acceso adecuado al crédito para el resto de la economía.
Cuando el capital es sólido, los bancos tienen margen de maniobra. Pueden absorber pérdidas, seguir prestando y evitar que una desaceleración termine en una crisis financiera. Cuando el capital es débil, incluso un choque moderado puede propagarse rápidamente y afectar simultáneamente a empresas, hogares y gobiernos. Por eso el capital bancario no es solo un asunto de banqueros. Es un tema público, directamente conectado con la estabilidad financiera y el bienestar económico.
El capital bancario: un tema público, no técnico
Durante años, investigadores y responsables de política han tratado de responder una pregunta básica: ¿los bancos acumulan capital cuando la economía va bien para poder usarlo cuando llegan las vacas flacas? En teoría, eso es lo que debería pasar. En la práctica, muchas veces no ocurre, sobre todo en países donde la regulación es débil y la supervisión no se aplica de forma consistente.
Existe mucha evidencia de que la forma como los bancos ajustan sus colchones de capital depende en gran medida de las instituciones. El trabajo de Jokipii y Milne (2008), por ejemplo, encuentra que los bancos en entornos regulatorios europeos más sólidos tienden a comportarse de manera más estabilizadora: fortalecen su capital en las recesiones y evitan que sus colchones se reduzcan peligrosamente durante las expansiones. Pero donde la supervisión es más débil, los bancos suelen hacer lo contrario. El capital se vuelve procíclico; se reduce en los booms, lo que facilita el incremento sostenido del crédito a tasas insostenibles, y solo se recupera cuando los riesgos se materializan; aumenta la aversión al riesgo cuando ya estalló el problema.
Ese mismo patrón aparece en muchas economías emergentes. Estudios como los de Carvallo et al. (2015) y Valencia y Bolaños (2018) muestran que, en estos contextos, los colchones de capital a menudo caen durante los períodos de crecimiento y aumentan únicamente durante las recesiones. En otras palabras, los bancos no construyen reservas cuando más fácil les resulta hacerlo y luego tratan de recomponerlas cuando la economía ya está bajo presión. Ese comportamiento hace que las crisis sean más intensas y las recuperaciones tarden más.
Esta diferencia institucional importa porque el capital no es algo que los bancos puedan ajustar de un día para otro sin costos. Levantar capital en plena crisis es difícil y costoso. Reducir activos rápidamente suele significar recortar el crédito. Y postergar decisiones puede permitir que el riesgo se acumule silenciosamente hasta que explote.
En los últimos años, la investigación también se ha concentrado más en el diseño de la regulación. No todas las reglas de capital funcionan igual. Brei et al. (2016), por ejemplo, resaltan una diferencia clave entre las medidas ponderadas por riesgo y las basadas en apalancamiento. Las relaciones de capital ponderadas por riesgo dependen de cómo se clasifican y ponderan los activos, lo que en algunos casos puede dar señales distorsionadas. Las relaciones de capital basadas en el apalancamiento son más simples y estrictas, ya que comparan el capital con los activos totales, sin ajustar por categorías de riesgo.
Esa diferencia no es solo una preferencia técnica. Puede ser la diferencia entre detectar un problema a tiempo o pasarlo por alto por completo.
Riesgo soberano y solvencia bancaria: el corazón del contagio
Esto resulta especialmente relevante al considerar el papel de la deuda pública en los balances bancarios. En muchos países, los bonos del gobierno local se consideran “muy seguros” para efectos regulatorios, e incluso a veces se les asigna un peso de riesgo cero. Eso significa que un banco puede tener una gran cantidad de bonos soberanos sin que su ratio de capital ponderado por riesgo parezca deteriorarse. Pero si esos bonos pierden valor, o si aumenta el riesgo soberano, el golpe al balance puede ser real.
Ahí es donde las medidas basadas en el apalancamiento, como la razón de capital sobre activos, resultan especialmente útiles. Ayudan a capturar la fortaleza general del banco sin depender de ponderaciones que, en momentos de estrés, pueden no reflejar la realidad. Como señalan Gambacorta y Karmakar (2018), estas medidas suelen dar una imagen más clara de la solvencia, porque son menos sensibles a distorsiones regulatorias y menos propensas a moverse de manera engañosa a lo largo del ciclo.
Al mismo tiempo, existe otra línea de investigación que ha estudiado cómo las condiciones fiscales afectan la estabilidad bancaria. Ese trabajo se volvió imposible de ignorar durante la crisis de deuda en Europa, cuando quedó claro que los problemas del Estado podían contagiar a los bancos, y que los bancos débiles podían, a su vez, empeorar el problema fiscal.
De Grauwe (2012) y, más adelante, revisiones como la de Gómez-Puig y Sosvilla-Rivero (2024) describen varios canales mediante los cuales el estrés fiscal puede perjudicar a los bancos: pérdidas de valoración en títulos soberanos, deterioro del colateral, aumento en los costos de financiamiento y un endurecimiento general de las condiciones financieras. Estos canales muestran que la salud de las finanzas públicas no está desconectada de la estabilidad financiera. Están entrelazadas, y a menudo de forma muy fuerte.
Además, este problema no es exclusivo de Europa. En mercados emergentes, trabajos como los de Kaminsky y Reinhart (1999) y Reinhart y Rogoff (2011) muestran con qué frecuencia las crisis soberanas y bancarias ocurren simultáneamente. Cuando al Gobierno se le complica financiarse, y existen descalces cambiarios o posiciones fiscales frágiles, el estrés bancario puede aparecer rápidamente y luego retroalimentar el estrés soberano.
La teoría ha ayudado a explicar por qué estos vínculos pueden ser tan peligrosos. Dell’Ariccia et al. (2018) y Farhi y Tirole (2018) muestran cómo las instituciones débiles y el reconocimiento tardío de las pérdidas pueden empeorar el impacto. Si los gobiernos posponen enfrentar el problema fiscal y los bancos no reconocen las pérdidas a tiempo, el riesgo se va acumulando bajo la superficie hasta que el ajuste se vuelve inevitable y mucho más costoso.
Por eso el contexto posterior al covid merece tanta atención. La pandemia provocó un fuerte aumento de la deuda pública tanto en economías avanzadas como en emergentes. Los gobiernos gastaron para proteger hogares y empresas, y en muchos casos era lo correcto. Pero ahora muchos países cargan con niveles de deuda mucho más altos que antes, y la pregunta es qué implica eso para sus sistemas financieros.
La evidencia reciente sugiere que la conexión entre el riesgo soberano y el riesgo bancario se ha vuelto aún más fuerte, especialmente en economías emergentes. Gómez-González et al. (2025) encuentran que el riesgo soberano hoy se transmite con mayor fuerza a los bancos en estos países, incluso cuando las exposiciones directas no son muy grandes. Sus resultados destacan que la resiliencia depende en gran medida de una política fiscal creíble y de una supervisión efectiva. Deghi et al. (2022) refuerzan este punto al mostrar que la fortaleza institucional es clave para determinar si el estrés fiscal termina convirtiéndose en estrés financiero.
Sin embargo, a pesar de la creciente atención al vínculo soberano-banco, buena parte de la evidencia empírica sigue concentrándose en aspectos como los rendimientos de los bonos soberanos, los spreads de CDS o los precios de las acciones bancarias. Otros estudios se enfocan en el crédito: cuánto prestan los bancos cuando las condiciones fiscales empeoran. Son indicadores valiosos, pero no cuentan toda la historia.
Una de las piezas que más han faltado es comprender cómo los choques fiscales afectan directamente las relaciones de capital bancario.
Y ese vacío importa porque el capital es la medida central de solvencia. Es lo que nos dice si los bancos pueden absorber pérdidas y seguir cumpliendo su papel en la economía. Si el estrés fiscal deteriora el capital bancario, no es solo un tema de mercados. Es un tema de estabilidad.

La evidencia reciente: deuda pública y deterioro del capital
Por eso es tan importante mirar qué pasa con el capital de los bancos después de aumentos en la deuda pública, y cómo esa respuesta cambia según la calidad regulatoria. Esto, en concreto, se estudia en un artículo reciente de Giraldo et al. (2025).
El resultado general es claro: cuando la deuda pública aumenta, el capital bancario tiende a disminuir. Esto es consistente con la idea de que una mayor deuda puede generar pérdidas de valoración en títulos soberanos, empeorar la calidad de los prestatarios y endurecer las condiciones financieras. Todo eso presiona el balance y reduce la relación de capital sobre activos.
Pero el hallazgo más interesante, y más útil para la política, es que esa respuesta no es igual en todas partes. Depende mucho del entorno institucional.
En países con baja calidad regulatoria, los aumentos de la deuda pública se acompañan de aumentos en las relaciones de capital a mediano plazo. A primera vista, eso podría sonar como un signo de fortaleza. Pero el patrón se entiende mejor como un ajuste gradual en lugares donde la supervisión es débil y el reconocimiento de pérdidas suele ser tardío. Los bancos pueden reconstruir colchones con el tiempo, pero después de retrasos que pueden ocultar problemas reales.
En economías avanzadas con instituciones débiles, ese aumento inicial también se observa, pero no perdura. Es temporal y luego se convierte en una caída, lo que sugiere que postergar el ajuste puede derivar en una erosión de capital más fuerte más adelante.
En países con marcos regulatorios sólidos, el relato es distinto. El capital tiende a caer de inmediato tras un choque de deuda. Eso puede sonar negativo, pero muchas veces refleja algo saludable: el reconocimiento temprano de pérdidas, junto con una supervisión más estricta. En economías avanzadas con regulación fuerte, esa caída inicial suele ir seguida de una recuperación gradual, a medida que los bancos reconstruyen capital.
La diferencia de tiempos importa tanto como la dirección del cambio. Las instituciones fuertes hacen que los problemas aparezcan más pronto. Las instituciones débiles permiten que se oculten por más tiempo, hasta que el ajuste se vuelve más abrupto.
La lección es que la regulación no solo cambia el tamaño del contagio soberano hacia los bancos. También cambia el “ritmo” de ese contagio: si el capital responde rápida o lentamente, si las pérdidas se reconocen temprano o tarde, y si el ajuste ocurre de forma ordenada o desordenada.
Construir resiliencia en un mundo de alta deuda
Además, este análisis resalta por qué las medidas basadas en el apalancamiento son tan importantes cuando hay estrés fiscal. Cuando los bonos del gobierno tienen un peso de riesgo bajo o cero, las relaciones ponderadas por riesgo pueden mantenerse estables incluso si el riesgo soberano está creciendo. Las medidas de apalancamiento son más difíciles de maquillar. Reflejan la realidad del balance de forma más directa.
En el mundo actual, con una deuda pública más alta y presiones fiscales más visibles, estos detalles ya no son secundarios. Son centrales.
El mensaje de fondo es sencillo: la estabilidad financiera no puede separarse de la credibilidad fiscal y de la fortaleza institucional. Las herramientas macroprudenciales son importantes, pero no pueden reemplazar una supervisión seria ni una regulación bien aplicada. La disciplina fiscal importa, no porque el déficit sea siempre malo, sino porque los choques de deuda pueden debilitar a los bancos de maneras que los indicadores regulatorios tradicionales no siempre reflejan.
Y quizá lo más importante: los colchones de capital siguen siendo fundamentales no solo en crisis bancarias, sino también en episodios de tensión fiscal. Un buen colchón compra tiempo. Evita que un choque se convierta en una espiral. Permite que los bancos sigan apoyando a la economía real en lugar de encerrarse en el modo supervivencia.
En un mundo de deuda alta, la resiliencia no está garantizada. Hay que construirla. Y la evidencia sugiere que se construye no solo con mejores reglas, sino también con instituciones que las hagan cumplir, con reconocimiento temprano de pérdidas y con una comprensión clara de que la salud de los gobiernos y la de los bancos están conectadas, nos guste o no.
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* Este artículo hace parte de la alianza entre Razón Pública y la Facultad de Economía de la Universidad Externado de Colombia. Las opiniones expresadas son responsabilidad de sus autores.
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